CAPÍTULO 21
Ese mismo domingo por la noche, después de cenar con las chicas y ponernos al día sobre nuestros respectivos fines de semana, volvimos a la residencia para prepararnos para dormir.
Yo seguía con la adrenalina del día y necesitaba explotar y contarles todo, así que, en cuanto entramos en nuestra habitación, me tiré en la cama con un suspiro exagerado.
—¿Pasa algo, Libby? —preguntó Brooke, quitándose las zapatillas.
Emily, que ya se estaba poniendo el pijama, me lanzó una mirada curiosa.
—Sí, os tengo que contar MUUUUCHAS cosas —dije, apretando la almohada contra mi cara—. Es Jack.
Las dos se miraron de reojo y corrieron a sentarse a los pies de mi cama.
—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó Emily con un tono que mezclaba curiosidad y exasperación.
Me incorporé y las miré fijamente.
—¿Os acordáis de que me llama Rompenormas?
—¡Sí! —dijo Brooke—. Y que te pone de los nervios que lo haga.
—Sí, bueno…, en verdad me gusta ese mote —confesé—. Pues estos días, después de haceros caso y hablar con él, hemos vuelto a tener conversaciones… normales. Hoy me ha preparado una súper tarde con su antiguo poni, Legacy, para ayudarme a recuperar la confianza al saltar.
—¡Ese poni es una leyenda! ¿Lo has montado? —exclamó Emily.
—Sí, pero centrémonos. Lo de Legacy os lo cuento otro día. La cuestión es que Jack me ha contado muchas cosas, cosas que explican por qué se comportó así después de mi accidente. Aunque no os las puedo contar porque son… personales.
—A ver, Olivia —interrumpió Brooke, cruzándose de brazos—. Lo importante aquí no es saber por qué Jack hace lo que hace, sino qué sientes tú por él y entender ese caos emocional que tienes montado ahora mismo.
Suspiré profundamente, intentando encontrar las palabras adecuadas.
—No sé… A veces quiero matarlo. Pero otras veces… quiero besarlo —admití, sintiendo cómo mis mejillas se encendían—. Aunque nunca me lo había planteado en serio, estos últimos días quiero besarlo más que matarlo. Pero vaya, que depende del día.
Las dos estallaron a reír.
—Eso es un clásico, Libby —dijo Brooke, dándome un suave codazo—. Yo creo que estás en la fase de «me gusta, pero me da miedo admitirlo».
Emily asintió y su mirada se iluminó con esa chispa traviesa que solía preceder a sus ideas más alocadas, como esa noche de chicas de hacía unos días.
—¡Vale, ya sé qué haremos! —exclamó de repente, levantándose de un salto.
—¿Qué haréis? —pregunté, entre desconfiada y curiosa.
—Vamos a organizarte una cita. Una cita real. Y va a ser… esta misma noche —añadió Emily emocionadísima.
—Pero si son las nueve de la noche —se quejó Brooke—. ¿Qué podemos organizar a estas horas?
—Brooke, ven aquí. Tenemos cosas que hacer —le dijo Emily, cogiéndola del brazo y llevándosela hacia el escritorio.
Antes de que pudiera protestar, ambas ya estaban en marcha, cuchicheando y moviéndose como un huracán por la habitación. Brooke sacó su móvil y empezó a escribir algo rápidamente.
—¿Qué estáis haciendo? —pregunté, empezando a preocuparme—. De verdad que empezáis a darme miedo.
—Le estoy mandando un mensaje a Jack —respondió Brooke con picardía—. Tranquila, solo le decimos dónde tiene que estar y a qué hora. Y le añadimos un pequeño mensaje extra.
Levantó la pantalla para que lo viera:
@Brooke.Ashcroft: Hola, Jack. Te estamos organizando una cita para esta noche. Ahora te llama Emily para concretar. Por favor, bésala, porque esto se está haciendo demasiado largo. Las chispas que saltan van a acabar quemando la academia. Atentamente, sus mejores amigas.
—¡¿Qué?! —grité, levantándome de un salto—. ¡Borrad eso ahora mismo!
Pero ya era tarde. Emily se reía mientras Brooke le daba a «enviar».
—¡Voy a mataros! —exclamé, persiguiéndolas por la habitación.
Finalmente, cuando me rendí y me dejé caer sobre la cama, me di cuenta de que ya no había marcha atrás.
—Tienes una hora para prepararte, Libby —anunció Emily con una sonrisa triunfal antes de salir de la habitación a preparar la cita, mientras Brooke se quedaba conmigo.
