Mi locura de CEO inglés Capítulo 38
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Capítulo 38

Daniela

Parecía que iba a enfrentarme al juicio de mi vida, o por lo menos así me sentía yo.

De verdad, qué malos eran los nervios previos a conocer a los padres de tu pareja, porque, a ver, dejándonos de tonterías, si resultaba que no le caía bien a la madre, siempre existía la posibilidad de que te hicieran la vida un poquito más complicada.

Y solo de pensarlo se me ponían los pelos del cuerpo de punta.

Mejor llevarse bien con la suegra, que si ella estaba contenta, los demás también lo íbamos a estar. O eso decían los entendidos en estos temas; que conste que estaba bromeando un poco.

—Quita esa cara de miedo que tienes, o van a ser ellos los que te tengan miedo a ti —me dijo Harper.

Estábamos en el jardín preparando todo para la barbacoa y, cuando digo todo, me refiero a la mesa, las bebidas, las salsas, los platos y ese tipo de cosas que siempre terminan siendo más de las que parecen.

Cuando la noche anterior Landon me dijo que sus padres llegaban al día siguiente, al principio me quedé sin saber qué contestarle. Unos minutos después le dije que yo iba a regresar a mi casa.

Espera, que creo que esa parte no la sabéis. Desde que hacía una semana me pasó lo de mi ex y, además, Landon y yo habíamos terminado confesándonos lo que sentíamos, desde entonces prácticamente no había salido de su casa.

De hecho, solo lo hacía para ir a por ropa o por cualquier cosa que pudiera necesitar, pero para nada más.

Sí, se podía decir que casi oficialmente vivía con él y, mientras que yo en cierto modo seguía con algo de miedo por lo rápido que estaba yendo todo, mi madre, en cambio, estaba encantada.

Encantada hasta el punto de dar palmas con las orejas, y eso que todavía no conocía a Landon.

Vamos, que mi madre estaba fatal de la cabeza si pensaba que por el hecho de estar viviendo con él me iba a quedar embarazada, porque lo que ella no sabía era que en mi mente la palabra maternidad no tenía sitio ni a corto ni a largo plazo.

Es que, directamente, ni se me pasaba por la cabeza.

En fin, que con mi madre lo mejor siempre era seguirle un poco la corriente si querías que te dejara tranquila.

—¿Y si no le caigo bien? —le pregunté a Harper.

Mi cuñada se rio.

Así, con todo su descaro, se rio en mi cara.

—Estoy segura de que les vas a caer bien a los dos.

—No puedes estar segura de eso.

—Claro que sí —me rebatió sin dudar ni un segundo—. Los conozco a ellos y te conozco a ti, así que sí, puedo estar segurísima.

Decidí darle un voto de confianza y creerla porque, total, de algo tenía que servirme tener a la hermana de mi novio de mi parte.

—¿Quién traía el pan y el postre? ¿Mi hermano?

Se había organizado todo tan deprisa que andaba bastante perdida con quién traía qué.

—No, eso lo traen Alma y Carter.

Era pensar en mi amiga y se me dibujaba una sonrisa en la cara.

Y es que, desde que la conocía, jamás la había visto tan feliz como desde que estaba con ese hombre.

Y si ella era feliz, yo lo era el doble por ella.

Joder, que con la vida de mierda que había tenido durante tantos años, ya le tocaba algo que de verdad le hiciera sentir que la vida también podía ser bonita.

Y, además, seguía dándole vueltas a aquello otro que me rondaba la cabeza y que aún no me atrevía a decir en voz alta, porque no podía asegurarlo y no quería meter la pata.

Bueno, en realidad sí lo había hablado con alguien.

Con mi madre.

Y no porque yo se lo hubiera soltado, sino porque ella había notado lo mismo que yo.

—¿Y mi hermano viene o no? —le pregunté.

Como he dicho antes, todo había sido tan precipitado que ni tiempo me había dado a hablar con él.

—Y tanto que viene. Como no aparezca a la hora que le he dicho, me planto en la comisaría y lo saco del despacho tirándole de la oreja.

