Mi locura de CEO inglés Capítulo 43
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Capítulo 43

Landon

Ya había pasado una semana y todavía nos costaba hacernos a la idea de que teníamos una hermana.

Mira que el destino podía ser jodido cuando quería, y no lo digo en mal sentido, porque quien me conociera de verdad sabría que, para mí, Alma ya empezaba a ocupar un lugar muy parecido al de Harper.

Era cierto que no podíamos tener todavía la misma confianza, porque esas cosas no nacen de un día para otro por mucho que una prueba de ADN te confirme lo que ya sospechabas, pero también estaba seguro de que, con el paso de los días, la iríamos construyendo.

Si a mí me había costado encajar todo aquello, era sobre todo porque nunca creí que mi padre fuera capaz de engañar a mi madre. Aunque, al mismo tiempo, tampoco podía hacer nada con lo que había pasado. Hacía demasiado tiempo, y si mi madre lo había perdonado, era asunto de ellos.

Eso no quería decir que no me importara, porque claro que me importaba, solo que no sabía realmente qué había ocurrido en aquel momento, qué circunstancias hubo, qué supieron unos y qué callaron otros, así que tampoco me sentía con derecho a juzgarlo todo sin entenderlo del todo.

El caso era que, desde que se descubrió la verdad, aquella semana nos había dado para mucho.

Para pasar tiempo juntos, para conocernos y también, porque así lo pidió Alma, para hacernos una prueba de ADN.

Y, como ya sabíamos todos, donde hay mucho dinero, por suerte o por desgracia, casi todo se puede acelerar, así que en dos días tuvimos los resultados.

No me iba a andar con rodeos: no hicieron falta para convencernos de nada, porque todos lo sabíamos ya sin necesidad de leer ningún papel, pero sí sirvieron para poner por escrito una verdad que nos había explotado delante de la cara.

A decir verdad, todo estaba siendo más fácil de llevar de lo que habría imaginado. Creo que nos lo tomamos bien, sobre todo después de hablar largo y tendido y de entender que, por encima del desconcierto inicial, había algo que todos teníamos claro: Alma no iba a volver a estar sola nunca más.

Además de eso, estaba el otro tema, el de todo lo que le pertenecía por derecho, porque también en eso coincidíamos todos. Nadie pensaba mirar para otro lado.

Yo estaba en la oficina dejando algunas cosas listas, porque no me gustaba dejar asuntos a medias y mucho menos si me iba a ir de vacaciones.

Había decidido cogerme el mes entero e iba a hacer que Daniela también lo hiciera, aunque ella llevaba ya dos días oficialmente de vacaciones y seguía convencida de que solo tendría quince días.

Eso se lo creía ella, porque estaba clarísimo que no pensaba dejarla volver al trabajo antes que yo.

No tenía un plan cerrado, pero sí una idea muy clara: quería llevármela a varios países.

No pretendía sonar presuntuoso ni nada por el estilo, pero tenía la suerte de contar con un avión privado a mi disposición, así que el tema de los billetes no suponía ningún problema.

Y justamente por eso estaba allí todavía, rematando cosas y organizando todo lo mejor posible para poder irme tranquilo.

El teléfono volvió a sonar.

No sabía cuántas veces lo había hecho ya aquella mañana, pero la mayoría habían sido de la misma persona, de la que menos me apetecía saber y a la que no pensaba cogerle la llamada.

Supongo que cualquiera pensaría que, si tanto me molestaba que me escribiera o me llamara, lo lógico sería bloquearla y terminar antes.

La verdad es que ni yo mismo sabía muy bien por qué no lo hacía. Solo tenía claro que, aunque ya no quedara en mí ni rastro de sentimientos bonitos hacia ella, seguía sin sentirme del todo capaz de cortar de raíz ese vínculo. Y no, no era por amor, ni por nostalgia, ni por nada parecido.

Yo estaba con Daniela y no la cambiaba por nada en el mundo.

Me sentía pleno con ella, en paz, lleno de algo que no había conocido en la vida. Daniela era lo mejor que me había pasado nunca. Era la mujer que me había enseñado, casi sin proponérselo, lo que significaba amar de verdad y sentirte querido de una forma limpia.

Me estaba enseñando lo que era un amor que no necesitaba comprarse con joyas, viajes o ropa de marca, uno que se daba porque te nacía, porque querías entregarte así, sin calcular, sin esperar siempre algo a cambio.

Entonces llegó el mensaje.

Scarlett: Estoy en la entrada. Le dices a los de seguridad que me dejen entrar o la lío de tal manera que el nombre de la empresa va a salir en todos los medios.

Durante un segundo no supe ni cómo tomármelo. ¿En la entrada? ¿En qué entrada? Porque, hasta donde yo sabía, Scarlett no tenía ni idea de que yo estaba en la sede de España. Así que, de primeras, solo se me ocurrió pensar que estaría en la entrada de mi casa de Londres.

En la urbanización no podía entrar cualquiera; solo podían hacerlo los propietarios y el personal autorizado que cada uno tuviera apuntado en lista. De otro modo, no se pasaba. Sí, era una urbanización exclusiva, pero sobre todo era una de las más seguras de Londres.

Antes, Scarlett había estado en la lista y entraba cuando le daba la gana. Pero hacía mucho que la había sacado y que tenía la entrada prohibida. Así que, si de verdad estaba allí, los pobres guardias debían de estar aguantando un espectáculo importante.