El tiempo pasó volando mientras intentaba decidir qué ponerme.
Opté por algo sencillo pero formal: unos vaqueros oscuros ajustados, un jersey ancho de cuello alto de color gris clarito, mis botas con un poco de plataforma y pelito por dentro también grises, y mi chaqueta de invierno favorita, que llevaba guardada en el armario desde que llegué, ya que casi no había hecho planes fuera de la academia.
Fuera seguía haciendo frío y no tenía ni idea de dónde había preparado todo Emily, así que mejor ir preparada. Notaba mis manos sudorosas mientras me recogía el pelo en una coleta alta y sentía un nudo en el estómago.
—¿Qué voy a hacer? —le pregunté a Brooke, mirándome en el espejo—. Si nos pilla Mrs. Sabina, nos echa directamente.
—Simplemente sigue igual que hasta ahora.
Olivia, todos hemos visto que hay algo, y yo creo que Jack se muere por ti —respondió Brooke con un guiño.
Yo también lo creía, especialmente porque él mismo me lo había confesado unos días antes—.
Aunque mi consejo es que intentes no hablar demasiado de caballos… por una vez.
Efectivamente, la noche era fría. Había acertado por completo con el outfit .
Cuando llegué al lugar que me había indicado Emily, el jardín detrás de la academia, pude ver un pequeño camino iluminado con luces tenues.
No era un sitio por el que pasáramos mucho; quedaba bastante escondido, y los alumnos de último curso lo usaban para cultivar plantas medicinales y aprender a hacer remedios naturales para los caballos.
Al final del camino, debajo de un gran árbol, había una manta roja puesta en el suelo, rodeada de pequeñas velas que titilaban al ritmo del viento.
Mi corazón se aceleró al ver que Jack ya estaba ahí, esperándome con las manos en los bolsillos de su chaqueta y la mirada perdida, observando las flores del jardín.
Definitivamente, ya no era el mismo Jack del último trimestre, ese chico chulo y seguro de sí mismo que parecía tener todas las respuestas. No, ahora estaba más nervioso que nunca pero con una sonrisa tranquila.
Me acerqué despacio, todavía dudando de si mis piernas seguirían funcionando correctamente y si conseguirían llevarme donde estaba él.
—¿Tú sabías algo de esto? —pregunté, intentando sonar tranquila mientras me cruzaba de brazos para ocultar mis nervios.
—Más o menos. Emily me llamó y me preguntó qué zona me gustaba más de la academia. —Sonrió sin moverse, todavía a unos metros de mí.
—Claro, porque tú conoces todos los rincones de este lugar —solté con sarcasmo.
—No te creas, me quedan algunos por descubrir —respondió Jack—. Aunque con el mensaje me quedó bastante claro dónde quería tener una «cita oficial» contigo. —Dibujó unas comillas con los dedos en el aire al decirlo.
—No puedo creer que lo hayan hecho… —murmuré, llevándome una mano a la cara para esconder mi vergüenza.
—Pues yo se lo agradezco —dijo con una sonrisa de oreja a oreja. Dio un paso hacia mí y me miró como si yo fuera lo único importante en ese momento—. ¿Quieres sentarte?
Le hice caso, aunque sentarme no iba a ayudar a controlar mis nervios.
Me puse cómoda junto a él en la manta, dándome cuenta de que cualquier movimiento mínimo haría que nos tocáramos.
¿Acaso Emily no pudo encontrar una manta más grande?
No, claro que no. Esta apenas daba para sentarse y tapar a una persona, así que estar juntos, pegados, era la única opción si no quería morir congelada.
Aunque, sinceramente, frío no tenía.
Nunca había estado tan cerca de Jack. Bueno, ni de Jack ni de ningún chico.
Nos pusimos cómodos, mirando las estrellas.
La noche lucía tan tranquila que no se escuchaba ni un solo ruido.
Ese era el lado bueno de vivir en una academia en medio de la nada.
Emily, que no había perdido el tiempo, nos había dejado una pequeña cesta con provisiones: un par de Kit Kat, Twix (mis favoritos), unos palitos que seguramente sacó de la máquina expendedora de la residencia y una botella de Fanta.
Era lo más sencillo del mundo, pero, en ese momento, también lo más perfecto.
Hablamos durante un rato y, poco a poco, el nudo en mi estómago empezó a aflojarse. Jack, por su parte, estaba increíblemente relajado, abierto, bromista. Y entonces, en un momento de silencio, sucedió.
—Hay algo que… quería hacer desde hace tiempo —dijo en voz baja, mirándome a los ojos.
