Mi lugar favorito (Academia Rider 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Por las grandes ventanas que había en los laterales de los pasillos, se podía ver el cielo negro, lleno de pequeñas estrellas brillando fuerte.

Solo se escuchaba el eco de nuestros pasos resonando por los pasillos del ala oeste.

Menos mal que confiaba en Jack y no creía en fantasmas, porque ese sitio daba muy malas vibraciones.

Me acerqué a Jack, ahora mismo solo quería estar cerca de él, y más después de todo lo que me había confesado.

Se notaba que algunos pasadizos estaban poco transitados, aunque alguien debía usarlos de vez en cuando.

Jack caminaba delante de mí y jugaba con las llaves en su mano. Había más de una, y yo solo me preguntaba qué íbamos a hacer allí y qué abriría cada una de esas llaves.

—¿Seguro que deberíamos estar aquí? —pregunté, por quinta vez en la noche de hoy.

Jack me miró por encima del hombro, con una de esas sonrisas suyas que parecía decir «confía en mí, aunque no deberías».

—No te preocupes, Olivia. Nadie viene aquí nunca. No romperemos más normas.

Le lancé una mirada escéptica.

—¿Y tener esas llaves no cuenta como romper alguna norma?

Él se encogió de hombros.

—Ventajas de ser yo.

Seguimos avanzando, y las cosas se volvieron aún más raras. Las puertas de las salas estaban cerradas con llave, pero en algunas se podía ver cómo se colaba una tenue luz proveniente del interior. Me detuve frente a una que tenía un cartel que decía «Criogenización».

—¿Criogenización? —murmuré, leyendo en voz alta. Luego miré otra puerta, que decía «Clonación», seguida de una de «Reproducción».

—Jack, ¿qué es todo esto? —pregunté, tratando de mantener mi voz neutral, aunque por dentro tenía una mezcla de fascinación y escalofríos.

Jack se detuvo, apoyando la espalda contra una pared y cruzando los brazos, haciéndose el interesante.

—No tengo ni idea —contestó.

—¿Cómo que no tienes ni idea? —pregunté, frunciendo el ceño—. Entonces, ¿por qué tienes las llaves?

—Para hacer experimentos secretos en mi tiempo libre, obviamente —respondió, poniendo los ojos en blanco con dramatismo y una sonrisa traviesa.

—Jack…

—Vale, vale —alzó las manos, como rindiéndose—. La verdad es que nunca me ha importado mucho lo que hacen aquí. Descubrirlo significaría romper muchas más normas, y bueno, creo que ya rompo suficientes normas contigo.

No pude evitar reírme un poco.

—Me parece fascinante a la vez que estremecedor —dije, mirando otra puerta por la que, por el zócalo, salía un rayo de luz—. Esto es de locos.

Seguimos andando. Los pasillos parecían no tener fin, como si el ala oeste fuera un laberinto diseñado para perderse.

Finalmente, llegamos a un rellano más amplio.

Había tres puertas. Una era enorme, de madera oscura con herrajes antiguos y tallada a mano con cabezas de caballos, jinetes y libros, y un cartel en el que se leía «Biblioteca histórica».

Otra era más pequeña y tenebrosa, con un letrero que decía «Cripta».

Y finalmente, la puerta a la que se dirigía Jack: la puerta que daba acceso a la sala de trofeos y reliquias.

Tallada en madera oscura también, estaba decorada con ramas de laurel que se entrelazaban entre ellas.

Jack abrió la puerta con una de sus muchas llaves.

Al cruzarla, me vino un olor a madera antigua y cuero envejecido.

Las paredes estaban cubiertas de vitrinas de cristal, llenas de trofeos antiguos, medallas de oro, plata y bronce, cada una cuidadosamente etiquetada con el nombre del jinete, la competición y el año en el que se ganó.

En el centro de la sala, sobre una gran pieza de mármol, había piezas icónicas: sillas de montar de cuero negro, espuelas doradas que debían tener más de doscientos años y bridas engalanadas.

Una gran lámpara colgante iluminaba toda la sala.

—¿Una sala de trofeos? —pregunté, arqueando una ceja.

Jack asintió y señaló hacia una de las vitrinas.

—Ven, quiero enseñarte algo.

—En la cripta que has visto al lado están enterrados los jinetes más famosos de Inglaterra —explicó Jack, con una voz más suave de lo habitual—.

