Mi locura de CEO inglés Capítulo 29
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Capítulo 29

Landon

¿Cómo podía parecerme tan atractiva con un pijama sencillo y el pelo despeinado?

No tenía ni idea y, sin embargo, verla así era cuando más bonita e irresistible me parecía desde que la conocía.

Y lo peor —o quizá lo mejor— era que ni siquiera era consciente del efecto que tenía sobre mi cuerpo ni del poder que empezaba a ejercer sobre mi cabeza.

Desde luego, venir a España me iba a salir caro.

No sabía qué habría sido peor, si quedarme en Londres o acabar allí, pero daba igual lo que pensara a esas alturas. Las cosas se habían dado así y ya no había vuelta atrás, así que no me quedaba otra que hacer caso a lo que mi cabeza no dejaba de repetirme una y otra vez.

Al final estaba haciendo de todo menos aquello a lo que había ido.

Aunque, siendo sincero, eso tampoco era del todo verdad, porque también había quedado con ella con la intención de disfrutar de su cuerpo.

Y sí, también de su compañía.

Era cierto que el motivo principal de estar allí era contarle la verdad, pero quizá estaba posponiéndolo porque algo dentro de mí se encogía al pensar en la posibilidad de que no se lo tomara bien y, por lo tanto, no quisiera volver a verme fuera del trabajo.

—¿Qué te apetece cenar? —me preguntó.

Pasó por detrás de mí, camino de la cocina.

Me apetecía cenármela a ella.

Pero no iba a decirle eso ni de coña, porque lo último que quería era que pensara que era un salido o, peor aún, que solo me interesaba para follar.

Y puede que todo nuestro juego empezara precisamente por ahí, por una atracción sexual imposible de ignorar, pero estaba claro que algo había cambiado.

Y no solo por mi parte.

También por la suya.

O, al menos, eso era lo que yo creía viendo cómo se comportaba conmigo ahora.

Fui detrás de ella.

—Cualquier cosa. Lo que no quiero es que nos tiremos un rato cocinando.

—¿Nos tiremos? —preguntó con media sonrisa.

Como si no terminara de creerse que yo pensara meterme en la cocina con ella.

—Sí, has oído bien.

No me hicieron falta más de dos pasos para alcanzarla.

Estaba claro que no me había mentido cuando me dijo que su piso era pequeño. A ver, tampoco era una caja de zapatos, pero comparado con las casas en las que yo había vivido toda mi vida, sí lo parecía.

Y con eso no quería decir ni que fuera mejor ni peor, solo que eran mundos distintos.

—Pensé que estabas acostumbrado a que te lo hicieran todo.

Y se quedó tan tranquila después de soltarlo.

Aunque un segundo más tarde pensé que decía eso sin saber todavía quién era yo de verdad.

—Siempre he tenido servicio en casa que lo ha hecho todo.

Me vino bien que sacara aquel tema, porque así tenía la oportunidad de empezar por ahí.

—Entonces dudo que sepas hacer algo en la cocina.

—No creí que fueras de las personas que juzgan a otras por las apariencias.

Le cambió la expresión de la cara al instante. Vi perfectamente cómo se arrepentía de lo que había dicho, pero no me lo iba a tomar a mal.

No cuando estaba claro que lo había soltado sin malicia y en tono de broma.

—Lo siento. A veces me pierde la boca o hablo antes de pensar.

Acorté la poca distancia que nos separaba y la abracé.

Daba igual que, hacía poco, hubiéramos estado abrazados en la cama. Me daba igual tenerla cerca; lo único que me apetecía era tenerla entre mis brazos, pegada a mí.

Tan cerca que ni el aire pudiera pasar entre nosotros.

Y me acojonaba mucho sentir aquella necesidad, porque era algo nuevo para mí. Algo que no había sentido nunca.

—No pasa nada. En cierto modo tienes razón. —Apoyé la barbilla en su cabeza—. Mi hermana y yo nacimos en una familia donde la falta de dinero nunca ha sido un problema, pero eso no significa que nos regalaran las cosas.

»En casa de mis padres siempre ha habido gente que nos ha ayudado, sí, pero eso no quiere decir que no nos educaran bien ni que no nos enseñaran que las cosas se consiguen con esfuerzo y trabajo.

No me interrumpió en ningún momento.

Dejó que le hablara de mi vida, de mi infancia, de mi familia y de cómo había sido crecer dentro de todo aquello.

Hubo momentos en los que me di cuenta de que quería preguntarme cosas, pero no lo hizo. Yo creo que esperaba soltarlo todo cuando terminara de hablar.

Y entre unas cosas y otras también fui dejándole caer pinceladas del poder que tenía mi padre y de lo inmensa que era la empresa familiar, aunque sin llegar a decirle ni el nombre de la compañía ni el suyo.

Después de todo, cuando el cargo pasara a mis manos, su apellido seguiría siendo más que conocido.

