CAPÍTULO 16
Al día siguiente, me desperté con un mensaje de Instagram en el móvil que decía:
@Jack.Hawthrone: ¿Podemos vernos?
Parecía que alguien nos había escuchado la noche anterior, o que yo lo había manifestado tan fuerte esa noche que se había hecho realidad. Siguiendo el consejo de las chicas, acepté hablar con él. Así que respondí:
@Olivia.Thorn: ¿Cuándo y dónde te gustaría? ¿Qué quieres hacer?
@Jack.Hawthrone: Hablar. Entrada del castillo a las doce de la noche. De nueve a diez estoy castigado quitando hierbas de la pista.
¿Castigado? pensé, sorprendida. ¿En qué momento Jack había hecho algo tan malo como para acabar recogiendo hierbajos?
@Olivia.Thorn: Nos van a pillar.
@Jack.Hawthrone: No te preocupes, yo me encargo. No vas a romper más normas de las normales.
Esa noche, Jack apareció vestido con un pantalón de chándal, una chaqueta bastante gruesa, el pelo mojado como si acabara de salir de la ducha, y con su característico estilo de chico malote.
—Ey, ¿cómo te encuentras? —dijo.
—Bien, Jack. Si he venido solo para que sigas vigilando mis constantes vitales cada minuto, me vuelvo a la residencia.
—No… Perdona, no era mi intención. Es solo que estoy preocupado —me dijo mientras me tocaba el brazo—. Me gustaría contarte algo —continuó mientras sacaba un manojo de llaves y abría una de las puertas laterales del castillo.
—¿Cómo…? ¿Por qué tienes estas llaves?
—Hay muchas cosas que no sabes de mí —dijo mientras cerraba la puerta a mis espaldas—. Vamos a sentarnos en un sitio más cómodo.
Era una parte del castillo de la que nunca me había percatado.
Tampoco me había dado mucho tiempo a investigar, porque de normal las clases nos tenían absorbidos y nunca me había planteado qué salas había más allá de las veinte aulas que usábamos para las clases.
Pasamos por varios pasadizos oscuros y giramos varias veces, tanto a la derecha como a la izquierda.
Los pasadizos eran fríos, y solo estaban vigilados por gárgolas de diferentes tamaños y formas que se mostraban colgadas en las paredes.
—Jack, sé que no estás interesado en secuestrarme, pero esto me está dando un poco de mal rollo.
—¿Estás asustada? —dijo girándose a la vez que me cogía la mano—. Enseguida llegamos.
Ahora sí lo estaba, pero no por el lugar al que íbamos, sino por todas las emociones que me invadieron al sentir su mano firme, guiándome hasta la puerta.
Entramos en una estancia donde estaban dispuestos dos sillones. En uno de los laterales de la sala había otra gran puerta que parecía dar a un despacho, pero quedaba tan oscuro que era difícil de ver.
—Esta es el ala oeste del castillo. Ahora apenas se usa, pero solía jugar en esta sala cuando era pequeño, mientras esperaba que mi madre terminara de trabajar —continuó—.
Antes no tenía este aspecto lúgubre y oscuro, había mucha luz, y los alumnos entraban y salían del despacho mientras yo tenía toda una colección de caballos de juguete con sus respectivos boxes y outfits de la marca Lemieux .
—No sabía que tu madre trabajara aquí en la academia.
—Trabajaba, en pasado, Olivia —su rostro se apagó de golpe—. Justo esto era lo que te quería contar —dijo señalando los sillones.
Estaba claro que Jack había preparado el ambiente para que estuviéramos cómodos. Un pequeño fuego en la chimenea calentaba la sala, y en cada sillón había dos mantas de cuadros rojos y beiges para taparnos y resguardarnos del frío. Me senté en uno de ellos mientras observaba a Jack.
—Mi familia, al igual que la mayoría de las familias de alumnos de esta academia, ha tenido su historia aquí —empezó, y su tono se volvió más serio—.
Mis padres eran jinetes de salto, y muy buenos, eran un dream team .
Mi padre era profesor de la academia, entrenaba a los alumnos de último año, y mi madre era la directora más joven que había tenido esta academia.
Por eso me pasaba largas horas jugando aquí de pequeño.
Me recoloqué en el sillón mientras seguía escuchando atentamente a Jack
—Cuando tenía seis años, en una competición, el mejor caballo de mi madre rehusó y ella salió disparada hacia delante.
