Mi locura de CEO inglés Capítulo 46
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Capítulo 46

Landon

En el momento en que Scarlett salió por la puerta del despacho, supe que no iba a dejar las cosas como estaban.

A Daniela se lo dijo la mirada que le lanzó antes de irse; a mí no me hizo falta ni verla para saberlo.

Por desgracia, conocía demasiado bien a Scarlett.

Sabía lo caprichosa que podía llegar a ser y que, cuando quería algo o se le antojaba, era capaz de hacer todo lo que estuviera en su mano para conseguirlo.

Como digo, la conocía demasiado bien y, por eso mismo, estaba preparado para sus berrinches.

Supongo que, en parte, la culpa de que se creyera con derecho a comportarse así era mía.

Había permitido demasiadas cosas durante demasiado tiempo.

Pero que no se equivocara y pensara que esta vez podía hacer lo de siempre, porque ahora que sabía de verdad lo que era amar, nada de eso iba a volver a funcionar conmigo.

Y cuando digo amar, me refiero a amar de verdad, no a esa obsesión enfermiza que durante años confundí con amor.

Porque sí, no me daba miedo ni vergüenza admitir que Daniela lo era todo para mí y que, sin ella, ya no sería capaz de vivir del mismo modo. Y lo mejor, lo que de verdad me llenaba el corazón, era saber que ella me amaba con la misma intensidad con la que lo hacía yo.

Desde el principio, Daniela nunca se había cortado a la hora de decirme lo que sentía; le daba igual que fuera algo bueno o malo.

Así era ella, transparente, natural, incapaz de esconderse detrás de una máscara para encajar en ningún sitio, y creo que fue precisamente eso lo que más me cautivó.

Su manera de hacer y decir las cosas sin disfrazarlas, dejando claro que a ella había que quererla tal como era, porque no pensaba cambiar para gustarle a nadie.

Y la entendía.

Sabía que detrás de esa manera de ser había mucho sufrimiento, muchas lágrimas derramadas, muchas noches sin dormir y demasiados ataques de ansiedad.

Todavía de vez en cuando le daba alguno.

Ella intentaba disimularlo, claro, pero a mí ya no me podía engañar.

Cuando quieres de verdad a una persona y te empeñas en conocerla de verdad, aprendes hasta el más mínimo gesto, incluso esos que el resto del mundo no vería jamás.

La primera vez que le dio uno estando conmigo, me di cuenta de que se metía en la ducha y dejaba que el agua le cayera helada desde la cabeza. Apoyó las manos en los azulejos, cerró los ojos y se quedó allí quieta hasta que noté que empezaba a respirar mejor.

Ese día entendí lo que le estaba pasando y, aunque ella no me dijera nada, supe que su pasado seguía haciéndole daño. Y precisamente por eso me prometí que nunca volvería a dejarla sola en esos momentos.

Desde entonces, cuando veía que le estaba dando uno de esos ataques, la cogía entre mis brazos; ella apoyaba la cabeza en mi hombro y nos metíamos juntos en la ducha, a veces hasta vestidos.

Es cierto que cada vez le daban menos, y también con menos intensidad.

Al menos quiero creer que algo bien estaba haciendo.

A ver, siendo sincero, hacía muchas cosas bien.

Cuando Daniela entró en el despacho aquella tarde y habló, sentí miedo.

Sí, miedo.

Miedo de que se diera cuenta de que yo no era lo bastante bueno para ella. Porque, por mucho que sus palabras fueran para demostrar que estaba a mi lado, ese miedo no se me quitó del todo hasta que la sentí quedarse junto a mí, firme, sin apartarse.

No voy a mentir, porque no va conmigo hacerlo.

Cuando de verdad conseguí volver a respirar con normalidad fue después, cuando nos entregamos el uno al otro sobre la mesa del despacho. Y sí, puede que desde fuera pareciera algo rápido, explosivo, casi más cercano a follar que a otra cosa, pero entre nosotros nunca era solo eso.

Entre nosotros era hacer el amor.

Porque, cuando hay sentimientos de por medio, da igual que el encuentro sea brusco, urgente, explosivo, lento o tierno. Si lo que te une a esa persona es real, todo significa lo mismo.

De aquel momento en el despacho había pasado ya una semana, y mira que yo nunca había sido un hombre de vivir de ilusiones, pero para mí estaba siendo la mejor semana de mi vida. Y estaba seguro de que el resto del verano también lo sería.

