CAPÍTULO 18
No era fan de los pasillos blancos de hospital ni del olor a desinfectante, pero si traían buenas noticias, podía soportarlo todo.
Me senté en la sala de espera, con las piernas temblando bajo la mesa.
No podía evitarlo. Habían sido casi dos semanas largas, eternas, alejada de la montura, pero finalmente había llegado el día: la revisión final y el momento que me iban a quitar los puntos.
El médico entró con una sonrisa, me retiró la venda y revisó mi brazo. Después de algunas preguntas, dijo una de las frases que más deseaba escuchar:
—Está curando muy bien. Vamos a quitar esos puntos.
No pude evitar soltar una pequeña risa de alivio.
Sentí un pinchacito tras otro mientras retiraba cuidadosamente cada punto de sutura, y aunque dolía un poco, lo único que pensaba era en volver a montar.
Cuando terminó, me colocó una nueva venda fina y me dio las recomendaciones finales: evitar que le diera el sol directo si no quería que me quedara una marca más visible.
Hizo unos movimientos más con mi brazo y añadió:
—Definitivamente, estás lista para volver a montar —dijo con una sonrisa—. Pero de manera progresiva: diez minutos al día y empezarás dentro de tres días. No hagas locuras: tu brazo aún tiene menos fuerza, así que ve entrenándolo poco a poco.
No salté de la silla y lo abracé, porque habría quedado muy raro, pero mi corazón estaba acelerado. Si me hubieran preguntado cuál era la frase que necesitaba escuchar, era esa.
El viaje de vuelta a la academia fue un torbellino de emociones. En cuanto llegué, corrí hacia los paddocks . Liberty levantó la cabeza, parecía que me esperaba tan impaciente como yo. Su relincho al verme me sacó una sonrisa.
—¡Lib! —le dije mientras le acariciaba el hocico—. ¿Listo para volver a la acción conmigo?
Conté las horas, los minutos y los segundos de los dos días siguientes, mientras hacía ejercicios de refuerzo para el brazo, hasta que ya no pude más.
Me notaba casi perfecta. Preparé a Liberty con más cuidado que nunca, estrené uno de los sudaderos granates de la academia que tenía guardados en las cajas, la ocasión lo merecía.
Me aseguré de que estuviera perfecto. Lo cepillé a fondo, revisé la cincha y le ajusté la brida.
Cada paso que daba lo saboreaba al máximo.
Una vez preparados, nos dirigimos a la pista de doma.
Al entrar, respiré hondo, coloqué a Liberty al lado del banquito y puse un pie en el estribo.
Escuchar desde arriba el sonido de los cascos de Liberty sobre la arena era música para mis oídos.
Calentamos suave, con diez minutos al paso (estos no contaban como los diez minutos totales que nos había dicho el doctor, porque, desde un punto de vista técnico, no usaba mi brazo…
, así que, en mi lógica perfectamente razonable, los diez minutos empezaban a contar cuando ya comenzara a trotar o galopar).
Seguí con un trote suave, tenía que ir testeando cómo estaba el brazo después de esas semanas sin apenas usarlo.
Dependiendo del movimiento, notaba un pequeño tirón en la parte donde había tenido los puntos, pero nada del otro mundo.
Era una molestia que quedaba cubierta por la emoción.
Parecía como si no hubieran pasado dos semanas.
Alexander había montado muy bien a Liberty, lo notaba elástico, contento, y Liberty había avanzado bastante en ese tiempo.
Probamos algunos ejercicios básicos: serpentinas, cesiones, vueltas directas e inversas.
No me quería complicar mucho, simplemente quería volver a tener ese feeling montando.
—Eres increíble, Lib. Absolutamente increíble.
Cuando volvimos al paddock , organicé todas nuestras cosas con cuidado, todavía con una sonrisa de oreja a oreja.
Aproveché que tenía algo de tiempo para limpiar todas las estanterías del guadarnés, que ya les hacía falta.
Abrí uno de los armarios para limpiarlo a fondo y, de repente, los papeles de Liberty cayeron al suelo.
Me agaché para recogerlos, pero la cartilla holandesa con el árbol genealógico entero se había separado. Algo me hizo fijarme más de cerca.
Su padre, For Gribaldi , fue un famoso caballo negro de doma clásica. Eso ya lo sabía, ya que normalmente nos fijamos más en la línea del padre, pensé. Pero su madre… Miré la línea donde ponía toda su información y decía: SpringPaard .
—¿Una yegua de salto? —susurré, sorprendida. Porque nunca me había parado a mirar los papeles detenidamente. La habilidad natural para saltar de Liberty no era casualidad. Era porque realmente por sus venas corría sangre saltarina.
Sin pensarlo dos veces, le hice una foto a los papeles y se la mandé a Jack con un mensaje:
@Olivia.Thorn: ¡Jack! Mira esto. Su madre era de salto. ¡Ahora todo tiene sentido!