Impactó contra las barras de los saltos.
Al levantarse parecía que todo estaba bien, la miraron en la ambulancia y la dejaron irse, le dijeron que solo tenía una pequeña contusión en la espalda —dijo Jack, entrecortando las palabras e intentando respirar con tranquilidad—.
En la pista de calentamiento, volvió a montar a su caballo para quitarse esa espinita.
Fue bien y todo parecía normal, hasta que volvimos a casa, y todo lo normal se volvió oscuro.
Mi madre solo se sentía un poco rara y mareada, así que decidió irse a dormir.
A la mañana siguiente, no despertó. La autopsia reveló que había tenido una contusión en la cabeza muy fuerte, aunque llevara el casco, y una hemorragia interna.
Además, si hubiera ido al hospital, probablemente se habría salvado.
Por un momento, me quedé petrificada. No sabía qué decir y solo me salió:
—Oh, Jack… No sabía nada de esto…
—No te preocupes, no lo llevo escrito en la frente —dijo, intentando sacarle hierro al asunto, aunque su voz denotaba una tristeza evidente.
—Debió ser un golpe muy duro para ti.
—Yo era muy pequeño, aunque sí, fue muy complicado.
Pero para quien fue realmente difícil fue para mi padre.
Se querían muchísimo, eran como dos almas que se habían encontrado, y él no supo pasar página.
Dejó el trabajo, dejó de montar, empezó a descuidarse y los servicios sociales le quitaron lo único que le recordaba a ella: a mí.
Jack bajó la mirada, respirando profundamente.
—Cayó en una depresión, mientras que a mí me mandaron con mi tío Erik que vivía en el pueblo del lado. Así, mi padre podría recuperarse del todo. La verdad es que a mi tío esto de ser padre de golpe le quedó grande, aunque tenía todo el dinero del mundo para nanis y un servicio que cuidara de mí.
—¿Y a tu padre? ¿No lo ves?
—Sí, lo veo de vez en cuando, pero cuando decidí volver a montar y se lo conté, no le sentó muy bien. Prefirió poner un poco de muro entre nosotros antes que afrontar que me podía caer y pasarme como a mi madre. Supongo que necesita más tiempo.
—¿Y a ti, no te dio miedo montar?
—No sé si eso corre por mis venas o es genética, pero no pude evitarlo. Pasé un tiempo lejos de los caballos, pero a los siete u ocho años, lo único que me hacía feliz era estar con ellos.
—¿Y cómo volviste a este mundo?
—Lo único bueno de criarme con Erik fue la poca atención que quería darme y los caprichos que me daba con tal de no escucharme.
Así que pedí un poni y empecé a entrenar cada día con los mejores.
Quería esforzarme al máximo. Al principio, quería montar tan bien para no caerme nunca, hasta que aprendí que caerse del caballo iba implícito dentro de la palabra equitación.
—¿Y cuando te caías? —En mi cabeza había mil preguntas que quería hacerle, pero dejé que él continuara.
—Me daba pánico, pero lo fui controlando. Me chequeaba muy bien después de una caída, hasta…
—¿Hasta qué, Jack?
—Hasta que me dijeron que te habías caído y te vi en el suelo, y después en el hospital, y cuando volviste a la academia seguías diciendo que tenías molestias… Ahí tuve un déjà vu que me invadió y me hizo actuar como no debía.
—Jack…, me siento fatal ahora mismo.
—No te preocupes, Rompenormas, no tienes por qué saberlo todo.
—Hasta en Navidades te puse que disfrutaras con tu familia… —contesté sintiéndome aún peor—. Madre mía, y seguro que echabas muchísimo de menos a tus padres. Qué mal.
—Ven, quiero enseñarte algún secreto más de la academia —dijo cambiando de golpe su expresión y sonriendo otra vez.
—¿Exactamente cuántas normas estamos rompiendo? —dije tratando de aligerar el ambiente.
—Mmm… déjame que cuente: son las doce de la noche, cuando a las diez deberíamos estar durmiendo, somos dos alumnos de dos casas diferentes, escondidos, y eso se podría malinterpretar.
Estamos hablando en una zona prohibida para los alumnos…
Mmm… creo que hemos roto suficientes normas como para que nos echen.
—¡JACKK!
—¡No te preocupes! Si nos echan, no va a ser esta noche.