CAPÍTULO 4
Salimos al día siguiente a las seis de la mañana, en coche con mi hermano, para poder llegar al mediodía a la academia, tener tiempo para instalarme y estar con Liberty.
—¿Estás nerviosa por volver? —preguntó Tyler sin apartar la vista de la carretera.
—Un poco, estoy pensando en todo lo que tengo que hacer esta semana: empezar los entrenos, el planning de Liberty, las nuevas asignaturas…
—Típico de ti —dijo con una sonrisa—. No puedes estar cinco minutos sin planificar.
—Algún día deberías intentar tomarte la vida estudiantil en serio: organizarte, estudiar con tiempo…, aunque se te dé genial y con solo ir a clase apruebes todo. Solo para probar —le dije.
—Si somos el equilibrio perfecto, así nos compensamos, ¿no? —Tyler se encogió de hombros—. Pero fuera de coñas, me flipa lo centrada que estás. Yo a tu edad solo pensaba en fiestas y sobrevivir a los exámenes.
—Eso sigue sin cambiar, ¿no?
— Touché —rio.
Empezaba a acostumbrarme a estos viajes con él.
Era un momento solo para nosotros dos: él me contaba todos los líos que había tenido en la universidad, sus ligues, asignaturas, fiestas y desmadres.
La academia, en ese sentido, era mucho más tranquila, pero tengo que reconocer que, cuando me explicaba todas las cosas que pasaban allí, una parte de mí deseaba vivir esta experiencia universitaria.
Mi hermano nunca había tenido una novia formal que hubiera presentado a mis padres.
Era un picaflor, como le llamaba mi madre, y de momento parecía que disfrutaba al máximo de esta época.
Durante las últimas horas de viaje, me describió, una a una, cada asignatura que tenía en Ingeniería de Diseño Industrial y lo que se estudiaba en ellas.
No entendía casi nada, aunque él estaba emocionado contándomelo, así que lo dejé hablar.
En el trimestre pasado, había diseñado una boya que emitía un sonido de baja frecuencia que solo las ballenas podían escuchar, ahuyentándolas para que no llegaran a la costa.
Seguramente, con alguno de sus inventos, va a cambiar el mundo, pensé.
Al llegar a la academia, Tyler me dejó en la puerta para seguir su viaje.
Me bajé del coche ante las dos grandes puertas de hierro forjado en forma de caballo, tras las cuales quedaba el largo camino de robles y al fondo la academia.
Después de despedirme de mi hermano, piqué al timbre para afrontar unos meses más ahí dentro, tenía las mismas mariposas en el estómago que en el primer trimestre.
Ya no había vuelta atrás. Una vez dentro, todo volvería a empezar.
Aún con las dos maletas, me dirigí directamente al paddock de Liberty.
El suelo estaba embarrado por la nieve que se derretía lentamente, se habían formado pequeños charcos por todas partes.
Me daba miedo andar muy rápido, hacer patinaje artístico y acabar rodando por el suelo.
Lib estaba tranquilo y levantó la cabeza cuando me vio.
Silbé, y él relinchó mientras se acercaba trotando.
Sabía que me había reconocido y se había puesto contento de verme, aunque, después de dejar que lo acariciara, se volvió hacia el montón de heno que tenía en medio del paddock .
Me supo a poco el recibimiento que me dio, pero tampoco le di mayor importancia.
Vi que todo parecía en orden: sus comidas del día siguiente estaban preparadas, el paddock se encontraba limpio y todo seguía igual que como lo había dejado hacía diez días. Era momento de volver a ver a las chicas y deshacer todas mis maletas.
En la residencia se respiraba emoción. Todos contaban cómo les habían ido las Navidades con sus familias, los regalos que les había traído Papá Noel y las cosas que habían aprovechado para hacer en estos días.
Subí al piso de arriba, arrastrando las maletas por esa moqueta que había echado más bien poco de menos, hasta llegar a la habitación dieciséis, mi lugar seguro.
Al igual que cuando había llegado a la academia y había visto a Liberty, seguía teniendo mariposas en el estómago, porque entrar en esa habitación solo significaba una cosa: vuelta a la rutina.
