Capítulo 45
Daniela
Algo muy gordo debía de tener Landon contra ella para que, en el mismo momento en que dijo aquello, la echara.
Eso sí, antes de desaparecer por la puerta nos mató con la mirada.
Y os lo juro de verdad, porque, si las miradas mataran, ahora mismo estarían organizando mi funeral. No es cachondeo. Aquella mujer me había puesto los pelos de punta, y mira que yo no era precisamente de asustarme con facilidad.
—Dios mío, ¿no podíamos ser como la gran mayoría de la gente y tener unos ex normales?
En realidad, no necesitaba respuesta, porque la respuesta era bastante evidente.
—Eso sería demasiado fácil —contestó Landon con ironía.
Me puso las manos en las caderas para hacer que me girara y quedara frente a él, porque yo me había quedado mirando la puerta por la que acababa de salir aquella mujer.
No sé si fue por el cabreo que llevaba encima, por la forma en la que me había defendido o por todo junto, pero lo cierto es que verlo así me estaba removiendo por dentro de una manera muy peligrosa.
—No dejes que sus palabras te hieran —susurró, rozándome los labios con los suyos.
—Las palabras de esa mujer no significan nada para mí.
Mentira.
Hacían daño y despertaban inseguridades muy feas, pero no pensaba dejar que él lo viera. Con el paso de los años me había vuelto casi una experta en esconder lo que me dolía, sobre todo lo que de verdad me hacía daño.
Esos sentimientos llevaba tanto tiempo guardándomelos para mí que, sinceramente, ya no sabía ni cómo dejarlos salir. Y tampoco es que me hiciera mucha gracia que me miraran con pena.
—Mejor —murmuró, pegando su frente a la mía—, porque dejar que te afecten no tiene sentido, sobre todo cuando no hay comparación entre una y otra.
Dios.
Esa mirada, esas palabras y esos labios tan cerca de los míos me estaban encendiendo como pocas veces me había pasado.
Mentira cochina.
Lo raro, teniendo a ese hombre delante, era no estar ardiendo constantemente.
Y si a eso le sumábamos cómo me había defendido delante de ella y todo lo que había dicho de mí, lo extraño habría sido estar tranquila.
Sí, puede que hubiéramos sido atrevidos desde la primera vez que nos vimos. Qué coño, habíamos sido atrevidos los dos. No se podía decir lo contrario después de todo lo que habíamos provocado entre nosotros desde el principio.
Y no voy a mentir: aquel primer orgasmo con él había sido de los más excitantes de mi vida. ¿Fue por la situación? Totalmente. ¿Lo habría repetido? También.
—Joder, no me mires así, que pierdo los papeles.
Sentí cómo apretaba más las manos en mis caderas y tiraba de mí hasta pegarme por completo a su cuerpo. Mi pecho chocó con el suyo y, con ese simple contacto, sentí que me humedecía todavía más de lo que ya estaba.
—Estamos en la oficina —le recordé.
Aunque, sinceramente, me importaba un pito.
Lo único que me importaba en aquel momento era sentirlo dentro de mí.
Madre mía, no sabía cuál era exactamente el motivo, pero lo que tenía clarísimo era que lo deseaba en ese instante más que cualquier otra cosa. Bueno, en realidad, siendo sincera, el momento raro era aquel en el que no lo deseara, porque Landon me volvía loca en todos los sentidos.
—No hay nadie —dijo en voz baja—. Pero aunque hubiera, me daría igual.
A quien de verdad le daba igual era a mí.
Vamos, como si hubiera diez pares de ojos encima. No os asustéis, que es un decir.
Las manos que tenía en mis caderas fueron bajando lentamente hasta mi trasero, y lo hizo tan despacio que se me erizaron todos los vellos del cuerpo.
En cuanto las colocó justo por debajo, me levantó a pulso.
Le rodeé la cintura con las piernas y el cuello con los brazos, y así, conmigo colgada de su cuerpo, fue hasta la puerta del despacho para cerrarla y echarle el seguro.
Puede que los trabajadores ya se hubieran ido, porque en verano no se trabajaba por las tardes, pero más valía prevenir que curar.
Porque, aunque antes hubiera dicho que me daba igual que me vieran, no era cierto.
Vamos, que no me apetecía demasiado que me encontraran con las piernas abiertas y a Landon empujando entre ellas.
Después de cerrar, me llevó directa a la mesa.
—Lo fácil que sería hacerte gritar si hubieras venido con vestido —murmuró contra mi cuello, dejando un reguero de besos a lo largo de la piel.
—Cariño, eso sería ponértelo demasiado fácil.
Ladeé un poco la cabeza para dejarle más espacio y que siguiera besándome justo en esa zona que tanto me gustaba.
Era un placer de esos que te hacen cosquillas por dentro, que te llenan de escalofríos de los buenos, de los que no quieres que terminen nunca porque son como una droga que cada vez te pide más.
Y yo me había vuelto completamente adicta a ese hombre.
No solo en lo que al sexo se refería, que sí, que era una parte importante, sino en todos los sentidos.
Y ahora que uno de mis mayores miedos con él acababa de pasar y, además, para bien; ahora que me había demostrado que su ex ya no significaba nada y que la única mujer que le importaba de verdad era yo, todo lo que sentía por él se había multiplicado por mil en cuestión de minutos.
