Mi lugar favorito (Academia Rider 2) CAPÍTULO 15
55%

CAPÍTULO 15

Brooke y Emily habían notado lo mal que había estado estos últimos días por mi discusión con Jack.

Aunque ellas me aseguraban una y otra vez que volvería a hablarme, que era yo la que le había pedido un poco de espacio y que me lo estaba dando.

En los últimos días ni lo había visto, ni me había mandado ningún mensaje, ni siquiera me lo había cruzado en los pasillos entre clase y clase.

No puedo negar que había mirado el móvil unas ochenta veces al día…

, pero nada. Me sentía fatal por mi actitud y echaba de menos hablar con él.

Brooke tampoco estaba mucho mejor. Finalmente, lo había dejado con Will y, por las noches, le venía el bajón y se las pasaba llorando. En fin, menudo equipo formábamos. La única que se salvaba era Emily, que, como pasaba del tema de los chicos, no tenía estos problemas.

Por suerte, estar con ellas me ayudaba. Además, me mimaban más de la cuenta.

Aunque yo les decía que no hacía falta, que mi brazo ya estaba casi bien y que apenas notaba los puntos, ellas insistían en hacerme el desayuno, llevarme los libros y ayudarme en todo.

Al final, no podía decir que no porque se ponían en modo muy pesado.

—Chicas —soltó Emily el viernes por la noche mientras veíamos Wicked —, este fin de semana toca… ¡fin de semana de chicas! Os venís las dos a mi casa, y no acepto un no por respuesta.

—Pero, Emily, tendrás que avisar. ¿Seguro que tus padres no se van a enfadar por tener a dos invitadas para una pijamada? —pregunté.

—La verdad, me apetece el plan. Estoy harta de los chicos y de llorar. Necesitamos un fin de semana para nosotras —dijo Brooke, levantándose con determinación.

Al día siguiente, a la una en punto del mediodía, nos esperaba un coche en el parking de la academia para llevarnos a casa de Emily. Era el mismo coche en el que ella se subía fin de semana tras fin de semana, despidiéndose de mí para ir a pasar unos días a su casa.

El trayecto duró poco menos de dos horas y, cuando nos acercábamos, Emily nos contó un poco más:

—Mi familia tiene las cuadras en casa con todos los caballos de compra y venta, así que aquí no hay un solo momento sin caballos. Aunque espero no tener que ver muchos este fin de semana.

El coche desaceleró y giró por un pequeño camino, hasta que una valla blanca se abrió, dejando a la vista un camino rodeado de árboles.

La casa de Emily se ubicaba justo en medio de un frondoso bosque.

La fachada de la casa, de ladrillo rojizo, estaba parcialmente cubierta por enredaderas de jazmín blanco que empezaban a florecer, dándole ese toque de casa antigua de película.

Desde fuera, se veían las grandes ventanas con marcos blancos a ambos lados del amplio porche, donde había varios sofás de mimbre.

Era una casa grande, pero acogedora. Ya podía imaginar a Emily corriendo de pequeña por ahí, jugando al pillapilla con sus hermanos.

El jardín que rodeaba la casa estaba extremadamente cuidado, con caminos de piedra bordeados de florecitas de colores vibrantes.

Detrás quedaban las cuadras, impecables, construidas en madera oscura barnizada, con espacio para hasta veinte caballos, según nos había contado Emily.

Las puertas de los boxes tenían pequeñas placas de bronce con los nombres de los caballos de la familia, mientras que los de compra y venta solo llevaban un cartel con el nombre y la cantidad de comida que se le tenía que dar a cada uno.

Junto a las cuadras había varios paddocks verdes, delimitados por vallas blancas y muy bien cuidados, donde algunos caballos disfrutaban del poco sol de Inglaterra.

En el terreno también había dos pistas. Una de ellas era cubierta, con grandes vigas de madera, ventanas que dejaban pasar la luz natural y un imponente chandelier colgando del techo, que le daba un aire elegante y sofisticado.

Al fondo, los anillos olímpicos brillaban en la pared, colocados ahí después de que la madre de Emily participara en los Juegos Olímpicos de Barcelona.