Abrí la puerta un poco, y desde dentro escuché:
—¡Oliiii! ¡Por fin has llegado! Llevamos horas esperándote —dijo Brooke, levantándose de la cama y corriendo a abrazarme.
—¡Chicas! ¡Qué ganas tenía de veros! —contesté mientras le devolvía el abrazo.
—Ey, Olivia, ¿qué tal tus días de vacaciones? —preguntó Emily.
—Muy bien —respondí, dejando caer la mochila sobre mi cama—. Aunque, para ser sincera, ya necesitaba volver. Echaba un poco de menos todo esto… y a Liberty.
Emily y Brooke se rieron.
—Lo dices como si hubieras estado fuera años, y han sido solo días —dijo Emily.
—¡Tal cual! Claro, tú, como tienes los caballos en casa, no te da tiempo a echarlos de menos —repliqué.
—Uff, calla, calla. No he dejado de montar ni un día. Yo sí que necesito unas vacaciones de caballos y que nadie me hable de ellos —contestó Emily.
—Tiene que ser tan brutal tener los caballos en casa…
Te despiertas y ya ves las pistas y las cuadras —dije mientras sacaba de la maleta las libretas nuevas que había comprado antes de volver.
Una en particular, con una cubierta granate con puntitos que me hacía especial ilusión: mi nueva agenda para este año.
—No te creas —contestó Emily.
—¿Y tantas libretas nuevas? —preguntó Brooke, señalando la pila que había hecho en mi cama.
—Libretas nuevas para el trimestre —añadí.
—¿Y las del trimestre pasado? —preguntó Brooke.
—Todas llenas de esquemas. Había que renovar. Además, Mrs. Sabina insiste en que llevemos un registro detallado de todos los entrenos de los caballos, así que he cogido alguna más para la organización de Liberty. Estoy intentando ser responsable, chicas —dije con una sonrisa.
Ellas asintieron mientras yo seguía deshaciendo la maleta, ordenando mi ropa y reorganizando el armario como podía, para tenerlo todo bien colocado antes de empezar la vorágine de clases.
—Por cierto, chicas —dijo Emily de repente—. He visto un cartel cuando he entrado en la resi esta mañana. En él se avisaba de que por la tarde hay una reunión en la sala común para repasar las normas de la residencia.
Brooke soltó un suspiro.
—¿Otra vez? Si ya nos las sabemos de memoria.
—Sí, pero ya sabes cómo son. Les encanta recordárnoslas cada vez que pueden. Además, para qué engañarnos, hay más de uno que disfruta rompiéndolas.
Intenté seguir a lo mío y hacer como que no había escuchado esta última parte que había dicho Emily, pero tampoco pensé que fuera dirigido a mí.
Bajamos puntuales a la sala común. Casi todos los jinetes y amazonas ya habían llegado y se habían ido sentando en grupitos en los diferentes sillones, mesas y sillas.
Cuando estuvimos todos reunidos, el ambiente era una mezcla de entusiasmo por el reencuentro, y nerviosismo por afrontar el nuevo trimestre.
La jefa de la residencia, la señora Hathaway, que había venido nueva a ocupar el puesto del anterior jefe de residencia, empezó su discurso con el clásico: «Bienvenidos al segundo trimestre».
—Espero que hayan disfrutado de sus vacaciones de Navidad. Este trimestre va a ser intenso, pero estoy segura de que todos darán lo mejor de sí, como siempre. Antes de que se relajen demasiado y vayan a cenar, vamos a repasar las normas.
Un murmullo de fastidio recorrió la sala, pero Mrs. Hathaway lo ignoró.
—Primero, recuerden que no se permite la entrada de alumnos de otras residencias en esta residencia ni en las habitaciones. Si necesitan estudiar o reunirse con ellos, utilicen las zonas comunes, como la biblioteca o el restaurante.
Hizo una pausa, dejando que todos asintiéramos antes de continuar.
—Segundo, todos deben estar en la residencia antes de las diez de la noche, al igual que nadie puede salir antes de las siete de la mañana. Es por su seguridad.
Algunas chicas intercambiaron miradas de aburrimiento, pero nadie dijo nada. En el primer trimestre ya habíamos cogido el ritmo de irnos a dormir a las diez y, con lo agotados que terminábamos el día, esta norma no era un problema.