—¿Ah, sí? —pregunté, intentando sonar tranquila, aunque mi corazón parecía a punto de salir corriendo en dirección contraria.
—Sí.
Se inclinó ligeramente hacia mí, y la distancia entre nosotros (si ya era poca) se redujo hasta casi desaparecer.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, Jack me besó.
Fue un beso suave, con una delicadeza asombrosa. Toda esa fachada de chico chulo y engreído que se había ido desmoronando los últimos meses terminó de caer por completo, dejando al descubierto a Jack, y nada más.
Cuando se apartó, lo hizo despacio, como si quisiera alargar ese momento todo lo posible. Sus ojos, al abrirse, buscaron los míos al instante.
—Gracias por no matarme por esto —bromeó Jack, aunque su voz sonaba ligeramente temblorosa.
Yo no pude evitar sonreír, incapaz de decir nada coherente. Sin pensarlo demasiado, respondí con otro beso, que supo igual de mágico que el primero.
Porque, sin saberlo, ese momento era el que había estado esperando desde el primer día que lo vi y me llamó Rompenormas.
Jack abrió los brazos, invitándome a apoyarme en su pecho.
Me apoyé sin pensarlo, sintiéndome extrañamente segura.
Seguimos hablando un poco de todo: los caballos, las clases, los exámenes que se acercaban.
Por supuesto, el consejo de Brooke de no hablar demasiado de caballos lo había ignorado por completo.
Nuestra vida eran los caballos, ¿de qué otra cosa íbamos a hablar sino? , pensé.
A medida que pasaban los minutos, Jack dejaba caer algún que otro beso entre conversación y conversación, y yo solo quería quedarme en ese momento para siempre.
—¿Sabes? Esto, definitivamente, ha sido una mala idea —dije de repente, después de uno de sus besos, con una risa nerviosa.
Jack se encogió de hombros, despreocupado.
—Quizás sí. Otra norma más rota en tu lista, Rompenormas. —Sonrió, arqueando una ceja—. Pero ¿sabes qué? —continuó, inclinándose un poco más hacia mí.
—¿Qué? —pregunté, intentando sonar seria, aunque la sonrisa en mi cara era imposible de borrar.
—De todas las que has roto, esta es, sin duda, mi favorita.
Estallamos a carcajadas y, por un momento, todo pareció encajar perfectamente.
Cuando volvimos a la academia, pasadas las doce, Jack me acompañó de la mano, escondiéndonos una vez más entre los árboles hasta la puerta de la residencia. Le estábamos cogiendo el gusto a eso.
—¿Y por qué no te acompaño yo a ti? —pregunté de repente con una sonrisa desafiante—. No necesito a un jinete guapo y apuesto que me salve de los peligros de la academia.
Jack me miró sorprendido, pero luego se echó a reír.
—Me lo tomaré como un cumplido. No me dejas ni ser un caballero, Olivia —dijo—. Sé perfectamente que sabes cuidar de ti misma.
Mientras subía las escaleras del rellano de la residencia, me detuve en seco al recordar algo.
—Tengo que volver a saltar…, aún no he montado a Winterfell —dije en voz alta.
Jack apretó los dientes, negando con la cabeza, y antes de que pudiera seguir hablando, me calló con un beso.
—Shhh. Deja que termine de ser un domingo perfecto. Mañana, lunes, ya nos preocuparemos.
Cuando se apartó, sonreía con esa mezcla de seguridad y ternura que solo él podía tener.
—De verdad, relájate, Libby —dijo poniendo una mano en mi pelo y colocándome los mechones sueltos de mi coleta.
—¿Libby? ¿Desde cuándo me llamas así? —pregunté, sorprendida.
—A ver, si Alexander puede llamarte así, ¿por qué yo no? —respondió.
Levanté una ceja, divertida.
—Uuuh, ¿estás celoso, señorito Jack Hawthorne?
Jack soltó una carcajada.
—Nah…, solo me apetece picarte.
Luego, más serio, añadió:
—Ahora en serio, aún tienes tiempo. Además, si yo he caído rendido a tus pies, te aseguro que no hay nada que se te pueda resistir.
Lo miré unos segundos, entre sorprendida y divertida.
—¿Eso es lo mejor que se te ha ocurrido decirme?
—See. —Se giró para irse, pero no sin antes añadir con una sonrisa de lado—: Buenas noches, Rompenormas.
Definitivamente, prefería ese nombre. Porque era algo nuestro.
Vaya domingo… Y tal vez Jack tenía razón: si había podido lidiar con él estos dos trimestres, estaba preparada para cualquier cosa.