Su respuesta no tardó en llegar.
@Jack.Hawthrone: ¡Eso lo explica todo! Por cierto, tengo algo para ti. Esta noche, dejo la llave de la biblioteca histórica del ala oeste, escondida en la puerta principal. Pásate si te apetece cotillear.
Seguidamente llegaron dos mensajes más:
@Jack.Hawthrone: Pero no te pierdas. No quiero venir a rescatarte.
@Jack.Hawthrone: Ah, y nos vemos esta tarde con Winterfell. Vuelta al salto. Estaré ahí.
Tenía muchas ganas de volver a sentir la emoción de saltar y ver cómo estaría después de la caída, mentalmente.
Cuando llegué a la pista de salto, todos se encontraban allí: Brooke y Emily me saludaron desde la valla con sonrisas emocionadas, Harper y Grace estaban más cerca de la pista, y Jack hablaba alegremente con Alexander, quien ajustaba la montura de Winterfell.
La yegua estaba preciosa; le habían cortado las crines hacía poco y las tenía tan rectas que parecían cortadas con una regla.
Alexander la aguantaba mientras me saludaba.
—Está lista per te , Olivia —dijo Alexander con calma, pasando la mano por su cuello—. Winterfell hoy está tranquila, ¿vale? Le he dado un poco de cuerda antes, así que no te agobies. Poco a poco, solo nos quedaremos lavorando por aquí.
Asentí, pero al ver a Winterfell y a todos ahí, se me hizo un nudo en el estómago que crecía con cada segundo. Me acerqué a Winterfell y le acaricié el hocico. Decidí andar a su lado, hasta el cajón que había en una esquina de la pista para ayudarme a subirme.
—Puedes hacerlo —dijo Jack, acercándose a mi lado y poniéndome una mano en el hombro—. Solo respira.
—Me estáis poniendo más nerviosa entre todos, Jack —respondí, más brusca de lo que pretendía. Él me miró, un poco sorprendido, pero no dijo nada.
Alexander empezó a preparar la pista, colocando una cruzada en el centro, que apenas debía llegar a treinta centímetros del suelo en su punto más alto.
—Empezaremos con algo muy sencillo. Solo para que reconectéis un poco con el salto. Trota hacia la cruzada. Mirada al frente, no te centres en el salto. Siamo tutti qui .
Asentí con la cabeza y empecé a trotar con Winterfell hacia el salto con confianza.
Pero a medida que nos acercábamos, todo mi cuerpo se tensaba.
Winterfell fue acelerando poco a poco, por instinto; aunque no iba muy rápida, a mí me lo parecía.
Mis manos empezaron a tirar de las riendas y, petrificada, paré justo delante del obstáculo.
—¡Vamos, Olivia! —gritó Harper desde la barrera—. ¡Puedes hacerlo!
—Es fácil para ti decirlo, Harper —respondí, con una voz cargada de irritación—. Tú no estás aquí arriba.
—¡Vuelve a intentarlo, Olivia! —gritó Brooke, intentando animarme—. ¡Si alguien puede hacerlo, eres tú!
Las palabras de ánimo no ayudaban. De hecho, parecían aumentar la presión.
Lo intenté de nuevo al galope, pero el resultado fue el mismo: me congelé al coger la línea recta encarando la cruzada.
El más mínimo cambio de velocidad de Winterfell me petrificaba.
Aunque sabía que no había ningún peligro, me notaba incapaz de controlar mis piernas y mis manos.
Alexander se acercó, expresivo como siempre, pero esta vez podía ver la preocupación en cómo me miraba.
—No pasa nada, Libby. Estás aquí, lo estás intentando. Eso ya es algo.
—¡No es suficiente! —le grité, sorprendiéndome incluso a mí misma—. ¡No puedo hacerlo, Alexander! ¡No entiendo por qué no puedo!
Él dio un paso atrás, dejándome espacio, pero no apartó su mirada.
—Claro que puedes. Solo tienes que dejar de pensare tanto —contestó Alexander.
—No lo entiendes. Ninguno de vosotros lo entiende.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Grace intentó intervenir.
—Olivia, todos hemos pasado por alguna caída. Es normal tener miedo. Verás como, en un momento dado, tu cabeza hará click y volverás a ser capaz de saltar —añadió Grace.
—¡Esto no es miedo, Grace! Esto es… ¡es como si mi cuerpo se hubiera olvidado de saltar y montar!
Winterfell se estaba poniendo nerviosa. Lo notaba, así que paré y desmonté rápidamente. Me faltaba el aire, me puse a temblar.
—No puedo. Basta. —le dije a Alexander mientras le daba las riendas de Winterfell.
Salí por la puerta de la pista, dejando a todos atrás. Harper se acercó, pero la detuve antes de que pudiera decir nada.
—Déjame en paz. Todos. ¡No lo entendéis!
