Capítulo 30
Daniela
—Es increíble todo esto —me dijo Alma de camino al restaurante en el que solíamos comer.
Y, claro, lo hacíamos cuando el trabajo me lo permitía a mí o se lo permitía a ella.
Porque todo hay que decirlo: no había ni un solo contable en la empresa más responsable y eficiente que Alma, y no lo digo porque sea mi amiga, sino porque era la pura verdad.
Ni siquiera el director de su departamento estaba a su altura.
Aunque, siendo sincera, aquel era un inútil de campeonato, pero eso ya lo dejé claro al principio.
El caso es que ocupaba un puesto que le venía enorme, y no sabéis cómo me jodía verlo en las reuniones de primeros de mes con el resto del equipo.
Lo mejor que podía hacer era dejar de pensar en él, porque lo único que conseguía era ponerme de malaleche.
—Sí que lo es —admití.
De todos modos, ya no tenía sentido darle más vueltas. Nos habían mentido.
Si digo la verdad, quizá no me lo llegué a tomar tan mal porque no solo me mintió a mí; nos había mentido a todos.
Si no hubiera sido así, la patada en el culo que le dije que le iba a dar se la habría dado de verdad.
Vamos, que no iba a venir un inglés de los cojones a reírse de mí.
Y lo de inglés lo digo porque lo era, que si llega a ser de otro sitio, también lo habría soltado igual.
Lo que quiero decir es que me daba exactamente lo mismo de dónde fuera: no iba a permitir que ningún hombre volviera a hacer conmigo lo que hizo el cabrón de mi ex.
—Pues no parece que te lo hayas tomado tan mal.
—No —contesté, sin añadir nada más.
—Dani, ¿estás bien?
—Sí, solo estaba pensando.
Madre mía cómo empezaba a apretar el calor.
Menos mal que en dos semanas empezábamos la jornada intensiva, porque estaba deseando que se acabaran los turnos partidos.
Qué poco me gustaba trabajar así. Supongo que igual que me pasaba a mí, le pasaría a casi todo el mundo.
Y si ya estaba contenta pensando en que dentro de poco empezábamos con el horario intensivo, más feliz me ponía acordarme de que en menos de un mes me tocaban mis quince días de vacaciones.
—¿En qué? Porque ese silencio tuyo no me gusta ni un pelo.
Le sonreí.
Estaba claro que Alma me conocía mejor que nadie. Aunque también había sentido algo parecido con Harper, y eso sí que era raro en mí. Ni con mis amigas de toda la vida había sentido la conexión que notaba con aquellas dos rubias.
—Pues no era nada malo.
O nada bueno, según se mirara y según quién lo mirara, porque llevaba varios días dándole vueltas a algo que no terminaba de quitarme de la cabeza.
Pero era imposible que fuera lo que me estaba imaginando.
De verdad que no podía ser.
Os juro que, mientras más lo pensaba, por muy loco e irreal que pareciera, más posibilidades le veía.
Aunque no pensaba abrir la boca y decir en voz alta lo que se me estaba pasando por la cabeza. Vamos, que lo que menos me apetecía era que me tomaran por loca.
Que una cosa era hacer tonterías de vez en cuando y otra muy distinta que quisieran encerrarme en un psiquiátrico.
Así que tú, chitón, Dani, que calladita estás más bonita.
Me lo repetí a mí misma intentando echarme la bronca antes de meter la pata hasta el fondo.
—Entonces no tendrás ningún problema en decirme qué es eso que te ronda por la cabeza.
Ni muerta abría la boca y le decía nada.
Lo mejor era disimular todo lo que pudiera.
—En las vacaciones. —La miré subiendo y bajando varias veces las cejas, intentando hacerme la graciosa para que se lo tragara—. Mira la fecha en la que estamos y todavía no hemos decidido adónde vamos a ir este año.
Eso no me lo tuve que inventar, porque era totalmente cierto.
—Este año se nos ha echado el tiempo encima.
