Mi lugar favorito (Academia Rider 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Las clases de Anatomía me fascinaban, aunque en los últimos días no conseguía concentrarme.

Lo único en lo que pensaba era en ver a Jack y en cómo iba a solucionar mi problema con el completo y Winterfell.

Obviamente, con Jack teníamos que disimular mucho, y lo que había pasado solo lo sabían Emily, Brooke, Harper y Grace.

Después de todo, evitar cogernos de las manos era casi una misión imposible, y esas sonrisitas tontas de enamorados que se nos escapaban inevitablemente, intentar disimularlas se había convertido en todo un reto.

Tampoco podía acercarme demasiado a él, aunque era como un imán que me atraía sin remedio.

Cada pequeño gesto, cada mirada, parecía gritar lo que ninguno de los dos quería admitir en público.

Para el resto del mundo era un secreto, y a las chicas las tenía amenazadas con que no podían contárselo a absolutamente nadie.

—Olivia, ¿podrías darme una respuesta? —La voz de Mr. Landon me sacó de golpe de mis pensamientos.

Parpadeé, desconcertada. Todos me estaban mirando.

—Disculpe, ¿cuál era la pregunta?

—Estás en las nubes, Olivia —resopló, cruzándose de brazos frente a la clase—. Dime tres tipos de cólicos que pueden tener los caballos.

Menos mal que había pasado a limpio los apuntes y esta me la sabía. Carraspeé un poco y, tratando de sonar segura, respondí:

—Cólico de impacto, que ocurre cuando el intestino grueso se obstruye por alimentos o arena. Cólico de gases, causado por la acumulación de aire o fermentación en el intestino. Y cólico espasmódico, que se debe a contracciones musculares anormales en el intestino.

El profesor asintió, aunque su mirada me decía que no estaba del todo satisfecho.

—Correcto, pero por favor, Olivia, ¡concéntrate! Esto es importante.

El resto de la clase pasó sin más sobresaltos.

Cuando finalmente terminamos, recogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la siguiente aula para la clase de Historia de la Equitación.

Pese a que esta no me parecía tan interesante, nuestra profesora, Mrs. Helen, tenía una forma de narrar los hechos que te transportaba a esa época.

Además, usaba presentaciones muy llamativas que te obligaban a estar atenta durante toda la clase.

Nos habló sobre los antiguos caballos de guerra, cómo habían sido entrenados para la batalla y las distintas épocas en las que estos jugaron papeles cruciales.

También mencionó cómo nacieron las primeras competiciones y analizamos los primeros Juegos Olímpicos de 1912, de las tres disciplinas principales.

—Y ahora, ¿puede alguien decirme qué civilizaciones antiguas fueron pioneras en las carreras de cuadrigas? —preguntó Mrs. Helen, recorriendo la clase con la mirada.

Harper levantó la mano casi al instante.

—¿Grecia y Roma, Mrs. Helen?

—Exactamente, Harper. Los antiguos griegos perfeccionaron las carreras de cuadrigas, convirtiéndolas en el evento principal de sus juegos. ¿Alguien sabe cómo llamaban a las personas que conducían estas cuadrigas?

—Aurigas —respondí con confianza, recordando mis lecturas de historia.

—Correcto, Olivia. Los aurigas no solo necesitaban estar fuertes para controlar los caballos, sino que también debían calcular la velocidad adecuada para los giros peligrosos del Circo Máximo.

Es fascinante pensar cómo esas competiciones sentaron las bases de lo que hoy conocemos como equitación, ¿no creéis?

Por la tarde, teníamos una de las prácticas que más esperaba: Biomecánica, y la sesión superó todas mis expectativas. Nos llevaron al laboratorio, donde un caballo corría sobre una cinta de alta velocidad, como las nuestras del gimnasio, pero en grande.

El caballo llevaba un arnés de seguridad y, según nos explicaron, la cinta podía llegar hasta cuarenta y cinco kilómetros y trabajar con una inclinación de seis grados. Era increíble cómo podíamos ver cada movimiento de los músculos mientras el caballo corría.

—Este tipo de entrenamiento, al igual que el aqua training , mejora tanto la resistencia como la fuerza —explicó el profesor, señalando las pantallas que mostraban los datos en tiempo real—.

Los estudios han demostrado que incorporar esto en la rutina del caballo puede marcar la diferencia en competiciones de alto nivel.

—Es impresionante —le susurré a Emily, que estaba junto a mí.

—Impresionante es poco. ¡Es el futuro del entrenamiento! —respondió con una sonrisa.

