Capítulo 33
Daniela
—Preciosa, ¿dónde estás? He ido a tu piso y no estás.
Ni siquiera esperó a que lo saludara.
—He estado toda la tarde en casa de mis padres.
Hacía ya bastante rato que me había ido de allí, pero es que no tenía ganas de encerrarme en el piso. Y, como no tenía ni idea de si Landon iba a querer que fuera a su casa, me había quedado dando una vuelta por el centro de la ciudad.
Eso podía hacerlo porque el sol ya se había ido casi por completo y porque aquel día corría un levante agradable. De lo contrario, ese paseo no habría sido nada cómodo.
—¿Y ahora?
Uy, este estaba demasiado preguntón.
—¿Te pasa algo?
—No, solo quiero saber si vas a venir a casa esta noche.
Aunque nuestra relación había cambiado muchísimo, en realidad no habíamos hablado de nada en concreto. Simplemente nos veíamos, pasábamos tiempo juntos y estábamos bien, pero hablar de una relación como tal, todavía no lo habíamos hecho.
Y tal vez era eso lo que me hacía sentirme un poco insegura con Landon, porque no sabía hasta qué punto le interesaba de verdad.
Era cierto que, cuando estaba con él, me hacía sentir bien y que la conexión entre los dos era más que evidente, pero que nos lleváramos así de bien no significaba necesariamente que quisiera tener una relación conmigo.
Y me daba rabia. No por él, sino por mí, porque me daba muchísimo coraje sentirme insegura cuando esa etapa de mi vida ya la había dejado atrás hacía mucho tiempo y no quería volver a ella nunca más.
No me gustaba esa sensación. Me había hecho demasiado daño a mí misma como para pasar otra vez por lo mismo. Y no era por Landon, que no se parecía a Pablo en absolutamente nada, porque si hubiera sido así, no lo habría querido ni a cien kilómetros de mí.
—Como no me has dicho nada y no sabía a qué hora ibas a terminar, no tenía pensado ir.
Oí un suspiro al otro lado del teléfono.
—Creo que tenemos que hablar.
El nudo que había sentido aquella tarde en la boca del estómago se me apretó todavía más.
¿Por qué me daba tanto miedo perderlo?
En realidad, no era solo miedo, era puro terror. Landon se había vuelto alguien demasiado importante en mi vida, y no fue hasta que le oí decir aquella frase cuando quise admitirlo de verdad.
¿Y qué era eso que no había querido reconocer hasta entonces?
Que estaba enamorada de él. No tenía ni idea de cómo había pasado ni en qué momento exacto, solo sabía que lo quería y que, si algún día me dejaba, sería el hombre que más daño podría hacerme en toda mi vida.
—¿Lo dejamos para mañana?
Era una tontería aplazar las malas noticias. Sabía que, cuanto antes, mejor.
Aun así, dejadme con mis locuras, porque, por tonto que parezca, algo dentro de mí me decía que, si no hablábamos hoy, seguiría sintiendo que todavía lo tenía conmigo.
Lo sé, una gilipollez.
Porque Landon se iba a ir igual, hablara conmigo esa noche o no. Y cuando digo que se iba, no quiero decir del país, sino de mi lado. Aunque también podía pasar que se fuera de los dos sitios.
—La verdad es que me gustaría verte esta noche.
Pues a mí no.
Pero, si él lo tenía tan claro, ¿quién era yo para poner trabas e intentar frenar algo que iba a pasar tarde o temprano?
Cogí una buena bocanada de aire con la intención de llenar bien los pulmones. Y no digo que no lo hiciera; a la vista estaba que seguía viva.
Aunque yo tenía la sensación de que el aire no me entraba y de que cada vez me costaba más respirar.
—Ahora cojo un taxi y voy para tu casa.
Me negaba a ir al piso, coger el coche e ir hasta su chalé. Total, tampoco creía que tardara mucho en darme la patada en el culo y, como encontrar aparcamiento por mi zona era casi misión imposible, no me apetecía mover el coche para luego pasarme media vida dando vueltas.
Y estaréis pensando: ¿para qué ir a su casa si ya sabía lo que me iba a decir? Pues porque a los problemas se les planta cara, nada de esconder la cabeza como un avestruz.
O, como dice la señora Rosa —para quien no se acuerde, mi madre—, a los problemas se les hace frente y nunca se les da la espalda. Y eso era exactamente lo que iba a hacer yo, porque la cobardía la dejé atrás hace mucho tiempo.
—Si me dices dónde estás, puedo ir a por ti —se ofreció, y sonó sincero.
No iba a aceptar, y no pensaba hacerlo porque no quería pasar a su lado ni un minuto más del estrictamente necesario. Cuanto más tiempo estuviera con él, más me iba a costar alejarme.
—No, prefiero ir por mi cuenta.
Y no estaba mintiendo.
—Daniela, estás demasiado rara esta tarde.
Hombre, ¿y cómo coño quería que estuviera?
Si sabía que el hombre del que estaba enamorada iba a mandarme a la luna, y no precisamente de placer como había hecho todos aquellos días y noches.
—Estoy bien. Ahora nos vemos. —Fuerte, Dani, me dije cuando me tembló la mano—. Te dejo, que me está saludando con la mano una vecina. Seguro que quiere decirme algo.
En ese momento no me veía con fuerzas para seguir escuchándolo, así que lo mejor era inventarme una excusa para colgar.
No me gustaba mentir, aunque había excepciones, y aquella era una de ellas. Bueno, ni siquiera podía considerarse una mentira del todo.
