Mi lugar, contigo CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Lizzy

Nate se quedó frito a los pocos minutos de apoyar la cabeza en la almohada; a mí, sin embargo, el sueño no parecía tener ganas de atraparme y me era imposible dejar de dar vueltas y pensar.

No es que la sensación rara se hubiera disipado del todo, pero, al menos, ya no me cerraba el estómago como lo había hecho durante todo el tiempo que estuvimos en el condenado evento.

Pasé los brazos por encima de las mantas y solté una exhalación.

Tras aquellas palabras escuchadas en el baño y regresar junto a Nate, intenté aparcar el tema a un lado y disfrutar de la fiesta.

No lo conseguí, aunque debí de disimularlo bastante bien, porque mi prometido no volvió a preguntarme si me pasaba algo.

Tampoco volví a ver al hombre que parecía conocerme.

Y los cuchicheos dejaron de escucharse a mi alrededor.

«O puede que fuera el vino el que los silenció».

No iba a negar eso, para qué mentir.

Salí de la cama, la muy puñetera parecía estar llena de cuchillas afiladas, a eso de las tres de la madrugada.

Cuando Nate me encontró, poco después del amanecer, estaba haciendo limpieza y recolocando todos los libros de las estanterías del salón; esta vez, por orden alfabético.

—¿No es un poco temprano para eso? —soltó con retintín.

—No podía dormir.

Se acercó, rodeándome la cintura con un brazo para darme un beso en la cabeza.

—¿Y eso? ¿Demasiado vino anoche? —insistió.

Vaya, ¿se había fijado?

«Incluso trató de que dejaras de beber en la tercera copa».

Cierto.

Y lo ignoré por completo.

—No, lo cierto es que no tiene nada que ver con que haya bebido algo más de la cuenta.

—¿Algo más de la cuenta? Nena, te bebiste tú sola dos botellas de vino.

—¿Y? Ni que las pagaras tú.

Se apartó, mirándome molesto.

—¿Qué cojones te pasa? ¿Te has levantado con el pie izquierdo?

Dejé el montón de libros que llevaba en la mano sobre el sofá y fui a la cocina.

Nate me siguió.

—Te he hecho una pregunta, Elisabeth.

Genial, y ahora me llamaba por mi nombre completo.

Me froté la frente con la mano.

Suspiré.

—Ayer había un hombre en ese evento que no me quitaba los ojos de encima.

—¿Solo uno? Porque eras la mujer más preciosa de la fiesta.

Abrió el frigorífico y sacó la botella de zumo.

—Me miraba como si me conociera, Nate. Y yo nunca lo había visto en mi vida.

Desenroscó el tapón y bebió a morro.

Odiaba que hiciera eso.

—¿Y cómo era ese hombre?

—Alto, de unos cincuenta y tantos. Con algunas canas en el cabello. Llevaba un traje oscuro, no sabría decir si negro o azul marino. Usaba gafas de pasta. Y estaba a un par de mesas más allá de la nuestra. Me llamó mucho la atención el anillo que lucía en el dedo anular de la mano izquierda.

—¿En la izquierda, dices?

—Sí, ¿por qué? ¿Tú también lo viste?

¿Acababa de ponerse tenso o eran imaginaciones mías?

Negó con la cabeza.

—Ni idea de quién me hablas.

—También escuché algunos comentarios…

Me esquivó la mirada.

—¿Comentarios?

—Sí. Y tuve la sensación de que era de mí de quien hablaban.

Resopló.

—Tampoco es que fueras el centro de atención del evento, ¿no?

¿Por qué parecía estar a la defensiva?

Entrecerré los ojos.

—Nate… ¿Hay algo que quieras contarme?

—Lo siento, nena, pero tengo que arreglarme para ir a la oficina.

—Es domingo.

—Ya, ¿y?

No esperó a que le diera una respuesta.

Y eso hizo que la mosca relajada de detrás de mi oreja volviera a zumbar.

La puerta se cerró con un golpe seco al poco rato y el silencio cayó sobre la casa como una manta demasiado pesada.

Me quedé unos segundos en mitad del salón, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Los libros ordenados por orden alfabético me miraban desde la estantería como si se burlaran de mí.

Había pasado la madrugada recolocándolos, moviéndolos de un lado a otro, buscando un orden que no encontraba en ninguna otra parte.

«Estás exagerando».

Podía ser.

Me apoyé en el respaldo del sofá y repasé la conversación de hacía unos minutos. Su tono. La forma en que había esquivado mi mirada cuando mencioné los comentarios. El detalle del anillo. La pregunta demasiado concreta.

