Capítulo 28
Daniela
Abrí la puerta del piso y me aparté a un lado para dejar que Landon entrara antes. Sabía perfectamente que no lo iba a hacer, porque era demasiado caballero como para pasar delante de mí, pero aun así le hice el gesto con la mano.
—Después de ti.
Y, efectivamente, se negó a entrar antes que yo.
¿Veis? Lo que yo decía: todo un caballero inglés.
Menos mal que no era igual de caballero en la cama o fuera de ella cuando el asunto tenía que ver con sexo. Gracias a Dios, pensé.
Aunque, siendo sincera, tampoco es que lo fuera en muchos otros aspectos. Bien pensado, Landon era caballero solo cuando le daba la gana o cuando le convenía, porque la lengua la tenía bien afilada.
En definitiva, tenía varias facetas y para todos los gustos. Eso sí, la versión sexual me la pedía yo primero; no fuerais tan rápidas, que luego a mí me tocaba quedarme con la de la lengua afilada.
—Ni me voy a molestar en enseñarte el piso. —Me reí—. No porque no quiera, sino porque con tres pasos tuyos lo recorres entero.
Sonrió.
Vale, quizá había exagerado un poco, aunque no demasiado.
—Así lo tienes todo más a mano —me contestó sin borrar la sonrisa.
—¿Te gusta tenerlo todo a mano?
La pregunta iba por el tamaño del piso, pero sabía perfectamente que él la iba a llevar por otro camino.
—Me encanta, aunque no tanto como me gustaría.
Se fue acercando despacio a mí.
Por su forma de caminar y de mirarme, estaba claro que había activado su modo sensual.
Como si con él hiciera falta mucho para tenerme derretida.
Si a mí me bastaba verlo para quedarme con la baba colgando.
Y, a decir verdad, ni siquiera necesitaba tenerlo delante; con solo pensar en él ya me tenía medio ganada.
—Eso tiene fácil solución. —Se me escapó una risilla.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es, según tú?
—Mudarte a una casa mucho más pequeña. Ya verás cómo así lo tienes todo más a mano.
Estallé en carcajadas al ver la cara que puso.
Al final sí que le enseñé el piso. Le señalé dónde estaba mi habitación, el baño, la habitación de invitados y la cocina. El salón no hacía falta, porque era lo primero que había visto al entrar.
—Y esta es la habitación donde vas a dormir tú si pasas la noche aquí.
Me miró levantando una ceja. Vamos, que con ese gesto me estaba diciendo que no me lo creía ni yo.
—¿Duermes en esa habitación?
Él sabía de sobra que no, solo me estaba siguiendo la broma.
No sé muy bien cómo lo hizo, pero terminó acorralándome contra la pared. Cuando me quise dar cuenta, tenía una mano apoyada a la altura de mi cabeza y la otra en mi cintura.
—Duermo contigo, ya sea en un palacio, debajo de un puente o en una cueva, pero pegado a ti —fue diciendo, acercando cada vez más la boca a la mía—. Y si puede ser encima de ti o tú encima de mí, mucho mejor.
—Creo que sería muy incómodo para ti aguantarme toda la noche encima.
Nuestros labios se fueron acercando tanto que casi se rozaban. Era pura provocación por parte de los dos.
—Aguantaría una semana si hiciera falta.
—No te pases, Superman —sonreí sobre sus labios.
Dios, me moría de ganas de besarlo, de notar el calor y la suavidad de su boca, de atraparlo entre mis dientes y tirar de su labio sin llegar a hacerle daño.
—No me hace falta ser Superman para soportar tu peso.
No sé si lo hizo para demostrarlo o porque simplemente era lo que le apetecía en ese momento, pero a mí me volvía loca cada vez que me levantaba en brazos.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Me cogió por debajo del trasero y yo le rodeé la cintura con las piernas justo cuando mi espalda chocó contra la pared del pasillo.
—Mmm… creo que querías verme porque tenías algo que decirme —le dije mientras inclinaba la cabeza hacia un lado para dejarle más espacio y que siguiera besándome el cuello.
—Tengo muchas cosas que decirte, y de muchas maneras —murmuró entre beso y beso a lo largo de mi cuello.