—Tercero, las zonas de paddocks son exclusivas para los jinetes de cada casa. No se les permite entrar en los paddocks de las otras casas.
Esta última norma…, bueno, me la había saltado unas cuantas veces, y no sé por qué tenía la sensación de que no iba a ser la última vez.
—Por último, recuerden que las habitaciones son privadas. Si quieren hablar o reunirse, utilicen las áreas comunes como esta sala.
Finalmente, Mrs. Hathaway nos informó de que al día siguiente habría una reunión en el auditorio para introducirnos al nuevo trimestre. Con eso, terminó la reunión y todos pudimos irnos.
Esa noche decidimos cenar con Harper y Grace, quienes ya estaban sentadas en la mesa cuando llegamos al comedor. Harper, con su característico cabello pelirrojo y su cara blanca llena de pecas, nos saludó con entusiasmo mientras movía el tenedor en el aire.
—¡Olivia, Brooke, Emily! ¿Qué tal? ¿Listas para empezar el trimestre? —dijo Harper.
—¡Siempre! ¿Y tú? ¿Cómo han ido tus vacaciones? —contesté.
—Muy bien —respondió con una sonrisa—. Pasé tiempo en Irlanda con mi familia y mis caballos. Al final, a Harmony la dejé aquí en la academia para las vacaciones, pero he seguido montando. Tengo un nuevo caballo para la temporada, así que tenía que aprovechar el tiempo para conocernos mejor.
Harmony era su poni, una connemara , una raza típica de Irlanda que siempre llamaba la atención porque tenía una preciosa capa pía negra.
—¿Y qué vas a hacer con Harmony? —pregunté, curiosa.
—Quiero participar en algunos concursos grandes con ella este trimestre.
Después de eso, la venderé. Ya sabes que, este año al cumplir los diecisiete, ya no puedo competir más en concursos oficiales de ponis con ella, el año pasado fue mi último año con ponis.
Ahora que ha ganado el campeonato de UK de ponis D y ha ido a los Europeos, es el mejor momento para venderla.
Así podrá tener una niña que la cuide bien y aprenda al máximo con ella.
Grace, que estaba sentada al lado de Harper, escuchaba atenta mientras comía un poco de verduras a la plancha. Su pelo rubio, siempre con el volumen perfecto, y sus ojos azules la hacían parecer sacada de un anuncio.
—¿Y tú, Grace? —pregunté.
—Nada del otro mundo. Pasé las fiestas en Noruega con mi familia. Revolution también se quedó aquí en la academia por Navidad, así que no he visto caballos en días, los he echado de menos. Ahora toca volver a ponerlo en forma después de las vacaciones.
Revolution era su caballo, un purasangre inglés isabello , con las crines pelirrojas y sin más marcas en el cuerpo. Lo que más me llamaba la atención de él cada vez que lo veía eran sus ojos azules clarísimos, algo raro de ver en caballos.
—A mí me ha pasado lo mismo, Grace. Necesitaba caballos ya de ya —comenté—. Estar lejos de Liberty unos días era como si me faltara una parte de mí…, aunque, al final, en la academia acabamos con sobredosis de caballos las veinticuatro horas.
Entre risas y anécdotas de las vacaciones, mientras cenábamos, alguien mencionó a Jack.
—¿Sabíais que, después del Internacional de Salto de Londres, Jack pasó varios días aquí? —dijo Brooke, levantando las cejas—. Me lo ha comentado el chico que se quedó a cargo de Bumblebee. Era el único en toda la academia.
—¿En serio? —pregunté, sorprendida—. ¿Y por qué no fue con su familia?
—Eso mismo me pregunto yo. Es raro, ¿no? —preguntó Brooke.
Cuando finalmente volvimos a la habitación, estaba agotada.
Me dejé caer en la cama y cerré los ojos, pero no podía dejar de darle vueltas a lo de Jack.
Pasar las Navidades solo en la academia no era nada normal, especialmente en esas fechas en las que todos queremos estar en familia. ¿Qué le habría pasado?
Esa incógnita me impidió conciliar el sueño al principio, aunque al final pude dormirme pensando en que, tarde o temprano, lo descubriría.