Mi lugar, contigo Capítulo 1
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Mi lugar, contigo

Mi lugar, contigo

Por Virginia V. B.

© inepub.com

Capítulo 1

Lizzy

Mientras Ruby y yo contemplábamos embobadas, a través de la pantalla, cómo Caroline le cambiaba el pañal a su preciosa hija, que acababa de cumplir tres meses, no pude evitar pensar en el giro que habían dado nuestras vidas en cuestión de un año: Ruby y Nial vivían la mar de felices en la casa que ella había heredado de su abuela Holly; Caroline había formado una familia junto a Lucien, Travis y esa preciosidad de mofletes sonrosados y regordetes que hacía demasiado tiempo que no achuchaba; y yo estaba a punto de casarme con Nate, con el que llevaba prometida más tiempo del que me hubiera gustado.

Fue cosa mía esperar, claro. El abuelo Anthony solo hacía unos meses que había fallecido cuando Nate me propuso matrimonio, y creí conveniente aguardar, al menos, un año.

Y ahora me veía envuelta en el torbellino de los preparativos de boda, con muchas ganas de ser oficialmente su esposa.

—Eh, Lizzy, ¿sigues con nosotras?

Parpadeé varias veces y miré a Ruby, que me chascaba los dedos frente a la pantalla del ordenador.

Como ahora nos era más complicado vernos en persona, solíamos hacer estas llamadas al menos dos veces por semana; incluso nos tomábamos algo, como cuando nos reuníamos en el Anny’s y Tucker nos atiborraba de cacahuetes mientras nos poníamos al día con unas cervezas.

Hacía demasiado tiempo que no iba al pueblo, y lo echaba de menos.

—¿Sigues aquí o no? —repitió el gesto.

—Sí, aquí sigo. Solo pensaba en cuánto nos había cambiado la vida a las tres en los últimos meses.

—Quién nos lo iba a decir, ¿eh?

—Sobre todo a ti, Carol.

Todas reímos.

—Uf, si hace un año me hubieran dicho que iba a ser mamá, me descojono viva.

—¿Cambiaríais algo hasta llegar aquí? —pregunté.

Ambas negaron con la cabeza.

—¿Y tú?

—Yo tampoco —admití—. Al menos de momento.

—¿Cómo llevas los últimos preparativos de la boda? —Caroline, ni corta ni perezosa, se sacó el pecho y metió el pezón en la boca de Eve—. Ojalá pudiera haberte ayudado más, pero estoy a tope, ya lo sabes.

—Tranquila, lo primero es lo primero.

—Pero sigo siendo una de tus damas de honor, ¿no?

Me reí.

—Claro que sí, boba.

—¿Y Nate? ¿Está nervioso? —inquirió Ruby.

Sabía de sobra que mi prometido no era santo de devoción de ninguna de las dos, pero lo respetaban.

«A ti te respetan, querrás decir».

Sí, eso mismo.

—Nate está liado con el trabajo y me ha dado vía libre para organizarlo todo como yo quiera, y eso hago. Bueno, con la ayuda de mi madre, por supuesto. Ya sabéis cómo se las gasta Arizona Graham.

Las dos compartieron una mirada que dijo más que cualquier palabra.

—Chicas, por favor, disimulad un poco.

Caroline carraspeó.

—Lo sentimos. Si tú eres feliz…

—Lo soy —la interrumpí—. Y lo sabéis: si no, no estaría con él.

Y lo decía totalmente en serio.

Asintieron.

—Sabes que te queremos.

—Y yo a vosotras, Ruby.

—¿No era hoy cuando ibas a esa fiesta con Nate? —Caroline cambió de pecho y siguió amamantando a su retoño.

—Sí, esta noche. Un aniversario de no sé qué de su empresa.

Justo en ese momento me sonó la alarma del móvil.

—Tengo que dejaros, chicas. ¿Hablamos la semana que viene?

—De eso nada —protestó Caroline—. Hablamos mañana y así nos cuentas qué tal te lo has pasado en esa fiesta de pijos.

—Mira que eres mala.

—Bah, chorradas.

Tenía razón, aunque no pensaba dársela: en la empresa de Nate eran unos pijos y unos estirados.

«¿Cómo él?».

Ignoré ese pensamiento y me despedí de mis amigas, prometiéndoles que mañana hablaríamos otra vez.

Miré el vestido que tenía sobre la cama y suspiré.

