Mi lugar favorito (Academia Rider 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Subimos al autobús y nos sentamos en las primeras filas, mientras repasábamos algunos apuntes y exámenes de años anteriores de Biomecánica con Brooke.

Emily y Grace, que iban juntas en la fila de detrás, decidieron hacer un descanso del estudio y charlaban felizmente sobre qué harían en los pocos días de vacaciones que tendríamos a finales de abril.

—Un momento de atención, chicos —dijo Mr. Arthur—. Hoy nos dirigimos a Windspire Vaulting School para probar la disciplina de volteo —añadió—. Ya sabéis cómo va esto, vamos a repasar en qué consiste antes de llegar, por si alguien no ha estado muy atento en clase. Harper, ¿nos lo podrías explicar?

Harper, que estaba sentada al lado de Alexander, tardó unos segundos en responder:

—El volteo —empezó— es una disciplina reglada por la FEI (Federación Ecuestre Internacional) que combina gimnasia y baile sobre un caballo en movimiento.

El caballo es guiado por una persona que controla su velocidad y el aire con una cuerda de unos quince metros de largo.

En todas las categorías, los volteadores, que son quienes realizan las acrobacias, ejecutan ejercicios obligatorios según su nivel y edad, además de hacer ejercicios de estilo libre —finalizó.

Se notaba que los exámenes estaban cerca, porque Harper lo había explicado a la perfección.

Faltaban apenas cinco minutos para llegar y todos estábamos muy emocionados.

Nos recibió una chica alta, de apariencia fuerte, pero con movimientos elegantes y ligeros.

Llevaba un maillot violeta lleno de brillantes que se le veía por debajo de su chaqueta abierta, junto con unas mallas.

Nos saludó con una sonrisa antes de darnos la bienvenida:

—Bienvenidos a Windspire Vaulting School, escuela de élite de volteo. Soy Lauren, una de las alumnas que os introducirá en esta disciplina. Primero os enseñaremos un poco la escuela y luego tendréis un momento para cambiaros —comentó.

Cuando nos acercamos más a la escuela, el lugar nos dejó sin palabras.

Nos habían advertido de que era un centro de élite, pero la estructura del sitio era impresionante.

Yo seguía pensando que nuestra academia era la única de ese nivel en el país, pero a medida que avanzaba el trimestre, iba descubriendo sitios asombrosos.

Aunque, en mi opinión, ninguno superaba nuestro edificio principal.

Nos detuvimos en la entrada y Lauren añadió:

—Un apunte importante: el volteo no se practica con botas, guantes ni casco.

El casco puede ser un estorbo y causar accidentes, ya que reduce la visibilidad y, si hay más de un volteador sobre el caballo, un golpe con él podría hacer más daño que otra cosa.

Así que olvidad todo lo aprendido hasta ahora y bienvenidos a la única disciplina en la que no necesitáis saber montar a caballo para practicarla —finalizó.

Las instalaciones parecían más bien un centro tecnológico de última generación que una escuela de volteo.

Su estructura de líneas geométricas y superficies perfectamente rectas estaban recubiertas de paneles de vidrio que parecían oscurecerse o aclararse según la luz del sol.

Este sitio debe tener una luz impresionante en el interior, pensé.

En medio del edificio, justo debajo de la puerta, destacaba un gran escudo con la silueta de un caballo y un volteador haciendo una figura encima.

Lauren nos llevó al interior a través de una puerta giratoria.

Nada más entrar, nos envolvió un aroma a limpio y a café recién hecho.

A un lado, había una cafetería que parecía sacada de una revista de diseño, y al otro, estanterías repletas de libros sobre volteo, equitación y caballos.

Pero lo más impactante estaba aún por llegar.

—Vamos a empezar con un recorrido rápido por las instalaciones —dijo Lauren, guiándonos hacia la pista de entrenamiento.

La pista cubierta era espectacular. El techo, completamente de cristal, y como ya había previsto, dejaba entrar una cantidad impresionante de luz.

Debía medir unos ochenta metros de largo por treinta de ancho y tenía un suelo de sílice extremadamente blanco.

Toda la pista estaba rodeada de gradas y se podía acceder a ella desde las cuatro esquinas.

En un lateral, había potros estáticos perfectamente alineados. Eran una especie de rectángulos acolchados y elevados del suelo con un cinchuelo atado. Conté al menos seis o siete, listos para ser usados.

—Estos potros sirven para calentar y practicar movimientos antes de subirse a un caballo real —nos explicó Lauren—. Todo aquí está pensado para la seguridad y el progreso de los jinetes. Si un ejercicio no te sale en parado, no puedes empezar a practicarlo sobre el caballo.

En el guadarnés, el orden y la limpieza eran impresionantes.

