Capítulo 34
Landon
La había llamado tres veces.
En la primera, dio dos tonos y al tercero colgó. Y no era tonto, sabía perfectamente cuándo alguien te corta la llamada.
En la segunda no llegó ni a sonar. Lo mismo pasó con la tercera.
Entre aquello, lo tarde que era, que no había llegado todavía y lo rara que la había notado cuando hablé con ella, había una sensación dentro de mí que no me gustaba nada.
Dejé el teléfono encima de la mesa baja que había delante del sofá, justo al lado del portátil. Lo había cogido para intentar ponerme con algunos proyectos que tenía en mente, más que nada para distraerme.
No funcionó.
No era capaz de concentrarme sin saber si Daniela estaba bien. Hasta llegué a pensar que quizá no quería cogerme el teléfono porque no quería saber nada de mí.
Pero, joder, si era así, por lo menos podría decírmelo, porque sentir aquella angustia no era precisamente agradable.
Un rato después fui a la cocina.
Había querido prepararle la cena y, como sabía que a Daniela le gustaba más el pescado que la carne, por la mañana había llamado a Josefa para que se pasara por el mercado y comprara rape y las verduras que iba a necesitar para hacerlo al horno.
El caso era que lo había sacado antes de tiempo, precisamente por si llegaba un poco más tarde y así evitar que se secara.
Aunque, viendo la hora que era ya, no íbamos a cenar aquel pescado ni en su punto ni seco.
Salí de la cocina porque el móvil empezó a sonar.
De camino al salón iba pensando que podía ser ella.
Por eso, cuando vi el nombre de mi hermana en la pantalla, me decepcioné un poco.
Sinceramente, estuve tentado de no cogerlo, pero al final lo hice solo para cerciorarme de que estaba bien y de que no me llamaba porque le hubiera pasado algo.
—Dime —contesté.
—Landon, ha pasado algo y estoy segura de que vas a querer saberlo.
Me senté en el borde del sofá, apoyando el codo del brazo con el que sujetaba el teléfono sobre la pierna.
—¿Le ha pasado algo a mamá o a papá?
Fueron las primeras personas en las que pensé.
No se me ocurrió que pudiera ser algo relacionado con Daniela y que mi hermana se enterara antes que yo.
Aunque un segundo después lo pensé mejor y, si le había pasado algo a Daniela, tenía bastante sentido que Harper se enterara antes estando con su hermano.
—No, que yo sepa están bien. Ha sido…
—Ha sido Daniela, ¿verdad? —la interrumpí.
Porque, sinceramente, por otra persona no me iba a llamar. Y no es que eso fuera exactamente así; estaba claro que había más gente que me importaba, pero en aquel momento estaba demasiado nervioso como para pensar con claridad.
—Sí. Se ha encontrado con su ex a la salida de una tienda. —Me levanté de golpe porque supe que no me iba a gustar nada lo siguiente que me contara—. Más bien la ha encontrado él a ella, porque la ha cogido por la espalda…
Me explicó todo lo que había pasado. Cómo primero la agarró del hombro con fuerza y cómo después le apretó el cuello.
—Menos mal que pudo llamar a Gonzalo —suspiró.
Yo también lo hice, pero el mío no fue de alivio, sino un intento desesperado de calmarme.
Jamás, y cuando digo jamás es porque nunca en mi vida había sentido la rabia que estaba sintiendo en aquel instante.
Aquel hijo de puta se había atrevido a volver a ponerle las manos encima.
—¿Dónde está? —pregunté mientras iba hasta el aparador de la entrada para coger las llaves del coche y la cartera.
—Está en la comisaría donde trabaja su hermano. Ya ha estado en el hospital.
Me dio la dirección de la comisaría. Apenas me despedí de ella.
Puse la dirección en el GPS del coche y, por lo que marcaba, estaba a unos veinte minutos. No era mucho, teniendo en cuenta que el chalé estaba a las afueras de la ciudad.
Cuando lo compré, porque ya era mío.
Cuando vine aquí, busqué uno que me gustara para alquilar, pero hacía un par de semanas hablé con la inmobiliaria para que se pusieran en contacto con los dueños y hacerles una oferta.
Nos costó varios días llegar a un acuerdo, pero al final lo hicimos. Al día siguiente firmé todos los papeles y desde entonces la casa era mía.