—Lo que estás haciendo ahora no es hablar.
Sonreí al sentir que me clavaba un poco más los dientes cerca de la clavícula.
Era un salvaje cuando quería, eso sí, un salvaje con cierto cuidado. Vamos, que tenía justo ese punto de brusquedad que conseguía ponerte mucho más cachonda de lo que ya estabas.
—Hay muchas maneras de hablar, y esta es una de ellas.
Gemí de gusto cuando me apretó el culo con las manos.
Ojalá hablaras más a menudo de esta manera, pensé, disfrutando como nunca de sus besos y de sus manos.
No me cansaría jamás de decir que lo que Landon hacía con mi mente y, sobre todo, con mi cuerpo, no lo había hecho nadie. Ni siquiera Pablo. Y mira que durante mucho tiempo creí que había estado enamorada de él.
Lo he dicho bien: creí.
Porque después descubrí que aquello no era amor ni estar enamorada de nadie.
Lo único que hice fue dejarme dominar demasiado tiempo por un monstruo que sabía jugar con la mente de los demás para que hicieran y pensaran exactamente lo que él quería. Dicho de una forma más técnica, era un puto narcisista, pero de manual.
Y todos sabemos lo que puede llegar a hacer alguien así.
Centrándome en lo que de verdad importaba en ese momento, incliné un poco más la cabeza hacia la izquierda para dejarle todavía más espacio. Me volvía loca sentir sus labios recorrer cualquier parte de mi cuerpo.
Y al final pasó lo que era de esperar.
Terminamos desnudos, con los cuerpos enredados y sudando a mares sobre mi cama.
Si no hubiera sido por el calor que me entró, y eso que tenía el aire acondicionado puesto, desde luego me habría quedado allí hecha un ovillo y me habría echado una buena siesta, a pesar de la hora que era.
No lo hice, no por falta de ganas, sino porque me apetecía una ducha casi tanto como quedarme en la cama.
Landon se duchó antes que yo, mientras yo seguía remoloneando entre las sábanas. No sé en qué momento había ido a su casa a por ropa, pero el caso es que salió del baño con un pantalón de pijama puesto.
Era de esos de tela fina y fresca, de color celeste, casi del mismo tono que sus ojos.
Qué injusta era la vida, pensé sin dejar de mirarlo.
Ese abdomen plano, esa V tan marcada, ese pecho…
Daba igual hacia dónde lo mirara, estaba para comérselo entero.
Con un gran suspiro me levanté de la cama. No me tapé el cuerpo, no tenía sentido hacerlo. Y, además, a mí me gustaba el mío y no me avergonzaba en absoluto.
Lo tenía clarísimo: a quien no le gustara, que apartara la mirada. Yo era así y, mientras me sintiera bien conmigo misma, así pensaba seguir.
Me di una buena ducha, de esas en las que acabas dejando que el agua fría te caiga desde la cabeza hasta los pies. De esas que, aunque al principio hacen que te encojas en cuanto notas el chorro helado resbalando por el centro de la espalda, después te dejan el cuerpo nuevo.
Vamos, que estaba tan fría que me entraron ganas de gritar, pero es que después de la primera impresión, cuando el cuerpo se acostumbraba, me encantaba la sensación.
Y sobre todo, me relajaba muchísimo.
¿Iba a dormir bien esa noche?
Yo creía que sí.
Entre el sueño que arrastraba, el sexo y la ducha, estaba segura de que en cuanto cenara iba a caer en coma.
Como mínimo.
Me puse la ropa interior y encima un pijama de verano, de esos que no son sexis ni nada por el estilo, solo cómodos.
Porque digo yo que, por mucho que Landon estuviera allí, eso no significaba que tuviera que ponerme uno de esos pijamas que solo sirven para presumir, porque de cómodos tienen lo que yo de santa: nada.
Así que me puse uno para sentirme a gusto en mi propia casa.
Aunque seguía con el pelo mojado, me lo recogí en un moño que, más que moño, parecía un nido de pájaros de lo mal hecho que estaba.
A tomar viento.
Si tenía que gustarle, tendría que ser así: arreglada o sin arreglar, pero siendo yo.