La clase terminó y, justo cuando pensaba que el día no podía mejorar, miré mi agenda por primera vez en toda la semana. Había escrito con letras bien grandes: «Veintinueve de marzo: cumpleaños de Liberty». Tenía que celebrarlo de alguna manera.

Esa misma tarde, después de clase, me encontré con Jack cerca del edificio principal. Le conté que quería celebrar el cumpleaños de Liberty, prepararle una tarta y que eso incluía romper otra norma. Sus ojos se iluminaron con esa chispa traviesa que tanto me gustaba.

—Así que quieres colarte en la cocina —dijo, cruzándose de brazos—. A norma rota por día vamos.

—Sí, pero necesito que vengas conmigo. Dos personas son más rápidas que una —contesté mientras ponía dirección a la cocina.

—¿Rápidas o más sospechosas? —respondió Jack.

Reímos en voz baja mientras avanzábamos, asegurándonos de que nadie nos viera, antes de que en cocina empezaran a preparar las cenas.

—¿Estás segura de que nadie nos va a pillar? —susurró Jack mientras nos colábamos por la puerta lateral del restaurante.

—Totalmente —mentí. En realidad, no estaba tan segura, pero quería hacerle un pastel sí o sí a Liberty.

Cuando llegamos a la cocina, empezamos a buscar los ingredientes entre las estanterías repletas de comida: avena, melaza, zanahorias y manzanas.

Mientras llenaba un bol con avena, Jack se apoyó en la encimera y me miró con una sonrisa.

—Creo que este es mi lugar favorito —dijo.

Lo miré, levantando una ceja.

—¿Por la cantidad de comida que hay?

—No, tonta. Porque estoy aquí contigo y no tengo que esconderme.

Se me escapó una pequeña risa, pero luego lo miré, intentando parecer seria, y añadí:

—Técnicamente, Jack, nos estamos escondiendo.

—Minucias —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero en serio, ¡esto es perfecto! Quizás deberíamos usar esta frase como un código secreto.

—¿Código secreto? —repetí.

—Cada vez que diga «este es mi lugar favorito», significará que te echo de menos y que quiero verte. Así, nadie sabrá de qué estamos hablando.

Me mordí el labio pensando en las posibles consecuencias si alguien se enteraba de lo nuestro. Ninguno de los dos quería dejar de formarse en la academia, y lo más probable era que eso pasara si nos descubrían. Asentí.

—Me parece bien.

Preparamos un pastel sencillo mezclando la avena, el azúcar y la melaza. Luego decoramos la parte superior con rodajas de manzana y zanahoria. Nos había quedado un postre enorme; lo de no saber las medidas exactas nos había hecho hacer suficiente pastel para cinco o seis caballos.

—Creo que a Liberty le va a encantar —dije, admirando nuestro trabajo.

—Y yo creo que te tomas esto muy en serio. ¿Quién celebra el cumpleaños de su caballo? —bromeó Jack, pero su sonrisa delataba que también estaba disfrutando.

—Jack, déjame ser feliz con mis cosas —le dije, intentando sonar seria.

Cuando volvimos al paddock , coloqué un trozo de pastel en el comedero de Liberty, quien lo devoró en cuestión de segundos. Adoraba todos los tipos de frutas y dulces, así que no tenía ninguna duda de que este pastel le encantaría.

—¡Feliz cumpleaños, Liberty! Seis añitos oficialmente —dije, acariciándolo.

Jack se acercó y me rodeó con un brazo.

—Creo que este es mi lugar favorito —murmuró de nuevo.

—Estamos solos. Técnicamente, ¿este código secreto tuyo no es para cuando estamos con más gente? —añadí mientras me acercaba a darle un beso.

Sonreí y apoyé mi cabeza en su hombro, pensando que también era mi lugar favorito.

Habían sobrado más de tres cuartos del pastel, así que Jack se llevó un trozo para Phoenix y yo fui a repartir el resto.

Los primeros en recibir su porción fueron Kingsman y Bumblebee, que estaban tan tranquilos en su paddock , como siempre.

Sin embargo, en cuanto me vieron, se acercaron a la valla.

—Aquí tienes, Kingsman —le dije, mientras le ponía el trozo de pastel en el comedero. Kingsman lo olfateó antes de empezar a mordisquearlo—. Sabía que te iba a gustar.

Les escribí a Grace y a Harper para ver si podíamos quedar en algún punto y darles un trozo a cada una, así que subí hacia la biblioteca para encontrarnos.

