Mi locura de CEO inglés Capítulo 26
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Capítulo 26

Landon

Cuando el viernes mi hermana casi me obligó a ir a ese local, lo que menos me imaginaba era que iba a terminar pasando el fin de semana que había pasado.

No, eso sí que no me lo esperaba en absoluto.

Puede que fuera pensando que tal vez vería a Daniela, pero por mi cabeza no pasó en ningún momento todo lo que terminó ocurriendo después. Y no me refiero solo a lo del local, sino a los dos días siguientes.

Cuando el domingo por la tarde me dijo que ya iba siendo hora de que la llevara a su casa, no me quedó más remedio que hacerlo. Sin ganas, pero tuve que hacerlo.

A fin de cuentas, Daniela tenía razón en lo que había dicho.

Habíamos ido demasiado deprisa al pasar el fin de semana juntos, sobre todo teniendo en cuenta lo mal que empezamos cuando nos conocimos.

Esa fue su respuesta cuando le dije que se quedara también la noche del domingo y que, por la mañana temprano, la llevaría a su piso para que se cambiara de ropa y de allí iríamos juntos a la empresa.

Como he dicho, no me lo tomé mal, sobre todo porque tenía razón.

No debía querer correr tanto, no cuando apenas nos conocíamos. Pero, al mismo tiempo, con Daniela sentía justo lo contrario, como si pudiera leerla con facilidad, como si la entendiera de una forma que no me había pasado nunca con nadie.

Ni siquiera con Scarlett había sentido algo así.

Con ella fue distinto. Con ella todo empezó poco a poco. Como ya dije en su momento, al principio no le hice demasiado caso, hasta que terminé fijándome en ella o, mejor dicho, hasta que fue ella la que hizo que me fijara.

No paró hasta tener toda mi atención y, cuando lo consiguió, fue cuando empecé a obsesionarme.

Y ahí fue cuando toda mi vida se fue a la mierda.

Me quedaba destrozado cada vez que se iba y me dejaba, según ella, porque necesitaba prosperar.

Y sí, prosperaba, pero en la lista de hombres con los que se había acostado. Y lo peor de todo era que, aunque yo era consciente de todo eso, cada vez que reaparecía volvía a caer, como si fuera un adicto que necesitara su dosis para seguir respirando.

Jodía y mucho ser consciente de todo el daño que me había hecho.

Aunque tengo que reconocer que la culpa era mía, porque estaba claro que, si había llegado tan lejos, era porque yo se lo había permitido.

Total, que jodía muchísimo verlo todo con claridad y, aun así, no ser capaz de decirle que no cuando volvía a buscarme.

Y mira que lo intentaba, para que después toda mi resistencia inicial se fuera a la mierda en cuanto Scarlett me miraba.

Aunque esta vez estaba convencido de que no iba a volver a buscarme. Era imposible que lo hiciera cuando estaba a punto de casarse, si es que no lo había hecho ya.

Eso era lo último que sabía de ella.

El caso era que ahora sí estaba convencido de que, aunque reapareciera en mi vida, esta vez no iba a volver a caer.

Ya no.

No cuando había conocido a una mujer que, en un solo fin de semana, me había enseñado y demostrado mucho más de lo que lo había hecho Scarlett en todos los años que vivimos entre idas y venidas.

Aun así, tenía que admitir que Daniela llevaba razón y que lo mejor era ir despacio, con calma y conociéndonos de verdad, sin prisas, sobre todo porque los dos veníamos de relaciones que no habían sido precisamente sanas.

La diferencia era que ella no sabía cómo había sido la mía, y no lo sabía porque yo no había querido contarle nada, no porque no me apeteciera abrirme con ella, sino porque no estaba seguro de que pudiera entenderlo.

—Yo sigo pensando que deberíamos decir que el jefe eres tú.

Levanté la cabeza de la tableta, donde estaba leyendo un correo que me había mandado mi padre.

—Ya te he dicho que todavía no quiero decir nada.

Quería seguir observando el comportamiento y la forma de trabajar de los empleados.

—Por lo menos podríamos decírselo a las chicas.

—Si hacemos eso, nos arriesgamos a que se lo digan a alguien y, si pasa, nada habrá valido la pena —le contesté, porque era lo que pensaba, aunque cada vez estaba menos convencido.

—No lo veo y no me gusta —insistió negando con la cabeza.

—Sé que desde el principio no te ha hecho mucha gracia, pero no entiendo a qué viene ahora tanta negativa a seguir como habíamos quedado.

—Si no lo entiendes, una de dos: o eres más tonto de lo que pensaba o de verdad nunca te ha gustado nadie lo suficiente como para sentirte mal por mentirle.

