Capítulo 42
Daniela
Esto sí que era vida.
Lo pensé en cuanto me tumbé en una de las hamacas, aunque, en realidad, lo primero que hice al llegar fue darme un baño. Y es que había pocas cosas en esta vida que me gustaran más que meterme en el agua del mar, sobre todo si estaba fría.
Cuanto más fría, mejor. Así que, después de ese primer chapuzón, volví a la arena, arrastré la hamaca hasta dejar la cabeza en sombra y el resto del cuerpo al sol, y me tendí como si no hubiera un mañana.
—Este año estoy demasiado blanca para la fecha en la que estamos —murmuré, mirándome las piernas.
Algo de color tenía, eso era verdad, pero ni de lejos el moreno que solía llevar ya a esas alturas del verano.
—Por fin un año en el que no parecemos tanto el café y la leche.
Me reí con la respuesta de Alma.
Y es que no le faltaba razón, porque la pobre era una de esas rubias blanquitas que se ponen rojas como una gamba recién cocida con nada que les dé un poco el sol.
—No te hagas ilusiones, que con dos veces que me ponga a tomarlo ya sabes que me pongo morena.
A ver, era verdad que cogía color rápido, aunque tampoco en plan milagroso.
—Por lo visto, hasta en eso he heredado la parte inglesa —dijo ella con una media sonrisa.
Por lo menos se lo estaba tomando bien, y yo prefería que fuera así.
Porque, total, por muchas vueltas que le diera al asunto, el pasado no lo podía cambiar nadie.
Lo único bueno de todo aquello era que sí podía cambiarle el futuro.
Y os juro que no había nada en ese momento que me alegrara más que lo que le había pasado a ella.
Supongo que cualquier persona que hubiera vivido lo mismo que Alma merecía encontrar sus orígenes si así lo deseaba, pero no voy a ser hipócrita: a mí la que de verdad me importaba era mi amiga.
—¿Quién te iba a decir que eras una guiri por completo?
Las dos nos reímos.
—Pues a ti parece que te van mucho los guiris.
Ahí me había dado.
—Lo reconozco. No sabía que me podían gustar tanto, pero ya te digo que no os cambio por nada del mundo.
A ella no la cambiaba porque era mi hermana, de esas que llegan a tu vida pisando fuerte y se quedan para siempre.
Y lo que tenía la vida, o el destino, o vete tú a saber qué coño era, es que el hombre que yo sentía como el amor de mi vida había resultado ser el hermano —o medio hermano— de la mujer que tenía tumbada al lado y que tanto significaba para mí.
—Ni yo tampoco. Y, por lo que parece, Landon tampoco —dijo ella.
Fue nombrarlo y notar cómo el corazón se me aceleraba, como si dentro del pecho se quedara pequeño el espacio para todo lo que sentía. La verdad era que no sabía hasta qué punto yo era importante para él, aunque, por lo que me demostraba cada día, parecía que bastante.
—¿Y tú? ¿Qué me dices de ti? ¿Cómo te sientes con Carter?
Yo la veía enamorada, no, lo siguiente. Y lo mejor era que a él lo veía exactamente igual, o incluso peor.
—Es la primera vez en mi vida que siento esto por un hombre —me confesó—. Y no es solo lo que siento por él, es todo lo que me hace sentir.
Escuchar a tu mejor amiga hablar así de feliz era de esas cosas que más podían alegrarte en el mundo, siempre que la quisieras de verdad.
—Me alegro muchísimo de que Carter se haya cruzado en tu vida.
—Lo sé. —Giró la cabeza para mirarme, porque teníamos las hamacas una al lado de la otra—. Sé que si hay alguien que se alegra de verdad de que me pasen cosas buenas, esa eres tú.
Me quedé un rato más tomando el sol. Vamos, que un poco más y le tenía que dar un cursillo a los lagartos sobre cómo achicharrarse a gusto. Pero, viendo que ni Landon ni Carter llegaban todavía, decidí darme otro chapuzón, porque el sol ya apretaba de verdad.
Alma no quiso venir.
Como decía ella, yo soy más de secano, que venía a ser justo lo contrario que yo, que siempre había sido más de agua que los propios bichos que vivían dentro.
Llegué a la orilla y, sin pensar demasiado, empecé a correr hacia dentro hasta que tuve profundidad suficiente para lanzarme de cabeza. Y, aunque parezca pesada, nunca me cansaría de decir que aquello era vida.
Sentir el agua fría golpeándome la cabeza era una de las sensaciones más placenteras que había descubierto en los peores momentos de mi vida, y desde entonces se había quedado conmigo.
Que no es que hubiera descubierto América ni nada por el estilo, que millones de personas hacían lo mismo. Lo mío fue casualidad.
