Mi locura de CEO inglés Capítulo 37
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Capítulo 37

Landon

Apoyado en mi coche, con los brazos cruzados sobre el pecho, así esperaba a mis padres a la salida del aeropuerto, mirando de vez en cuando hacia las puertas de llegada.

Porque, claro, habían decidido venir a visitarnos y, por supuesto, no podían avisar con tiempo.

Qué va. Ellos tenían que decirlo la noche anterior y casi a última hora.

Y no es que me lo hubiera tomado mal, ni mucho menos, porque mis padres jamás me iban a molestar.

Solo digo que podrían haber avisado con un poco más de margen.

Vamos, que ni siquiera se preocuparon por preguntar si yo iba a estar o no, aunque, pensándolo bien, tampoco habría pasado nada si no hubiera sido así.

Podrían haberse ido al chalé igualmente con solo llamar a Josefa para que fuera a abrirles la puerta.

Y, si no, siempre les habría quedado mi hermana o un hotel.

En fin, que sabía perfectamente que mi madre había querido «darnos una sorpresa».

Sí, entre comillas, porque decirlo tuvo que decirlo, aunque fuera con pocas horas de antelación.

Pero lo cierto es que su visita no me molestaba en absoluto.

Todo lo contrario. Me alegraba verlos. Ya había ido a visitarlos una vez desde que me hice cargo de la dirección de la sede y, la verdad, tenía ganas de volver a tenerlos cerca.

Y ese también era otro tema. Cuando convoqué la reunión con todos los directivos para decirles que yo era el verdadero jefe, no se lo tomaron tan mal como yo esperaba.

O, al menos, eso fue lo que demostraron delante de mí.

Claro que también era lo lógico, porque nadie iba a ponerse a quejarse en mi cara ni a ponerme verde delante del resto.

Aun así, tengo que reconocer que tampoco me llegaron rumores después de gente protestando, así que ese asunto quedó resuelto y fuera del camino.

Volviendo a mis padres y a su visita, cuando la noche anterior mi madre me escribió para decirme que venían al día siguiente, Daniela estaba tumbada a mi lado en el sofá.

Mientras yo respondía unos correos algo más urgentes, ella estaba leyendo una novela en el libro electrónico, y debía de ser graciosa, porque cada cierto rato se le escapaba una carcajada.

En cuanto vi el mensaje de mi madre, dejé el portátil a un lado y le quité el libro de las manos.

Por la mirada que me echó en ese momento, estoy bastante seguro de que podría haberme asesinado allí mismo, pero se lo expliqué enseguida y fue entonces cuando aproveché para proponerle hacer una gran barbacoa en casa y que así vinieran también sus padres.

Matábamos dos pájaros de un tiro: ella conocía a los míos y yo a los suyos.

Me contestó que iba a decírselo, aunque estaba bastante segura de que aceptarían. Y cuando le conté a mi madre que había conocido a una española que me gustaba mucho más de la cuenta y que habíamos decidido darnos una oportunidad y empezar una relación, lo primero que me dijo fue:

—Te lo dije, las españolas te conquistan como ninguna otra.

Pero cuando le añadí que, además, era la hermana de la pareja de Harper, la muy hija de su madre se echó a reír a carcajadas.

Una de las frases que soltó fue:

—Lo divertidas que van a ser las reuniones familiares como una de las dos relaciones no salga bien.

En vez de preocuparse por el malestar que alguno de sus hijos pudiera llegar a sentir, ella se partía de risa imaginando la incomodidad que podríamos vivir.

Desde luego, el carácter que había heredado mi madre tenía muchísimo más de su sangre española que de la inglesa, eso era indiscutible.

Aunque también había tenido razón en una cosa: aquellas comidas familiares iban a ser de todo menos aburridas.

Dios, solo de imaginar una de esas reuniones en una situación así se me ponían los pelos de punta. Desde luego, si la relación que se rompía era la mía con Daniela, ya me buscaría cualquier excusa para no aparecer.

Y no penséis mal de mí, tenéis que entenderme, porque cualquiera se enfrentaba al torbellino de Daniela, aunque yo ni siquiera hubiera sido el culpable de la ruptura.

De todos modos, aquello no dejaba de ser hablar por hablar y seguirle la broma a mi madre, porque si había algo que tenía claro a esas alturas era que Daniela era todo lo que necesitaba para sentirme completo.

—Cariño, qué ganas tenía de darte un abrazo.

Mi madre dejó la maleta atrás sin prestarle la menor atención; total, sabía que mi padre venía detrás y que no iba a dejarla allí abandonada.

Abrí los brazos y la abracé con fuerza.

No sé cómo será el amor de otros hijos hacia sus padres. Supongo que la mayoría los querrá como yo quiero a los míos. Lo único que sé con absoluta certeza es que mis padres siempre han sido pilares fundamentales en mi vida y en la de mi hermana.

Y así iba a seguir siendo.

—Yo también tenía muchas ganas de abrazarte. —La apreté un poco más.

—¿Dónde está esa española que me quiere robar a mi hijo?

Sonreí al escucharla.

—Creo que su madre podría decir exactamente lo mismo de ti con mi hermana o conmigo.

—Ya, hijo, y lo siento por esa madre, pero ¿qué quieres que te diga? —Hizo un gesto con la mano, quitándole importancia—. Yo pienso en mí, porque algo me dice que mis dos hijos se van a quedar aquí.

En todo el tiempo que llevaba con Daniela no me había parado a pensar seriamente en aquello, y sin embargo era importante. Muy importante. Porque no sabía hasta qué punto estaría dispuesta a irse a Londres conmigo.

La empresa iba a acabar recayendo en mis manos y, aunque contara con muy buenos trabajadores, no podía dejar la sede principal en manos de cualquiera. Ni siquiera podía planteármelo.

Ahí estaba el esfuerzo de mi padre, pero también el mío desde que salí de la universidad, y no podía arriesgarme a que todo se fuera a la mierda.

No solo por mi familia, sino también por todas las personas que dependían de la empresa y de las distintas sedes repartidas por varios países.

Miles de personas vivían de aquello y, en la mayoría de los casos, dependían de nosotros para poder dar de comer a sus familias.

Desde luego, era un tema que Daniela y yo tendríamos que hablar con calma, buscando opciones que fueran buenas para los dos. Y, por muchas vueltas que le diera en aquel momento, no iba a solucionar absolutamente nada.

Anda que ya le valía a mi madre soltar eso así, con lo tranquilo que estaba yo apenas unos minutos antes. Aunque, pensándolo bien, tampoco podía culparla demasiado, porque no dejaba de ser una realidad que tarde o temprano iba a tener que afrontar.

Me separé de ella y fui a saludar a mi padre. Nos dimos un buen abrazo y, por supuesto, el beso no faltó. Mi padre había sido un hombre estricto, sí, pero nunca había dejado de demostrarnos cariño, ni a su mujer ni a sus hijos.

Eso sí, de puertas para fuera podía parecer uno de esos ingleses serios y estirados, de los que a simple vista no parecen demasiado simpáticos, justo el tipo de hombre que, al pasar delante de sus empleados, conseguía que se pusieran tan rectos que un poco más y se partían la espalda.

Os prometo que esa podía ser la imagen que daba, pero luego no tenía nada que ver con la realidad.

—Hijo, me alegro de verte. —Me miró con esa expresión cargada de amor que siempre nos había dedicado a Harper y a mí, diera igual la edad que tuviéramos—. Parece que estar aquí te ha venido bien en todos los sentidos.

Sabía perfectamente por qué lo decía.

Y era por el mismo motivo por el que me había mandado allí.