Mi locura de CEO inglés Capítulo 36
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Capítulo 36

Landon

Que el pescado acabara en el cubo de la basura era algo que se veía venir.

Debería haberlo supuesto desde el primer momento. Entre que tuve que sacarlo del horno antes de tiempo y que, cuando volvimos a mirarnos de aquella manera, las ganas ya nos podían, estaba claro que aquella cena tenía los minutos contados.

Ganas de lanzarnos el uno sobre el otro no nos faltaban, y yo, desde luego, lo único que quería era devorar su cuerpo entero.

Cuando le dije que cada cosa que descubría de ella me gustaba más que la anterior, no le mentí. Era verdad.

No dejaba de asombrarme su carácter, su manera de ser y, sobre todo, la forma en la que había conseguido reconstruirse después de todo lo que había vivido.

Porque, en lugar de hacerse más pequeña, como por desgracia les ocurre a muchas mujeres después de pasar por algo así, Daniela había hecho justo lo contrario: se había engrandecido.

Se había reconstruido a sí misma hasta hacerse más fuerte, más grande, más segura.

Más poderosa.

Sí, poderosa.

Porque, después de haber estado completamente hundida, había encontrado la fuerza para sanar su mente y, en ese proceso, recuperar el control sobre sí misma, sobre lo que le hacía daño y sobre lo que no iba a volver a permitir nunca más.

Por supuesto que hablo del plano psicológico.

El físico era otra historia.

De ese ya me iba a encargar yo de que ni ese cabrón ni ningún otro volviera a ponerle una mano encima en su vida.

Pero, dejando ese tema a un lado, porque por muchas vueltas que le diera ya no podía hacer nada más aquella noche, lo único que sí estaba en mi mano era demostrarle lo que significaba para mí, lo importante que se había vuelto y lo profundamente enamorado que estaba.

Qué gilipollas había sido todos aquellos años creyendo que lo que sentía por Scarlett era amor.

No era que acabara de darme cuenta en ese instante, porque hacía tiempo que sabía que aquello no lo era, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta ser realmente consciente.

Y no, hasta entonces no lo había sido del todo. Ahora sí. Ahora podía verlo con claridad. Amor era lo que Daniela me había hecho sentir. Ella había sido quien me enseñó a entenderlo, y no solo con palabras o con gestos, sino en todos los sentidos.

Me había enseñado a amar y a demostrarlo con el cuerpo, con el alma, con las miradas y también con las palabras. Y lo había hecho sin que yo me diera cuenta… o, mejor dicho, sin que quisiera verlo.

Porque sí era consciente de que sentía algo muy fuerte por ella, aunque no alcanzaba a entender del todo la magnitud de lo que llevaba dentro. Si os digo la verdad, en aquel momento me sobraba todo el mundo menos ella.

—¿Ducha, baño o piscina? —le pregunté después del beso.

—Ninguna de esas cosas. Ahora mismo me sobran todas; lo único que me falta es sentirte dentro.

Ninguna mujer me había puesto jamás tan caliente como ella.

—Daniela, no me provoques, que sabes de sobra el poco aguante que tengo.

Sabía perfectamente que, si seguía tentándome así, no iba a contenerme.

—Eso es una de las cosas que más me gustan de ti: que no te contengas.

Empezó a desabrocharme la camisa y, por cada botón que soltaba, me dejaba un beso.

Pero no eran besos superficiales ni distraídos.

Iba dejando un rastro húmedo y lento que le habría subido la temperatura hasta a un muerto.

—La paciencia no es lo tuyo —le dije riéndome.

—Ni lo tuyo tampoco —me contestó mientras metía la mano por dentro del pantalón y de la ropa interior.

—Joder…

Se me escapó en cuanto sentí sus dedos rodeándome.

—Todavía no te estoy jodiendo bien.

Hasta el fuego parecía frío al lado de Daniela. Aquella mujer ardía y, lo que era aún mejor, me arrastraba a arder con ella.

A partir de ahí, todo se descontroló de verdad.

La ropa que todavía nos quedaba encima desapareció a tirones, sin que dejáramos de besarnos ni un segundo.

Aquellos besos ya no tenían nada de lentos ni de pausados; ahora eran intensos, llenos de mordiscos, de lenguas que se buscaban con hambre, de dientes que chocaban y de una urgencia que nos consumía a los dos.

Sin romper ese beso y con las manos de Daniela empujándome el pecho, me fue haciendo retroceder hasta que la parte de atrás de mis rodillas chocó con el sofá.

La agarré por debajo de las nalgas y ella me rodeó la cintura con los muslos.

Con una mano me abrazó la nuca y con la otra me agarró del pelo por la coronilla.

Sonreí contra sus labios porque supe enseguida lo que iba a hacer. Y lo hizo. Me dio ese tirón de pelo que esperaba y me encantó que lo hiciera porque, aunque pareciera imposible, todavía conseguía ponerme más caliente de lo que ya estaba.

