Mi locura de CEO inglés Capítulo 27
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Capítulo 27

Daniela

En cuanto llegó la hora de salir, apagué el portátil y la tableta y los guardé en el bolso que usaba para llevarlos de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Eso sí que no me podía faltar: el bolso del portátil a juego con el color de las gafas que me pusiera ese día.

Tampoco vayáis a pensar que tenía bolsos de todos los colores, porque no era así. Lo que sí tenía eran las gafas amarillas, rosas, celestes y blancas y, claro, de esos mismos tonos me compré también los bolsos para el ordenador y la tableta.

Para que luego digan que no soy cuqui y mona, si es que más ideal no podía ser yo. Me reí para mis adentros al pensar así de mí misma, aunque enseguida tuve que centrarme, porque ya me conocía y sabía que, como me despistara, terminaba hablando de cualquier cosa menos de lo que venía a cuento.

El caso es que aquel día me había puesto un vestido verde militar para ir a trabajar.

Era muy bonito y lo que más me gustaba de él era que, según el calzado que eligiera, podía verse más formal o informal.

Y con ese color me gustaban tanto el blanco como el amarillo, aunque aquella mañana había decidido ponerme las gafas blancas.

Pues eso, que iba saliendo tan tranquila, hablando con un compañero de trabajo, cuando al llegar a la calle, justo delante de la entrada del edificio, vi a Landon.

No sabía si me estaba esperando a mí o a otra persona, porque estaba apoyado de forma relajada, con una mano en el bolsillo del pantalón y el móvil en la otra, completamente pendiente de la pantalla.

Debía de ser importante lo que estaba mirando, porque ni siquiera se había dado cuenta de que yo acababa de salir. Aunque, como ya he dicho, tampoco tenía claro que estuviera allí por mí.

Sinceramente, no lo creía, sobre todo porque habíamos quedado en que se pasaría por mi casa a la hora de cenar, así que me quedé dudando un momento entre acercarme a saludarlo o no.

—Hasta mañana, Fernando.

Me despedí del compañero con el que iba hablando.

Y al final pudieron más las ganas de acercarme a él, de tenerlo cerca. Aunque, siendo sincera, lo que de verdad me apetecía era llegar hasta donde estaba, engancharme a su cuello y plantarle un beso de los que hacen historia.

Estaba claro que no iba a hacerlo.

No por falta de ganas, sino porque no sabía si a él le parecería bien. Porque por mí, sinceramente, lo que pensaran los demás me traía bastante sin cuidado.

Y con eso no quiero decir que me importe un pito la opinión de la gente. Lo que quiero decir es que intento hacer lo que me hace feliz, lo vean bien o no.

Como digo yo: mientras no le haga daño a nadie, todo está bien.

—Está usted muy solo —le dije, aguantándome las ganas de reír—. ¿Espera a alguien?

Levantó una ceja al oírme hablarle de usted.

—¿Soy un desconocido? —Negué con la cabeza—. Entonces, ¿por qué me hablas de usted?

—En teoría, eras la mano derecha del que, por ahora, es mi jefe, porque está claro que al jefe supremo no voy a conocerlo nunca. Ese tiene que estar sentado en su trono, señalando con el dedo lo que tenemos que hacer los simples mortales.

Se le escapó una carcajada. De esas que salen solas y con ganas.

Y me gustó oírle esa risa ronca y profunda. Más que gustarme, me puso los pelos de punta.

—También era la mano derecha de tu jefe este fin de semana y no recuerdo que me hablaras de usted cuando te hacía llegar al orgasmo.

¿Cómo podía ponerme a cien con unas palabras así?

No tenía ni idea del poder que tenía sobre mí, pero nunca me había pasado con otro hombre. Con Landon perdía por completo la capacidad de razonar y lo único que me apetecía era hacerlo jadear mi nombre mientras él me hacía gritar el suyo.

—Eso no cuenta. Durante el fin de semana sufrí enajenación mental.

Me contuve las ganas de reír al ver la cara que puso.

—Pues sigue sufriéndola y ven aquí.

