Mi lugar, contigo Capítulo 45
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Capítulo 45

Lizzy

El regreso al pueblo fue mucho más ameno de lo que esperaba; papá puso música que nos gustaba a todos, Tucker ya no estaba tan circunspecto y yo, pues para qué engañarnos, me sentía más ligera y animada de lo que creí que me sentiría.

También hablamos de las sensaciones que tuve dentro de aquel despacho al ver a Nate por primera vez desde que pasó todo.

Y les confesé haber sentido varias distintas; entre ellas, la rabia.

Cuando cruzamos el cartel de Mountain Brooks eran pasadas las siete de la tarde y me extrañó que mi padre siguiera recto en lugar de desviarse para llevarme a casa; aun así, no lo comenté, creyendo que tendría algo que recoger en su oficina.

Desde el coche vi que las luces del Anny’s estaban encendidas, y algo dentro de mí se tensó antes siquiera de entender por qué.

Miré a Tuck, que no me había soltado la mano ni un momento, y pregunté:

—¿No me habías dicho que el bar estaría cerrado hoy?

Su sonrisa de medio lado, esa que me hacía suspirar, apareció.

—Sí, lo dije.

Desvié la mirada otra vez hacia el bar. No solo eran las luces, también los coches de fuera y el movimiento detrás de los cristales; algo no encajaba.

Mi padre paró justo delante de la puerta.

—Pero… —quise protestar.

Tucker me hizo un gesto con la cabeza.

—Vamos.

Un cosquilleo me bailó en el pecho al seguirlo.

Agradecí, no sabía por qué, que la brisa me diera de lleno en la cara al bajar del coche, haciéndome sentir en casa; el aire no olía igual allí que en la ciudad, y eso se notaba.

Caminamos hasta la puerta y Tucker la abrió.

Y entonces… se hizo el silencio.

No hubo gritos de sorpresa ni nada de eso. Solo silencio.

Me quedé quieta, sin poder avanzar.

Estaban todos: los padres de Ruby, Jack y Charlotte; mi abogado, Garrett, y su mujer, Ayan; Sahale y tía Janeth; Ruby, Caroline y los suyos. Anne estaba sentada al fondo, apoyada sobre su bastón.

Y más gente, todas caras conocidas, mirándome y esperando.

El pecho se me apretó con fuerza, sin saber qué hacer; si avanzar o salir corriendo.

—¿Puedo?

La voz de Ruby me llegó desde delante; no me había dado cuenta de cuándo se había acercado.

La miré, con los ojos empañados, y asentí.

Y en cuanto me rodeó con los brazos, el muro que contenía las lágrimas se rompió. No en plan dramático ni nada de eso. Llevaba aguantando tanto todos estos días y esforzándome en contenerme, que fue como si algo se soltara poco a poco.

La abracé, con cuidado al principio y, luego, un poco más fuerte. Caroline llegó justo después, sus manos en mi espalda y su voz baja, diciéndome algo que no terminé de escuchar con claridad.

Más gente.

Uno a uno, sin agobiar, sin invadir, pero estando ahí. Todos y cada uno de ellos. No sabía qué hacer con tanto cariño, con tanto cuidado.

Me separé despacio, respirando como podía, y levanté la vista, mirando alrededor: las mesas, la barra… todo.

Anne alzó la mano.

—Ven aquí, niña.

Sonaba igual que siempre: firme y autoritaria. Y eso me hizo avanzar, acercándome despacio e inclinándome hacia ella. Su mano cálida buscó la mía.

—Ya estás en casa —susurró.

Y esa frase… esa sí que terminó de encajarlo todo.

Cerré los ojos un segundo, lo justo para que el sentimiento calara, colocándose en su lugar. Mountain Brooks era mi casa y todos ellos, mi familia. Mi gente.

Cuando los abrí, busqué a Tucker por instinto.

Lo encontré en la barra, apoyado y mirándome.