—Como prefieras. Sabes que no me cuesta nada ir a buscarte donde sea.
—No es necesario, Landon. Nos vemos ahora.
Colgué sin esperar a que se despidiera.
Es que no podía seguir oyendo esa amabilidad cuando estaba convencida de lo que me iba a decir en cuanto llegara a su casa. Eso sí, pensaba tomarme mi tiempo para ir, porque digo yo que ese pequeño capricho sí podía dármelo.
Y si no podía o no debía, lo iba a hacer igual, porque me salía del moño.
Entré en una tienda porque, al pasar por delante del escaparate, vi un pañuelo amarillo del tono exacto que me encantaba.
Y lo mejor de todo era que servía tanto para el cuello como para el pelo.
Era de ese amarillo subido que deslumbraba y alegraba la vista, y al ser de raso, el color parecía todavía más brillante.
Me encantaba cómo me lo ponía mi madre cuando era pequeña y, de esa misma manera, me lo seguía colocando yo ahora.
No creáis que no me costó lo mío aprender a hacerme las trenzas de espiga entrelazando pañuelos y lazos, porque me costó bastante, pero, como soy una cabezota cuando se me mete algo entre ceja y ceja, no paré hasta que me salió. Y ahora me las hacía con los ojos cerrados.
En verano recurría muchísimo a ese tipo de peinados o a otros parecidos, pero casi siempre intentaba llevar el pelo recogido de una forma u otra, porque era como mejor se podía soportar el calor sofocante que hacía en Málaga, sobre todo durante el día.
Y eso siempre que no nos tocara terral, porque con esos días no se podía ni pisar la calle.
Ya me he vuelto a ir otra vez. Imaginaos que he puesto los ojos en blanco mientras os lo decía.
El caso es que entré en la tienda solo un momento, casi la pillo cerrando, pero como al final llegué a tiempo, terminé saliendo más contenta que unas castañuelas. Las mismas, por cierto, que me había quitado de un tirón mi madre aquella tarde.
Sabrá Dios lo que pensaba hacer esa mujer con mi pequeño instrumento de música.
Se notaba que estaba siendo irónica, ¿verdad?
—Vaya, parece que el inicio de la noche me va a sonreír.
Escuché aquella voz a mi espalda y no me hizo falta volverme para saber quién era. Tampoco tenía la menor intención de hacerlo. Me negaba a darle ese gusto.
Saqué el teléfono del bolso con disimulo, miré la pantalla y, sin pensarlo dos veces, llamé al nombre que acababa de buscar.
—Porque me ignores no significa que vaya a desaparecer, y mucho menos de tu vida.
Debió de dar un par de pasos rápidos, porque sentí su aliento justo en la nuca.
¿Os ha pasado alguna vez que del amor hayáis pasado al odio?
Estoy segura de que sí. Y no hablo de ese odio ligero que sientes cuando alguien te cae mal. Lo que yo sentía por Pablo iba muchísimo más allá. Era un odio visceral, de esos que nacen en lo más profundo y, cuando salen a la superficie, lo arrasan todo a su paso.
Eso era exactamente lo que me provocaba él. Eso y un asco profundo.
—Dime, Dani —contestó mi hermano al otro lado.
—Pablo, déjame pasear tranquila por calle Larios.
Hice como si se lo estuviera diciendo directamente a mi ex para que Gonzalo me oyera y entendiera enseguida qué estaba pasando. Lo escuché teclear en un ordenador mientras hablaba con alguien por otro teléfono.
—Vete hacia la plaza de la Marina. Una patrulla está llegando. Y no me cuelgues, Daniela.
Que me llamara por mi nombre completo era señal de cabreo o de preocupación, y en aquel momento estaba clarísimo que era lo segundo.
—Daniela, por mucho que me ignores, sabes que vas a volver a ser mía, así que hazte a la idea, porque va a ser por las buenas o por las malas. —Me agarró del hombro con fuerza para detenerme—. Me importa una mierda que estés hablando con el hijo de puta de tu hermano.
—Suéltame, me estás haciendo daño —me quejé.
Pero en vez de soltarme, apretó todavía más.
Y no solo eso.
Movió la mano de tal manera que terminó poniéndomela en el cuello, con el pulgar detrás, en la nuca, y los otros cuatro dedos en la parte delantera.
Estaba presionando.
Y esa presión me estaba impidiendo que el aire llegara bien a mis pulmones.
—No puedo respirar —dije como pude.
—¡Hijo de puta! Ese cabrón es hombre muerto. —Escuché a Gonzalo con una rabia que pocas veces le había oído.
Y también lo oí gritarle a alguien que se diera prisa.
Pablo era un hombre grande. No tan alto como Landon, pero seguía siendo grande comparado conmigo, tanto que casi podía rodearme el cuello con una sola mano.
Y, aun así, me dio tanta rabia lo que estaba haciéndome que os juro que no sé de dónde saqué las fuerzas.
Solo sé que, a pesar de que apenas podía respirar, me giré con rapidez, tanto que lo pillé desprevenido, y le di una patada en las pelotas.
Lo hice con todas mis fuerzas, soltando en ese golpe toda la rabia y todo el dolor que llevaba dentro.
Y, como tampoco era tonta, no me quedé para ver su reacción.
Salí corriendo.
Y a mitad de camino me crucé con dos policías que venían hacia mí a toda velocidad.
Sabía que mi hermano no paraba de gritarme cosas por el teléfono, pero en ese momento llevaba tal subidón de adrenalina que no era capaz de escucharlo con claridad.
Menos mal que los policías se hicieron cargo de todo.