Mi lugar favorito (Academia Rider 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El autobús arrancó del parking de la academia rumbo a Twin Oaks Driving Academy, el lugar donde íbamos a practicar la disciplina del enganche.

Me hundí en mi asiento, evitando las miradas de Brooke, Harper, Emily y Grace, que seguían cuchicheando, todavía algo molestas por mi actitud de ayer.

Me arrepentía de haberlas dejado plantadas después de que solo intentaran ayudarme, pero no estaba lista para hablar del tema que realmente me preocupaba: mi miedo a saltar.

Si alguien mencionaba a Winterfell hoy, sabía que volvería a encerrarme en mí misma.

—Chicas…, siento lo de ayer —murmuré finalmente, sin mirarlas a los ojos.

Sentí cómo todas se giraban hacia mí de golpe.

—No debería haberos hablado así. Lo siento mucho. No os lo merecéis.

Brooke fue la primera en romper el hielo.

—Vale, pero no puedes guardártelo todo para ti. Cuéntanos qué pasa por esa cabecita tuya. Estamos aquí para ayudarnos, Olivia —dijo, mientras todas venían a abrazarme—. Lo conseguirás.

Asentí con un nudo en la garganta, pero no dije más. Afortunadamente, Mr. Arthur se levantó de su asiento al frente del autobús y empezó su explicación sobre la disciplina del enganche.

—El enganche es una disciplina muy emocionante —dijo con su característica voz firme—.

Tiene sus orígenes en el concurso completo, con la diferencia principal de que aquí se usa un carruaje tirado por uno, dos o cuatro caballos o ponis.

Hay tres tipos de pruebas: doma, maratón y conos.

Hoy, en Twin Oaks, nos centraremos en la doma, que se realiza en una pista de cien metros por cuarenta metros.

Trabajaremos en parejas, escogidas de manera aleatoria, y que se os dirán una vez lleguemos ahí.

Un leve escalofrío me recorrió. ¿En pareja?

Miré de reojo a Jack, que estaba unas filas más adelante, hablando con Charlotte.

Realmente me apetecía ir con él, y me estaba dando cuenta de que me daba rabia verlo charlando con «súper Charlotte».

Aparté la vista antes de que él se diera cuenta de que lo observaba.

Cuando llegamos a Twin Oaks, me quedé boquiabierta.

Las instalaciones parecían sacadas de una postal.

A lo lejos, una enorme pista cubierta, con paredes color cemento, se levantaba rodeada de ventanales que dejaban entrar la luz natural.

A nuestro alrededor, los campos verdes para la prueba de maratón tenían puentes, lagos y amplios caminos diseñados para que pasaran los carruajes.

El autobús había aparcado junto a una pista al aire libre, llena de conos (cada uno con una pelota de tenis en la punta), que formaban un circuito complicado, entre los que también debían pasar los carruajes.

— Wow … —murmuré.

Brooke, a mi lado, asintió con una sonrisa.

Nos dividieron en grupos y anunciaron las parejas.

—Jack Hawthorne con Olivia Thorn.

Mi corazón dio un vuelco justo cuando Charlotte ponía los ojos en blanco de forma exagerada y protestaba, exigiendo que la pusieran con él. Pero el profesor no cedió. Jack, por su parte, pareció indiferente, aunque noté una sonrisa pícara cuando se acercó a mi lado.

La primera parte de la clase fue una introducción teórica sobre la disciplina del enganche.

El profesor nos explicó los movimientos que debíamos realizar con los caballos en la pista y enfatizó la importancia de la comunicación entre los integrantes de la pareja.

Cada uno tenía un papel esencial para guiar el carruaje.

Cuando llegó el momento de la práctica, no podía negar que estaba nerviosa.

Probar disciplinas nuevas siempre era divertido, pero no tenía ni idea de cómo funcionaba esto.

Jack subió al carruaje con la naturalidad de alguien que lo hacía cada día, mientras yo intentaba no tropezarme al subir el gran escalón que separaba el suelo del asiento del carruaje.

Los caballos que nos habían tocado eran dos imponentes castaños de raza de tiro, probablemente Clydesdale.

Se parecían a los del famoso anuncio de Budweiser, esos que también habían aparecido en el último anuncio comercial de la Super Bowl.

Tenían pinta de ser tranquilos; no movían ni una pestaña. Aun así, su tamaño imponía respeto.

—Relájate, Olivia —dijo Jack con su sonrisa ladeada—. Esto no es más difícil que saltar un oxer con Winterfell, ¿no?

Mi estómago se encogió. Lo que me faltaba. Le dirigí una mirada fulminante.

—Ja, ja. Jack, qué gracioso. No hablemos de eso, ¿vale?

—Vale —respondió, levantando las manos en gesto de rendición. Pero su tono despreocupado me hizo pensar que no había terminado con el tema.

Al principio, nuestra coordinación era un desastre.

Yo llevaba las riendas y Jack iba detrás del carruaje como groom , encargándose del contrapeso.