—Y si tu padre tiene una empresa tan grande que algún día va a pasar a tus manos, ¿por qué trabajar para otro?

Se había separado de mí hacía ya un rato y se sentó sobre la mesa de la cocina. Se notaba que lo hizo a propósito, para marcar cierta distancia y poder mirarme bien mientras hablábamos.

Yo, en cambio, apoyé la parte baja de la espalda en la encimera y las palmas sobre el mármol, sin apartar la vista de ella.

Había llegado el momento de decirle la verdad.

Solo esperaba que no se lo tomara demasiado mal.

—Quiero que sepas que esto ya estaba planeado antes de saber quién eras, antes incluso de conocerte. —Despegué una mano de la encimera y me la pasé por el pelo—. No pienses que mi intención ha sido mentirte ni mucho menos reírme de ti.

—No me está gustando nada el camino que está tomando esta conversación.

No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que se había puesto en tensión. Los hombros se le endurecieron y la postura relajada con la que me había estado escuchando desapareció por completo.

—Carter no es tu jefe. Bueno, en teoría sí lo es porque sigue estando por encima de ti en el organigrama, pero no en el sentido en el que tú piensas. —Se apoyó en las palmas de las manos para bajarse de la mesa de un salto.

»Lo que quiero decir es que yo soy tu jefe. No, un director más que hayan puesto aquí. Mi familia es la dueña de todas las empresas.

Con los ojos fijos en mí, inclinó la cabeza hacia un lado.

Era como si me estuviera evaluando.

—¿Me estás diciendo que eres el jefe de todos los jefes?

Sonreí por la manera en la que me lo preguntó. Ella no había sonreído, pero a mí me resultó tan natural que no pude evitar hacerlo. Había algo en su forma de hablar que siempre me despertaba ternura.

—En teoría, el jefe de todos los jefes sigue siendo mi padre.

—Landon, no te hagas el tonto, que sabes perfectamente lo que quiero decir.

—Lo sé. Solo estaba intentando bromear un poco.

—Pues no bromees, porque a mí no me hace ni pizca de gracia. —Cruzó los brazos sobre el pecho, claramente a la defensiva—. Todavía no sé si echarte con una patada en el culo o seguir escuchándote.

—Si sirve de algo, y teniendo en cuenta mi opinión, te diría que me siguieras escuchando. Lo de la patada en el culo no me hace mucha gracia.

Intenté poner cara de pena. Digo yo que algo tendría que hacer.

—Es que no sé cómo tomármelo. Lo veo todo tan mentira… No sé por qué has querido engañar a todo tu equipo. No le encuentro ninguna lógica.

Ni yo tampoco se la encontraba ya. No después de haber hablado con ella.

Estaba claro que tendría que haber escuchado a Carter desde el principio.

De vez en cuando tenía buenas ideas, pensé con ironía.

—Nada de esto es mentira. —Me acerqué de nuevo a ella—. Lo que ha pasado entre nosotros es real y puedes estar segura de que en lo único que te he mentido ha sido en lo de la empresa.

Y, sinceramente, más que mentir, yo lo consideraba omitir.

—No sé, Landon… —De pronto se puso todavía más seria—. No nos conocimos precisamente bien y después tampoco es que la cosa mejorara mucho al principio.

Sentí un nudo en el estómago, y supe enseguida que era miedo. Miedo a perder lo poco que tenía con Daniela, porque, aunque todavía fuera poco, me había dado mucho más que cualquier otra persona.

—Sabes que todo cambió.

Puse una mano en su cintura y la otra en su mejilla.

—No creo que nos haya dado tiempo a descubrir si de verdad las cosas entre nosotros han cambiado.

Mis cojones que no. Ella lo sabía tan bien como yo; lo que pasaba era que no quería reconocerlo, ya fuera porque seguía dolida por lo que le dije o porque se había dado cuenta de que yo también le estaba despertando cosas que le daban miedo.

Pero tenía claro que no iba a dejar que se alejara por eso.

Si mi padre me había repetido desde pequeño que todo esfuerzo tiene su recompensa, yo pensaba dejarme la piel, si hacía falta, por conseguir lo que empezaba a sentir como una de las mejores recompensas de mi vida.

—Sí, nos ha dado tiempo, y lo sabes tan bien como yo. —Le levanté un poco el rostro para que me mirara—. Mírame a los ojos y dime que tú no has notado ese cambio igual que lo he notado yo.

Cerró los ojos con fuerza durante unos segundos, como si estuviera discutiendo consigo misma.

—Sí lo he notado.

Solté el aire sin darme cuenta de que había estado conteniéndolo.

—Gracias. Te prometo que voy a contestarte todo lo que quieras preguntarme.

Fue ella quien puso una mano en mi hombro y tiró un poco hacia abajo para besarme.

Y disfruté de ese beso como había disfrutado de pocos en toda mi vida.

Y no, no era una forma de hablar.

Era la verdad.