«—¿En la izquierda, dices?».

Noté un cosquilleo incómodo en la nuca.

Había algo en la expresión de Nate que no me había gustado. No era sorpresa. Tampoco indiferencia. Pero… ¿qué?

Negué con la cabeza.

Estaba montando una película absurda. Un hombre me había mirado en una fiesta. Otras personas habían cuchicheado. Y yo, que llevaba dos copas de más, había unido puntos inexistentes.

Fui hasta la cocina y encendí la cafetera. Mientras esta borboteaba, recordé las palabras exactas que había escuchado en el baño.

«Bill dice que es la misma de esa página de adultos…».

«Luego te paso el enlace. Es algo de Private no sé qué…».

¿Private qué, había dicho?

Me llevé la taza de café que me había servido sin apenas reparar en ello a los labios y, sin pensarlo demasiado, saqué el móvil del bolsillo.

Abrí el grupo de chat que tenía con Ruby y Caroline.

Durante unos segundos me quedé mirando el cuadro en blanco.

Escribí:

Yo : «Ayer escuché algo raro en el baño de la fiesta».

Lo borré.

Volví a intentarlo.

Yo : «¿Os suena una página que empiece por “Private”…?».

Borré otra vez.

Me sentí ridícula. ¿Qué iba a decirles exactamente? ¿Que un desconocido me había mirado raro y que alguien creía que me parecía a una chica de una web para adultos? Sonaba absurdo incluso para mí.

Bloqueé el móvil y lo dejé sobre la encimera.

Esto lo podía resolver sola.

«O puede que no haya nada por resolver».

Eso también.

Terminé el café de un trago y caminé hasta el salón. El portátil seguía sobre la mesa baja, cerrado.

Lo miré como si pudiera leerme el pensamiento.

—No seas paranoica —murmuré.

Aun así, me senté en el sofá y lo abrí.

La pantalla tardó unos segundos en iluminarse. Demasiados.

El cursor parpadeó en la barra de búsqueda.

Escribí la palabra Private, despacio, como si cada letra guardara un secreto.

PrivateStream apareció entre las primeras sugerencias.

El corazón me dio un vuelco.

Sin embargo, no dudé en hacer clic.

La página se cargó con una estética limpia, casi elegante. Fondo oscuro, tipografía minimalista, fotografías sugerentes pero cuidadas. Nada sórdido. Nada cutre. Parecía una plataforma profesional, con apartados bien definidos: creadores verificados, suscripciones premium, contenidos destacados.

Incluso había una sección con eventos y colaboraciones especiales en distintas ciudades.

Entre ellas, Nashville.

Noté cómo se me secaba la boca.

Deslicé el cursor por la pantalla sin entrar en ningún perfil en concreto. Solo leyendo. Solo intentando entender de qué iba aquello.

En la esquina inferior derecha, un apartado llamó mi atención:

Equipo fundador.

La fotografía de aquel tipo me dejó paralizada.

«El anillo en el dedo anular izquierdo…».

Cerré el portátil de golpe.

Me temblaban las manos y tenía la respiración acelerada.

Esa página no tenía nada que ver conmigo, de eso estaba segura.

Entonces, ¿por qué tenía el presentimiento de que estaba equivocada?

Tucker

El ruido de la cafetera era lo único que conseguía mantener el silencio a raya aquella mañana.

El Anny’s era mi hogar. Mi rutina. Algo que no cambiaría por nada del mundo.

Secaba una taza con el paño cuando la puerta se abrió.

Miré el reloj.

—Llegas tarde —murmuré.

Nial se acercó a la barra.

—Son las nueve menos cinco, tío.

—Siempre llegas a menos diez.

Bufó.

—¿Desde cuándo me controlas? ¿O es que estás aburrido?

—No estoy aburrido.

—Pues lo pareces.

—¿Lo de siempre?

—Con extra de caramelo, estoy bajo de azúcar.

—Lo que tú digas.

—Anoche hubo un evento grande en Nashville, ¿lo sabías?

No levanté la vista.

—La empresa del prometido de Lizzy —continuó.

Detuve el paño entre los dedos unos segundos y seguí a lo mío.

Nial tamborileó con los dedos sobre la madera.

—¿Vas a ir a la boda?

Dejé la taza en la estantería.

—Claro.

No añadí nada más. No hacía falta.

Giré sobre los talones y entré en la cocina a prepararle las tortitas con extra de caramelo.

No tardé mucho en ponérselas delante.

—Buen provecho.

