Capítulo 41
Daniela
Por mucho que Alma me dijera que estaba bien, no se lo creía ni su prima.
—No me puedes decir que estás bien, no después de esta bomba.
Cuando ayer estalló todo en casa de Landon, no me pareció lo más correcto llevármela aparte para hablar con ella. Hacer eso delante de todos me parecía una falta de respeto, tanto hacia su padre como hacia los demás que estaban allí intentando asimilar lo mismo que nosotras.
Si me preguntáis cómo fue la comida, solo os puedo decir que tuvo un poco de todo. Hubo ratos en los que la tensión se podía respirar en el aire, momentos en los que bastaba mirar una cara para saber que cada uno seguía dándole vueltas a lo mismo.
Pero también hubo otros en los que, por el bien de todos, decidimos dejar todo aquello un poco a un lado y centrarnos en disfrutar del momento. Y, cuando eso pasaba, la verdad es que las risas y las bromas se escuchaban por todo el jardín.
Lo que más me gustó de James y de Grace fue, precisamente, la manera en la que se tomaron las cosas. Él, aparte del asombro y del miedo del primer impacto, fue dejando ver a lo largo del día algo que me emocionó muchísimo: la forma en la que miraba a Alma.
Y con esto no quiero decir que la quisiera ya como a Landon o a Harper, porque sería absurdo pensar algo así en unas horas, pero sí que había en sus ojos una mezcla de ternura, culpa y necesidad de acercarse a ella que decía mucho más que cualquier palabra.
Y no fue el único. Cuando le preguntaron a Alma por su vida y ella empezó a contarlo todo, a mí ya se me rompió el corazón como se me había roto tantas otras veces al escucharla.
A mi familia también, claro, porque conocíamos su historia y sabíamos el peso que llevaba encima desde hacía demasiados años.
Pero ver la cara del resto fue otra cosa. Esas miradas cargadas de dolor y, por momentos, también de rabia, hablaron solas. El padre de Landon, con cada frase que decía su supuesta hija, iba haciendo una mueca distinta, como si cada palabra se le clavara dentro.
Aunque, siendo sincera, la persona que más me asombró fue Grace.
Esa mujer tenía todo el derecho del mundo a no querer tolerar a mi amiga cerca, aunque Alma no tuviera la culpa de haber venido al mundo.
Ya bastante había tenido la pobre con descubrir que la hija de puta de su madre prefirió dejarla en un orfanato antes que ponerla en manos de un hombre que, yo estaba segura, la habría recibido con los brazos abiertos.
Y no solo él. Porque, tal y como fue pasando la tarde, yo tuve cada vez más claro que Grace también habría sido capaz de acogerla como si fuera suya, aunque fuera fruto de una infidelidad de su marido.
Solo había que fijarse en la manera en la que la miraba, en el cariño y la ternura que se le escapaban incluso cuando intentaba mantenerse serena.
Os prometo que en ese momento no sabía si Alma era realmente consciente de la suerte que podía haber tenido encontrando por fin a su familia de sangre.
Y cuando digo familia de sangre, lo digo porque la de corazón la encontró el día en que se cruzó conmigo en la puerta de la empresa en mi primer día de trabajo.
Pero, aun así, yo sí me alegraba. Y mucho. Porque algo dentro de mí me decía que esos hermanos y ese matrimonio, ahora que la habían encontrado, no pensaban dejarla escapar.
Por eso, cuando terminó todo y cada uno se fue a su casa, no quise hablar con ella a fondo. Quería darle tiempo. Necesitaba que sacara lo que sentía, que se permitiera ordenar un poco aquella locura, ya fuera para bien o para mal, pero sin que yo me le echara encima demasiado pronto.
—Te prometo que estoy bien. De hecho, creo que es cuando más feliz me he sentido nunca.
Los ojos le brillaban de una manera que no le había visto jamás.
—Si es así, no sabes cuánto me alegro. —La abracé con fuerza—. Al final va a resultar que vas a ser una de mis jefas supremas —le dije, intentando bromear.
Aunque, por mucho que quisiera hacer una broma, la verdad era que había soltado una realidad como una catedral.
—Ni suprema ni nada. Yo voy a seguir siendo la misma, con la única diferencia de que ahora tengo unos hermanos y un padre.
No era tonta y sabía perfectamente por qué no decía también que había encontrado a una madre. No quería poner a Grace en un compromiso ni hacer que se sintiera obligada a asumir un papel que todavía no sabía si estaba preparada para asumir.
