Capítulo 40
Landon
No podía haber oído bien a mi madre. De verdad que no. Aquella mujer tenía que haberse tomado algo, porque lo que acababa de decir no entraba dentro de ninguna lógica posible.
¿Cómo podía soltar, así de tranquila, que Alma era hija de mi padre? Y lo peor no era solo la barbaridad de la frase, sino la seguridad con la que la había dicho, como si no hubiera margen para la duda, como si llevara toda la vida sabiendo algo que al resto nos acababa de estallar en la cara.
—¿Qué has dicho? —preguntó mi hermana.
Fue la primera en reaccionar, porque yo ni siquiera había sido capaz de hacerlo.
Me limité a mirar a mi padre, esperando encontrar en él alguna negación inmediata, algún gesto de sorpresa real, algo que me indicara que todo aquello era una locura, pero él no apartaba los ojos de Alma.
Ni siquiera parecía escuchar el resto del mundo. Solo la miraba a ella.
—Lo que has oído —repitió mi madre sin vacilar—. Y no estoy loca. Sé muy bien lo que digo y esa mujer es tu hermana.
No sabía ni cómo tomarme aquello. No porque tuviera nada en contra de Alma, ya que era justo al revés. Me parecía una mujer increíble, con un corazón enorme, con una entereza y unos valores que ya los quisiera mucha gente.
Fijaos si no tenía nada en contra de ella, que si me hubieran preguntado qué mujer podría haber sido una buena hermana para nosotros, seguramente habría pensado en alguien como ella.
El golpe no venía por su persona, sino por todo lo que implicaba lo que acababa de descubrirse, por cómo se nos estaba desmontando delante de las narices una parte de la vida que yo creía conocer.
Apreté la mano de Daniela sin darme cuenta y ella me devolvió el apretón, aunque tenía la vista clavada en su amiga. Se notaba que estaba completamente pendiente de Alma, de su respiración, de cómo se sostenía en pie, de si en cualquier momento iba a tener que correr hacia ella.
Y, sinceramente, no me extrañaba, porque la pobre estaba blanca, temblando, descompuesta.
—Eso no puede ser —consiguió decir al fin—. A mí me entregaron recién nacida porque mis supuestos padres no querían hacerse cargo de mí.
Carter la tenía abrazada y, aun así, no dejaba de temblar. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin freno, pero lo que de verdad me encogió por dentro fue el desgarro con el que le salían las palabras, como si cada una le arañara por dentro.
—Yo solo sé que eres hija de James —insistió mi madre, esta vez mirándola con una mezcla extraña de firmeza y compasión—, y él tendría que estar viéndolo igual que yo. Sé que esto es difícil de creer, pero no necesito una prueba para saberlo.
—Llamadme tonto, pero no estoy entendiendo nada —dije al fin.
Porque era exactamente eso lo que nos pasaba a casi todos los que estábamos allí. Por la cara de mi hermana y la de Gonzalo estaba claro que ellos tampoco sabían por dónde coger aquello.
Carter, Vicente, incluso yo mismo, estábamos igual de descolocados. Las únicas que parecían haber atado cabos antes que los demás eran Daniela y su madre.
—Después te cuento —me dijo Daniela al notar que la miraba.
—¿Cómo que después me cuentas? —le pregunté en voz baja, dolido—. ¿Cómo es posible que supieras algo?
No voy a mentir. Me sentó mal. No porque pensara que me había ocultado algo a propósito, sino porque me dolía sentir que los demás parecían ir por delante de mí en algo que me tocaba de lleno.
Entre una pareja no debería haber secretos de esa clase, o al menos eso pensé en ese instante. Intenté soltarle la mano, pero no me dejó.
—No te montes películas —me respondió igual de bajo—. Yo no sabía nada, solo había notado el parecido. Bueno, parecido no… joder, lo raro es que no os hubierais dado cuenta antes.
»No dije nada porque no estaba segura y no quería meter la pata, pero en cuanto he visto a tu padre, ya no me ha quedado ninguna duda.
Miré de una a otra. Y sí, una vez verbalizado, una vez roto el dique, el parecido estaba ahí.
Era evidente. No sabía cómo coño no lo había visto antes, quizá porque jamás se me habría pasado por la cabeza algo así, quizá porque el cerebro no busca lo que no imagina posible.
Aun así, seguía habiendo algo en todo aquello que me oprimía el pecho.
—No me había dado cuenta, pero aun así… es casi imposible pensar algo así. Sobre todo porque ella es de aquí y nosotros de allí.