No tenía ni pizca de ganas de ir a ese evento. Aun así, hice de tripas corazón y me fui directa a la ducha.

«Lo que se hace por amor, ¿eh?».

Pues sí. Por amor se hacía hasta lo impensable.

Me quité la ropa despacio, como si cada prenda pesara más de lo normal, y dejé que el agua caliente me cayera sobre los hombros.

Cerré los ojos. Durante unos segundos solo existió el ruido de la ducha y el vapor empañando el espejo.

Pensé en Ruby, en Caroline, en lo fácil que parecía todo cuando una miraba la vida de las otras desde fuera.

Pensé en Nate. En nosotros. Y me sentí rara.

Suspiré.

No era infelicidad. Al menos, eso quería pensar. Era más bien una sensación difusa, como cuando sabes que te has dejado algo importante en casa, pero no recuerdas qué.

Al salir, me envolví en la toalla y me planté frente al espejo. El reflejo me devolvió a una mujer que conocía bien y, al mismo tiempo, me parecía distinta. Me veía guapa, sí, pero también contenida. Demasiado correcta. Demasiado… adecuada.

«No empieces».

Me hice caso a mí misma y salí del cuarto de baño.

El vestido seguía sobre la cama. Lo había elegido con mi madre, tras varias pruebas y más opiniones de las necesarias.

Nate lo había visto por encima, lo justo para asentir y decir que me quedaba precioso.

No dudaba de que fuera verdad. Aun así, mientras me lo ponía, tuve la absurda sensación de estar disfrazándome de algo que se esperaba de mí.

«¿A qué vienen todos estos pensamientos?».

Ojalá lo supiera. Se repetían más de lo que me atrevería a admitir.

Cuando terminé de arreglarme, el móvil vibró sobre la mesilla. Un mensaje de Nate.

Amor : «Ya estoy abajo».

Cogí el bolso, tras echarme un último vistazo en el espejo de la entrada, y bajé.

Mi prometido estaba apoyado en el coche, impecable como siempre: traje oscuro, sonrisa ensayada y esa seguridad suya que a veces me tranquilizaba… y otras me hacía sentir pequeña. Me besó en la mejilla con cuidado de no estropearme el maquillaje.

—Estás preciosa —halagó, abriéndome la puerta.

—Gracias. Pensé que ibas a venir a casa a cambiarte —dije mientras me abrochaba el cinturón de seguridad.

Vivíamos juntos aquí en Nashville desde hacía algo más de un año.

—Llevé la ropa al despacho. Ya sabes, demasiado trabajo.

«Por lo menos se ha molestado en venir a buscarte».

Para.

Desvié la vista a la ventanilla y me resigné.

El trayecto fue tranquilo. Demasiado. Nate habló de la empresa, del aniversario, de la gente importante que asistiría. Yo asentía, aportaba comentarios sueltos cuando tocaba, pero en realidad miraba a través del cristal, viendo cómo las luces de la ciudad se emborronaban a nuestro paso.

—Habrá bastante gente que no conoces —comentó—, pero no te preocupes. Estaré contigo.

—Lo sé —respondí—. No me preocupa.

Y era verdad. Estaba demasiado acostumbrada a quedar en segundo plano cuando lo acompañaba a alguno de estos eventos.

No tardamos en llegar.

El lugar brillaba incluso antes de bajar del coche.

Luces cálidas, música suave filtrándose al exterior, coches caros alineados como si formaran parte del decorado.

Al entrar, Nate saludó a varias personas por su nombre.

A mí me presentaba con una mano firme en la espalda, como si necesitara recordarle al mundo —y a mí— que estaba allí con él.

—Lizzy, mi prometida.

Sonreía, estrechaba manos, decía lo correcto. Todo fluía.

No supe cuándo ocurrió exactamente. Fue una sensación primero, un cosquilleo incómodo en la nuca. Como si alguien me observara con demasiado interés. Giré ligeramente la cabeza, buscando el origen, pero solo encontré conversaciones animadas y copas en alto.

—¿Todo bien? —preguntó Nate, inclinándose hacia mí.

—Sí —mentí sin esfuerzo.

Intenté sacudirme la sensación, pero volvió. Más intensa. Esta vez no fue solo una intuición. Al otro lado de la sala, entre un grupo de personas, alguien me miraba sin disimulo. No sonreía. No parecía curioso. Era una mirada fija, tranquila, como si me estuviera evaluando.