Y el pecho se me llenó de un calor indescriptible.

Más tarde se lo diría; lo que sentía por él, sí. Eso que había tardado tanto en ver, teniéndolo delante de las narices todos estos años.

Me guiñó el ojo y seguí colándome entre la gente.

Mi madre, que pensé que sería la primera en acercarse, se había quedado a un lado, esperando.

Seguramente necesitando un segundo más y preparándose para el encuentro.

Ella no me parió, todo el mundo lo sabía, pero yo la quería como si lo hubiera hecho.

Además, madre no era la que te traía al mundo y se olvidaba de ti.

Una madre era la que te acompañaba en el camino y pasaba contigo por todas las etapas, queriéndote sin condiciones.

Y, desde su llegada al pueblo, incluso antes de llevarse bien con mi padre, ella lo hacía.

—Mamá… —murmuré.

Ni siquiera fui consciente de haberlo dicho en voz alta, pero ella sí. Porque en cuanto me escuchó, también se rompió.

Vino hacia mí con paso rápido y me abrazó. Uno de esos abrazos que no preguntan, pero que sabes que necesitas como el comer. Se dio cuenta enseguida y aflojó los brazos, llevando las manos a mi cara.

—Perdona… —murmuró—. Perdona, cariño, no quería…

—Tranquila, mamá. Estoy bien.

Sus ojos no tardaron en recorrerme de pies a cabeza.

—¿Seguro?

Asentí.

—Mejor de lo que esperaba.

Me tocó la mejilla, limpiándome una lágrima.

—Bien, cielo. Bien.

Apoyé la frente en la suya.

—Te quiero, mamá.

Me acarició el pelo despacio, como cuando era una adolescente y nos sentábamos juntas a leer algún libro de fantasía o a ver capítulos de Crónicas vampíricas .

—Yo sí que te quiero, tesoro.

Me separé un poco y respiré, intentando recomponerme.

—Gracias… —musité.

—Nada de gracias, cariño.

—Pero…

—Y nada de peros —interrumpió—. Liz, quiero que sepas que esto no es ninguna celebración, solo…

—Lo sé, mamá. Solo es la familia mostrándome su apoyo. Y eso significa mucho para mí.

Los miré, uno por uno.

—Gracias a todos. De corazón.

Y ahí estaban mis amigas, contemplándome sin saber si reír o llorar.

«Par de tontas».

—Ve con ellas, anda —dijo mamá.

Y eso hice.

—Mírate… —comentó Ruby, intentando sonreír.

—No empieces…

Caroline soltó una pequeña risa.

—Es que… —se acercó—. Joder, Lizzy…

No terminó la frase ni hacía falta que lo hiciera.

Y entonces sí, me abrazaron las dos a la vez.

Y me reí.

Me reí como no hacía en mucho tiempo.

Se separaron enseguida.

Ruby se secó una lágrima con el dorso de la mano y preguntó:

—¿De verdad vas a quedarte?

—De verdad de la buena.

Caroline aplaudió a la vez que decía:

—Bienvenida a casa, petarda.

Y justo así me sentí: bienvenida.

Ya por la noche, el bar se fue vaciando poco a poco, sin grandes despedidas ni nada de eso.

Solo la gente yéndose en silencio, con un gesto, una mano en el hombro o una mirada.

Y cuando me quise dar cuenta… solo quedábamos nosotros: Tucker en la barra; Lucien y Nial en la mesa del fondo; y Ruby, Caroline y yo cerca de ellos, cotilleando.

El ruido había bajado considerablemente.

Me separé de mis amigas, que se reían por una tontería que Caroline había soltado, y fui a sentarme en una de las sillas altas junto a la barra.

Tucker dejó una bebida delante de mí.

—No es café —dijo.

Alcé una ceja.

—Gracias a Dios.

Esa sonrisa…

—Betsy dijo que nada de bebidas fuertes mientras estés tomando los analgésicos —matizó.

