Mi lugar favorito (Academia Rider 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Los últimos días había tenido mil dudas y miedos.

Probar el enganche me había ayudado a desconectar un poco, y estaba decidida a seguir intentando saltar.

Me preguntaba cómo había llegado hasta aquí.

¿Cómo un pensamiento podía paralizarme tanto y no dejarme avanzar?

Me sentía pequeña e incapaz cada vez que pensaba en volver a saltar.

Jack parecía notarlo más que nadie y, aunque no había vuelto a ese extremo de control, siempre intentaba estar pendiente de mí. Tal vez porque él sabía lo que era pasar por esto.

—Sé que no quieres tocar el tema, pero los accidentes ocurren, Olivia —me dijo mientras nos dirigíamos a la biblioteca esa tarde—. Pero no tienen que definirnos. No pueden frenarnos ni alejarnos de lo que más nos gusta hacer. Yo lo he visto en mi familia…

Me detuve y lo miré. Había algo en su voz, en la manera en que evitaba mirarme directamente, que me hizo sentir que estaba recordando partes de su pasado otra vez.

—¿Te has bloqueado así alguna vez? —pregunté suavemente.

Jack suspiró y asintió.

—Sí, más veces de las que me gustaría admitir.

He tenido momentos en los que pensé que nunca volvería a subir a la silla.

En una competición con Phoenix, hace un par de años, caímos muy mal.

No fue grave, pero yo… me paralicé. Cada salto parecía que se me fuera a comer.

No podía ni mirar un recorrido sin que la ansiedad me invadiera.

—¿Cómo saliste de eso? —pregunté.

Jack se detuvo frente a la puerta de la biblioteca, con una mano apoyada en la pared.

—Tuve que recordarme por qué montaba —empezó Jack—.

No era por las competiciones ni por la adrenalina.

Hice una lista de lo que me gustaba de montar, volví a lo básico por un tiempo, monté otros caballos schoolmasters que me ayudaron a volver a confiar en mí.

Salté mil veces pequeño, porque el problema estaba en mi mente, y así, poco a poco, fui rompiendo barreras y volví a ver que, encima de un caballo, saltando, era yo en mi mejor versión.

Asentí, aunque no estaba segura de entenderlo del todo.

—No sé qué me está pasando, Jack —solté—. Me bloqueo. Mis piernas, mis brazos… No sé cómo moverme cuando veo un salto frente a mí. Tengo…

—¿Qué tienes? —dijo, mirándome tiernamente—. Dilo, Olivia.

—Miedo —dije titubeando. No lo había dicho en voz alta hasta ahora. Era como si, al guardármelo dentro, no fuera real. Pero era más que real.

—Y está bien tener miedo —empezó Jack—. Todos deberíamos tener miedo.

Si no, el mundo estaría lleno de gente haciendo locuras.

El miedo nos enseña, nos frena cuando es necesario y nos hace valorar más lo que logramos superar —dijo mientras me abría la puerta de la biblioteca para pasar unas horas estudiando antes de ir a dormir.

Esa noche, cuando me acosté, recibí un mensaje:

@Jack.Hawthrone: No es una competición. Ni es un entrenamiento. Es solo algo para ti. No necesitas hacer nada más que disfrutar. Domingo a las nueve de la mañana. Pista de salto.

No supe qué responder, pero después de la conversación de hoy, algo se le habría ocurrido a Jack, y a mí me picaba mucho la curiosidad…

El domingo por la mañana, cuando llegué a la pista, lo primero que vi fue la iluminación.

Había luces led que bordeaban los obstáculos, dándoles un aire mágico.

El día estaba muy nublado, pero se podían ver perfectamente por el efecto de las luces.

Los saltos estaban decorados con cintas de colores y, en algunos, había pequeños carteles con frases escritas a mano:

«Confía en ti»

«Puedes hacerlo»

«Eres más fuerte de lo que crees»

«Tus metas son más grandes que tus miedos»

En otros obstáculos había fotos: Liberty y yo en nuestra primera y única desastrosa competición, de los selfies que nos habíamos hecho en la noche de chicas con Brooke y Emily, más fotos con mi familia, una foto de la academia.

Y en el obstáculo final estaban escritas todas las disciplinas que habíamos probado en carteles de colores: doma, salto, completo, neck rope , enganches, horseball .

Jack me estaba esperando en medio de la pista junto a un poni precioso. Era como el poni de la Barbie: una capa palomina perfecta, con crin y cola rubia casi blancas, y de un tamaño de no más de un metro y cuarenta y ocho centímetros.

—¿Es para mí, Jack? ¿Me has comprado un poni? —pregunté, acercándome con una mezcla de emoción y nerviosismo, mientras se me escapaba una sonrisa.

Jack me devolvió la sonrisa.

—Se llama Legacy. Fue mi último poni de competición antes de Phoenix.

Corrimos grandes premios a un metro y treinta y cinco centímetros juntos, pero ahora está aquí.

¿Sabes la zona de la academia que es una escuela?

En el primer año casi no lo habréis visto —dijo, y yo asentí—.

Pues lo cedí para que niños más pequeños pudieran aprender.