Filas de cinchuelos de volteo colgaban perfectamente alineados, algunos blancos, otros negros, todos impecables.

Pero lo que más me sorprendió fue ver monturas de doma clásica y diferentes bridas de filete, así como de filete y bocado, junto a los cinchuelos.

Lauren, que debió notar cómo todos lo comentábamos, nos lo aclaró:

—Nuestros caballos no son solo caballos de volteo.

En realidad, solo trabajan en esta disciplina dos veces a la semana.

El resto del tiempo hacen doma clásica, paseos por el campo, salen cada día al paddock y pasan cavalettis .

Esto nos asegura que estén equilibrados tanto física como mentalmente, porque, pensadlo, para ellos dar vueltas en círculo con volteadores encima debe de ser muy aburrido.

Cuando llegamos a las cuadras, vimos que había unos treinta caballos. No había caballos de otra disciplina. Según nos contó Lauren, la escuela tenía alrededor de cien volteadores de todas las edades.

Seguimos recorriendo el centro hasta que nos detuvimos en el gimnasio.

Este se encontraba equipado con todo lo que un volteador pudiera necesitar: máquinas de cardio, áreas de pesas, barras y aros para trabajar la flexibilidad y la fuerza.

—Entrenamos aquí dos o tres días a la semana —nos explicó Lauren—. El entrenamiento físico es esencial. Si no estás fuerte, es imposible hacer la mayoría de los ejercicios.

Después llegamos a una sala que parecía sacada de una película futurista: la llamaban la Sala del Movie .

En el centro, había un simulador de galope que imitaba perfectamente los movimientos de un caballo.

Podía ajustarse a diferentes velocidades y ritmos, lo que permitía a los jinetes practicar todos los movimientos con mucha más seguridad.

Lauren, emocionada, nos explicó de qué se trataba:

—Aquí trabajamos otros dos días a la semana. Es perfecto para perfeccionar ejercicios sin la presión de estar sobre un caballo real. Además, el movie no se cansa, así que podemos repetir los ejercicios una y otra vez.

Finalmente, volvimos a la pista principal, donde algunos volteadores empezaban a preparar a los caballos. Llevaban sudaderos muy gruesos para minimizar los impactos en el momento en que los volteadores saltaban o realizaban algún ejercicio.

Lauren nos reunió en el mismo punto donde habíamos empezado el recorrido y habló con una mezcla de firmeza y entusiasmo:

—El volteo puede practicarse de manera individual, en parejas o en equipo.

Hoy lo probaréis de manera individual. Os dividiréis en tres grupos: unos irán al gimnasio, otros a la sala del movie y el último trabajará directamente con los caballos.

Preparaos para cansaros hoy, pero también os vais a divertir.

Aquí tenéis el vestuario —dijo, señalando otra puerta—.

Dentro encontraréis ropa adecuada para hacer volteo, porque con esos pantalones con grip —nos miró de arriba abajo— os vais a quedar pegados al caballo. Nos vemos aquí en cinco minutos.

El vestuario era amplio y estaba muy limpio.

Había varias filas de perchas con uniformes perfectamente alineados: en un lado de la sala, los de los chicos, y en el otro, los de las chicas.

Estos últimos eran de un tono violeta brillante, igual que el que llevaba Lauren, mientras que el de los chicos consistía en unas mallas negras y una camiseta violeta.

Teníamos pequeños bancos de madera y cubículos cerrados para cambiarnos en privado. Las chicas nos dirigimos a un lado y los chicos al otro. Al colgar mi sudadera, escuché a Jack decir algo detrás de nosotras.

—Este es mi lugar favorito —dijo, abriendo los brazos y mirando a su alrededor.

La frase era tan absurda que todas nos giramos para mirarlo como si se hubiera vuelto loco. Charlotte fue la primera en reaccionar, alzando una ceja.

—Claro, Jack, porque los vestuarios son el sitio más bonito del mundo.

Jack sonrió, pero sus ojos me buscaron entre el grupo. Yo lo miré, sintiendo que me moría de vergüenza por dentro, y cuando nuestras miradas finalmente se cruzaron, añadió:

—No te imaginas cuánto, Charlotte.

Sentí cómo me subían los colores, pero fingí que estaba demasiado ocupada sacando mis cosas de la mochila, intentando disimular mi nerviosismo.

Cinco minutos más tarde, los chicos ya se habían vestido con las mallas y camisetas ajustadas, y sin duda, esa ropa resaltaba sus físicos.

Era imposible no fijarse en Jack, cuya confianza natural parecía haberse multiplicado con ese conjunto, mientras que el resto de los chicos intentaba distraerse charlando.

Las chicas intercambiamos miradas y tratamos de ocultar nuestras risas, evitando mirarlos descaradamente.