—¿Repartiendo sobras del pastel? —preguntó Harper, que se acercaba a mí con un par de zanahorias en la mano.

—No son sobras —respondí con una sonrisa—. Es una edición limitada del mejor pastel equino de toda la academia, que van a probar vuestros caballos.

—Revolution también se merece un poco del pastel de Liberty, ¿no? —añadió Grace.

—Tranquila, he pensado en los dos —dije, enseñando aún la mitad del pastel sin comer.

—¿Qué vas a hacer con el resto? —me preguntó Grace.

—Voy a ir un momento a la escuela para darle un trozo a Legacy y a los otros caballos de la escuela.

—Siempre he tenido curiosidad por ver esa zona de la academia —dijo Grace—. Te acompaño. Podemos ir, ¿no?

Grace y yo intercambiamos una mirada y añadí:

—Supongo, normalmente los alumnos de primero no van ahí, pero no creo que haya problema. Vamos —le dije, sonriendo—. Tengo ganas de verlo.

A Legacy, aunque solo había compartido unos pocos minutos con él, le había cogido un cariño especial.

Cuando llegamos a la escuela, que quedaba justo detrás de la biblioteca, estaba en uno de los minipaddocks .

No eran precisamente pequeños en metros cuadrados, sino que tenían las vallas adaptadas a la altura de los ponis, como unas instalaciones hechas a medida.

Ahí debía pasar todo el día Legacy, salvo cuando tenía clase con algún niño.

Me acerqué con cuidado y le di un trozo del pastel.

—Esto es para ti, campeón. Gracias por todo.

Legacy levantó la cabeza y olfateó el pastel antes de empezar a comérselo con tranquilidad.

La zona de la escuela era fascinante. Si nuestra zona tenía muchas hectáreas, aquí debía haber cinco o seis más, porque no era capaz de ver el final de los campos.

Había varias pistas, pero lo que más me llamó la atención fue una pequeña pista de menos de veinte metros por cuarenta metros, con vallas diseñadas a la altura de ponis A y B.

Cada detalle se había pensado para los más pequeños: las letras de la pista estaban representadas por animales.

En el sitio de la E había un elefante, en el cartelito de la S había una serpiente…

Era una buena manera de que los niños lo entendieran todo más fácil, yo, no pude evitar sonreír al recordar la frase que Emma me había enseñado para aprenderlas y que nunca se me iba a olvidar, ya que nosotros no teníamos estas facilidades:

«A Kaballo Va El Señor Haciendo Cosas Muy Raras Bonitas Pero Fáciles».

Harper señaló la pista de salto, con unos miniobstáculos increíblemente coloridos.

—¿No te parece que tienen más vida que los de la casa de saltarines? —preguntó Grace, entusiasmada.

—Muchísima más. Además, son como en tamaño pequeño —respondí, maravillada por los tonos vivos y los diseños creativos. Algunos de los saltos tenían formas de arcoíris, otros de castillos y otros parecían haber sufrido un ataque de bolas de pintura.

Pero lo que más me llamó la atención fue el gran edificio principal.

Era parecido a los nuestros de las residencias.

A través de las ventanas se podían ver aulas con monturas y bridas cuidadosamente organizadas, y las paredes estaban llenas de infografías sobre temas interesantes, diagramas y pizarras.

—Estas son las aulas para hacer teoría —dijo Grace, señalando el edificio—. Son para cuando llueve mucho o para preparar a los peques para los exámenes de galopes.

Asentí, intentando observar cada rincón de aquel sitio.

—El próximo año estaremos aquí, aprendiendo a dar clases. ¿Tienes ganas? —dijo Grace.

—No puedo esperar, adoro los ponis y los niños —respondí, mientras Harper se acercaba a un grupo de ponis que pastaban cerca de las pistas.

Había ponis de todas las capas y alturas, mezclados con unos pocos caballos.

—Además, también está la zona de caballos rescatados —añadió Harper—. Espero que la descubramos pronto.

Se me había pasado la tarde volando. Cuando nos dimos cuenta, ya era hora de cenar e ir a dormir.

Volví a la habitación sobre las nueve. Después de tomar una ensalada de tomate y una lasaña de berenjena y ricota, me dejé caer sobre la cama y revisé mi móvil antes conciliar el sueño. Había otro mensaje de Jack.

@Jack.Hawthorne: Este es mi lugar favorito.

Sonreí al leerlo.

—Yo también tengo ganas de verte, Jack —murmuré para mí misma, antes de apagar la luz.