Capítulo 39
Daniela
Estaba terminando de colocar las servilletas de tela sobre el plato de cada uno cuando escuché cómo se abría el portón de la entrada.
Mira que estaba algo lejos, que desde donde yo estaba hasta donde se dejaba el coche había que andar un buen trecho, pero no sé qué tenía aquel sonido que siempre lograba reconocerlo al momento.
Le di la vuelta al chalé porque, lo siento mucho, pero no tenía paciencia para esperar a que se bajaran del coche, cruzaran la casa y terminaran saliendo al jardín. Ya sabéis cómo soy, y eso de esperar no va mucho conmigo, así que ni lo intenté.
Llegué hasta donde Landon solía aparcar y allí estaban ellos.
Al verlos no tuve ninguna duda de dónde habían heredado el pelo rubio sus hijos.
En realidad, Landon era una mezcla entre el padre y la madre, porque su color tiraba más a un castaño claro, pero su hermana era clavada a ese hombre en el tono del pelo.
Y os prometo que, en cuanto lo vi, sentí cómo los nervios se me instalaban de golpe en el centro del estómago.
Dios. Allí iba a pasar algo gordo aquel día, y eso no lo iba a frenar ni un milagro. Hasta me temblaban las piernas solo de imaginar la escena que podía montarse allí fuera, porque yo decía una cosa: sus hijos podían estar muy ciegos, sí, pero no me creía que ellos también lo estuvieran.
En fin, que más me valía estar preparada para lo que se podía liar, porque aquella primera toma de contacto prometía ser de lo más entretenida, de eso podíais estar seguras.
No fui capaz de reaccionar hasta que Landon me llamó para que me acercara, y entonces fui hacia ellos intentando disimular las dudas y el miedo que me habían invadido por completo, porque os prometo que allí más de uno iba a quedarse con la mandíbula descolgada.
Y yo me iba acercando con esa sensación de estar casi segura de algo que, hasta hacía muy poco, no había sido más que una intuición. Respiré hondo procurando que no se me notara demasiado.
Dani, por tu madre, pon buena cara y hazte la tonta todo el tiempo. Lo que tenga que ser, será.
Eso me repetía a mí misma mientras me acercaba.
Que sí, que la sonrisa de aquella famosa que salía por la tele diciendo lo de «dientes, dientes» se iba a quedar pequeña al lado de la mía, porque un poco más y se me veían hasta las muelas del juicio.
—Cariño, ellos son mis padres, James y Grace.
Landon me puso una mano al final de la cintura y me empujó con suavidad un poco hacia delante.
—Encantada de conoceros —dije, alargando la mano para saludarlos.
La madre me sonrió con una de esas sonrisas dulces que te hacen sentir cómoda al instante, de las que transmiten ternura y confianza.
—¿Así que tú eres la española que me ha robado a mi hijo? —me preguntó.
Le devolví la sonrisa con una de esas que escondían muchas cosas detrás.
—Creo que mi madre dice lo mismo de su hija.
Ni siquiera me dejó terminar del todo. Me apartó la mano y me dio un abrazo con dos besos incluidos.
De primeras me quedé un poco cortada, la verdad, porque me pilló totalmente desprevenida. No me esperaba para nada algo así. Pero me gustó muchísimo lo que me transmitió aquel abrazo. Me sentí cómoda, como si la conociera de mucho más tiempo del que en realidad llevaba conociéndola.
Le di un beso en la mejilla, y no fue por compromiso, sino porque me salió de dentro.
El padre sí que parecía más serio. Imponía bastante más, aunque sus ojos contaban otra historia. A través de ellos se veía que era buena persona. Claro que, si me paraba a pensar en lo que llevaba tiempo rondándome la cabeza, ya no me parecía tan buena persona.
Y aun así, hizo exactamente lo mismo que su mujer.
Me abrazó con fuerza, con cariño, sin saber todavía cómo era yo.
Mira que si luego resultaba que era una hija de puta.
¿Abrazaría así de fuerte a mi amiga cuando la viera?
Os juro que en aquel momento no sabía si dejar salir mi lado travieso y reírme hasta de mi sombra o, por el contrario, permitir que mi parte más noble y sentimental tomara el control e irme a un rincón a jartarme de llorar.
Me daba miedo por Alma. Por el dolor que todo aquello pudiera causarle, porque estaba segura de que, de una manera u otra, iba a terminar haciéndole daño.
—Al final ha sido como yo dije —comentó su madre cuando el padre me soltó.
—¿Y qué fue lo que dijiste, si puede saberse? —pregunté, intrigada.
Landon me rodeó la cintura y me pegó un poco más a su cuerpo. Levanté la cabeza para mirarlo y me lo encontré sonriendo, además de guiñándole un ojo a alguien. Eso sí, no sabía si se lo había guiñado a su madre, a su padre o a los dos.