Me estaba entrando un agobio de cojones, y por las expresiones del resto no era el único.
Mi padre respiró hondo, como si estuviera asumiendo que ya no había marcha atrás, y fue entonces cuando dijo que lo mejor era sentarnos y hablar con calma, porque tenía mucho que explicarnos y, al mismo tiempo, también mucho que comprender él mismo.
Lo escuché y, por extraño que parezca después de semejante golpe, una parte de mí quiso creerlo. Porque, aunque en aquel momento me sintiera completamente descolocado, seguía conociendo a mi padre mejor que a casi nadie.
Y justamente por eso tenía claro que, si aquello era verdad, algo muy grave había tenido que pasar. Porque él jamás habría abandonado a un hijo por voluntad propia. Ni aunque eso le hubiera costado el divorcio con mi madre.
Nos sentamos todos alrededor de la mesa ya preparada para la comida, aunque lo de comida empezaba a sonar casi ridículo. La tensión era tan grande que costaba hasta tragar saliva.
Fue entonces cuando Carter soltó que nos iba a hacer falta una cerveza o una copa de vino para pasar aquello un poco mejor, y tenía más razón que un santo.
Entre él y Gonzalo repartieron bebidas para todos, quizá por hacer algo útil, quizá por necesidad pura de moverse y no quedarse quietos dentro de aquella bomba.
Mi padre tardó unos segundos en hablar. Dijo que no sabía ni por dónde empezar, y fue mi madre la que tomó la palabra. Nos recordó algo que todos sabíamos: que durante años él había viajado muchísimo por trabajo.
Y, en uno de esos viajes a España, salió una noche, bebió más de la cuenta y perdió el control. Yo miré a mi hermana porque los dos estábamos pensando lo mismo. Nunca habíamos visto a nuestro padre fuera de sí por culpa del alcohol. Ni siquiera mareado. Mucho menos borracho.
Debió de notársenos tanto en la cara que él mismo intervino para decirme que sí, que aquella fue la única vez en toda su vida que había perdido el control de esa manera.
A partir de ahí, mi madre siguió hablando.
Dijo que aquella noche conoció a una mujer y que, como ahora quedaba más que demostrado, aquello había tenido consecuencias.
No habló con rabia. Tampoco con dulzura.
Habló como quien ya ha llorado una historia demasiado tiempo y ha terminado aceptando que la verdad no desaparece por no pronunciarla.
Mientras lo hacía, yo no podía dejar de mirar a Alma.
Se había cubierto la cara con las manos y lloraba rota, de una manera que partía el alma.
Daniela fue enseguida a su lado y Gonzalo también, como era normal, porque los dos la querían como a una hermana desde hacía mucho antes de saber que, quizá, esa palabra no era solo simbólica.
En mitad de todo aquello, Carter me dijo que me lo había dicho el segundo día, y yo lo miré como si se hubiera vuelto loco.
Evidentemente, no me había dicho nada de esto, pero entonces me recordó aquella conversación en la que me comentó que nunca había visto a nadie llevar los números como mi padre hasta que revisó los informes de Alma.
Y sí, eso sí lo recordaba. Lo que en aquel momento me pareció una simple comparación ahora se convertía en una pieza más de un puzle que se estaba formando ante nosotros con una violencia que daba miedo.
Mi padre siguió contando lo que sabía de aquella noche y de la madre de Alma.
Explicó que intentó informarse después, que buscó, que preguntó, que quiso saber si aquella locura había tenido consecuencias, pero que todo terminó perdiéndose entre silencios, versiones a medias y una verdad que nunca le llegó.
También salió el dolor de mi madre, porque, aunque con el tiempo lo hubiera perdonado, eso no quitaba que lo hubiera pasado mal.
Y no voy a negar que mi padre me decepcionó.
No me habría esperado jamás algo así de él.
Pero si algo me dolía de verdad, no era solo el fallo en sí, sino lo que aquello le tuvo que hacer a mi madre.
Porque al final fue ella quien pagó una culpa que no había sido suya.
Miré alrededor de la mesa. Nadie decía nada. Todos estábamos atrapados en nuestros propios pensamientos, intentando recomponer una realidad que ya no era la misma que hacía una hora.
Pero, aun con toda la confusión, con todo el dolor, con toda la rabia y la incredulidad, yo tenía una cosa clarísima: si Alma era mi hermana, lo era desde ya. Y lo iba a ser con todos sus derechos.