Aunque íbamos al paso y su función era, más que nada, darme instrucciones, yo giraba demasiado brusco, confundiendo a los pobres caballos y haciendo que el carruaje se tambaleara.

Luego frenaba de forma tan fuerte que nos íbamos de golpe hacia delante.

Jack intentaba darme indicaciones con calma, y para mi sorpresa, él no había perdido los nervios en ningún momento, pero yo estaba demasiado tensa.

—Tienes que confiar en los caballos —dijo, poniendo sus manos sobre las mías para conducir juntos—. Ellos saben lo que hacen, pero tú tienes que guiarlos sin dudar.

Asentí, tomando aire profundamente. Poco a poco, empezamos a entendernos mejor, a trazar círculos y diagonales, e incluso salimos un poco al trote.

Cada vez que hacíamos un ejercicio bien, Jack me miraba y sonreía.

En un par de momentos, entre bromas y desentendimientos con las instrucciones, terminamos estallando en carcajadas mientras todo el mundo nos miraba.

—Eres toda una experta, señorita Olivia. Ya puedes competir en esto —dijo finalmente. Y, por un instante, me lo creí.

Mientras tanto, Charlotte, que estaba en otro carruaje, hacía todo lo posible por llamar la atención de Jack.

Pasaba muy cerca, intentaba giros complicados para los que no teníamos permiso y, en un momento dado, empezó a trotar y luego a galopar descontroladamente por la pista.

Cuando quiso detener a los caballos, no pudo.

Su compañero intentó ayudarla, pero no había manera de que volvieran a la calma.

Jack no dudó ni un segundo. Saltó del carruaje y corrió hacia el suyo para ayudarla antes de que alguien saliera herido.

Yo me quedé inmóvil, observando la escena.

Con determinación, logró aguantar a uno de los caballos mientras el profesor se acercaba, visiblemente preocupado y con cara seria.

Charlotte intentaba monopolizar la atención de Jack, haciendo como que los caballos se habían descontrolado solos, que ella no había hecho nada y aseguraba que necesitaba que la acompañara alguien con más nivel que su compañero Josh para controlar a los caballos.

Pero todos habíamos visto perfectamente lo que había pasado.

Exageraba su reacción, fingiendo estar más alterada de lo que realmente estaba.

Aun así, no consiguió su objetivo, porque Jack no tardó en regresar conmigo.

—¿Estás bien? —me preguntó, como si la que hubiese perdido el control de los caballos hubiera sido yo.

—Sí, claro, perfectamente —respondí—. La que se va a meter en un buen lío es Charlotte si sigue así.

—Nunca se cansa de querer llamar la atención de todo el mundo.

—Tu atención querrás decir —añadí con ironía.

Jack ignoró mi comentario y, con voz baja, dijo:

—Te dije que lo harías bien, Rompenormas.

Su mirada se fijó en la mía, muy intensa, muy directa.

Le sonreí con una expresión tonta, de esas que cualquiera interpretaría como una señal de que me estaban empezando a gustar demasiado estos momentos con Jack. Porque, para ser honesta, así era.

Cuando volvimos al autobús, Brooke y Emily no paraban de lanzarme miraditas. Finalmente, Brooke rompió el silencio.

—Tú y Jack… hay algo, ¿verdad?

—¿Qué? —respondí con rapidez, pillándome totalmente de imprevisto.

Emily soltó una risita.

—Por favor, Olivia. ¿Os habéis besado ya? Los mensajitos, las miradas… Hoy en la pista saltaban chispas.

—No todo se reduce a un beso —dije, bajando la mirada y sonriendo sin querer—. A veces, lo bonito es lo que pasa antes.

Brooke me miró con una ceja alzada.

—Eso suena a «todavía no».

—O a «ya veremos» —respondí, encogiéndome de hombros mientras me giraba hacia la ventana—. Algunas cosas merecen esperar.

Pero mientras miraba por la ventana, con la imagen de Jack en la cabeza (siempre ayudándome, preocupándose por mí, atento a cada detalle), me sentía a gusto al recordar su confesión: que le gustaba mucho cómo era.

Y esa sonrisa suya hacía que la mía apareciera sin darme cuenta.

No pude evitar preguntarme si, en el fondo, solo me estaba engañando a mí misma.

Cuando llegamos a la academia, el aire frío de la tarde empezaba a notarse. Debía darle la cena a Liberty antes de ir al gimnasio. Sin embargo, al acercarme al paddock , vi a Mrs. Sabina esperándome. Su expresión era serena, pero sus ojos me miraban con una mezcla de curiosidad y autoridad.

—Olivia, ¿puedes venir un momento? Necesito hablar contigo —dijo, señalando en dirección a nuestro guadarnés.

Tragué saliva y asentí. Por su tono, sabía que no era precisamente para felicitarme por algo.

Dentro del guadarnés, Mrs. Sabina cerró la puerta detrás de ella, señaló una de las sillas y luego se cruzó de brazos.

—Me han dicho que estuviste en el ala oeste de la academia hace unos días. ¿Qué hacías allí?

Mi mente se aceleró, buscando una excusa. Finalmente, opté por la verdad a medias.

