Mi locura de CEO inglés Capítulo 48
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Capítulo 48

Landon

Tuve que respirar hondo varias veces para no mandarlo todo a tomar por culo, olvidarme de la salida y quedarme en casa con ella. O, peor aún, para no cogerla allí mismo y embestirla contra la estantería del vestidor hasta hacerme olvidar incluso mi propio nombre.

Dios, qué suerte había tenido con aquella mujer.

Era una diosa hecha para perderse entre su cuerpo y no querer salir nunca más, pero aquel día no podía hacerlo. Al menos no todavía.

Le tenía preparado algo especial, algo que no se esperaba en absoluto.

Y tengo que decir que, para que aquello se hiciera realidad, había necesitado la ayuda de toda la familia. Precisamente por eso me parecía todavía más bonito, porque los momentos importantes de verdad siempre sabían mejor cuando estaban rodeados de las personas que más significaban en tu vida.

Aquellas dos semanas viajando con ella, además de servirme para disfrutarla como nunca y de la manera que más me importaba, también me habían ayudado a confirmar ciertas cosas.

En realidad, yo ya sabía las respuestas, pero necesitaba oírselas decir a ella, necesitaba tenerlas claras para poder terminar de organizarlo todo.

Y, madre mía, lo que me había costado hacerlo a distancia.

Pero mucho peor que organizarlo había sido conseguir que no se diera cuenta de nada.

Esa sí que había sido la parte difícil.

Y precisamente por eso había tenido que recurrir a la familia, porque había demasiadas cosas que mover en apenas dos semanas y hacerlo solo, sin levantar sospechas, era prácticamente imposible.

La solté, muy a mi pesar, para que terminara de vestirse y, como me esperaba, cogió el vestido que le había regalado en Italia.

No era de firma ni mucho menos. Yo sí había sido siempre un hombre al que le habían importado esas cosas, pero con Daniela aquello dejó de tener sentido.

A ella le daba igual una etiqueta mientras algo le gustara de verdad, y tengo que reconocer que, en aquel caso, a mí también me dio exactamente igual.

Solo sé que, cuando pasamos por delante del escaparate de aquella pequeña tienda en aquel pueblo perdido que apenas recibía turistas, vi el vestido y supe al instante que era para ella.

Lo que primero me llamó la atención fue el color.

Era su favorito.

Y, si tengo que ser sincero, también había terminado convirtiéndose un poco en el mío. Eso sí, para vérselo puesto a ella, no para mí.

Era un vestido sencillo, alegre, de color amarillo, con pequeñas flores rosas repartidas por toda la tela. Se ajustaba al cuerpo en la parte de arriba, hasta la cintura, y desde ahí caía con algo de vuelo hasta quedar por encima de las rodillas.

Estaba preciosa.

Y con el color dorado que había cogido su piel, todavía le quedaba mejor.

Yo me había puesto un traje azul marino, sin chaleco.

Iba arreglado, pero sin pasarme. Y la verdad es que, si me había puesto un traje estando de vacaciones, no era porque me apeteciera especialmente ir tan formal, sino por todo lo que iba a pasar después.

De no ser por eso, me habría vestido mucho más informal.

—Cariño, estás preciosa —le dije cuando me agaché para abrocharle las sandalias amarillas que se había puesto a juego con el vestido.

Las había comprado el mismo día, en la misma tienda, igual que el bolso rosa, del mismo tono que las flores.

Mira que a mí la moda me había interesado más bien poco toda la vida, y eso que mi madre y mi hermana se habían pasado años hablando de tiendas, tejidos y tendencias. Solo había dicho hermana en singular durante toda mi vida, porque la otra, por desgracia, no había aparecido hasta hacía muy poco.

Y aun así, daba gracias a quien fuera por haber hecho que Alma acabara entrando en nuestras vidas.

—Tú no te quedas atrás —me dijo Daniela cuando terminé de abrocharle las sandalias.

—¿Lista para pasar un buen día? —le pregunté sonriendo.

—Contigo a mi lado siempre estoy lista, porque no importa el cómo, el cuándo ni el dónde. Solo importa el con quién. Y ese siempre eres tú.

Joder.

¿Cómo era posible que esa mujer consiguiera ponerme la piel de gallina solo con unas palabras?

—Te amo por encima de todo. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

No quise guardarme aquello.

Primero, porque era la verdad.

Y segundo, porque tenía clarísimo que jamás en la vida iba a cansarme de decirle cuánto la quería ni lo importante que era para mí.

—Te amo. —Se puso de puntillas para rozarme los labios con los suyos—. Y ahora mejor nos vamos ya, o voy a terminar llorando de la emoción.