Lo tenía claro porque no pensaba permitir que nada ni nadie lo estropeara.

Y de eso mismo me estaba encargando.

Porque, como ya sabía que Scarlett no iba a quedarse quieta, tenía clarísimo que iba a intentar separarnos, ya fuera con mentiras, con manipulaciones o con algo bastante peor.

Parecía mentira que todavía no se hubiera dado cuenta de que, con dinero, se podía conseguir casi de todo. Y yo, por suerte o por desgracia, tenía más dinero del que podría gastar aunque viviera cien vidas.

Nunca me lo había gastado mejor que en aquello.

Y no hablo de comprar nada para mí, sino de invertir parte de ese dinero en sacar a la luz todos los trapos sucios que ella llevaba años escondiendo.

No pensaba hacer nada ilegal ni ir contra ella de cualquier manera.

De hecho, primero le pedí por las buenas que nos dejara en paz. Sobre todo, que dejara a Daniela.

Pero por lo que pude averiguar hacía dos días, mi consejo no le había servido absolutamente de nada, porque había decidido ir directamente contra mi mujer.

Mujer.

Sí, porque así la veía.

Y si hubiera hecho algo solo contra mí, quizá hasta lo habría dejado pasar. Pero si atacas a lo que más quiero, entonces voy a ir contra ti con todo lo que tenga en mi mano.

Había contratado a un equipo de seguridad discreto, porque no quería que Daniela se diera cuenta y, sobre todo, no quería preocuparla.

Ese equipo no solo se encargaba de impedir que Scarlett se nos acercara, sino que además había investigado su vida.

Entre lo que yo les había contado y lo que ellos habían descubierto, quedó claro que estaba pillada por todas partes.

Era muy tonta si pensaba que yo iba a dejar pasar el intento de quitar a Daniela del medio contratando a dos muertos de hambre.

Y no voy a ponerme medallas que no me corresponden, porque estoy seguro de que, si no llega a ser por ese equipo, aquellos dos habrían llegado hasta ella.

No tengo ni idea de qué le habrían hecho exactamente, y tampoco quiero imaginarlo.

Lo único que me importa es que no pudieron tocarla y que tanto Scarlett como esos dos desgraciados no iban a salirse con la suya.

Me encargué de contratar a los mejores, pero sobre todo a gente que tuviera conexión con la policía, porque quería que todo se hiciera de forma legal. Y así estaba siendo.

Estaba claro que por el intento no iban a pasar el resto de su vida en la cárcel, pero unos años sí les iban a caer.

A esos tipos, incluso alguno más, porque se les sumaban otras causas que ya tenían pendientes. Entre cinco y ocho años sí que podían esperarlos a la sombra.

Y a Scarlett le iba a pasar algo parecido, con la diferencia de que a ella probablemente le caerían bastantes más, porque la muy lista se había dedicado a estafar a hombres con mucho dinero, y a esos no les temblaba el pulso a la hora de ir con todo contra alguien que los hubiera engañado.

Nunca le había deseado nada malo a nadie.

No iba conmigo ni con los valores con los que me habían criado.

Pero lo que le estaba pasando a ella sí se lo deseaba.

Y cuantos más años le cayeran, más iba a alegrarme yo.

Con ese problema fuera del camino y con el ex de Daniela también apartado de una vez, nos íbamos a dedicar a disfrutar del verano. Y lo íbamos a hacer sin planear demasiado.

No teníamos ninguna necesidad de hacerlo.

No era por presumir, pero me bastaba con decir adónde quería ir para llevarla. Todo lo que quisiera estaría a su disposición.

Y, aunque ella lo sabía, siempre me repetía lo mismo: que no necesitaba nada de eso, que ella era feliz teniéndome a mí al lado y estando cerca de la gente a la que quería.

Aun así, pensaba encargarme personalmente de que tuviera el mejor verano de su vida.

Os prometo que no lo iba a olvidar nunca.

Pero lo mejor de todo era la sorpresa que estaba preparándole para cuando terminaran las vacaciones.

Acabé de preparar unos cócteles para tomarlos dentro de la piscina.

Aquel día había querido que estuviéramos solos en casa, sin prisas, sin visitas, sin nadie más.

Solo nosotros dos.