Mi locura de CEO inglés Epílogo
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Epílogo

Un año y medio después…

Daniela

No, todavía no podía ser.

Me toqué la barriga con disimulo para que ni mi madre ni Carmen se dieran cuenta, porque como me vieran hacerlo, eran capaces de llamar, como mínimo, a emergencia nacional.

Y, por si os estáis preguntando quién es Carmen, no os preocupéis, que os lo cuento ahora mismo.

Carmen era mi trabajadora de confianza, esa mujer maravillosa a la que contraté cuando la floristería empezó a ir demasiado bien como para llevarla yo sola.

Pues bien, mi querida empleada también se había convertido en una chivata profesional que no paraba de contarle a mi marido cómo había pasado el día.

Eso empezó justo en el momento en que dije que estaba embarazada.

Y aquí estaba yo, cuarenta semanas después de aquella noticia.

Bueno, en realidad, la noticia la di hacía treinta y dos semanas, porque cuando la solté ya estaba de ocho. Pero, antes de seguir, quiero mencionar a dos personas. No voy a tardar mucho, porque para mí valían tan poco que no merecían desperdiciar demasiadas palabras.

Por un lado estaba Scarlett. Esa seguía en la cárcel y, por lo que parecía, todavía le quedaban unos cuantos años entre rejas.

Eso le pasaba por ser mala persona y por estafar a quien no debía.

No me alegraba del mal de nadie, pero a ella y a mi ex podían darles por culo.

Él era la otra persona a la que quería mencionar.

Bueno, este salió a la calle a los pocos meses, que ya sabemos cómo funciona este país cuando no se trata de delitos de sangre.

Al menos tuvo la inteligencia suficiente para irse al pueblo de su madre, que era del norte de España, y yo solo esperaba que no le estuviera haciendo a otra lo mismo que me hizo a mí.

Si de verdad existía el karma, solo esperaba que a esos dos les llegara tarde o temprano.

—¿No puedes esperar a mañana? —le pregunté a mi hijo.

Sí, a ese mismo que estaba dentro de mi barriga y que, a juzgar por los dolores que me estaba dando, había decidido que hoy era un día estupendo para venir al mundo.

Volví a acariciarme la tripa.

Aquella vez había sido como un calambre que me recorrió desde los riñones, pasando por la barriga y terminando justo en el centro del sexo.

Uf.

Esa ya había dolido más que las otras.

Apreté los dientes, cerré los ojos y me agarré al mostrador con fuerza.

—Vente ahora mismo para la floristería, mi hija se ha puesto de parto.

Abrí los ojos de golpe al escuchar a mi madre.

—¿Con quién hablas? —le pregunté en cuanto pasó un poco el dolor.

—Con tu marido…

—Mamá —protesté—, quería terminar antes lo que tengo que hacer.

—Claro que sí. Mi nieto va a esperar para nacer cuando a ti te venga bien.

Mi madre, como siempre, directa como una bala.

—Hay mucho trabajo y no puedo dejar sola a Carmen.

—Hija, me estás asustando. Yo creía que tenía una hija inteligente y no una medio tonta. O, peor todavía, tonta y media.

Más graciosa, mi madre, pensé con toda la ironía del mundo.

—Ay, tu madre es la mejor, me meo con ella —dijo Carmen, muerta de risa.

—Claro, eso lo dices porque no eres tú el centro de la diana.

—Eso lo dice porque es una mujer inteligente que sabe apreciar lo bueno cuando lo ve —replicó mi madre llevándose el teléfono otra vez a la oreja—. Y ahora calla, que voy a avisar al resto de la familia.

La miré sin dar crédito.

Cada día tenía la cara más dura.

—Te estás buscando que te prohíba la entrada al hospital y te quedes sin conocer a tu nieto.

La señalé con el dedo.

Dedo que tuve que bajar bastante rápido porque me dio otra contracción bastante más fuerte.

—Ni tú ni todos los GEO de España me iban a prohibir entrar en ese hospital.

Dicho aquello, siguió llamando a unos y a otros como si estuviera organizando una operación secreta.

Mis suegros iban a tardar más en llegar, claro, porque tenían que venir desde Londres, y aunque contaran con un avión privado, sus horas iban a echar igualmente. Al igual que Alma y Carter.

Sí, mi mejor amiga se había ido a vivir allí.

Lo había hecho porque así lo había querido.

Quería hacerse cargo de la contabilidad de la sede principal y, por supuesto, su pareja se fue con ella.

En realidad, aquello había sido también un alivio para Landon en el trabajo.

Tener allí a su mejor amigo, a su cuñado y a su hermana lo dejaba mucho más tranquilo.

Así que ellos vendrían en el mismo vuelo que mis suegros.

Y no, mi amiga no se había casado ni tenía hijos. Vivían juntos y, por ahora, seguían diciendo que estaban bien así.

Los que antes llegarían al hospital serían mi padre, mi hermano y Harper.

Esos dos sí que se habían casado, y con una boda mucho más pomposa que la mía, porque a mi cuñada eso de llamar la atención le encantaba. Pero, oye, si ella era feliz así y no hacía daño a nadie, los que la queríamos también lo éramos al verla sonreír.

Aunque eso no era todo.

Harper y Gonzalo también estaban esperando a su primer hijo.

Sí, otro niño.

Ellos estaban deseando ser padres y el resto estábamos igual de felices por ellos.

—Cariño, ¿estás bien? —me preguntó Landon en cuanto apareció, con una cara de nervios que el pobre no podía disimular.

—Pues no, hijo, no puede estar muy bien cuando está con dolores y a punto de sacar por ahí abajo un niño. Y bien grande, que ya lo han dicho los médicos.

—Gracias, suegra. Eres la número uno tranquilizando a un padre primerizo.

—No. Lo que soy es realista y digo las cosas por su nombre.

—Vida —le puse una mano en la mejilla para que me mirara solo a mí—, no le hagas caso. Estoy bien.

Justo en ese momento me dio otra contracción y, a mis pies, se formó un charco de agua.

Había roto aguas.

—Cariño, dime que estás bien.

El pobre estaba asustado.

—Vida, sabemos que esto va a doler, pero dentro de eso estoy bien.

Le di un beso rápido.

Y él, sin pensárselo dos veces, me cogió en brazos para llevarme al hospital.

Y allí, con Landon dándome la mano, ocurrió el momento más bonito de nuestras vidas.

Mark llegó al mundo con unos pulmones estupendos y con unos padres que estarían dispuestos a dar la vida por él.