—Les dije que, como dieran con unos españoles que les tocaran el corazón, ya no iba a recuperarlos. Y, por lo que veo, no me equivoqué.
No supe muy bien qué contestar a eso. Sinceramente, yo no creía que las cosas funcionaran así, solo pensaba que se había dado la casualidad.
Y menuda casualidad, ¿verdad? Dos hermanos con otros dos hermanos.
Ya sé que no éramos los únicos en el mundo y que seguro que había muchísimos casos parecidos; me apostaba lo que fuera a que también existirían familias con tres hermanos enlazados con otros tres.
Pero, volviendo al momento y dejando de fantasear, terminamos entrando en la casa por la puerta principal. Así pudieron dejar las maletas en un lado del salón, porque no quisieron subirlas todavía a la habitación para no hacer esperar más a los que ya estaban en el jardín.
Al salir, la primera en llegar hasta ellos para saludarlos, como era lógico, fue su hija.
Eso sí, tirando de la mano de mi hermano, como si quisiera asegurarse de que el pobre no saliera corriendo.
Mientras Harper abrazaba a sus padres y les presentaba a Gonzalo, yo aproveché para presentarles a Landon a los míos.
—Ya era hora de poder conocerte —le dijo mi madre.
Después de darle dos besos, mi madre me miró a mí y asintió con la cabeza de una forma tan disimulada que me hizo gracia, porque fue como si me estuviera dando su aprobación.
Como si yo no pudiera enamorarme de Landon sin el visto bueno de mi señora madre.
A buenas horas, pensé, porque que me enamorara de ese hombre no lo habría evitado ni el fin del mundo.
Estaba completamente segura de que el que tenía a mi lado estaba destinado a ser el hombre de mi vida.
O, al menos, así era como yo lo sentía en aquel momento.
—La culpa de que no nos hayamos conocido antes la tiene tu hija, que nunca me ha dicho que fuera a vuestra casa —contestó él, sin ningún tipo de filtro.
Le di un pellizco en el costado. Y sí, apreté un poco para que dejara de soltar esas cosas, porque bastante claro tenía que, como mi madre me pillara a solas, me iba a leer la cartilla bien leída.
Menos mal que en ese momento llegaron su hermana y sus padres hasta donde estaban los míos, y se pusieron también a saludarse entre ellos.
Entonces busqué con la mirada a Alma. Sabía que ella era tan prudente y educada que no iba a acercarse hasta que los de la «familia» nos hubiéramos presentado todos.
Y sí, he dicho familia entre comillas, porque mi amiga así lo consideraba, cuando para mí ella era mucho más familia que mucha gente que sí compartía mi sangre. O casi.
Para mí, Alma era mi hermana, y me daba igual que no nos conociéramos de toda la vida o que nuestra amistad hubiera empezado cuando entré a trabajar en la empresa. Como he dicho otras veces, los años que lleves conociendo a alguien no significan absolutamente nada.
Para muestra, mi ex. Nos conocíamos casi desde niños y mira cómo había terminado todo.
Le hice un gesto con la mano para que se acercara. No sé si Alma ya sentía algo raro o si era yo, que estaba demasiado pendiente de todo, pero noté que le costaba mucho más de lo normal venir hacia donde estábamos. Y eso que Carter iba justo a su lado.
¿Sabéis esas imágenes de la tele que ponen a cámara lenta para que se vea bien lo que ha pasado y no se escape ni un detalle? Pues los siguientes segundos los viví así. Madre mía, qué angustia pasé.
A ver, os pongo en situación. Por un lado estaba la expresión de la madre de Landon, que se había quedado con la mirada fija en la cara de mi amiga y que, de vez en cuando, la desviaba para mirar a sus hijos o a su marido.
Por otro, estaba la incomodidad de Alma, que se le notaba en la cara y hasta en la manera de andar. Y ahí ya me quedó clarísimo que no era imaginación mía: ella también había notado algo o, como mínimo, intuía que allí había más de lo que parecía.
Y luego estaba James. O, mejor dicho, el color que había desaparecido de su cara, porque ese hombre ya era blanquito de por sí, no era moreno como mi padre, pero es que de pronto se había quedado transparente. Ya me entendéis. No me vengáis ahora con que exagero.
—James, esa muchacha es hija tuya.
Boom.
La bomba estalló ante las narices de todo el mundo.
De todos menos de mi madre y de mí. Nosotras lo esperábamos.
Y no me preguntéis cómo lo sabíamos, porque solo había que ver a mi amiga y a Harper.
Eran como dos gotas de agua. Y no, no me vengáis con la tontería esa de que todos tenemos un doble por el mundo.
Doble fue la vida que llevó mi suegro durante un tiempo.
O, como mínimo, el desliz que tuvo.
Vamos, que la comida que nos esperaba prometía de todo menos tranquilidad. Y digo comida por decir algo, porque no sabía yo si después de aquello a alguien le iba a quedar cuerpo para sentarse a comer como si nada.