—Gracias, tío.

Estaba a punto de servirme un café para acompañarlo cuando me vibró el móvil en el bolsillo.

Al ver el nombre de mi hermana, me tensé.

—¿Qué pasa?

—Tuck… —Su voz no sonaba tranquila—. Papá se ha caído.

El poco ruido del local se volvió lejano.

—¿Dónde?

—En el establo. No me atrevo a levantarlo. Creo que… creo que es la cadera.

Rodeé la barra.

—¿Está consciente?

—Sí, pero le duele muchísimo.

—Llama a una ambulancia. Voy para allá.

Colgué sin decir nada más.

—¿Todo bien? —quiso saber Nial.

Ya tenía las llaves en la mano.

—Mi padre se ha caído.

—¿Puedo ayudarte en algo?

Asentí.

—Cierra con llave cuando termines. Invita la casa.

No esperé su respuesta.

El trayecto hasta la granja se me hizo eterno. Conocía aquel camino de memoria: la curva antes del viejo roble, el tramo de grava suelta, la verja blanca que mi padre se negaba a cambiar aunque llevara años torcida.

Cuando llegué, la ambulancia ya estaba allí.

Mi hermana estaba con mi madre, de pie junto al porche, con el móvil en la mano y el ceño fruncido.

—Está dentro —dijo en cuanto me vio.

Entré al establo y lo encontré en el suelo, quejándose en voz baja mientras los sanitarios lo inmovilizaban.

—No es nada —masculló al verme—. Solo un mal paso.

Me agaché a su lado.

—Claro, porque romperse la cadera ahora se llama «mal paso».

Esbozó una sonrisa dolorida.

—Las he tenido peores.

Negué con la cabeza.

—Ya.

Mientras ayudaba a subirlo a la camilla, sentí ese peso extraño en el pecho. El tiempo no se detenía para nadie. Ni siquiera para hombres que parecían hechos de hierro.

Cuando la ambulancia arrancó, me quedé un momento en el patio, respirando el aire frío de la mañana.

Todo seguía igual.

Y, sin embargo, nada lo estaba.

Seguimos a la ambulancia hasta Kingston, la ciudad más cercana.

Podríamos haber llamado al doctor Walsh, pero estaba en un congreso de no sé qué en la capital. De todos modos, si papá tenía la cadera rota, poco se podría hacer por él en la clínica del pueblo.

La unidad de urgencias era un caos.

Mi hermana y yo nos sentamos uno al lado del otro en la sala de espera sin decir demasiado. Ella se retorcía los dedos; yo miraba el suelo, contando mentalmente las baldosas para no pensar en la imagen de mi padre en el suelo del establo.

—Ya he avisado a Caroline —murmuró ella al cabo de un rato—. Para que no deje sola a mamá.

—¿Cómo es que la ambulancia llegó antes que yo?

Teniendo en cuenta que venía del pueblo de al lado, eso me había sorprendido.

—Al parecer, estaban dejando a la señora Foster en su casa.

Asentí.

—Menos mal que estabas allí.

Desde que volvió al pueblo, no había dejado que mis padres cargaran con todo solos. Ni yo tampoco. Pero a él le costaba aceptar ayuda. Siempre le había costado.

Un médico salió al cabo de unos minutos que se me hicieron eternos.

—Fractura de cadera —confirmó—. Hay que operar, pero es una lesión limpia. Dentro de lo que cabe, ha tenido suerte.

Miré a mi hermana y ella exhaló el aire que llevaba reteniendo desde hacía rato.

—¿Cuánto tiempo de recuperación? —pregunté.

—Unos meses. Rehabilitación, paciencia… y alguien que esté pendiente de él.

No hacía falta decir más.

Me quedaría con ellos el tiempo que hiciera falta.

Cuando por fin nos dejaron verlo, papá estaba despierto, con gesto hosco y una vía en el brazo.

—No montéis un drama —gruñó en cuanto me acerqué—. Solo me he dado un golpe.

—Claro —respondí, apoyándome en la barandilla de la cama—. La próxima vez intenta no competir con las vacas, ¿vale?

Mi hermana soltó una risa nerviosa.

Papá me miró un segundo más de lo habitual.

—Tú deberías estar en el bar —dijo—. No aquí.

—El bar puede esperar.

Me sostuvo la mirada. Yo no la aparté.

No era la primera vez que pensaba en lo rápido que cambiaba todo. En cómo una mañana cualquiera podía torcerse sin previo aviso. En cómo uno creía que tenía tiempo… hasta que dejaba de tenerlo.