Capítulo 35
Daniela
El trayecto lo hicimos en silencio.
Supongo que cada uno iba pensando en lo suyo; yo, desde luego, lo estaba haciendo.
Y, aunque parezca mentira, tenía la cabeza más puesta en la reacción de Landon que en lo que acababa de pasar con Pablo.
No sé si era porque una cosa me la esperaba y la otra no. Para que me entendáis: lo que me había hecho mi ex me lo esperaba. Y, conociéndolo como lo conocía, casi se había quedado corto.
La reacción que sí me había pillado por sorpresa era la de Landon. Porque, de verdad y de todo corazón, yo estaba convencida de que quería dejarme.
Pero una persona que muestra la preocupación que él había mostrado por mí no puede sentir indiferencia. O, al menos, eso quería creer yo.
Independientemente de hasta qué punto le importara.
Y, si de verdad le importaba, ¿por qué me había dicho que teníamos que hablar?
—¿Estás bien? —me preguntó cuando detuvo el coche en el garaje.
—Sí, solo iba pensando —le contesté antes de abrir la puerta y bajarme.
—No te preocupes, voy a encargarme de que no vuelva a acercarse a ti.
Entramos por la puerta que unía el garaje con la casa, la que daba directamente a la cocina, y en cuanto puse un pie dentro, vi sobre la vitro la bandeja del horno con una buena cola de rape sobre una cama de verduras.
Estaba clarísimo que había preparado la cena para mí y, la verdad, no pude evitar pensar que aquello también era una señal de que no pensaba dejarme.
—No terminé de hacerlo. Lo saqué antes del horno para que no se pasara —me explicó al darse cuenta de que me había quedado mirando la bandeja.
Y es que a mí los disgustos, en vez de quitarme el hambre, me daban más. Por lo menos ahora. Hace unos años me la quitaban, pero supongo que mi forma de afrontarlos había cambiado.
O quizá me había dado cuenta de que dejar de comer no solucionaba absolutamente nada. Lo único que hacía era dejarte más débil y, por tanto, con menos fuerzas para plantarle cara a lo que viniera.
—¿Qué te parece si lo metemos otra vez en el horno? —le pregunté.
—¿Quieres cenar? —Me devolvió la pregunta, extrañado.
—Claro. Y más con la pinta que tiene ese rape. No comérselo sería un delito.
Me miró con una expresión que no le había visto nunca.
No sabría decir si era admiración, cariño o simple asombro, pero lo que sí sé es que me puso nerviosa.
—Eres increíble. Nunca he conocido a una mujer como tú.
—No tengo nada de especial. Simplemente, hace mucho tiempo me di cuenta de que había dos maneras de afrontar los problemas.
Cogí la bandeja y la metí otra vez en el horno.
Como estaba a medio hacer, bajé un poco la temperatura para que terminara bien, sin quemarse por fuera y quedarse crudo por dentro.
—Acurrucarme en el sofá o en la cama y llorar hasta quedarme sin lágrimas… o plantarme delante de ellos y afrontarlos con fuerza. —Me volví para mirarlo de frente—. Y yo soy de las segundas.
Me costó muchísimo llegar a ser así.
Muchas lágrimas, muchas noches sin dormir y demasiado miedo a lo que me esperaba al día siguiente.
Pero salí de ahí y me hice fuerte.
Y me hice fuerte yo sola.
No penséis que mi familia me dejó de lado o que no me apoyó, porque no fue así. Mis padres y mi hermano se enteraron de todo cuando yo ya había empezado a reconstruirme.
Estaba claro que sabían que había roto con Pablo, pero nada más. Lo demás lo supieron cuando yo se lo conté, porque, si algo tienen los narcisistas agresivos como él, es que delante de quienes no quieren controlar se muestran como seres encantadores, educados y casi perfectos.
En definitiva, actores de primera.
—Y no te haces una idea de lo mucho que me gusta que seas así.
Os prometo que, cuando me dijo eso, sentí cómo el corazón se me aceleraba hasta tal punto que pensé que se me iba a salir del pecho.
—¿De verdad te gusta esa parte de mí?
—No, no solo me gusta eso. —Se acercó tanto que casi no pasaba el aire entre los dos—. Cada cosa que descubro de ti me gusta más que la anterior.