—Ven aquí.

Tiré de ella para abrazarla.

Había conocido a muy poca gente con un corazón tan noble como el de Daniela.

Le di un beso en la frente, otro en la punta de la nariz y, por último, uno corto y rápido en los labios. No podíamos entretenernos más, porque los dos éramos de mecha demasiado corta cuando se trataba del otro.

Salimos de casa y nos montamos en el coche.

Pero no para ir a donde ella pensaba.

No quedaba lejos; de hecho, estaba bastante cerca, y fue cuestión de diez minutos que se diera cuenta de que no habíamos cogido el desvío hacia el pueblo donde, en teoría, íbamos a comer.

—Por aquí no se va —anunció.

La miré de reojo.

—Lo sé, pero antes tengo que pasar por el hotel donde van a comer tu hermano y mi hermana.

Mierda.

Se me había escapado inventarme una excusa mejor.

Y me jodía, sobre todo porque yo solía preverlo todo con bastante más cuidado.

—¿Por qué tienes que ir ahora?

—Tengo que firmar unos papeles con urgencia.

Improvisé aquello sobre la marcha.

No sé si se lo creyó o no, pero no volvió a preguntar.

Y sí, íbamos a un hotel.

Y sí, también iba a firmar un papel.

Pero no el que le había dicho a ella.

Lo que esperaba firmar allí era algo bastante más importante: el documento que nos convirtiera en marido y mujer.

¿Que si estaba loco por hacer algo así?

Pues probablemente sí.

Pero no, no penséis que no había pensado en la boda de sus sueños, porque precisamente lo que estaba haciendo era cumplirla.

Ella misma había dejado caer más de una vez, y además sin rodeos, que no quería una boda como la de todo el mundo y mucho menos ir vestida de novia.

Y yo iba a encargarme de darle exactamente lo que siempre había soñado.

Pero no solo eso.

Porque, como regalo de bodas, también pensaba cumplirle otro de sus sueños.

Estoy seguro de que cualquiera desde fuera podría pensar que yo era un engreído por ir tan convencido de que iba a decirme que sí. Y sí, estaba seguro. Pero no por soberbia, ni por creerme nadie.

Estaba seguro porque sabía cuánto me quería y porque yo la quería a ella exactamente igual.

—Vamos —le dije al bajar del coche, tendiéndole la mano.

Bordeé la entrada principal del hotel para llevarla directamente a la parte de atrás, donde ya estaba reunida toda nuestra familia.

—¿Qué es esto? —preguntó en cuanto lo vio todo.

Habían colocado una alfombra blanca que llevaba hasta un pequeño altar improvisado y, a ambos lados, estaban todas las personas importantes para nosotros. Allí, esperándonos, estaba también el concejal que iba a casarnos.

La miré y, de pronto, me tembló todo por dentro.

—Esto es… nuestra boda. Si decides que soy lo bastante bueno como para querer pasar el resto de tu vida conmigo.

Las lágrimas le empezaron a correr por la cara sin ningún control.

Y las mías no tardaron ni un segundo en hacer lo mismo.

—Claro que sí —me respondió llorando y riéndose al mismo tiempo—. No hay nada que me haga más feliz que pasar el resto de mi vida junto a ti.

La cogí por la cintura, la levanté y le di un beso que, en teoría, tendría que haber llegado después.

Pero daba igual.

Besos no le iban a faltar ni aquel día ni ninguno.

Ya me encargaría de eso.

Nos dimos el «sí, quiero» de la manera que queríamos los dos: rodeados de las personas que más nos importaban.

No necesitábamos nada más.

Todo lo demás nos sobraba.

—Todavía te queda una sorpresa más por descubrir —le dije por la tarde, cuando ya casi estaba anocheciendo—. Es mi regalo de boda, pero tenemos que coger el coche para ir a verlo.

—¿Más sorpresas?

—Y todas las que hagan falta mientras te hagan feliz —murmuré sobre sus labios.

Y sabía que aquello iba a hacerla feliz.

Me había encargado de que le montaran la floristería de sus sueños.

Y, desde luego, sus gritos de emoción, el llanto descontrolado y los saltos que daba en cuanto la vio me dejaron clarísimo que había acertado de lleno.

—Landon, no sé ni qué decir.

—No tienes que decir nada. Con saber que eres feliz, tengo más que suficiente.

—Te amo. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Yo también te amo con la misma intensidad con la que lo haces tú.

Y la besé.

Allí mismo, justo en la entrada de la floristería, la besé dejándome el alma entera en ese beso.