Sonó entonces el teléfono fijo del despacho.

Aquel día, desde luego, no iban a dejarme ni respirar.

Lo único que me apetecía de verdad era dejarlo todo como estaba e irme a casa, donde seguramente Daniela estaría dándose un baño en la piscina. Solo imaginarla desnuda en cualquier parte de la casa me puso duro como una piedra.

Quería mucho a mis padres, pero la semana que se habían quedado con nosotros había sido un suplicio en un único sentido: no podía hacer con Daniela lo que me diera la gana cuando me diera la gana y donde me diera la gana.

Por lo demás, no me habían molestado en absoluto. Ni a mí ni a ella. De hecho, habían congeniado muy bien con Daniela y también con su familia, incluso mi padre, al que normalmente le costaba abrirse con los desconocidos.

Descolgué el fijo bastante más brusco de lo que debería.

—¿Qué pasa?

Más que preguntar, gruñí.

—Señor, en la entrada hay una mujer que dice ser su novia y que tenemos que dejarla pasar.

¿Mi novia?

Mi novia podía entrar allí cuando quisiera, entre otras cosas porque trabajaba en la empresa y era directora de uno de los departamentos.

—¿Cómo ha dicho que se llama?

No era tonto. Entre el mensaje y aquella llamada, ya me imaginaba perfectamente quién era la que estaba montando el numerito.

Escuché al de seguridad preguntárselo y, en cuanto oí el nombre de Scarlett, solo me salió maldecir entre dientes.

¿Cómo coño se había enterado de que yo estaba allí?

Desde luego, en ese momento lo más inteligente era dejarla subir, porque como no lo hiciera, era perfectamente capaz de formar un escándalo monumental en la entrada.

—Lo he oído. —Me pasé una mano por el pelo, lleno de frustración y de rabia, aunque ya no tenía muy claro cuál de las dos pesaba más—. Déjala subir.

—Como usted diga.

No tenía ni idea de qué quería exactamente de mí, aunque, siendo sincero, imaginarlo podía imaginármelo bastante bien. Por lo visto, cuando la última vez le dije que lo nuestro se había terminado para siempre, no se lo tomó demasiado en serio.

Y tampoco la podía culpar del todo. No si tenía en cuenta que se lo había dicho muchas veces antes y que luego siempre había terminado cayendo otra vez.

Aquello había sido como el cuento del lobo. Se lo dices tantas veces a alguien y luego no lo cumples, que cuando por fin lo dices en serio, nadie te cree.

Le había repetido demasiadas veces que no iba a volver con ella, y luego lo había hecho.

Pero ahora estaba muy equivocada si pensaba que iba a volver a pasar.

Porque ahora tenía a mi lado a una mujer que merecía la pena de verdad. Qué digo, merecer la pena. Tenía a la mujer más perfecta que había conocido en mi vida, y no la habría cambiado por nadie. Mucho menos por una mujer que ni siquiera se quería a sí misma.

Me levanté del sillón, no para recibirla, sino para salir fuera del despacho y estar allí cuando se abrieran las puertas del ascensor.

No quería que se dedicara a mirar alrededor ni a repasar la planta con esos ojos suyos siempre pendientes de todo, porque si algo tenía Scarlett era esa facilidad asquerosa para estudiar el terreno y saber dónde y cuándo atacar a su siguiente presa.

El sonido del ascensor al llegar a la planta y abrirse me puso los pelos de punta.

No porque temiera mi reacción al verla, porque nunca había estado más seguro de que ya no sentía nada por ella, sino porque sabía perfectamente todo lo que era capaz de hacer con tal de salirse con la suya.

Y esta vez no iba a conseguirlo, porque no pensaba ceder ni un solo paso.

—Vaya, parece que esta vez has intentado esconderte bien, cariñito .

El sarcasmo con el que pronunció aquel apodo, que pretendía sonar cariñoso pero era puro veneno, me revolvió el estómago.

—No necesito esconderme de nadie. Solo atiendo mi empresa.

Apreté los dientes para no soltarle algo peor.

—¿La empresa de tu padre o ya es tuya? —preguntó, y en el tono se le notó la avaricia igual que en la mirada.

No me podía creer cómo había sido capaz de estar tan ciego por una mujer así. La tenía delante, podía verla con claridad, con detenimiento, y no había absolutamente nada en ella que me gustara ya. Tenía la mirada fría, calculadora, la de una mujer movida solo por el interés. Nada más.

Dios, ¿por qué no había hecho caso desde el primer momento a todas las personas que vieron en ella lo que yo estaba viendo ahora?

Ni siquiera dejé que se acercara demasiado. Antes de que lo hiciera, me giré y entré otra vez en el despacho.

—Eso no es asunto tuyo.

Iba ya de camino a la mesa cuando sentí cómo me agarraba por la parte de atrás de la camisa.

Me detuve, pero no me giré.

Quería que entendiera, de una vez por todas, que ya no tenía ningún poder sobre mí.

—Te equivocas —dijo ella.

Enderecé la espalda.

—Porque si esa empresa ya es tuya, entonces todo cambia.

Y, en ese instante, no sentí tristeza, ni rabia por lo perdido, ni siquiera pena por lo vivido.

Lo que sentí fue asco.

Asco de mí mismo por haber compartido tanto tiempo con una mujer como ella.