Jack salió del vestuario de los primeros, pero en lugar de unirse al grupo, se quedó en una esquina. Cuando pasé cerca, noté una mano cogiendo mi brazo.

—Te echo de menos, por si no te ha quedado claro —susurró.

Antes de que pudiera reaccionar, la voz aguda de Charlotte rompió el momento.

—¡Vamos, Jack! ¿Te vas a quedar ahí todo el día o qué?

Seguramente nos había visto desde la distancia. Siempre controlando a Jack, y su expresión lo decía todo: celos.

Nos reunimos todos fuera, donde Lauren nos presentó a los entrenadores. Algunos llevaban el mismo uniforme violeta, mientras que otros vestían de negro.

—Estos son vuestros entrenadores para el día de hoy —dijo Lauren, señalando a los de violeta—, y los que van de negro son los longeurs . Ellos son los encargados de guiar al caballo con la cuerda y mantenerlo a un ritmo constante para que podáis hacer los ejercicios encima. Su trabajo es crucial.

Nos dividimos en grupos y nos llevaron a la pista principal.

Dos caballos ya estaban calentando en círculos.

Uno parecía tranquilo, sabía perfectamente lo que tenía que hacer, pero el otro parecía un poco nervioso, galopando rápido mientras el entrenador intentaba calmarlo para que cogiera el ritmo adecuado para trabajar.

Finalmente, el longeur logró relajarlo tras varias vueltas, y ese fue el caballo que le tocó a mi grupo.

Mientras tanto, Emily, Harper y Jack ya estaban trabajando encima del otro caballo.

A Charlotte y a mí nos había tocado en el otro grupo, junto con su grupito de superamigas: Katherine, Ashley y Rose. Estábamos cerca cuando el entrenador me señaló.

—¿Puedes sujetar al caballo un momento? —me preguntó.

Antes de que pudiera moverme o asentir, Katherine se adelantó.

—Yo lo hago.

No tuve tiempo de insistir, pero no le di más importancia.

Mientras ella cogía la cuerda de dar cuerda, miré hacia la pista y vi a Jack.

Estaba de pie sobre el caballo al paso, practicando un ejercicio básico de equilibrio.

Había conseguido soltar una mano del cinchuelo por unos segundos.

A este chico, pensé, ¿por qué se le tiene que dar bien todo en la vida?

De repente, el caballo que Katherine estaba aguantando por el ramal empezó a moverse y a dar manotazos. Ella le dejó un poco de cuerda, quizás demasiada, porque en un instante el caballo se giró bruscamente y salió corriendo descontrolado por la pista.

Todo pasó a cámara lenta. El caballo de Jack, que hasta ese momento había estado perfectamente concentrado y tranquilo, se asustó al ver al otro caballo galopar desbocado. Jack, que aún estaba de pie sobre el pad, perdió el equilibrio cuando el caballo empezó a botarse.

—¡Jack! —grité, sintiendo un nudo en el estómago.

Él reaccionó rápido: se dejó caer con control sobre el pad y agarró las anillas con ambas manos, aguantando mientras el caballo daba un salto tras otro. Cada segundo se me hizo eterno.

Finalmente, uno de los longeurs logró coger la cuerda y calmar al caballo que había salido corriendo. El entrenador se giró hacia Katherine, claramente enfadado.

—¿Por qué soltaste toda la cuerda?

Katherine intentó balbucear una excusa, pero era evidente que todos los presentes sabían que había actuado mal.

Mientras tanto, Charlotte se reía por lo bajo, sin molestarse en disimular.

En la academia teníamos las herramientas suficientes para controlar este tipo de situaciones con caballos nerviosos.

Jack se bajó del pad de un salto y se acercó a Katherine con la cara roja por la tensión. Nunca lo había visto así.

—¿Estás loca? —le dijo, sin levantar la voz, pero con un tono extremadamente cortante que resonó por la pista—.

¿Tienes idea de lo peligroso que ha sido eso?

Y justo antes de los exámenes finales. —Se dirigió a Katherine, que estaba visiblemente avergonzada—.

Y tú, deja de sonreír así —añadió, mirando a Charlotte, a quien se le borró la sonrisa de la cara de golpe.

Charlotte intentó responder, pero las palabras no le salieron. Sus amigas, que hasta entonces la seguían a todas partes, la miraron con desaprobación y se alejaron lentamente. Por primera vez desde que la conocía, Charlotte estaba sola.

Me acerqué a Jack, incapaz de quedarme al margen.

—¿Estás bien? —pregunté, con mi voz aún temblando un poco.

Él me miró y sonrió, cambiando por completo su expresión de hacía unos instantes.

—Estoy bien.