Capítulo 32
Daniela
Me sentía un poco intranquila, con esa sensación rara e incómoda que se te mete dentro del pecho y no sabes muy bien de dónde sale. No sé si me vais a entender, aunque yo creo que sí, porque alguna vez en la vida seguro que la habéis sentido.
Era como si tuvieras la espalda pegada a la pared y alguien apoyara la palma de la mano, o incluso el puño, en el centro del pecho, haciendo cada vez más fuerza por mucho que intentaras separarte, hasta el punto de que parecía que te lo estaba estrujando por dentro y te dolía incluso al respirar.
Y lo peor era que aquello venía acompañado de unos nervios horribles en la boca del estómago, de esos que parece que te pellizcan por dentro y hasta te provocan ganas de vomitar.
No entendía de dónde salía aquella angustia de repente ni por qué me estaba dando justo entonces, porque sí, eso me había pasado muchas veces cuando estaba con Pablo, incluso al principio de dejarlo, y sabía perfectamente lo que era: ataques de ansiedad.
Pero ahora no tenía sentido.
Estaba bien. Me encontraba mejor que bien.
Mi «relación» con Landon iba superbién. Cada día nos entendíamos mejor y no era solo eso, también estaba la complicidad que se había creado entre los dos.
Por lo menos, eso era lo que yo sentía, aunque a veces también me parecía verlo en él.
O quizá fuera solo mi sensación. O las ganas de que realmente fuera así.
El caso es que, si analizaba bien aquella sensación, esta vez no era exactamente igual que otras veces. Se parecía, sí, pero no del todo. Más bien era como si tuviera un presentimiento, como si algo fuera a pasar.
Que luego a lo mejor no pasaba nada, o yo pensaba que era algo malo y terminaba siendo todo lo contrario, pero el caso es que sentía que no podía respirar y que las paredes del piso se me iban a caer encima.
A lo mejor era eso, que estaba agobiada.
Puede que todo viniera de ahí, porque desde que habíamos empezado con la jornada intensiva, casi siempre me iba a comer a su casa. Bueno, ya me entendéis con eso de su casa.
Al final siempre acabábamos allí, donde Josefa nos tenía la mesa puesta y la comida esperándonos y donde, después de comer, nos metíamos en la piscina. Luego, tras ese baño refrescante, nos tumbábamos en la cama balinesa que tenía fuera.
Los días que estábamos solos, muchas veces terminábamos allí después del baño o, cuando nos daba el calentón más fuerte, directamente dentro de la piscina.
Eso, claro, los días que solo estábamos nosotros dos, porque otros se venían a comer y a pasar la tarde, Carter con Alma y Harper, y algunos días, cuando el trabajo se lo permitía, también mi hermano.
Se suponía que en aquel chalé iban a quedarse Carter y, más adelante, también Harper, y así fue, al menos durante las primeras semanas. Luego Carter se alquiló otro, un poco más pequeño, sí, pero seguía siendo enorme, y Harper acabó mudándose a casa de mi hermano.
La verdad es que, viendo cómo habían ido las dos últimas semanas, parecía que yo también me había mudado ya, porque pasaba más tiempo en casa de Landon que en la mía. Pero no, todavía no lo había hecho.
El caso es que, como aquella sensación de malestar no se me iba y cada vez la notaba más, decidí que lo mejor era salir de casa. Y tenía dos sitios en mente: la playa o casa de mis padres.
Al final ganaron los «papis», porque sí, nada mejor que una buena distracción para quitarme del pecho aquella opresión que llevaba encima.
Y, por si os lo estáis preguntando, aquel día no me había ido con Landon no porque hubiéramos discutido ni nada por el estilo, sino porque él tenía una videoconferencia con todos los directores de las distintas sedes. Y no eran precisamente pocas, ni tampoco las tenía en pocos países.
Uno con empresas repartidas por medio mundo —aunque en realidad todo partiera de la principal— y la otra guardando durante años hasta el último céntimo para poder montar algún día su propia floristería. Me iba a parecer mentira el día que abriera esas puertas.
Dani, pareces gilipollas. Más vale que dejes de soñar y te centres un poco, porque antes de abrir esas puertas que tanto deseas todavía te queda mucho camino por recorrer.
Paso a paso. Eso fue lo último que me dije después de echarme la bronca a mí misma.
Era un poco como el dicho de tú te lo guisas, tú te lo comes. Pues igual: yo sola me metía a soñar y yo sola me sacaba del sueño.
Llegué a casa de mis padres y, como eran casi las cinco de la tarde, sabía perfectamente que estarían en su momento de siesta.
Ya sé que mucha gente se la echa bastante antes, pero mis padres no.
A ellos les gustaba comer tranquilos mientras hablaban de cómo les había ido la mañana, ya sabéis, conversaciones normales entre un matrimonio.
Después recogían los dos y no, todavía no tocaba dormir. Antes venía el cafelito y un poco de sobremesa. Y no os llevéis las manos a la cabeza por lo de tomarse un café antes de dormir, porque en mi familia éramos inmunes a la cafeína.
Y digo éramos porque yo también me incluyo. Vamos, que me podía tomar uno a las dos de la madrugada, lavarme los dientes y meterme en la cama, que iba a dormir igual de bien que si no me hubiera tomado ninguno.
Joder, no me lo podía creer. Otra vez me había ido por donde no era. Bueno, en realidad sí que venía un poco a cuento, porque me gusta contaros hasta el más mínimo detalle. Qué le vamos a hacer.
El caso es que entré en casa de mis padres en completo silencio y, con el mismo sigilo con el que había entrado, me acerqué a un mueble del salón. Abrí un cajón sin hacer ruido y saqué unas castañuelas. Sí, habéis oído bien, unas castañuelas.
Había pasado años yendo a una academia de baile y allí me enseñaron a tocarlas. Muy despacio me las coloqué en los pulgares y, de puntillas, fui hasta ponerme justo delante de ellos.
Los miré con cierta pena. Estaban los dos monísimos, tendidos en el mismo sofá, con la cabeza de cada uno apoyada en un brazo y los pies casi en la cara del otro. Ains… me daba un poco de lástima despertarlos.
Nah, pensé. Aquella era mi revancha por todas las veces que mi madre me había despertado de mala manera cuando era pequeña. Y sí, lo habéis leído bien, porque mi señora madre me levantaba cada mañana para ir al cole como si se estuviera acabando el mundo. Y no exagero, os lo juro.
A esas edades, mi corazón ya debía haberse vuelto inmune a un infarto del susto que me daba. ¿Conocéis el famoso riá pitá del compás con el que te enseñan a tocar las castañuelas? Espero que sí, y si no, buscad un tutorial, que seguro que hay cientos.
Pues con ese compás los desperté. Y el salto que dieron al levantarse estoy segura de que no lo habría dado ni el mejor saltamontes en sus mejores sueños.
—¡Daniela, me cago en tu padre! —me gritó mi madre.
—¿Y yo qué culpa tengo de que la niña haya salido tan puñetera? —protestó mi padre.
—Hombre, tú pusiste la semilla.
Mi madre no tenía la cara más dura porque el día no era más largo.
—Y tú el huevo.
Solté una carcajada. Ahí mi padre había estado fino, y la verdad es que no podía haber tomado una decisión mejor que ir a pasar la tarde a casa de mis padres, porque, al menos, conseguí distraerme lo suficiente como para que toda la angustia con la que había salido de casa terminara por desaparecer.