Ahora sí podía permitirme pensar que tal vez aquel hombre era con quien podía pasar el resto de mi vida.
Y ese tal vez no era porque yo dudara de lo que sentía.
Era porque no podía estar segura de que Landon quisiera pasar la suya conmigo.
Supongo que eso sería algo que tendría que descubrir poco a poco, en el día a día.
Me soltó justo delante de la mesa.
—Date la vuelta y apoya las manos.
Lo dijo como una orden.
Me mordí el labio inferior para que no se me escapara la sonrisa, y no porque quisiera reírme de él, sino porque me encantaba cuando se ponía así, en ese plan dominante que me desarmaba entera.
Hice lo que me pidió sin protestar.
Ni loca iba a llevarle la contraria en algo así. Otra cosa sería que me diera órdenes fuera de nuestros juegos.
—Me encanta cuando te pones así.
Más que encantarme, me volvía loca.
—Cielo, siempre voy a hacer lo que sé que te gusta y te complace, porque, aunque parezca que soy yo el que domina, es todo lo contrario.
Era imposible que aquel hombre fuera tan perfecto y que, encima, tuviera la suerte de que era completamente mío.
Pegó el pecho a mi espalda y llevó las manos al botón del pantalón.
No tardó nada en desabrocharlo y meter una mano entre la ropa interior y mi sexo.
Se me escapó un suspiro, y eso que apenas me había rozado, pero solo de pensar en todo lo que iba a hacerme sentir de un momento a otro ya se me aflojaban las piernas.
—Dios, estás empapada —susurró, con los labios pegados a mi cuello y dos dedos moviéndose entre los pliegues de mi sexo.
Separé las manos de la mesa para incorporarme un poco y poder apoyar la cabeza en su pecho.
—Te necesito mucho, Landon.
Giré la cara para mirarlo y me quedé enganchada a sus ojos. Levanté una mano hasta la parte de atrás de su cuello y tiré un poco de él, porque me moría de ganas de besarlo. Sentir sus labios pegados a los míos se había convertido en una de las mejores cosas que había probado en mi vida.
—Yo también te necesito, cariño.
Introdujo dos dedos, curvándolos un poco hacia arriba, mientras con el pulgar trazaba círculos sobre mi clítoris.
Dios.
Aquello iba a ser rápido.
Y brutal.
Le agarré del pelo para que no apartara la boca de la mía mientras con esos dedos me llevaba de nuevo a ese paraíso que ya conocía bien desde que estaba con él.
Porque este hombre sabía llevar un imperio en los negocios, sí, pero tampoco se le daba nada mal tocar a una mujer.
Y yo, que era una tonta soñadora, quería pensar que, como me tocaba a mí, no había tocado nunca a nadie.
Tal y como imaginé, tardó muy poco en hacerme ver las estrellas, y eso que era de día.
Le atrapé el labio entre los dientes y mordí un poco más fuerte de lo habitual para no gritar, porque el orgasmo fue tan intenso que me dejó las piernas temblando.
—Preciosa, ahora sí tienes que apoyar bien las manos en la mesa e inclinarte hacia delante.
Fue él quien me apartó la mano de su nuca para colocarla de nuevo sobre la mesa y quien hizo que me inclinara. Después me bajó el pantalón junto con la ropa interior hasta la mitad de los muslos, de manera que abrir más las piernas era casi imposible.
—Así me vas a sentir mucho más.
Escuché cómo abría el cinturón y, después, el pantalón.
—Landon…
—Lo sé, tranquila.
No, si tranquila estaba.
Lo único que necesitaba era sentirlo dentro.
Sentir cómo iba entrando poco a poco, cómo me llenaba centímetro a centímetro.
Me removí un poco cuando noté la punta de su glande rozando mi sexo, moviéndose entre los pliegues, subiendo hasta el clítoris y bajando de nuevo hasta la entrada. Hizo ese recorrido un par de veces, y solo dejó de hacerlo cuando llevé una mano hacia atrás y le clavé las uñas en el culo.
—Entra ya y no juegues con mi desesperación —jadeé.
Me dio un beso justo en el centro de la espalda y apoyó allí la frente unos segundos.
Lo escuché suspirar fuerte, como si estuviera intentando contener un poco las ganas. Después levantó la cabeza y me dio otro beso en el mismo sitio.
Con una de sus manos me sujetó por la cintura y con la otra me cogió de la coleta que llevaba hecha desde aquella mañana. Se la enredó en la mano y me dio un pequeño tirón para que levantara la cabeza y lo mirara.
—¿Lista?
Solo esa pregunta ya me puso la piel de gallina.
Sabía muy bien lo que venía después.
Y me encantaba.
—Para ti siempre voy a estar lista.
Le guiñé un ojo al mismo tiempo que me mordía el labio inferior, sabiendo perfectamente lo que ese gesto le provocaba.
Con una sonrisa ladeada y sin apartar la mirada de la mía, me penetró de una embestida fuerte, profunda e intensa.
Se me escapó un grito de puro placer.
Y a Landon, un jadeo.
Dios, no sabía lo que tenía escucharlo jadear así, con esa voz ronca y profunda que le salía durante el sexo, pero cada vez que lo hacía me ponía como una moto a mil revoluciones.