Se me escapó una carcajada al imaginar la escena.

Y no era por nada, pero veía a Harper perfectamente capaz de hacer eso y bastante más. Eso sí, hablando en broma, porque ella sabía muy bien a qué se dedicaba Gonzalo y entendía que no siempre iba a tener el horario que le diera la gana, sobre todo cuando su equipo estaba metido en algún operativo.

Y eso si él no iba con ellos, porque, aunque mi hermano fuera comisario y no tuviera obligación de meterse en todo, era demasiado guerrillero y le gustaba estar al pie del cañón con sus chicos.

En fin, que supongo que Harper iba a tener que acostumbrarse a esa vida igual que lo habíamos hecho mis padres y yo.

Justo en ese momento sonó el videoportero.

Me asomé a la pantalla que había junto a la puerta del jardín.

—Pues tu chico ha sido el más puntual y encima le ha dado tiempo de ir a por mis padres.

Le di al botón para abrir el portón y, cuando estaba a punto de cerrarse después de entrar el coche de mi hermano, apareció otro detrás.

Ese era el de Carter.

—Ya solo faltan mis padres y mi hermano —dijo Harper a mi lado, mirando la pantalla por encima de mi hombro.

—No creo que tarden mucho en llegar.

Sobre todo porque ellos viajaban en el avión privado, y eso, digo yo, tenía que ahorrar muchísimo tiempo. Nada de colas de embarque, nada de esperar a que subiera todo el mundo ni todas esas horas muertas de aeropuerto que yo solo podía imaginar, porque nunca había viajado así.

Como iba diciendo, supuse que todo era mucho más rápido y mucho más cómodo.

Fue Harper la que entró en la casa para abrirles la puerta principal. Desde la parte delantera de la casa se podía llegar hasta el jardín sin necesidad de pasar por dentro, pero mi cuñada no tenía paciencia para esperar a que mi hermano diera la vuelta.

También es verdad que ellos no sabían que nosotras estábamos ya en la parte de atrás.

Mientras ellos cruzaban la casa, yo seguí colocando cosas en la mesa debajo de la pérgola. Como esta vez íbamos a ser más, entre Harper y yo habíamos decidido utilizar esa mesa en vez de la otra del porche, porque era bastante más grande.

—Madre mía, aquí caben diez familias —soltó mi madre en cuanto la vio.

Vamos, tan exagerada como siempre.

—Claro, mamá. Si apuras un poco más, aquí metes hasta un equipo de fútbol completo con sus familias.

¿Se notaba que estaba siendo irónica? Pues más le valía, porque si no era así, estaba fallando.

—Pues no vas tan desencaminada.

Ella siguió con su exageración de siempre, pero, oye, si era feliz así, ¿quién era yo para quitarle la ilusión?

Aunque, por otro lado, tampoco estaba diciendo algo tan descabellado.

—Hija, ¿dónde pongo todo esto? —preguntó mi padre, cargado con dos bolsas enormes cuyo contenido solo Dios conocía.

—No teníais que haber traído nada.

Fui hacia él para cogerle una, pero no me dio tiempo, porque Carter apareció y le quitó las dos de las manos con toda la naturalidad del mundo.

—Eso se lo dices a tu madre. Ya sabes lo apretada que es.

Mi madre era más apretada que un nudo marinero de esos imposibles de deshacer. O eso quería pensar yo, porque la verdad es que no tenía ni puta idea de cómo se hacían.

—¿Conocéis a Carter? —les pregunté a mis padres.

No por nada, sino porque me chocó que el novio de Alma le cogiera las bolsas a mi padre con tanta confianza sin que yo hubiera visto presentación alguna. Sobre todo sabiendo cómo era Carter.

—Sí, nos lo ha presentado tu hermano en la entrada —me contestó mi padre.

Mi nuevo amigo.

Nuevo amigo mientras siguiera tratando bien a Alma, porque el día que dejara de hacerlo pasaría automáticamente a convertirse en mi mayor enemigo.