La otra pista, al aire libre, tenía un suelo de sílice blanco y se podía ver desde el gran ventanal del salón de la casa.

Qué divertido, pensé, desde el sofá tan pronto puedes ver Netflix en la televisión como a tus padres o hermanos entrenando caballos fuera.

El interior era tan impresionante como el exterior: techos altos, suelos de madera brillante y muebles clásicos. La cocina era amplia y luminosa, y en ella trabajaba una mujer a la que Emily saludó efusivamente.

—¡Elizabeth! Estas son Olivia y Brooke —nos presentó Emily.

—Encantada, Elizabeth —le dije con una sonrisa, sorprendida de que en casa de Emily hubiera alguien interno viviendo.

En mi casa, mis padres hacían malabares para llegar a todo y llevarme a todos sitios.

Seguro que debía ser una gran ayuda, sobre todo si los padres de Emily trabajaban tantas horas, como nos habían comentado algunas veces, porque ni siquiera habían venido a recibirla.

—Ella ha estado con la familia desde que éramos pequeños —nos explicó Emily con orgullo—. Nos ha cuidado siempre, nos cocina, nos llevaba a la escuela… Ha sido como una segunda madre para mí.

—¡Qué ilusión que estéis aquí! ¿Qué queréis para cenar, chicas?

—nos preguntó Elizabeth—. ¿Pizza y hamburguesas?

Esa academia es demasiado estricta y en el restaurante seguro que no os dan de comer estas cosas, pero sois jóvenes y la vida está para disfrutar.

Emily me dijo que hay que subir los ánimos, así que os he preparado la habitación y en unas horas os subiré cositas.

Elizabeth se había pasado el juego. En la habitación de Emily, había tres colchones en el suelo, juntos, llenos de almohadas y mantas.

Delante de cada colchón, una cajita personalizada con mascarillas faciales hidratantes, pintauñas, un par de velitas y, al fondo de la habitación, una pantalla blanca con un proyector.

Nos había dejado tres películas para que escogiéramos.

Nos pasamos la tarde hablando mientras los padres de Emily seguían trabajando. Sobre las siete de la tarde, Elizabeth nos subió la comida.

—Emily, tus padres terminarán en un rato, han preguntado por ti. ¿Bajaréis a saludarlos en una hora? —dijo mientras entraba en la habitación.

—Claro, sobre las ocho bajamos —dijo Emily—. Mil gracias, Elizabeth.

Cuando nos dejó las bandejas, no podía creerlo.

Teníamos un par de pizzas recién hechas, un bol enorme de palomitas y una bandeja con frutas frescas como plátano, manzana, fresas y mandarina.

Junto a todo eso, varias bolsitas de chocolates: Kit Kat, Maltesers, Twix, M&M’s y, por si fuera poco, tres cupcakes decorados con un glaseado de colores y pequeños detalles de azúcar tutti colori .

¡Se acababa de convertir en la mejor noche de mi vida!

Nos sentamos en el suelo, rodeadas de almohadas, y nos pusimos a hablar.

La luz tenue de las velitas y el aroma suave a vainilla que se desprendía de ellas me hacían relajarme.

Mientras nos pintábamos las uñas y nos hacíamos mascarillas, hablamos de todo un poco, dejando de lado nuestros problemas por unas horas.

A las ocho en punto, bajamos a ver a los padres de Emily.

Mientras bajábamos por la escalera de madera, me di cuenta de un detalle en el que no había caído antes: las paredes de la casa estaban llenas de fotos.

Algunas eran retratos familiares, pero la gran mayoría eran de caballos en competiciones, trofeos y momentos que parecían importantes.

—Toda mi familia ha estado en el mundo del caballo desde siempre —comentó Emily al ver mi interés—. Mis bisabuelos ya montaban a caballo, así que esto viene de muchas generaciones atrás. Mi madre y yo somos como dos gotas de agua, ¿verdad? —añadió Emily.

Me fijé en una foto en particular. La madre de Emily llevaba un elegante frac de color verde oscuro y sujetaba una enorme copa con una sonrisa idéntica a la de Emily.

—Sois igualitas —dije con admiración.