Hoy lo he cogido prestado. Es un schoolmaster y, confía en mí, sabe exactamente qué hacer.

El suelo está más cerca montado en un poni, pero, si lo dejas, te llevará a lo más alto.

—Es precioso, pero… ¿tú crees que es buena idea? —susurré, acariciando suavemente su cuello.

—Confía en mí, insisto, en nosotros ahora, por favor, Olivia.

Asentí y le puse un pie a Jack para que me ayudara a montar.

Legacy se movió con una suavidad que me hizo sentir segura desde el primer momento.

Calentamos, y qué sensación la de montar un poni: el trote era como una batidora, tenía que levantarme y sentarme tan rápido que parecía que hacía el doble de esfuerzo que montando un caballo; y el galope, aunque no era rápido, resultaba extremadamente plano.

Legacy me transmitía control, mantenía todo el rato el mismo ritmo, parecía un reloj y escuchaba cada mínima orden que le daba, y eso era de agradecer.

—Cada uno de estos saltos representa una parte de ti —dijo Jack, mientras caminábamos juntos hacia el primer obstáculo—.

De lo que te gusta hacer. No tienes que hacerlo perfecto, ni siquiera terminarlo todo si no te sientes segura.

Pero confía en Legacy e inténtalo, por favor.

Solo quiero que recuerdes lo increíble que puede ser saltar.

Comencé con algo sencillo: una cruzada, en la que el punto donde se cruzaban las barras casi tocaba el suelo. Jack me propuso algo:

—Ahora quiero que vengas en línea recta y, cuando queden pocos trancos, cierres los ojos. Yo te cantaré la distancia.

Lo miré con cara de «¿te has vuelto loco?», pero ahí estaba, tan convencido de lo que había dicho y con esa cara de «puedes hacerlo», que no pude negarme.

Legacy no dudó. Jack cantó:

—Tres, dos, uno… ¡arriba!

Pasé mi primera barra. Aunque solo fuera un salto de veinte centímetros, sentí algo increíble: alegría.

Jack aplaudió, exagerando como si acabara de ganar un campeonato.

—¡Eso es! ¿Ves? Lo tienes.

Me reí casi sin querer.

Poco a poco fui cogiendo confianza. Cada salto se me hizo más fácil que el anterior, aunque, cuando me acercaba a un obstáculo, había un instante en que me asaltaban todas las dudas y me tensaba. Pero ahí estaba Legacy, con toda la tranquilidad del mundo.

Terminamos de saltar, logrando incluso algunos obstáculos de ochenta centímetros, y no podía sentirme más feliz y en paz conmigo misma.

—Bien hecho, Rompenormas. Parece que le caes bien a Legacy —dijo Jack.

—Sí… Siento decirte que ya no eres su jinete favorito, ahora soy yo —contesté mientras nos reíamos—. Aunque… lo que tengo que saltar es en el campo de cross , y es muy diferente a la pista.

Jack me miró con una sonrisa que no necesitaba palabras.

—¿Lista para una última cosa?

—¿Qué tienes en mente? No me digas que Legacy también es campeón del mundo en completo —pregunté con ironía, alzando una ceja y riendo.

—No, pero algo de completo sí ha hecho —dijo Jack—. Fuera bromas, volvamos a correr por el campo, como hicimos la primera semana de clase.

Legacy y yo seguimos a Jack y Phoenix, que ya estaba preparado en el caminador, esperando a que termináramos la parte de la pista, Jack lo tenía todo pensado.

Al principio trotamos suavemente, pero pronto empezamos a coger velocidad.

Jack debía adaptar el ritmo a la velocidad que podía llegar Legacy.

El viento en mi cara, la risa a carcajadas de Jack a mi lado, el sonido de los cascos golpeando fuerte el suelo… Todo volvía a estar en su lugar.

—Vamos, Olivia, sin pensártelo. ¡Síguenos! —me dijo Jack mientras se colaba por un camino más estrecho donde había un árbol caído.

Me paralicé al verlo. Jack y Phoenix volaron por encima unos metros antes de que nosotros llegáramos.

Yo solo podía mirar el tronco fijamente, agobiada.

Pero entonces, Legacy tiró un poco de mí con las riendas, con decisión.

La distancia era perfecta. Me dejé llevar, levantándome en el momento justo, colocando las manos donde tenían que ir.

Y volamos.

Volé por encima de ese tronco con el mejor poni que había montado en mi vida.

—¡Yujuuu! ¡Así se hace! —gritó Jack mientras seguía galopando con Phoenix y los brazos abiertos.

—¡Quiero volver a saltar! —grité al aire.

Por primera vez en semanas, no estaba pensando en lo que podía salir mal. Solo estaba disfrutando de eso que tanto miedo me había dado.

Ese mediodía, mientras me preparaba para una sesión de Netflix y lectura, repasando mentalmente lo increíble que había sido mi domingo, recibí otro mensaje de Jack:

@Jack.Hawthorne: ¿Por qué montamos?

Sonreí, recordando el día que me confesó la pregunta que le hacía a su madre, y respondí sin dudar:

@Olivia.Thorn: Para sentirnos vivos.