Pero, sinceramente, mi suegra —sí, a estas alturas ya me veía con derecho a llamarla así— la había mirado con los ojos con los que una madre mira a sus hijos, y yo estaba segura de que, antes o después, iba a terminar siéndolo para Alma también.
—Y una madre —le dije convencida—, porque estoy segura de que Grace va a tratarte como a una hija.
Habíamos quedado en mi piso. Queríamos hablar con tranquilidad y, de paso, yo necesitaba llevarme más ropa a casa de Landon, porque hasta entonces solo me había llevado lo justo y ya empezaba a ser absurdo ir tirando siempre de cuatro cosas mal contadas.
Algunos días me apetecía ponerme un vestido concreto o algún pantalón que no tenía allí, y ya me había dado cuenta de que era una tontería seguir manteniendo medio armario aquí y medio allí, sobre todo teniendo en cuenta que estaba tan enamorada de Landon que ya no sabía vivir lejos de él.
—Ains, es que todo esto parece mentira.
Por fin estaba dejando salir algo de lo que llevaba dentro.
—Pero no lo es —le contesté con una sonrisa enorme.
—Joder, que al final soy tu cuñada.
Soltó una carcajada y yo habría jurado que se rio así de fuerte por puro nervio, porque una cosa era decirlo en alto y otra muy distinta asumir todo lo que significaba.
—Para mí no eres mi cuñada. Para mí sigues siendo mi hermana, esa por la que soy capaz de arrasar el mundo entero.
No se lo dije por quedar bien. Se lo dije porque era exactamente lo que sentía por Alma, y ella lo sabía.
—No me hagas llorar. —Se limpió una lágrima—. Sabes que tú también eres mi hermana y que gracias a ti supe lo que era tener una familia. Te quiero, y nada ni nadie podría hacer que dejara de hacerlo.
—Jo, después dices que te he hecho llorar —protesté, emocionada hasta el punto de tener yo también los ojos llenos de lágrimas.
No me cansaba de decirlo, pero no era moco de pavo encontrarte con algo así de pronto.
—A ver si solo vas a poder llorar tú.
Estuvimos toda la mañana hablando y, aunque tocamos otras cosas, ya os podéis imaginar cuál fue el tema principal casi todo el rato. Tanto le dimos vueltas que, al final, noté que empezaba a agobiarse más de la cuenta, así que decidí cortar aquello por lo sano.
—Cámbiate de ropa, ponte un bikini y algo de playa, que nos vamos.
Tenía que distraerla como fuera.
—Pero habíamos quedado con los chicos en que nos recogerían aquí para ir a comer.
—¿Y qué? Los llamamos y les decimos que nos vemos allí. Le damos el nombre del chiringuito y listo.
Sabía que le iba a venir bien que le diera el aire, porque Alma siempre se relajaba con el sonido del mar y con ese olor a playa que parecía que le ponía el pecho en calma. Y, para qué voy a mentir, a mí también me encantaba la playa.
—Además, así aprovechamos y ensayamos lo que íbamos a hacer en vacaciones, porque al final y a lo tonto este año no nos vamos a ir a ningún sitio.
—Tienes razón, lo hemos ido dejando y nos hemos quedado sin nada.
Sin nada no me iba a quedar yo, eso lo tenía clarísimo. Como si me tenía que ir de vacaciones a una comuna nudista. Total, como dice el dicho, lo que se van a comer los gusanos, que lo disfruten los humanos. Vale, ya sé que no era exactamente así, pero yo siempre lo había dicho de esa manera.
Nos cambiamos de ropa, metimos en el bolso el protector solar, las toallas, las gafas de sol y un cepillo del pelo, que para mí eso no podía faltar nunca, y salimos por la puerta del piso creyéndonos las reinas del mundo, dispuestas a desconectar y a disfrutar del día o, mejor dicho, de lo que quedaba de él.
Nos montamos en el coche y fuimos directas a lo que para nosotras era el paraíso, porque a las dos la playa nos daba vida. Era cierto que nos encantaba coger unas hamacas delante de algún chiringuito y comer allí, pero no podíamos hacerlo tanto como nos apetecía.
Ella porque tenía que mirar mucho el dinero y yo porque, como ya sabéis, seguía ahorrando para mi floristería. Pero hoy sí lo íbamos a hacer.
Total, por lo que parecía, las vacaciones se habían ido a tomar por culo.