Separé un poco la boca de la suya y la miré con atención. Dios, estaba preciosa. Lo estaba siempre, pero cuando se dejaba arrastrar por aquella fogosidad, cuando se ponía así de encendida, era cuando más bonita la veía.

—Te quiero dentro de mí ya.

No me lo pidió, me lo ordenó, y por el tono de su voz, por la forma en la que lo dijo, supe que me necesitaba tanto como yo necesitaba entrar en ella.

Aguanté su peso con una sola mano mientras con la otra me agarraba el pene y lo guiaba hasta la entrada de su sexo. No esperé ni a estar bien sentado ni a acomodarla con calma sobre mí, porque la necesidad de los dos podía con cualquier intención de hacer aquello despacio.

—Sí… —casi gritó.

Escuchar una palabra tan simple dicha con aquella voz cargada de pura lujuria hizo que se me erizara la piel entera.

Me dejé caer en el sofá sin salir de su interior, y aquel movimiento hizo que me sintiera todavía más dentro, con más fuerza, con más profundidad.

—Madre mía… —solté en cuanto pude articular algo.

La agarré por las caderas y la guie para que siguiera moviéndose sobre mí, con la frente apoyada en la mía mientras subía y bajaba a lo largo de mi cuerpo.

Y daba igual que lo estuviéramos haciendo con prisas, con urgencia o con fuerza, porque cuando lo hacías con la persona correcta, aquello nunca era follar. Follar era otra cosa, era acostarte con alguien por quien no sentías nada de todo lo que había entre nosotros.

Lo que Daniela y yo hacíamos, incluso en momentos como ese, era hacer el amor; daba igual que unas veces fuera con calma y otras con prisa.

Antes no lo había entendido del todo. Y no digo que no supiera distinguir entre acostarte con alguien teniendo sentimientos o creyendo que los tenías, pero ahora sí lo entendía de verdad.

Y todo gracias a aquella mujer maravillosa que había entrado en mi vida arrasándolo todo a su paso; vamos, que un vendaval era una broma comparado con ella.

Daniela echó el cuerpo hacia atrás y apoyó las manos sobre mis rodillas sin dejar de moverse sobre mí, y aquella postura me dio una visión mucho más clara de cómo me hundía una y otra vez dentro de su cuerpo.

No sé qué cojones tenía esa imagen, pero me ponía como un volcán a punto de entrar en erupción.

—Joder, qué bueno… —dije con la mirada clavada entre nuestros cuerpos.

—No aguanto más —soltó entre gemidos y jadeos.

La levanté de mis piernas y, al hacerlo, me lanzó una mirada asesina. Normal, porque la había frenado justo cuando estaba en lo mejor. Pero, por mucho que me mirara así, pensaba compensárselo en el mismo instante.

—Te voy a matar —murmuró cuando la tendí en el sofá.

—No te quejes, que estoy seguro de que te va a gustar.

Tuve que contener la sonrisa al ver la cara que me puso.

—Quien ríe último, ríe mejor. O eso dicen —me soltó mientras me miraba a los ojos y yo me colocaba sobre ella.

—Puedes reírte todo lo que quieras mientras estoy dentro de ti.

Le agarré una pierna por detrás de la rodilla y, con una caricia lenta, fui bajando la mano por su pierna hasta llegar al tobillo. Después se lo levanté hasta apoyármelo en el hombro.

En aquella postura quedaba mucho más expuesta y la penetración era todavía más profunda.

Guie el pene hasta su entrada y volví a entrar despacio, centímetro a centímetro, hasta hundirme por completo.

Las ganas de reírse se le borraron incluso antes de intentarlo.

En el momento exacto en el que me sintió entero dentro de ella, arqueó la espalda y dejó escapar un gemido que me atravesó por completo.

—Parece que se te han quitado las ganas de reír —le dije con la voz ya tomada por la excitación.

—No te preocupes, ya me reiré en otro momento.

La creí.

Porque Daniela era perfectamente capaz de salir con una de las suyas en cualquier momento y yo estaba seguro de que, con una mujer como ella, iba a tener entretenimiento para toda la vida.

Seguí moviéndome dentro de ella sin darle tregua, con embestidas constantes, firmes, todas con la misma intensidad, de esas que sabía que terminarían llevándola directa al clímax.

Y sentí el momento exacto en el que el orgasmo la atravesó: su cuerpo se contrajo alrededor del mío, apretándome con una fuerza deliciosa, y fueron precisamente esas contracciones las que me empujaron también al límite. Me dejé ir con ella.

Le bajé la pierna del hombro y, en cuanto lo hice, me rodeó la cintura con ella. Acerqué la boca a la suya y nos besamos, dejando en ese beso todo lo que sentíamos el uno por el otro.