Un día en el que apenas podía respirar, en el que no dejaba de llorar, en el que hasta mover los párpados se me hacía cuesta arriba. Un día en el que solo quería cerrar los ojos, hacerme tan pequeña que desapareciera y no volver a saber nada del mundo.
Pues ese día, sin saber muy bien de dónde saqué las fuerzas, me levanté de la cama y me metí en la ducha. Mi intención era poner el agua caliente y dejar que me relajara, pero, por lo que fuera, aquella mierda empezó a salir helada.
Di un salto del susto, claro, pero después de ese primer golpe sentí algo distinto: el agua fría cayéndome por la cabeza me obligó a volver a respirar con normalidad y consiguió dejarme la mente en blanco, aunque solo fuera por un rato.
Madre mía, la vuelta que acababa de dar para decir, simplemente, que me gustaba el agua fría y que me sentaba bien.
Total, que allí estaba yo, tan tranquila, disfrutando del mar, cuando pasó lo que tenía que pasar.
¿Qué es lo que tiene el agua que, en cuanto notamos un roce, se nos activa el pánico? Y no vayáis de valientes, que a mí no me la dais. Quiero ver yo a más de uno y de una muy enteritos sintiendo algo moverse alrededor de las piernas.
Pues eso fue exactamente lo que me pasó a mí.
Y no en cualquier parte.
No.
Aquello me rozó justo entre los muslos.
Mi primera intención, como os podéis imaginar, fue salir huyendo por patas.
Bueno, en este caso, por brazadas, porque allí dentro poca carrera podía echar.
Pero el problema fue que aquel «algo» subió un poco más y se enganchó al lateral de las bragas del bikini, y ahí ya me quedó claro que aquello no era un pez ni nada del estilo, sino un animal de dos patas.
Moví la mano hacia donde pensé que tendría la cabeza, porque digo yo que, si no tenía superpoderes, en algún momento tendría que respirar. El problema fue que, justo cuando fui a agarrarlo del pelo, me atrapó la muñeca y tiró hacia abajo, hundiéndome del todo con él.
Ni tiempo me dio a coger aire, y mucho menos a reaccionar cuando sentí unos labios sobre los míos. Sí, como lo oís: un beso. Bajo el agua.
Y sin ver una mierda, porque ya me diréis quién es el listo o la lista que aguanta con los ojos abiertos mucho rato bajo el agua del mar. Que sí, que la sal será maravillosa para curar heridas y esas cosas, pero escocía como su puta madre.
Cuando conseguí abrir los ojos un instante, vi que era Landon.
No penséis que era tonta. Ya había intuido que era él en cuanto me di cuenta de que no era ningún bicho marino.
Salimos a la superficie y los dos dimos una bocanada de aire. No sé si por haber estado bajo el agua o por el beso. Seguramente por ambas cosas.
—Estás loco —le dije cuando conseguí hablar.
—Loco por ti, pero eso ya lo sabes.
Dios.
Con esa sonrisa y esa mirada no había manera humana de echarle la bronca por haberme asustado.
Lo único que conseguía era que me entraran unas ganas tremendas de lanzarme sobre él y comérmelo a besos. Y a lo que no era besos.
Intenté que me soltara porque, no sé si por el susto o por verlo allí, en ese momento me sentía como un volcán a punto de entrar en erupción.
Y no precisamente en el mal sentido. Todo lo contrario.
Me sentía tan encendida que era perfectamente capaz de hacer una locura en mitad de una playa llena de gente.
—¿Estás intentando huir de mí? —me preguntó conteniéndose la risa.
—No huyo de ti, huyo de lo que soy capaz de hacerte.
Otra cosa no, pero sincera había sido siempre. Y con él, todavía más.
—No pasa nada. Si nos detienen por escándalo público, tu hermano nos quita la denuncia rápido.
—Mejor lo evitamos. No es por nada, pero no soy muy fan yo de que me vean el toto.
Se echó a reír, pero yo le había dicho una verdad como un templo. Aunque, si me ponía del todo sincera, tampoco me hacía ninguna gracia que le vieran a él el culo. Ni lo que no era el culo.
—Prepárate para cuando estemos a solas —me susurró—, porque con las ganas que tengo de hacerte gemir, me va a costar la vida controlarme.
Y no, no penséis que éramos dos cavernícolas incapaces de dominar nuestros impulsos, porque lo hicimos. Puede que saltaran chispas cada vez que nos mirábamos, pero conseguimos contenernos y nos dedicamos a pasar un buen día de playa.
Los cuatro lo pasamos bien, sí, pero lo mejor de todo fue ver cómo los hermanos seguían conociéndose un poco más.