Mi locura de CEO inglés Capítulo 25
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Capítulo 25

Daniela

Eso era justo lo que le hacía falta a Landon: que alguien le hiciera ver cómo podía llegar a ser de verdad con una mujer, cómo podía decir cosas que tocaran el corazón de la otra persona sin darse cuenta siquiera de todo lo que despertaban.

Ya lo hacía con algunas miradas, con ciertas caricias, con pequeños gestos que ni él mismo parecía advertir, pero por mis ovarios iba a conseguir que aceptara que dentro de él también había cariño, ternura y, si se daba el caso, hasta amor.

Y no solo eso, también iba a lograr que, además de aceptarlo, fuera capaz de demostrarlo.

Porque estaba segura de que detrás de esa fachada y de todas esas palabras que probablemente nunca había dicho en voz alta, había un hombre con muchísimo que dar.

Y, aunque de verdad quería pensar que me daba igual que fuera conmigo o con otra mujer, no iba a engañarme: me habría gustado que fuera conmigo.

Eso no significaba que estuviera enamorada de él, porque ni podía decir algo así ni sería verdad a esas alturas, pero sí que me gustaba, y mucho.

Me había gustado desde el primer momento en que lo vi, justo antes de descubrir que también podía ser un gilipollas, y os juro que eso era exactamente lo que seguía pensando hasta la noche anterior, incluso cuando me metí en aquel baño con él.

Después de eso, la que se comportó como una gilipollas fui yo, para que veáis que también sé reconocer lo malo de mí, pero, a partir de ahí, él dejó de parecerme tan estúpido.

Sobre todo después de verlo liarse a hostias por defenderme, porque, no nos engañemos, ¿a quién no le gusta que alguien la defienda, aunque pueda hacerlo sola?

A mí, sinceramente, me gustó. Y quiero pensar que, si lo hizo, fue porque le gustaba por algo más que por lo evidente. A ver, sé que le gusto, eso está más que claro, pero me apetecía creer que, aparte de eso, tenía que haber algo más.

—¿Estás bien? —me preguntó cuando terminé de ponerme el bikini.

—Claro, estoy mucho mejor que bien. —Le sonreí, y no le estaba mintiendo—. Sobre todo, estoy superbién… y superrelajada.

Relajada me había dejado para toda la semana con el meneo que me había dado.

Madre mía, que a ese hombre podía faltarle un poco de ternura de vez en cuando, pero le sobraba talento para poner a una mujer a mil. En la cama, fuera de la cama y donde hiciera falta.

—Si estás relajada ahora, cuando termine el día te veo arrastrándote por el suelo.

—Es broma, ¿verdad?

Tenía que estar bromeando por cojones. O quizá lo decía por lo de pasar el día en la piscina y mi mente calenturienta se había ido por donde no tocaba.

Debía de ser eso.

—No. Cuando menos te lo esperes, te meto en la primera habitación que encuentre y te hago gritar.

—No me vas a poner las manos encima en todo el día. —Lo señalé con un dedo.

El muy descarado me sonrió.

—Encima que lo haría para que siguieras relajándote.

—Claro, y yo me chupo un dedo. Porque no lo quieres hacer por ti, no. Lo haces solo por mí.

—Para que veas el buen corazón que tengo. Soy capaz de sacrificarme para que estés bien.

—Me dejas sin palabras. Te juro por mi hermano que nunca había tenido la suerte de conocer a alguien tan noble y bondadoso.

A ver cuál de los dos era más irónico.

Todo, claro, dentro de nuestro juego. Porque, de momento, el hacha de guerra estaba guardada. Aunque, siendo sinceros, quien había guardado de verdad la lengua afilada había sido él. Yo solo había dejado el hacha apoyada en un rincón.

—No jures tanto y mejor bajamos. —Tiró de mi mano, casi sin darme tiempo a terminar de ponerme el vestido.

—¿Ahora te entra la prisa? —le pregunté con cachondeo.

—No. Si por mí, ninguna. Es que me parece raro que mi hermana no haya venido a buscarnos.

—Bonita imagen se hubiera llevado de su hermano. —Me contuve la carcajada como pude—. Sobre todo porque ella piensa que su hermano no hace esas cochinadas, según sus propias palabras —le aclaré.

Se detuvo tan en seco que me choqué con su espalda.

—Ay —me quejé, llevándome la mano a la nariz—. Ya sé que haces deporte; no hace falta que me lo demuestres así.

Y lo decía de verdad.

—Perdona, ¿estás bien?

Se giró y quedó frente a mí. Con la punta de dos dedos me levantó un poco la barbilla para mirarme la cara.

—La tienes un poco roja. Ya no sé si es por haberte dado conmigo o por habértela frotado con la mano.

Me movió la cabeza de un lado a otro, comprobando que estuviera bien.

—No ha sido nada, ni me duele —sonreí al recordar por qué se había parado de golpe—. Parece que no te esperabas para nada lo de tu hermana.

