CAPÍTULO 12
Ala semana siguiente teníamos otro intercambio con Winterfell.
La temperatura estaba más baja ese día con respecto a los anteriores, y los caballos parecían notarlo, con el vaho saliendo de sus ollares en cada bocanada de aire.
Me dirigí, después de las clases prácticas, al campo de cross para reunirme con Alexander.
El paisaje estaba impresionante esa tarde, cubierto por una ligera niebla que hacía que todo pareciera salido de una postal inglesa.
Winterfell estaba guapísima con su sudadero caqui, un salvadorso de borreguito negro y unos protectores eQuick que tienen un gel dentro que da aún más protección a los tendones.
Yo me había puesto un conjunto completamente negro, así que hacíamos una buena combinación.
Alexander, con su habitual energía, me ayudó a subirme mientras me contaba el recorrido que íbamos a hacer ese día.
— ¡Cara , ajusta esos estribos! ¿Crees que vas a un concurso de doma o a montar en el cross ? —bromeó, lanzándome una mirada y poniendo los ojos en blanco.
Sonreí, subiendo rápidamente los estribos. Aún me costaba encontrar la medida perfecta para saltar, siempre me notaba demasiado corta en la montura de salto, pero, cuando volvía a mi montura de doma, notaba los estribos demasiado largos. Nunca sabía cómo ponerlos.
—¿Mejor ahora? —pregunté, levantando una ceja.
— Molto meglio , divina. Ahora sí parece que sabes lo que haces. ¡Vamos a darle caña! —dijo, aplaudiendo con entusiasmo.
Comencé a calentar a Winterfell con subidas y bajadas al trote y al galope.
La notaba con mucha más energía que las otras veces que la había montado, y eso me agobiaba un poco.
Poco a poco, salía de mi zona de confort para dejar de galopar a ritmo domero, pero la sensación de descontrol me bloqueaba y ni siquiera me dejaba montar como sabía.
Seguí calentando, haciendo muchas transiciones de trote-galope y galope-trote para ver si poco a poco se calmaba y se concentraba en mí.
Sin embargo, parecía que cada vez tenía más energía.
Se me enganchaba un poco a la derecha, y cada vez que pedía un giro, se resistía antes de escucharme y hacerlo.
Se lo comenté a Alexander que, con su desparpajo de siempre, me dijo que era normal con el frío que hacía ese día.
Además, esa semana estaba en celo. El celo en las yeguas es el período en el que están receptivas para reproducirse, y durante estos días, igual que Winterfell, pueden mostrarse más inquietas o temperamentales.
En clase nos habían comentado que el ciclo dura de tres a siete días y se repite cada tres semanas.
Así que debía acostumbrarme a ello por si coincidía el celo con el día del examen.
Empezamos con un ejercicio al paso. Se trataba de pasar por diferentes obstáculos manteniendo la calma, con las riendas completamente largas.
Alexander se quedaba cerca, pero a diferencia de otras veces, en las que él se ponía delante, esta vez estábamos yo y Winterfell solas.
Primero pasamos un par de banquetas, unos obstáculos de cross que parecen escalones.
Los había de diferentes medidas y, poco a poco, Alexander fue incrementando la altura.
También pasamos alguna pequeña zanja que saltamos con facilidad.
Las zanjas son agujeros en el suelo que acostumbran a dar mucho miedo a los caballos, y es uno de los grandes quebraderos de cabeza de los jinetes de completo.
A Winterfell no le daban miedo, la notaba segura, pero a mí, mentalmente, me daba pánico caer dentro.
Una vez que completamos todos los ejercicios al paso, empezamos a galopar tranquilamente y a pasar los mismos obstáculos a un buen ritmo.
El galope de Winterfell era perfecto, firme y constante.
No se desmontaba cuando galopábamos en bajada, y eso me daba mucha seguridad, aunque cada vez cogía un poquito más de velocidad.
—¡Perfecto! ¡Eso es! —gritó Alexander desde la valla del campo—. ¡Sigue así, cara ! Ahora ve por el segundo tronco, pero controla esa velocidad. Ve jugando con las medias paradas. Es un cross , no una carrera de velocidad.
Seguí sus indicaciones y me fui con Winterfell hacia el tronco, saltando sin problema.
—¡Libby! ¿Ves ese obstáculo estrecho a mitad de la colina que tiene una triple barra? Es el siguiente. Está a ochenta centímetros, pero no te confíes, coge las riendas cortas y mantén ese ritmo constante para que puedas ver bien la distancia, va bene? —gritó Alexander a lo lejos.
Asentí, ajustando las riendas mientras llevaba a Winterfell hacia la pequeña colina. Todo parecía ir bien al principio. El galope seguía siendo rápido pero controlado; sin embargo, a medida que nos acercábamos, noté que Winterfell aceleraba.
—¡Calma, Winterfell! —dije en voz baja, tirando de las riendas para hacer una media parada y levantándome ligeramente de la montura para hacer más fuerza.
—¡No te levantes, relaja la cadera y siéntate más profundo, Olivia! ¡Marca tú el ritmo con tu cuerpo! —gritó Alexander, con tono firme pero confiado.
Intenté seguir sus instrucciones, sentándome profundamente en la silla y pidiendo más control. Pero Winterfell parecía que me ignorara. Estábamos demasiado cerca del obstáculo y ya íbamos demasiado rápido. Mi corazón empezó a acelerarse.
—¡Winterfell! ¡PARA, PARA! —grité, un poco desesperada, sintiendo cómo toda yo me tensaba.
Pero Winterfell no paró. Saltó desde muy cerca, a una distancia horrible.
Sentí cómo tocaba el salto con las dos manos.
Los obstáculos de cross suelen estar diseñados con mecanismos que hacen que se caigan o se rompan después de un impacto, pero esta vez no fue así.
Todo ocurrió en segundos. Perdimos el equilibrio y, antes de que pudiera reaccionar, ya estábamos en el suelo.
Salí disparada hacia adelante, sintiendo el impacto de mi cabeza contra el suelo.
Apenas tuve tiempo de procesar el golpe, cuando Winterfell cayó a mi lado, noté cómo apoyaba su peso sobre mi brazo y algo se clavaba en él.
Un dolor inmenso atravesó mi cuerpo mientras la presión de Winterfell mantenía mi brazo aplastado en lo que a mí me parecían minutos, aunque seguramente fueron segundos.
—¡OLIVIA! —escuché a Alexander gritar, pero su voz sonaba muy lejos.
Mi visión empezó a oscurecerse. Lo último que vi fue la cara de Alexander, llena de pánico mientras corría hacia nosotros, antes de que todo se volviera completamente negro.