En estas tierras hace siglos, se formaban guerreros a caballo.

Los que se ganaban el título de caballeros eran enterrados aquí, junto con las cenizas de sus caballos, como un símbolo de su vínculo.

Cuando se construyó la academia se trasladaron los restos a la cripta —continuó mientras yo escuchaba atentamente—.

Y en esta sala de trofeos, tienen sus pertenencias más importantes.

Hay monturas aquí que deben ser de las primeras que se hicieron.

Caminé a su lado, observando los nombres y las fechas de cada trofeo.

Algunas eran tan antiguas que apenas se podían leer.

Entonces, Jack se detuvo frente a una vitrina que era diferente.

Estaba impecable. El oro de los trofeos relucía mucho más que los otros, no había una mota de polvo.

En la parte de arriba había una montura algo más nueva que el resto de ellas, y una fotografía enmarcada apoyada en frente a las medallas.

Me acerqué, y mi corazón dio un vuelco al ver la imagen de una mujer que, aunque más joven, se parecía mucho a Jack.

—¿Es ella? —susurré.

Jack asintió, con una expresión serena.

—Mi madre. Tiene aquí sus cosas porque este lugar era todo para ella. Aprendió a montar aquí, creció aquí, trabajó aquí y decía que nunca se sentía más en paz que cuando estaba en la academia.

Tragué saliva, sintiéndome muy pequeña respecto a este lugar tan lleno de significado.

—Es precioso, Jack, que conservéis sus cosas aquí —dije finalmente, porque no sabía qué más decir.

Jack sonrió.

—Sí, lo es.

Me fijé en otros nombres. Estaba el fundador de la academia, sir Edmund Harrington, jinetes que habían hecho historia en doma, salto y carreras, y también un espacio dedicado a los caballos.

Grandes placas con nombres y grabados que contaban las historias de los mejores caballos de Inglaterra y sus hazañas.

—Todo esto… —empecé, mirando a mi alrededor—. Hace que te des cuenta de cuánto significa este lugar, cuánta historia hay detrás.

—Sí, me encanta descubrir todos estos rincones, aunque lo mejor es la biblioteca histórica. Te morirías ahí —dijo Jack, con una sonrisa que volvía a ser esa mezcla de travesura y sinceridad.

—Sería brutal poder ir —dije, poniendo cara de «por favor, llévame», y añadí—. Entonces, ¿siempre vienes aquí?

—Bueno…, aquí vengo algunas veces, pero también uso las llaves para evadirme y explorar el castillo.

No pude evitar reírme.

—Claro, Jack. Porque a mí me llamas Rompenormas, pero estoy descubriendo que a ti te pertenece el título oficial.

Él me miró y, en ese momento, todo se me revolvió por dentro.

De verdad que no sabía qué me estaba pasando.

Estos últimos momentos con Jack, solo me daban ganas de abrazarlo y decirle que todo estaba bien.

Solo tenía ganas de estar más y más horas molestándonos el uno al otro, haciendo bromas y sintiendo esas mariposas en el estómago que sentía cuando me miraba así.

Definitivamente se me había pasado el enfado de la semana anterior, porque ahora lo entendía todo.

Jack me acompañó hasta la puerta de mi residencia, volviendo a escondidas por el bosque para evitar que nadie nos viera, mientras seguíamos comentando en voz baja todas las cosas que debía ocultar la academia y que nosotros no sabíamos.

Nos paramos en la puerta y, apartándome un mechón de la cara, dijo:

—Me gustas mucho, Olivia. Nos vemos mañana. Buenas noches.

Era la primera vez que alguien me decía algo así. Y así de sincero. No supe qué responder, mi mente estaba completamente en blanco. Apenas logré articular un «buenas noches» mientras lo veía alejarse, de nuevo hacia el bosque.

Entré de puntillas en la habitación. Brooke y Emily dormían profundamente.

Me senté en el borde de mi cama, aún sin saber cómo procesar todas las emociones de esa noche.

Quería contarles todo, desde las luces que se colaban por debajo de las puertas del ala oeste, hasta la cripta y la sala de trofeos.

Pero, de momento, la historia de la familia de Jack me la iba a guardar para mí.

Sin embargo, sobre todo, necesitaba que me ayudaran a descifrar lo que yo misma sentía.