—Betsy dice muchas cosas.

—Y tú deberías hacerle caso.

Le miré un segundo y torcí el gesto.

—Estoy en ello.

Eso sí le hizo sonreír un poco más.

Al fondo, Ruby estaba contando algo con las manos, exagerando más de la cuenta, y Nial negaba con la cabeza.

—Eso no fue así ni de lejos.

—Lo fue —insistió ella—. Pregúntale a Lucien.

Este se encogió de hombros.

—Yo solo sé que hubo una cabra suelta y alguien gritando.

Caroline soltó una carcajada.

—Mountain Brooks en estado puro.

Negué, apoyando la barbilla en la mano.

—No ha cambiado nada…

—Ni va a hacerlo —añadió Tucker.

Caroline se giró entonces hacia nosotros y apoyó un codo en la mesa, observándome.

Miedo me daba esa mirada, para qué mentir.

—Oye —dijo.

«Oh, oh».

—¿Qué? —respondí, ya a la defensiva.

—Con todo lo que ha pasado…

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—No hace falta.

Eso arrancó una pequeña risa en los demás.

Caroline no se dio por vencida.

Nunca lo hacía.

—Decía —continuó— que, con todo lo que lees, mala memoria no tienes…

La miré, entrecerrando los ojos.

—Caroline…

—Y teniendo en cuenta el nivel de drama que manejamos en este pueblo…

Nial soltó un resoplido.

—Eso es verdad.

—…igual deberías empezar a tomar notas —terminó ella.

Un segundo de silencio, más o menos.

—¿Perdona? —solté.

—Ya sabes, para escribir una historia —añadió, como si fuera lo más obvio del mundo—. Mountain Brooks daría para tres libros mínimo.

—Cinco —intervino Ruby.

—O una serie —apuntó Lucien.

Negué.

—Estáis fatal.

—No, en serio —insistió Caroline—. Tú misma lo has dicho mil veces: te encanta leer. Sabes lo que funciona.

Tucker no dijo nada, pero noté su mirada.

—Y además —siguió ella—, tienes material de sobra.

—Gracias —murmuré—. Muy tranquilizador.

Alzó las manos.

—Vale, eso ha sonado peor de lo que quería.

—Un poco, sí.

Y ahí se quedó la idea, flotando en el aire; molesta al principio, aunque sin desagradarme.

—Sería raro —dije al final.

Más para mí que para ellos.

Caroline se encogió de hombros.

—Las mejores historias lo son.

Ruby asintió.

—Y aquí tenemos de todo.

—Demasiado —añadió Nial.

—Exacto —remató ella—. Tenemos historia para rato.

Levanté la vista y, sin darme cuenta, miré a Tucker, que me observaba con interés, sin decir nada, pero presente. Como siempre.

—No lo sé… —murmuré.

Y no le di más vueltas, al menos hasta que se marcharon todos y esperé a que Tucker recogiera.

—¿Crees que es buena idea? —pregunté.

—¿Te refieres a lo de escribir?

—Sí.

Cerró la cámara frigorífica.

—Podría serlo. ¿Te tienta hacerlo?

Tamborileé con los dedos sobre la madera de la barra.

—Caroline ha hecho que me pique el gusanillo.

Colocó unos cuantos vasos en su sitio.

—Bueno, no tienes prisa. Piénsalo.

—Oye, ¿siempre tardas tanto en recoger?

Levantó la vista y enarcó una ceja.

—Depende… ¿Tienes algo en mente?

Me bajé de la silla y fui hacia él.

No se movió.

—Me estás poniendo nervioso.

—Ah, ¿sí?

Tragó saliva cuando le pasé el dedo por el pecho.

—Liz… —advirtió.

Me reí.

—Béseme y cierre el pico, Tucker Jones.

Y lo hizo.

Durante mucho, mucho tiempo.