Capítulo 31
Landon
Si yo casi había perdido la razón por Daniela, mi hermana la había perdido por completo por Gonzalo.
Y no digamos Gonzalo, porque de mi hermana podía esperar algo así, más o menos, ya que Harper siempre había sido impulsiva.
Pero de él no, y eso que, en realidad, apenas lo conocía: solo lo había tratado tres o cuatro veces en salidas juntos, en la barbacoa de aquel primer fin de semana en mi casa y por todo lo que Daniela me había contado de él y de sus padres durante ese casi mes que llevábamos aquí.
El caso es que, aunque el tiempo se me había pasado en un abrir y cerrar de ojos, me daba la sensación de que mi hermana estaba corriendo más de la cuenta.
Tampoco podía decirle gran cosa, porque ya era lo bastante mayor para saber lo que hacía, así que lo único que me quedaba como hermano era estar a su lado y, si hacía falta, darle algún consejo.
La verdad era que nunca había visto a Harper así por ningún hombre. Y, por lo que Daniela me había contado de su hermano, a él le estaba pasando más o menos lo mismo con ella, así que no me quedaba otra que pensar que lo suyo iba en serio y que, probablemente, todo saldría bien entre ellos.
A la vista estaba que mi cuñado —y sí, supongo que ya podía llamarlo así, no por lo mío con Daniela, sino por la relación que habían empezado mi hermana y él— no estaba jugando. Solo había que ver que Harper ya había ido a comer a casa de sus padres, vamos, que ya los conocía.
Si os preguntáis si yo también los había conocido, la respuesta era no. Daniela ni siquiera me lo había propuesto, y supongo que era porque no terminaba de sentirse segura o porque, sencillamente, quería ir un poco más despacio.
La verdad es que aquel viernes me sentí más dolido de lo que me habría gustado admitir. Al principio no le di demasiada importancia, pero luego me di cuenta de que sí me había afectado, quizá porque nunca había llegado a vivir algo así.
Antes de Scarlett había estado con muchas mujeres: con algunas solo fue un fin de semana, con otras ni eso, apenas una noche, y con unas pocas mantuve algo durante uno o dos meses, aunque nunca nada serio. Solo nos veíamos cuando nos apetecía y listo.
Fue con la mujer que terminó convirtiéndose en una obsesión y, más tarde, en mi pesadilla, con quien tuve la primera relación más seria de mi vida, al menos por mi parte.
Aunque también es cierto que nunca llegué a conocer a sus padres, y no fue por casualidad, sino porque ella se avergonzaba de ellos. Claro que eso lo supe mucho después, porque jamás me lo dijo. Vergüenza deberían sentir ellos por haber tenido una hija así.
Qué pena haber tardado tanto en darme cuenta de quién era realmente esa mujer.
De todos modos, ya daba igual las vueltas que le diera a todo aquello. No tenía sentido, ni mucho menos solución.
Precisamente porque nunca había vivido algo como una comida familiar por parte de mi pareja —porque por parte de mi familia, evidentemente, nunca me habían faltado—, tampoco había sentido antes la necesidad de algo así. Pero aquel día algo dentro del pecho se me encogió y me sentí desplazado.
Sabía que Daniela no lo había hecho a propósito; sinceramente, creo que ni siquiera se le pasó por la cabeza preguntarme.
Y no porque no quisiera que yo fuera, sino más bien porque temía mi respuesta.
Creo que, en el fondo, pensaba que yo no iba en serio con ella, que para mí aquello podía ser un juego o un simple pasatiempo.
Y también era cierto que, cuando le conté que yo era su jefe, le dije que había venido a aquella sede de forma temporal y que en unos meses regresaría a Londres. Porque, al fin y al cabo, esa había sido la idea con la que vine.
Sin embargo, ahora todo había cambiado. Ya no pensaba regresar a mi país y dejarlo todo atrás porque, si hablaba claro, la única persona que de verdad no estaba dispuesto a dejar atrás era Daniela. Lo demás me importaba bastante poco.
Me sonó el teléfono y, al ver quién era, sonreí. La verdad es que hoy ya estaba tardando en llamarme.
—Hoy se te ha hecho tarde —dije, y al otro lado la oí suspirar.
No fue uno de esos suspiros suyos de otras veces, los que soltaba cuando algo no le hacía demasiada gracia o cuando estaba conteniéndose para no soltar una respuesta con ironía. Aquel sonó distinto, más apagado, más cansado.
—Mamá, ¿te pasa algo? —le pregunté, poniéndome en alerta.