—Fui a la biblioteca. Lo siento mucho, Mrs. Sabina, pero necesitaba un lugar tranquilo donde no hubiera nadie.

Mrs. Sabina alzó una ceja, pero su expresión se suavizó ligeramente.

—La biblioteca histórica del ala oeste es un lugar especial. Muy pocos estudiantes la conocen. Tiene algunos de los textos más antiguos y raros sobre equitación y ciencias equinas. Es comprensible que quieras estar en un sitio así, pero deberías haberme pedido permiso primero.

—Lo entiendo, no volverá a pasar —dije, intentando sonar lo más sincera posible, aunque tenía claro que, con su permiso o sin él, volvería a esa sala tan llena de magia para seguir leyendo y aprendiendo.

—Espero que así sea —respondió Mrs. Sabina, aunque su tono se suavizó ligeramente—.

¿Sabías que esa sala fue construida hace unos cientos de años?

Sir Edmund Harrington ordenó su construcción casi al mismo tiempo que fundó la academia.

Es una joya histórica. Hay documentos que datan de los inicios de la cría y el entrenamiento equino —dijo, mientras yo recordaba el libro de Jenofonte que había estado leyendo.

Aproveché que parecía haberse relajado un poco para hacer la pregunta que me había estado rondando la cabeza.

—Mrs. Sabina, ¿puedo preguntarle algo un poco… raro?

Mrs. Sabina ladeó la cabeza, intrigada.

—Claro, dime.

—Cuando estuve allí, vi unas salas en las que por debajo de la puerta se veían luces, como si estuvieran en funcionamiento. Me pareció curioso, porque, a simple vista, el ala oeste parece medio abandonada.

Por un instante, pareció dudar, pero luego sonrió levemente.

—En la academia hay muchas salas destinadas a proyectos especiales.

Algunas están alquiladas para investigaciones.

De hecho, estamos a la vanguardia de la tecnología equina.

Trabajamos en temas como la clonación, la criogenización y la reproducción avanzada.

Algunos estudiantes de tercer año, los más destacados, pueden formar parte de estos proyectos de manera extracurricular.

Si te interesa, Olivia, podría mover algunos hilos para que tengas la oportunidad de participar en segundo año. La clonación es un tema fascinante.

Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿En serio? Eso suena… increíble.

Mrs. Sabina asintió.

—Lo es. Pero, por el momento, tengo que advertirte.

No puedes estar en esa zona, y menos en la biblioteca, porque si necesitas consultar algún libro antiguo, requiere supervisión por parte del bibliotecario, que viene los lunes y los martes, y mucho menos ir acompañada de cierto señorito…

Hawthorne —añadió, levantando una ceja—. Este es tu primer y último aviso.

Sentí el color subir a mis mejillas, pero asentí rápidamente.

—Entendido, Mrs. Sabina. No volverá a pasar —mentí. Volvería a pasar.

Mrs. Sabina me sostuvo la mirada un instante más antes de cambiar de tema.

—Ahora, hablemos de tu próximo examen.

Vuelta al tema estrella, pensé.

—Tienes que volver a saltar, Olivia. No puedes suspender la prueba de completo. Si necesitas ayuda psicológica, pídela. Los jinetes de la selección siempre trabajan con especialistas para desbloquear sus miedos. No es una debilidad, es una herramienta.

—Lo pensaré —dije en voz baja—. Me está costando un poco, pero sé que puedo.

Antes de dejarme ir, añadió:

—¿Cómo te has encontrado con Liberty? Alexander ha hecho un gran trabajo con él. Estoy segura de que en el examen os irá muy bien y mejoraréis rápido.

—Liberty está increíble —admití con una sonrisa—. Está cómodo y con muchas ganas de trabajar, y eso es lo más importante.

Mrs. Sabina sonrió, satisfecha.

—Me alegra oírlo. Ahora, ve a darle de cenar antes de que llegues tarde al gimnasio.

Esa noche, de vuelta a mi cuarto, ya tumbada en la cama, mi teléfono se iluminó con una notificación. Era un mensaje de mis padres.

Al abrirlo, vi un selfie de ellos con las llaves en la mano y nuestra nueva casa de fondo. El texto decía:

Ya nos hemos instalado. Todo ha ido muy bien y ahora empezamos a deshacer las cajas. Te echamos de menos. ¿Cuándo podrás venir a vernos?

La emoción me invadió al verlos tan felices.

Les llamé nada más leer el mensaje y nos pusimos al día.

Les conté que ya estaba al 100 % físicamente después del accidente, aunque evité contarles que mentalmente aún no me sentía capaz de volver a saltar para no preocuparlos.

Ellos me dijeron que, con el nuevo trabajo, no habían podido venir, aunque Sabina les había estado informando casi a diario, ya que sabían que yo estaría liada arriba y abajo, y no querían molestarme mucho.

Les prometí que, en cuanto pudiera, haría todo lo posible para visitarlos, aunque con la distancia entre la academia y la nueva casa, todo se complicaba un poco más.