Llegamos al restaurante y, al entrar, vimos que la mesa en la que nos sentábamos normalmente estaba ocupada, así que nos acomodamos en otra.
Era lo normal. Que aquella fuera nuestra mesa habitual no quería decir que la reservaran en exclusiva para nosotras.
—Buenas tardes, Luca —saludamos al camarero.
—Buenas tardes, chicas. Lo siento, hoy se os han adelantado.
Luca era un niño. O casi.
No os lo toméis al pie de la letra, porque estaba claro que, si fuera un crío, no estaría trabajando allí ni en ningún otro sitio. Era solo una forma de hablar, o más bien la forma en la que lo veía yo.
El caso es que era muy joven, pero también muy trabajador y, sobre todo, simpático y buena gente.
—No te preocupes, sabes que no nos importa sentarnos en otro sitio —le contestó Alma.
Después de acomodarnos y pedir la comida, retomamos la conversación justo por donde la habíamos dejado.
—Y lo malo de haberlo dejado tanto es que ahora los precios deben de estar por las nubes.
Y no era mentira. La subida de precio a última hora era una putada enorme.
—Pues este año yo no tengo mucho presupuesto —dijo Alma.
La entendía perfectamente.
Yo no quería gastar demasiado porque estaba ahorrando para montar mi propio negocio, que venía siendo un capricho importante, sí, pero también mi sueño.
Mi amiga, en cambio, necesitaba el dinero para vivir. Estaba claro que la vida le había mejorado mucho y que ya no pasaba las necesidades que había pasado en su momento, pero aun así el dinero no le sobraba precisamente.
Así que una por una cosa y la otra por otra, no veía yo que este año fuéramos a tener las vacaciones de nuestros sueños.
—¿Y si este año nos quedamos en tu piso o en el mío?
Me miró como si de verdad hubiera perdido la cabeza.
Solté una carcajada por la cara que puso.
—¿Qué tiene eso de vacaciones?
No podía dejar de reírme.
—Es que no me has dejado terminar —le contesté cuando conseguí calmarme un poco.
—Pues suéltalo rápido, porque no logro pillarlo.
Negué con la cabeza.
Muy buena persona y todo lo que quisiera, pero cuando le daba la gana era cerrada de mollera. Y lo poco que le quedaba abierto era para ser cabezota.
—Mira, nos quedamos en una de las dos casas, como te he dicho, para estar juntas, pero la idea es movernos de un sitio a otro. Un día playa, otro comer en un chiringuito, otro escaparnos a otro pueblo… No sé, cosas así.
Se quedó callada un momento, como si estuviera valorando ventajas e inconvenientes.
Aunque, sinceramente, creo que lo que estaba haciendo de verdad era echar cuentas mentalmente para ver si nos compensaba más eso o un viaje cerrado.
—Dani, yo eso no lo veo. Sobre todo porque, si te paras a pensarlo, entre chiringuitos, restaurantes y demás, nos puede salir más caro que irnos a Bora Bora.
—No te pases de exagerada, que pocos sitios salen tan caros como irse a ese paraíso.
Joder, ya quisiera poder ir yo alguna vez en la vida a un sitio así. Es que ya ni digo Bora Bora, porque hasta para soñar me parecía demasiado.
—Era un decir. Dejando eso a un lado y centrándonos en lo importante —la miré con atención mientras seguía hablando—, creo que lo mejor es que busquemos algún hotel por alguna zona de España. Estoy segura de que encontraremos algo.
—Vale, pero te encargas tú.
La señalé con el tenedor. Porque, si de ahorrar dinero y encontrar buenas ofertas se trataba, no había nadie en el mundo como Alma.
Y es que, cuando la necesidad aprieta, no te queda más remedio que espabilar y volverte creativa para salir adelante.
Al final quedamos en que sería ella la que se encargaría de buscar lo que fuera, aunque la verdad era que a mí el sitio me daba bastante igual. El caso era descansar y hacerlo con ella, y con eso me bastaba.
Aunque, si además pudiera pasar también algunos de esos días con Landon, eso ya sería directamente un sueño.