Mi locura de CEO inglés Capítulo 47
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Capítulo 47

Daniela

Estaba siendo el mejor verano de mi vida.

Si tenía que ponerle una pequeña pega, ni siquiera llegaba a ser una pega de verdad. Era más bien esa sensación de echar de menos algo bueno mientras, al mismo tiempo, sabías que está pasando exactamente como tiene que pasar.

Y eso no era otra cosa que no estar pasando las vacaciones con Alma.

No me malinterpretéis, que os explico por qué era bueno y por qué, aun así, la echaba de menos.

Como he dicho, estaba siendo el mejor verano de mi vida. Tenía a mi lado al hombre más maravilloso del mundo, y eso que cuando lo conocí me cayó mal. Mejor dicho, me cayó peor que mal.

Eso sí, guapo me lo pareció desde el primer momento en el que mis ojos se toparon con él. Y digo guapo por no decir que era el tío más cañón que había visto en todos los años que llevaba viva.

Bueno, a lo que iba, que como me ponga a hablar del físico de Landon, soy capaz de tirarme tres horas y terminar con un charco de babas a mis pies. Y no solo babas, me dije para mis adentros.

Pues eso, que la única «pega» que podía ponerle a aquellas vacaciones era no ver a Alma tanto como me habría gustado.

Pero lo entendía perfectamente, porque ella había decidido pasar unas semanas en Londres, conociendo de verdad a sus padres.

Y sí, habéis oído bien, padres, porque Grace la había acogido como si también fuera su hija.

Ains.

Cada vez que pensaba en Alma se me removía algo por dentro, y no de pena, sino de emoción. Me alegraba el alma que por fin le hubiera pasado algo tan bonito, porque si alguien se merecía encontrar algo así en la vida, esa era ella.

Landon me había dicho que, si me apetecía, podíamos ir también a Londres con ellos, pero fui yo la que dijo que no. Que prefería quedarme con él. Y eso habíamos hecho durante aquellas dos semanas en las que estuvimos completamente solos.

Me llevó a conocer distintas partes de Europa, y todavía me parecía mentira todo lo que habíamos recorrido en tan pocos días. Fuimos pasando por las principales ciudades de varios países. En algunos nos quedábamos una noche, en otros dos, y solo hubo una excepción: Italia.

En Italia nos quedamos cinco días.

No sé qué tenía ese país, pero a mí me encantaba.

Eso sí, allí no nos dedicamos a visitar grandes ciudades ni monumentos llenos de turistas.

Landon alquiló un coche y nos recorrimos pueblos costeros pequeños, remotos, de esos a los que no llega tanta gente y donde todavía puedes comerte la comida más auténtica del mundo y cruzarte con personas que parecen salidas de otra época.

Hubo paseos cogidos de la mano que fueron una maravilla, de esos que no necesitas adornar con nada porque ya lo tienen todo. Pero, si soy sincera, lo mejor fueron las noches.

Esas sí que fueron inolvidables.

Noches en las que nos dejábamos llevar entre las sábanas. Bueno, quien dice entre las sábanas, dice en cualquier rincón donde tuviéramos intimidad, porque sexo entre nosotros había y mucho.

Y que conste que no me quejo.

Todo lo contrario.

En mi vida había disfrutado tanto de mi sexualidad como lo estaba haciendo junto a Landon.

Pero, volviendo al presente, me estaba terminando de arreglar porque aquella tarde íbamos a salir a dar una vuelta por uno de los pueblos blancos y costeros de mi ciudad.

Hoy no tocaba playa ni piscina ni nada parecido. A Landon no le apetecía y lo entendía perfectamente. Tanta playa y tanta agua también cansaban, y si a él le apetecía arreglarse un poco, dar un paseo tranquilo y terminar comiendo en un buen restaurante, a mí me parecía un plan perfecto.

Decidí peinarme y maquillarme antes de vestirme, porque me iba a poner un vestido que podía subirme por los pies y así no me estropeaba ni el pelo ni la cara al ponérmelo.