—No, cariño —respondió, aunque no sonó demasiado convincente—. Es que esta mañana he salido con Margot. Habíamos quedado para desayunar y hacer unas compras.
—Pero si a ti te encanta quedar con tu amiga de vez en cuando y pasarte la mañana de compras.
Algo tenía que haber pasado para que estuviera así, porque mi madre no era de esas personas a las que se les torcía el gesto porque sí.
—Y así es.
—Entonces, ¿a qué ha venido ese suspiro? Y más vale que me digas la verdad o llamo al piloto para que venga a por mí.
—No, por aquí no te quiero.
Cada vez me gustaba menos lo que mi madre no terminaba de decir. Era rarísimo que no quisiera que fuera a verla, sobre todo cuando llevaba prácticamente desde que me vine pidiéndome que fuera, así que algo no iba bien, y eso hizo que me pusiera el doble de alerta.
—Mamá, si no quieres que vaya es porque esto tiene que ver conmigo.
No sé cómo serían las demás madres, pero la mía siempre iba a tratar a mi hermana y a mí como si siguiéramos siendo dos niños pequeños, y eso que yo estaba a punto de cumplir los cuarenta.
—Me he encontrado con Scarlett.
Yo nunca había conocido a sus padres porque a ella le avergonzaba que fueran un matrimonio humilde, de esos que habían hecho lo que habían podido por sacar adelante a una buena hija.
Sin embargo, ella sí había conocido a los míos y a todo mi entorno, así que ya os podéis imaginar por qué le interesaba tanto acercarse a mi familia y tan poco que ocurriera al revés.
—¿Has tenido algún problema? ¿Te ha dicho algo que te haya ofendido?
Como le hubiera dicho algo así, entonces sí que iba a ir contra ella, y creedme cuando os digo que tenía mucho con lo que hacerlo.
—Me preguntó por ti y, como no quise decirle dónde estabas, empezó a subir un poco el tono. Cariño, no le des más vueltas, solo ha sido una rabieta por no salirse con la suya.
—Me da igual lo que digas. No tiene por qué montarte un numerito ni hacerte pasar un mal rato.
No, por ahí no iba a pasar. Ya lo había pensado unos segundos antes y seguía teniéndolo igual de claro.
—¿Qué tipo de cosas te ha dicho?
—Landon, de verdad que no tiene importancia. Como te he dicho, solo ha sido una rabieta.
—No, mamá. Una rabieta podía ser lo que montaba yo de pequeño cuando quería algo y no lo conseguía a la primera, pero que te diga a ti cualquier cosa, por muy insignificante que parezca, eso no es una rabieta.
»Eso es no tener vergüenza ni educación. —Hacía tiempo que no me ponía así de malhumorado, pero en ese momento estaba de una mala leche importante—. Es la última vez que te lo pregunto: ¿qué es exactamente lo que te ha dicho?
Por mi tono de voz sabía perfectamente que no estaba para juegos y que, si no me decía la verdad, era capaz de coger un avión y plantarme allí aquella misma noche.
—Como te he dicho, me preguntó dónde estabas. Por lo que me contó, fue varias veces a tu casa después de llamarte y de que tú no le cogieras el teléfono.
»Me dijo que daba igual que yo no le dijera dónde estabas, porque al final iba a dar contigo y que tú ibas a volver a caer rendido a sus pies, como hacías siempre que ella quería.
No me pillaban de sorpresa esas palabras. Como que también estaba seguro de que mi madre se había guardado algunas palabras.
No me equivocaba si decía que Scarlett había tenido la lengua mucho más afilada.
—No te preocupes, te prometo que nunca voy a volver con ella. —La quise tranquilizar.
—Cariño, por favor, te pido que no dejes que vuelva a entrar a tu vida.
Me costó un buen rato convencerla de que eso no iba a pasar y de que, esta vez, no eran palabras vacías de esas que se lleva el viento. Esta vez iba en serio. No pensaba volver a caer, ni mucho menos dejar que me convenciera otra vez.
Todas aquellas veces en las que regresé con ella, cada vez que me lo pidió, lo hice porque de verdad creía que se había arrepentido y que iba a cambiar.
También porque aún no conocía lo que era que una mujer te diera un beso porque le apetecía, te abrazara porque le nacía o te buscara simplemente para rozarte la mano.
Ahora que sí conocía todo eso, y mucho más.
No iba a permitir que volviera a entrar en mi vida para destruir algo que me estaba gustando tanto y que, además, me hacía tanta falta.