—Mis padres se conocieron en una competición y, cuando se retiraron del alto rendimiento, decidieron centrarse en la compraventa de caballos. Convirtieron lo que antes era solo una pequeña cuadra familiar en un negocio internacional.

Era fascinante escucharla. No solo era un negocio, sino una tradición familiar que se transmitía de generación en generación. Obviamente vi claro que el futuro de Emily estaba ahí, siendo la próxima en coger las riendas de esto, aunque a ella no le convencía mucho.

Al llegar al salón, sus padres nos recibieron con una sonrisa.

—Así que vosotras sois Olivia y Brooke —dijo su padre, con voz firme pero amigable—. Hemos oído hablar mucho de vosotras.

—Solo cosas buenas, espero —respondí con una sonrisa nerviosa.

—Por supuesto —dijo su madre—. Emily siempre nos habla de sus amigas de la academia. Nos alegra que estéis aquí.

Nos sentamos con ellos unos minutos, y la conversación fluyó de manera natural.

Nos preguntaron sobre la academia, nuestras aspiraciones y cómo nos sentíamos en este mundo tan exigente.

Se notaba que eran personas apasionadas por lo que hacían, y aunque en un principio imponían respeto, su calidez hacía que fuera fácil hablar con ellos.

Después de un rato, nos despedimos y volvimos a la habitación para seguir con nuestra noche de chicas.

Nos sentamos de nuevo en los colchones para seguir hablando de todo lo que se nos pasaba por la cabeza.

—Chicas, tengo que pasar página con Will —soltó de repente Brooke, suspirando profundamente—. Esto de que me haga elegir entre los caballos o él… no. Pregunta errónea. ¿Qué esperaba que contestara?

Emily y yo nos quedamos en silencio, escuchándola. Brooke seguía dándole mil vueltas al tema.

—Me ha costado mucho llegar hasta aquí, y estoy persiguiendo mis sueños.

Si podemos compaginarlo, genial, pero, si no, no tiene sentido seguir.

Todo el mundo cree que estamos locas, pero montar a caballo y querer dedicarse a esto es un estilo de vida, no es algo para un rato y ya.

Estoy segura de que, si se colaran en nuestra cabeza, verían que es un 24/7 pensando en caballos.

—Claro que sí, Brooke —le dije, convencida.

—¿Y tú, Olivia? ¿Qué vas a hacer con Jack? —preguntó Emily.

—No lo sé, chicas. Quitando estos últimos días, que no entiendo qué le ha pasado, estos meses me lo he pasado muy bien con él. No sé… ¿qué hago si me vuelve a hablar?

—Yo hablaría con él. Quizás tiene una razón de peso para estar así. Creo que no es tan chulo como aparenta, es una coraza. He escuchado que ha tenido una vida complicada. Aunque, si deja de hablarte por esto, voy a pensar que es idiota por completo.

—¿Y si no me escribe? —les dije.

—Pues en unos días le pones un mensaje de: «Oye, idiota, ¿ya has dejado de preocuparte por mí o qué?». Y te quedas tan ancha. Al menos lo habrás intentado.

Estallamos todas a reír a carcajadas.

Las tres películas que nos había dejado Elizabeth eran perfectas para una noche de chicas. Teníamos para escoger entre: Un pequeño favor, El diario de Bridget Jones y Pequeña Miss Sunshine . Finalmente, optamos por Pequeña Miss Sunshine mientras seguíamos pintándonos las uñas.

Entre risas, secretos y algún que otro comentario sobre lo desastrosa que era nuestra vida amorosa, el tiempo se nos pasó volando. Para cuando la película terminó y nos cansamos de hablar, ya eran casi las tres de la madrugada, pero aún seguíamos picoteando restos de chucherías.

—¿Os dais cuenta de que, cuando estamos juntas, todo lo malo parece menos importante? —dijo Brooke, abrazando una almohada.

—Es porque somos un equipazo —respondió Emily, sonriendo—. Y nada ni nadie va a cambiar eso.

—Gracias, chicas, por aparecer en mi vida en la academia, de verdad que no sé qué habría hecho sin vosotras —dije, con una sonrisa sincera mientras las miraba—. Habéis estado ahí en los buenos y en los malos momentos.