Se puso en modo dominante y, si no fuera porque lo hacía dentro de nuestro juego y de ese tono medio sexual que usábamos a veces, le iba a hacer caso su prima, porque yo no obedecía así como así a nadie.

—No me has dicho si estás esperando a alguien —le dije, acercándome.

—Te estaba esperando a ti, pero eso ya lo sabías, ¿verdad?

Pues no, no lo sabía, y aun así me encantó escucharlo.

—No sabía si me esperabas y, si soy sincera, creía que estabas esperando a Carter o a tu hermana. Nosotros, en teoría, habíamos quedado más tarde.

—Que les den. A la única que quería ver era a ti. —Acortó el poco espacio que quedaba entre nosotros—. Me moría por robarte un beso.

—No hace falta que lo robes. Yo también me muero por dártelo.

Puse la palma de la mano en el centro de su pecho y la fui subiendo despacio hasta llegar a la parte de atrás de su cuello.

Me puse de puntillas, aunque aquello era una gilipollez, porque tampoco iba a llegar a besarlo si él no decidía bajar la cabeza.

Me encantaba cuando me ponía una mano en la cara y me acariciaba la mejilla con el pulgar. Por muy simple que pareciera, para mí ese gesto significaba muchísimo.

Porque lo hacía con una suavidad y una mirada que os prometo que se me ganaba el corazón entero.

Bueno, ese órgano se lo estaba ganando casi sin hacer nada.

Ains, Dani, ¿dónde cojones te estás metiendo?

Landon bajó un poco la cabeza al mismo tiempo que yo levantaba la mía, y ahí, a mitad de camino, se encontraron nuestras bocas.

¿Cómo se podía echar tanto de menos unos labios que había besado la noche anterior, cuando me dejó en la puerta del portal?

No tenía ni idea.

Puede que con Pablo hubiera estado cegada, anulada en todos los sentidos, sin darme cuenta de hasta qué punto me había apagado, pero nunca sentí la necesidad de verlo, de que me besara, de que me tocara o simplemente de que me hablara.

Con Landon estaba siendo justo lo contrario.

Y, la verdad, no sabía si era mejor o peor sentir aquella necesidad de tenerlo cerca, aunque sí tenía muy claro que quería estar con él sin importarme demasiado las consecuencias.

Porque no seamos tontas: sabía perfectamente que iba a haberlas y, en algunas, estaba bastante segura de que me tocaría perder a mí. Pero bueno, ya afrontaría todo cuando llegara el momento.

—¿Vamos? —me preguntó cuando separamos los labios.

—Claro. Estoy deseando verte encerrado toda la tarde en mi minúsculo piso.

Me mordí el labio inferior para no reírme.

—No solo la tarde. No pienso moverme de allí hasta mañana por la mañana, cuando vengamos a trabajar.

Me cogió el bolso del portátil para llevarlo él. En cuanto lo tuvo en las manos, lo miró, luego me miró a mí y después volvió a fijarse en el bolso.

—¿Te pasa algo?

Sabía perfectamente lo que estaba pensando.

—¿Siempre conjuntas el bolso con las gafas?

—No, siempre no. Sobre todo porque solo tengo cuatro colores de gafas.

Aunque, pensándolo bien, sí, siempre iba conjuntada, porque tampoco tenía más bolsos de ese estilo.

Me gustó que me rodeara la cintura con un brazo. Me hizo sentir que significaba algo para él.

—Has dicho antes que tenías pensado quedarte en mi piso para venir mañana directamente a la empresa, pero digo yo que antes tendrás que pasar por tu casa para coger ropa.

Casa, por decir algo, porque lo que yo tenía desde luego no podía considerarse ninguna mansión.

Llegamos hasta donde había aparcado el coche y me abrió la puerta para que entrara.

Puede que fuera una costumbre que se hubiera perdido con el tiempo, pero ¿a quién no le gusta sentirse cuidada o mimada?

A mí, desde luego, sí.

Me hacía sentir que algo importaba.

Porque digo yo que, cuando no importas absolutamente nada, nadie tiene ese tipo de detalles.

Ni esos ni otros.

Eso creía yo.