Sí que me había gustado alguien, y él lo sabía mejor que nadie.

Aunque quizá tuviera razón.

Porque, si lo pensaba de verdad, con Scarlett no me habría importado mentir en algo así. No me habría preocupado en absoluto.

Sin embargo, en cuanto pensaba en Daniela descubriendo que le estaba mintiendo, se me instalaban unos nervios muy concretos en el estómago. Y sabía perfectamente de dónde venían: del miedo a que, cuando se enterara, no quisiera volver a saber nada de mí.

—Tienes razón —le reconocí, y no creáis que no me costó, porque de cabezón tenía bastante—. El problema viene ahora. ¿Cómo se lo decimos sin que se molesten con nosotros?

—No tengo ni idea, solo sé que tenemos que decírselo cuanto antes. Es mejor que se enteren por nosotros a que lo hagan cuando todo explote.

Me quedé un momento observando a Carter y, por más que intenté hacer memoria, no recordaba haberlo visto nunca así por una mujer.

—La rubia te gusta de verdad —afirmé unos minutos después.

—Sí. Tiene algo que hace que no pueda dejar de pensar en ella. —se pasó una mano por la cara—. Cuando pasé el primer fin de semana con ella, ya me di cuenta de que me había gustado más de lo normal.

»Pero ahora, después de este segundo, lo puedo decir sin miedo a equivocarme: me gusta mucho. Más que gustarme, me atrevería a decir que junto a Alma me siento mejor que nunca.

Sí.

Definitivamente podía confirmar que Carter no había estado así nunca con otra mujer.

Que había estado con muchas y que a todas las había tratado como a reinas, era verdad, pero nunca lo había oído hablar de ninguna de la manera en la que hablaba de Alma.

¿Me pasaba a mí lo mismo con Daniela? ¿La veía de una forma distinta? No lo sabía.

Por ahora solo podía decir que sentía con ella una conexión que no había sentido con nadie.

La atracción entre los dos era algo más que evidente. Estaba ahí desde el primer momento en que se cruzaron nuestras miradas, aunque yo no fuera precisamente amable con ella al principio.

—Habla con ella. Puedes contárselo todo —le dije mientras le daba vueltas a la cabeza a cómo iba a decírselo yo a Daniela.

—¿Crees que es mejor que cada uno se lo contemos por separado?

Asentí, completamente convencido.

—Es lo mejor. Queda con ella esta noche.

Lo vi coger el móvil y ponerse a escribir. Estaba claro que le estaba mandando un mensaje a Alma.

Yo debería hacer lo mismo. Quedar con Daniela antes de que fuera demasiado tarde y ya hubiera hecho otros planes.

—Creo que tienes razón —le dije, después de mandarle yo también un mensaje.

—Tengo razón en muchas cosas, pero refréscame la memoria, porque ahora mismo no sé en cuál de todas la tengo.

Capullo.

Sonreí pensando en lo arrogante que podía llegar a ser cuando le daba la gana.

—Se lo vamos a decir a todos, pero después de haber hablado con ellas.

Iba a decírselo solo a los directores de departamento. Era con ellos con quienes tenía que tratar directamente. A los demás trabajadores no tenía por qué explicarles nada, por muy mal que sonara.

La realidad era esa.

Ellos no tenían trato directo conmigo, sino con el responsable de su departamento.

—Dime que voy a tener mi propio despacho —soltó sonriendo.

Por muy buenos amigos que fuéramos, trabajar los dos en el mismo despacho era un coñazo. Y no solo porque cada uno tuviera su forma de trabajar, sino porque, cuando teníamos llamadas al mismo tiempo, era una putada estar escuchando al otro de fondo.

Eso, entre otras cosas.

—Siempre lo has tenido, no veo por qué esta vez iba a ser distinto —le contesté.

Y justo en ese momento me llegó un mensaje de Daniela.

Daniela: Sí, me gustaría que nos viéramos, pero esta vez en mi piso.

Landon: ¿No prefieres que sea en mi casa?

Daniela: No. Esta vez será en mi piso. No creo que te pase nada por dejar tu reino y bajar al mundo de los pobres.

Landon: No es por eso —y, sinceramente, esas cosas me importaban poco, y creo que ella lo sabía—. Era por si te apetecía un baño en la piscina.

Daniela: En otro momento. Hoy quiero que vengas a casa.

Landon: ¿Esta insistencia es por algo en concreto?

No podía dejar de sonreír mientras hablaba con ella.

Daniela: Era una sorpresa, pero dada tu insistencia te lo diré. En casa tengo unas esposas y pensaba utilizarlas para inmovilizarte y hacerte algunas cosillas.

Joder.

Solo de leer aquello, se me puso el pene erecto.