Es cierto que el único que lo sabía era Carter. No se lo había dicho a nadie más porque quería hacerlo organizando una barbacoa, pero como en aquellas dos semanas no habíamos conseguido coincidir todos, no había salido el tema.
Aparqué en el primer sitio libre que encontré.
En la entrada de la comisaría, con solo dar el nombre de Gonzalo y decir que era mi cuñado, me llevaron directamente hasta su despacho.
En el trayecto hasta allí, di por hecho que Daniela estaría con él y, aunque sabía que no sería su hermano quien le tomara declaración, estaba casi seguro de que lo harían en aquel despacho.
Y así fue.
En cuanto me dieron paso y entré, vi al otro policía recogiendo ya los papeles. Por la pinta, acababan de terminar hacía apenas unos segundos.
No miré nada más.
Mis ojos fueron directamente hacia Daniela.
Lo único que me importaba en aquel momento era verla, comprobar cómo estaba y saber qué le había hecho ese desgraciado. Todo lo demás carecía de importancia.
—Landon —pronunció mi nombre como si le sorprendiera verme allí.
Sin importarme que estuviera su hermano ni nadie más, fijé la mirada en su cuello.
Tenía marcas.
Estaba claro que había apretado con suficiente fuerza como para dejarle aquellas rojeces.
Cerré los ojos unos segundos, intentando tranquilizarme para no hacer una locura, porque al ver lo que le había hecho, lo único que me apetecía era ir a buscarlo y darle la paliza de su vida.
Cómo me habría gustado tenerlo delante en aquel momento. Le habría enseñado de una puta vez cómo no se toca jamás a una mujer. Si lo hubiera tenido en mis manos, le habría quitado para siempre las ganas de levantársela a nadie.
Qué asco de hombres, esos que se creen valientes cuando no son más que unos cobardes.
—Estoy bien —dijo levantándose de la silla en la que estaba sentada.
—No, no estás bien. Si lo estuvieras, no estarías ahora mismo aquí.
Abrí los brazos para que viniera hacia mí.
Necesitaba tenerla entre ellos, sentirla pegada a mí, porque en aquellos momentos su contacto era lo único que podía calmarme un poco.
Dios, me moría solo de pensar que podía haberla cogido en otro lugar, en uno donde nadie la hubiera visto, y estaba seguro de que, si eso hubiera pasado, podía haberle hecho cualquier cosa.
—Parece más de lo que en realidad es —murmuró con la mejilla pegada a mi pecho.
Los cojones parecía más de lo que era.
Apoyé la barbilla en su cabeza, cerré los ojos y respiré hondo. Me resultaba increíble cómo aquella mujer se había ganado mi corazón y había conseguido que cayera a sus pies sin fingir absolutamente nada.
No se había inventado un personaje ni se había esforzado en parecer lo que no era; me había enamorado siendo exactamente ella, con su descaro, con su sonrisa, con la ternura con la que me miraba y con esa manía suya de querer convertirme en un hombre más cariñoso, al menos con las palabras.
—Parece lo que es, Daniela.
Todo aquello era demasiado nuevo para mí.
Nunca había sentido lo que estaba sintiendo desde que la conocía.
—¿Lo tenéis detenido? —le pregunté a Gonzalo.
—Sí. De esta no lo libra nadie, de eso me encargo yo. —Levantó un lado de la boca en una media sonrisa, y al principio no entendí a qué venía—. Yo y el recuerdo de la patada en las pelotas que le ha dado mi hermana. De esa creo que se queda eunuco.
Ahora entendía un poco mejor esa sonrisa.
—¿Puedo llevarme a tu hermana?
Quería llevarla a casa, mimarla y hacerle sentir que estaba a su lado, porque ahí era exactamente donde pensaba quedarme.
De hecho, era de eso de lo que había querido hablar con ella cuando la llamé y le dije que teníamos que hablar: quería contarle todo lo que significaba para mí. Eso, entre otras muchas cosas. Pero de esas ya os enteraréis cuando me oigáis decírselas a ella.
—Sí, ya ha declarado.
Le di un beso en la frente antes de separarla un poco de mi pecho para despedirme de mi cuñado.
Y, con el brazo alrededor de su cintura, así la llevé hasta el coche.