CAPÍTULO 11
La rutina de la academia ya nos había invadido del todo.
Ya no teníamos que ponernos trescientas capas cada mañana, y el frío, aunque seguía presente, no se colaba tan hondo en los huesos.
Por suerte, hacía semanas que había dejado de nevar y los paddocks comenzaban por fin a secarse.
Esa mañana, Brooke y Will habían estado discutiendo a la hora del desayuno por videollamada.
Últimamente, Brooke se sentía triste y Will no paraba de decirle que por qué no se podían ver más, que si los fines de semana apenas estaban juntos, que no le escribía todas las mañanas y que no le contestaba lo suficientemente rápido.
Vaya, todas las red flags juntas y viéndose a la legua.
Emily y yo tratábamos de animarla, pero Brooke había dejado de ser esa chica que desprendía magia, desparpajo y felicidad durante estos días.
Ahora solo intentaba justificar cada cosa y acción que hacía con Will.
Además, hoy era San Valentín, una fecha que no ayudaba mucho.
En la academia, había algunas relaciones, pero secretas, ya que era algo que aparentemente estaba prohibido.
Sin embargo, era inevitable en una escuela con tantos jinetes y amazonas que alguna pareja se formara, aunque siempre con máxima discreción e intentando disimular en cada momento.
Las relaciones en la academia eran complicadas.
Si bien todos estábamos allí con el mismo propósito, el contacto constante, las largas horas de entrenamientos y la convivencia en un espacio tan cerrado favorecían que las conexiones surgieran de manera natural.
Pero siempre había un riesgo: las normas.
Mi San Valentín era Liberty, teníamos una broma entre jinetes que era: feliz San Cavallín, y lo pasábamos con nuestros caballos; este año, no iba a ser diferente.
Después del fin de semana saltando con Liberty, tenía que descubrir en qué actitud volvíamos a la doma.
Los caballos de salto, por lo general, galopan completamente largos en su cuerpo, sin apenas reunión ni contacto, y cambiar el chip de una disciplina a otra podía ser complicado.
Mientras entrenaba, la pista cubierta estaba tranquila esa tarde.
Solo se escuchaba el eco de los cascos de algún caballo de fondo.
La verdad, Liberty había estado increíble, parecía que esto de saltar le venía estupendo.
Además, me había regalado un par de cambios de pie a cada mano que me hicieron muy feliz.
Estaba tan concentrada en despreparar a Liberty cuando terminamos, que no note su presencia hasta que escuché sus pasos detrás de mí.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté a Jack, como si no fuera evidente, pensé.
Jack estaba justo a nuestro lado, plantado con algo grande y pesado en las manos. Algo que reconocí al instante: una montura.
—¡Jack, qué manía tienes con venir aquí! La zona de la casa de salto está en los caminos de más arriba, por si te has perdido —dije echándole la bronca, pero sin pasarme porque no quería que se fuera.
—Bah, no me he perdido, pero es que me encanta romper las normas —respondió sonriendo.
—¿Qué llevas ahí? ¿Has venido a enseñarme tu nueva montura? —le pregunté, entrecerrando los ojos con curiosidad.
Jack se encogió de hombros y contestó:
—Nada… bueno, algo. E-es para ti —dijo con un ligero tartamudeo, dejándola sobre la valla del paddock de Liberty.
Me quedé mirándola, sin palabras al principio. Era una montura, obviamente había sido usada, seguramente con ella se habrían ganado varios concursos, pero estaba en un estado impecable.
—¿Es tuya? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
Hubo un silencio prolongado hasta que respondió.
—Era mía —dijo mirando al suelo, nervioso—. La usé cuando Phoenix y yo empezamos a saltar. Ya no la necesito, pero pensé que tú podrías aprovecharla, ahora que estás saltando con Liberty.
¿Aprovecharla? Era mucho más que eso. Sabía lo que valían las monturas, seguramente era de buena marca y su precio debía ser elevado.
—Jack, no puedo aceptar esto. Es… tuya, has corrido con ella, tiene una historia.
—Precisamente porque tiene historia. No quiero que se quede ahí acumulando polvo.
Además, Liberty necesita algo mejor que saltar con una montura de doma, bueno…
Liberty salta con lo que le pongas, más bien tú.
Necesitas una montura para mejorar esa posición que se queda en un intento de ser saltarina —dijo con una naturalidad que me desconcertó.
Como si no se diera cuenta del valor de lo que me estaba regalando.
Pasé los dedos por encima. Detrás, en una placa plateada, tenía grabada una J. Qué bien, pensé, así cada vez que la pusiera me iba a acordar de él.
Estábamos los dos tensos, y yo no sabía qué más decir, así que lo primero que se me vino a la mente fue:
—¿Esto es por San Valentín? ¿Me declaras tu amor así, Jack? —solté, levantando una ceja mientras intentaba no sonreír más de la cuenta.
Jack levantó la mirada rápidamente, con una expresión de incredulidad y con las mejillas sonrojadas por completo.
—Por supuesto que no. No digas tonterías —dijo, frotándose la nuca—. Es solo… un detalle. Nada que ver con San Valentín, Rompenormas. No te flipes, ya te gustaría.
Lo miré, intentando descifrarlo. Jack siempre había sido complicado de comprender. Pero pensé que este gesto era algo importante para él.
—Gracias, Jack. De verdad. Prometo cuidarla, y ganar al menos una competición de salto con ella algún día —dije, intentando restarle importancia al asunto.
Jack sonrió. Y pude ver como mi respuesta le hacía feliz por un instante, aunque enseguida añadió:
—Eso espero, porque, si no, me la devuelves. Con ella gané mi primer campeonato de Europa. Sin presión, Olivia, sin presión —dijo mientras se alejaba entre los árboles para que nadie lo viera.
—Sin presión, Jack —solté entre medio de una risa, observando cómo se alejaba con las manos en los bolsillos.
Acaricié de nuevo la montura, observándola detalladamente para verla mejor.
Era de la marca CWD, marrón oscuro, con estribos Flex-On de seguridad negros; menos mal que Jack había dejado estos estribos, al menos no nos íbamos a quedar estribados en caso de caída.
Los detalles de la montura lucían en plateado, y encima de ella había una cincha del mismo tono de marrón.
Sonreí una vez más antes de colocarla sobre Liberty para ver cómo le quedaba.
—Liberty, la verdad es que ahora sí que parecemos unos saltimbanquis. Ahora vas a ir mucho más cómodo —le dije sin poder quitarme la sonrisa de la cara. La verdad, no solo era la montura lo que me hacía sonreír, sino de quién venía.