Nuestros ojos se cruzaron durante un segundo que se me hizo eterno.

Y entonces apartó la vista.

Tragué saliva. No sabía quién era ni por qué su mirada me había provocado ese nudo en el estómago.

¿Qué había sido eso?

Intenté centrarme en la conversación que Nate mantenía con un hombre de traje gris, pero la sensación no se disipó. Al contrario. Era como si el aire se hubiera vuelto más denso, cargado de algo que no alcanzaba a identificar.

Me giré con discreción, fingiendo interés en una mesa cercana, y fue entonces cuando lo noté: no era solo él.

Dos mujeres, copa en mano, me observaban a pocos metros. No lo hacían con curiosidad inocente ni con esa mirada evaluadora tan típica de estos eventos. Era otra cosa. Se inclinaban la una hacia la otra, murmuraban y volvían a mirarme.

Aparté la vista, incómoda.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Nate, ajeno a todo.

—Un vino blanco, por favor.

Asintió y se alejó hacia la barra. Aproveché su ausencia para soltar el aire que llevaba reteniendo demasiado tiempo. Me ajusté el vestido de manera inconsciente y avancé unos pasos, sin saber muy bien adónde iba. Solo necesitaba moverme. Recuperar la sensación de control.

Pasé junto a un grupo de personas que hablaban en voz baja. No pretendía escuchar, pero una frase se coló sin permiso, clara como un disparo.

—… ¿seguro que es ella?

Me detuve en seco.

El corazón me dio un vuelco. Noté cómo la sangre me subía a las mejillas mientras fingía buscar algo en el bolso. No me moví. No respiré apenas.

—Sí, es ella —respondió una voz masculina.

—Es más guapa en persona, ¿no?

Seguí caminando como si nada, aunque por dentro todo se me había descolocado. ¿Ella quién? ¿Yo? ¿De qué demonios estaban hablando? ¿Y por qué tenía esta sensación tan rara en la boca del estómago?

Me crucé con Nate de vuelta, copa en mano.

—Aquí tienes.

—Gracias.

Di un sorbo largo, demasiado largo, intentando calmar el temblor que me recorría los dedos.

—¿Te encuentras bien? —Me observó con atención.

—Sí —respondí demasiado rápido—. Solo… hace calor aquí dentro.

—Si quieres, salimos un momento a la terraza.

Negué con la cabeza.

—No, estoy bien. De verdad.

No quería salir. No quería estar a solas con mis pensamientos. Prefería el ruido, las voces, la música suave que sonaba de fondo. Prefería cualquier cosa antes que preguntarme por qué tenía la impresión de que varias personas parecían saber algo sobre mí que yo desconocía.

—Lizzy —la voz de Nate sonó cerca, sacándome de mi mente—, ven, quiero presentarte a alguien.

Asentí.

Poco después pedí permiso con una sonrisa educada y me escabullí hacia los baños, agradecida por el silencio relativo del pasillo. Al entrar, el murmullo de la fiesta quedó atrás, sustituido por el zumbido constante de la ventilación y el eco apagado de voces lejanas.

Me apoyé un segundo en el lavabo y respiré hondo. Me miré al espejo. A la mujer que me devolvía la mirada le temblaban apenas los labios, pero se mantenía erguida. Correcta. Como siempre.

Entré en uno de los cubículos y cerré la puerta con cuidado.

No había terminado de sentarme cuando escuché pasos. Tacones. Dos pares.

—Te lo digo en serio —susurró una voz femenina al otro lado—. Bill dice que es la misma de esa página de adultos a la que está enganchado.

Me quedé inmóvil.

«¿Página de qué, había dicho?».

—¿Seguro?

—Segurísimo. Luego te paso el enlace. Es algo de Private no sé qué…

Sentí un frío extraño recorrerme la espalda.

Las voces se alejaron. La puerta del baño se cerró y, durante unos segundos, solo quedó el silencio.

Era imposible que estuvieran hablando de mí, ahora lo tenía claro. Yo nunca había tenido que ver, ni lo tendría jamás, con páginas de adultos ni nada por el estilo.

Me quedé allí, sentada, con el corazón desbocado y una pregunta repitiéndose en mi cabeza: ¿por qué no era capaz de moverme?

Lo hice un buen rato después.

Regresé a la fiesta con la sonrisa ensayada, agarrándome al brazo de Nate como si nada hubiera pasado.

Pero sí que lo había hecho, ¿verdad?