Qué gilipollas había sido.
Había pasado tanto tiempo acostumbrada a que mi pareja me apartara o me hiciera de menos, que pensé que Landon también quería sacarme de su vida.
Tengo que decir que también lo pensé porque nunca había mencionado nada de una relación ni de lo que quería realmente conmigo.
—¿Entonces no me querías dejar?
Digo yo que, si desde el principio le había dicho siempre las cosas como las pensaba, tampoco iba a callarme esa duda ahora.
—¿Dejar? —Se separó un poco para mirarme mejor—. ¿De verdad pensaste que quería dejarte?
—Pues sí. Lo pensé, sobre todo después de que me dijeras que teníamos que hablar.
Me crucé de brazos y lo miré fijamente.
—Lo único que quería era decirte que no sé cómo lo has hecho, pero me tienes rendido a tus pies.
Prometo que no era teatro, pero me llevé una mano al pecho.
No me esperaba que me dijera eso.
Que le gustaba, sí. Podía imaginármelo. Pero no esas palabras.
—¿Te estás quedando conmigo? —pregunté, todavía sin salir de mi asombro.
—Te digo que me he enamorado de ti y me preguntas eso. —Se hizo el ofendido.
Estaba claro que estaba interpretando, porque por mucho que intentara esconder la sonrisilla, no podía del todo.
—Desde luego que sabes dar sorpresas como nadie.
Ahora sí se me escapó una sonrisa grande, sincera, de esas que salen directamente del corazón.
—A ver si también me sorprendes tú a mí.
Pues te vas a quedar con las ganas, pensé.
Sobre todo después del mal rato que me había hecho pasar. Es verdad que el pobre no me había dicho nada raro y que la película me la había montado yo sola, pero a alguien tenía que echarle la culpa de mi sufrimiento, ¿no?
Y, como no os oigo, voy a dar por hecho que me dais la razón.
—A mí no se me da bien eso de sorprender.
Aunque me moría de ganas de decirle que lo quería, que para mí ya era alguien demasiado importante y que precisamente por eso había sufrido tanto al pensar que lo iba a perder.
—Yo creo que sí se te da bien sorprender. Por lo menos, conmigo ya lo has hecho varias veces.
Y las que te quedan, pensé, porque tu vida conmigo iba a ser de todo menos aburrida.
Eso no se lo dije, no fuera a salir corriendo ahora que acababa de confesarme que estaba enamorado de mí. En lugar de hacerlo, se lanzó a besarme y yo recibí aquel beso con todo el gusto del mundo.
Para mí fue especial. No porque me gustara más que los otros, sino porque era el primero que nos dábamos después de reconocer, más o menos, lo que sentíamos. Y digo más o menos porque yo todavía no le había dicho con palabras lo que sentía por él.
Fue un beso de descubrimiento, sí, por muy raro que suene, sobre todo después de habernos besado tantas veces que ya había perdido la cuenta. Pero lo fue, porque en aquel beso estábamos descubriendo nuestros sentimientos a través de los labios del otro.
Nos separamos sin ganas, aunque era lo que tocaba. O, mejor dicho, lo que yo obligué a que tocara, porque todavía nos quedaba mucha noche por delante para disfrutarnos. Antes teníamos que cenar. Después ya vendría todo lo demás.
—No es precisamente esto lo que me gustaría cenar —me dijo antes de morderse el labio inferior con una sensualidad que casi me mata.
No, si con ese gesto me entraron unas ganas tremendas de saltar la mesa y lanzarme encima de él.
—Pues esta es la cena que hay. Lo otro te lo dejo para que lo devores como si fuera el postre.
Hala.
Solo de pensar en Landon, en sus manos, en su lengua y en todo lo que podía hacer con ella, ya me había puesto tontita.
Y, por cómo se removió en la silla, estaba clarísimo que a él le había pasado exactamente lo mismo.
Dejé los cubiertos a un lado del plato sin apartar la mirada de él y Landon hizo lo mismo. En aquel instante no hacían falta palabras, porque con las miradas nos lo dijimos todo. Después nos levantamos despacio, yendo el uno en busca del otro.