Apenas podía respirar, sentía una mezcla de frustración y miedo que me recorrían por dentro. Me adentré en el bosque de la zona de la casa de completo, mirando al suelo mientras las lágrimas empezaban a salir sin parar.
Desde lejos, escuché a Jack hablar con los demás.
—Dejadla. Necesita espacio.
Nadie se acercó. Me senté debajo de un árbol para relajarme, recuperando la respiración normal e intentando no llorar más.
Quería ponerme a analizar la situación y ver qué podía hacer para revertirla.
Solo escuchaba mi respiración errática, rápida y superficial, como si mi pecho no pudiera expandirse lo suficiente para coger todo el aire que necesitaba.
Intentaba inhalar y exhalar lentamente, pero cada inhalación era entrecortada y venía acompañada de pequeños jadeos.
Mi corazón parecía que se iba a salir del pecho, pero me forcé por cerrar los ojos y concentrarme en respiraciones largas.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba completamente sola y me lo había buscado hablándoles así a todos.
En mi cabeza no paraban de pasar una pregunta tras otra: ¿y si no soy capaz de volver a saltar?
, ¿y si me echan de la academia?, ¿me van a quitar la beca si suspendo el examen final de completo de abril?
Porque, claro, un jinete que no sea capaz de saltar no tiene sentido que se siga formando aquí, dada la importancia que se le da a las tres disciplinas olímpicas.
Aquella noche, agotada por la tarde que había pasado, pero sin poder pegar ojo, decidí usar la llave que Jack había dejado.
Me colé en la biblioteca histórica del ala oeste a ver si, de esa manera, me despejaba un poco la mente.
Jack había dejado la llave escondida en una maceta que había junto a la puerta del ala oeste, así que yo pude entrar sin problemas.
Sorprendentemente, no me perdí y no me costó mucho encontrar la gran puerta de madera, con relieves de libros y plumas.
Al abrirla, un olor a páginas antiguas me envolvió.
No había visto una sala así en mi vida. Un gran candelabro colgaba del techo, iluminando las estanterías que se alzaban hasta lo más alto, repletas de libros de todos los tamaños.
En las paredes, perfectamente ordenados por materias, había tratados de equitación, doma clásica, anatomía equina, e incluso volúmenes sobre el comportamiento del caballo.
Algunos eran tan antiguos que sus solapas crujían al mínimo roce de mi dedo, como si fueran a desintegrarse en cualquier momento.
En el centro, varias mesas de madera oscura tenían pequeñas lámparas que proyectaban una luz cálida y acogedora.
Algunos libros estaban abiertos en atriles, como si alguien los hubiera estado leyendo hacía apenas unos minutos.
Todo aquello era como viajar en el tiempo.
Me acerqué a una de las mesas y cogí el primer libro, Principios básicos del entrenamiento ecuestre, pero al lado había uno que me llamó más la atención.
Estaba muy bien cuidado, lucía una tapa dura, negra, con letras doradas, papel amarillento, realmente parecía de los más antiguos de ahí.
En la portada, con letras mayúsculas y grandes, ponía: JENOFONTE, Sobre la equitación , 401 a. C. Comencé a leer.
(…) No puedo apreciar un asiento si estoy sentado en un sillón con las rodillas muy arriba.
Correctamente, un jinete tiene que sentarse con las piernas abiertas y el busto recto, porque de esta forma puede agarrarse mejor con los abductores al caballo y así montar con más presión (…) Un caballo ha de ir reunido en los giros, ya que no es seguro, cómodo ni fácil para un caballo girar con velocidad y en poco tiempo…
Pero si el jinete cierra el caballo, no debe de girarlo con las riendas inclinándolo ni inclinándose él mismo hacia el giro.
Si no tiene esto en cuenta, ambos caerán al suelo…
Si hemos entrenado unas lecciones lo suficiente, el caballo debe de poder descansar…
No se debe de bajar fuera de la pista, sino allí, donde hemos exigido al animal su esfuerzo, allí debe de poder descansar también.
Página tras página, me parecía aún más increíble que tantos años atrás ya se hubieran hecho escritos como esos. Me quedé varios minutos pasando los dedos por las páginas. Leer seguía siendo mi refugio.
Pensé en mis amigos. Me sentí culpable por haberles hablado mal. Ellos solo intentaban ayudarme, pero yo no había sabido gestionarlo, y no se merecían que les hablara así.
Mientras cerraba uno de los libros, para volver a la residencia mucho más tranquila y algo más positiva, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Jack.
@Jack.Hawthrone: A veces es necesario perderse y fallar para volver a encontrarse y volar. Descansa, Olivia, y cuando estés preparada, hablamos.
Sonreí tímidamente. Tal vez Jack tenía razón. Tal vez estaba bien perderse de vez en cuando, si eso me ayudaba a encontrar el camino de vuelta.