En el pelo me hice un moño bajo, de esos que parecen medio deshechos, pero que al mismo tiempo quedan elegantes. Me encantaban ese tipo de peinados.

Maquillaje, lo que se dice maquillaje, no llevé gran cosa.

Me puse protección solar con color, marqué un poco el contorno con un bronceador, me eché colorete líquido para que la piel se siguiera viendo jugosa e iluminada y, por último, máscara de pestañas marrón y un poco de lápiz del mismo tono en la línea del agua.

Me gustaba usar ese color porque hacía que el tono verde de mis ojos resaltara más.

A ver, no es que mis ojos fueran rarísimos ni nada por el estilo, que mucha gente los tenía así.

Lo que pasaba es que, según la luz y los colores que llevara alrededor, a veces se me veían más verdes y otras más marrones.

Pero en verano casi siempre tiraban a un verde mucho más claro. Supongo que por la luminosidad.

Terminé con un labial rosa suave y salí del baño en ropa interior.

Llevaba un conjunto blanco de encaje, con unas florecillas pequeñas bordadas en rosa. Me encantaba. Me lo había autorregalado por mi cumpleaños unos meses atrás y, la verdad, todavía no lo había estrenado porque nunca me parecía que hubiera un momento especial para hacerlo.

Hasta ese día.

—Tal y como te tengo ahora mismo delante de mí, se me quitan las ganas de salir de casa.

Landon me devoró con la mirada en cuanto entré en el vestidor. Estaba allí, solo con un bóxer negro, terminándose de abrochar una camisa blanca, y la verdad es que verlo así era delito.

—¿Y me lo dices tú, que vas marcando paquete y culo? —le pregunté con una sonrisa juguetona—. Eso por no hablar de los abdominales que se te ven con la camisa medio abierta.

Madre mía.

Yo no sabía si estaba perdiendo la cabeza o si, por el contrario, la estaba centrando por fin. El caso es que, cuanto más miraba a ese hombre, más me gustaba.

Joder, algo muy bueno debía de haber hecho en otra vida para que me hubiera tocado semejante hombre.

Porque sí, chicas, cuando un hombre valía la pena, había que decirlo sin miedo. Y Landon no valía solo físicamente, que también, y mucho, sino como persona. Era un buen hombre, uno de verdad, de los que merecen la pena en todos los sentidos.

Que sí, que a veces tenía un poco de mal humor cuando no se le conocía bien, pero, por suerte o por desgracia, nadie en esta vida es perfecto y, bajo mi punto de vista, eso es precisamente lo que nos hace especiales.

—Preciosa, no voy marcando nada.

La sonrisa con la que lo dijo dejaba clarísimo que no pensaba lo mismo que estaba diciendo.

—¿Seguro? —le pregunté, repasándolo entero con la mirada.

—Seguro —respondió, aguantándose la sonrisa—. Es lo que tengo. Y, por lo que sé, tú no tienes ninguna queja.

—No, si yo soy superfeliz con todo lo que tienes.

Le sonreí.

—Preciosa, te lo digo muy en serio. Si me sigues mirando así, no vamos a ir a ningún sitio, y de verdad que hoy me apetece mucho ir a comer a ese restaurante.

—Si eres tú el que no para de comerme con la mirada.

Pasé por delante de él rozándole la entrepierna con el trasero a propósito. Me agarró al instante por las caderas, dejándome pegada a su pelvis, y acercó la boca al lóbulo de mi oreja.

—Esta provocación la vas a pagar esta noche cuando volvamos a casa.

Lo murmuró tan cerca que su aliento me rozó el cuello y me puso todos los vellos de punta. Y, cuando terminó de hablar, me dejó un beso lento, demasiado sensual, entre la oreja y el cuello.

Me costó la misma vida no darme la vuelta y saltarle encima, mandando la salida a tomar por culo.

Pero tenía que demostrar que era una mujer adulta, madura y perfectamente capaz de controlar sus impulsos.

Nótese la ironía.

Y también la desgana con la que lo pensé.