Me devolvió la sonrisa.

Y yo me derretí un poco más al ver esa mirada, ese gesto y esa cara tan absurdamente atractiva.

—No me lo esperaba en absoluto. Aunque, viniendo de mi hermana, puedo esperarme cualquier cosa.

Desde luego que sí.

Yo apenas conocía a Harper, por mucho que la noche anterior hubiera tenido la sensación de que podíamos llevarnos increíblemente bien, pero también estaba bastante segura de que de ella podía esperarme cualquier cosa.

Y, a ver, todos sabíamos que lo había dicho de broma, así que le expliqué a Landon por qué se lo había soltado y de dónde venía el comentario, y no dejó de reírse hasta que bajamos.

Fue entonces cuando vi que mi jefe, o sea, su amigo y ligue de Alma, ya había llegado con ella. Los cuatro estaban sentados alrededor de una mesa del porche trasero, cada uno con una cerveza en la mano y un picoteo en el centro.

No era nada elaborado, pero todo tenía una pinta tremenda: aceitunas en un cuenco, unas patatas al punto de sal en un plato, una tabla de quesos con unos cuantos dátiles y piquitos y, por último, una bandejita con jamón que, solo por el aspecto, ya se notaba que era del bueno, de ese cuya grasa casi se te deshace en la boca.

Madre mía, no me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que vi aquella mesa delante, porque, aunque no fueran cosas complicadas, tenían una pinta increíble.

—¿No habéis tenido suficiente esta noche?

No supe dónde meterme con el descaro de aquella rubia.

—Por lo que parece, no, no han tenido suficiente —contestó mi hermano.

¿Desde cuándo Gonzalo hablaba con ese descaro?

—Hermano, no tenemos la culpa de que no tengas tanto aguante.

A ese sí que le cerraba yo la boca.

—Uy, eso ha dolido, amigo —dijo Carter.

—Eh, eh, eh, a tu hermano lo dejas tranquilo, que mientras yo no me queje, todo va bien.

—¿No me digas que te vas a obsesionar con mi hermano? —le pregunté a Harper con recochineo—. ¿Sabes que es policía y que se quita a las acosadoras de encima bastante rápido?

Miré a Alma y las dos nos contuvimos las ganas de reír.

Landon se sentó en una silla con esa tranquilidad suya que a veces me desesperaba, cogió un botellín de cerveza y le dio un trago sin apartar la mirada de mí.

Me di cuenta porque lo miré de reojo.

—Claro, como también sé que puede ayudarme a encubrir un asesinato.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—Nah. —Hice un gesto con la mano, quitándole importancia—. Mi hermano me quiere demasiado.

Le guiñé un ojo a Landon.

—No creas que te quiero tanto. Por lo menos, no todo el tiempo. Muchas veces me entran ganas de matarte.

—Gonci, eso ha dolido —me llevé una mano al corazón fingiendo estar ofendidísima.

—Te lo has buscado, enana —dijo antes de levantarse y echar a correr hacia mí.

—Era broma, ya no te digo más Gonci, te lo prometo. Gonzalito.

¿Quién dijo miedo?

Salí corriendo por todo el jardín, intentando que no me atrapara, porque si lo hacía, estaba segura de que me iba a tirar directamente a la piscina.

Los demás seguían sentados, riéndose de vernos a mi hermano y a mí corriendo como dos críos.

Bueno, todos no.

La rubia medio loca había desaparecido. O eso creí yo hasta que un chorro de agua me dio directo en la cara.

Os juro que al principio no supe ni qué había pasado ni de dónde había salido.

—La madre que te parió —le grité a Harper entre carcajadas.

Lo que no se esperaba ella era que su hermano la cogiera por detrás y la lanzara directamente a la piscina.

—Hermana, esto era cosa entre ellos. No puedo permitir que ataques a traición a mi chica.

Sentí cómo el corazón me daba un vuelco al oír eso de «mi chica».

Y me salió el impulso de correr hacia Landon.

Así que eso fue exactamente lo que hice.

Justo antes de llegar a él, di un salto. Me cogió por debajo del trasero por puro reflejo, mientras yo le rodeaba la cintura con las piernas y el cuello con los brazos.

—Al final me vas a gustar y todo —le dije muy cerca de la boca.

—¿Cómo que al final? —Me miró con los ojos entrecerrados.

Esa mirada no me gustó nada.

—Ni se te ocurra. —Le agarré de la oreja para pegarle un tirón.

Vamos, que si le daba por tirarme al agua, esa oreja se venía conmigo en la mano.

Y no, no me llevé la oreja.

No me la llevé porque el capullo de mi hermano apareció y nos tiró a los dos a la piscina.

Ahí fue cuando empezaron de verdad las bromas y las risas.

Sobre todo cuando Alma salió corriendo y, del impulso, empujó también a mi hermano al agua.

Y, al final, entre unas cosas y otras, terminamos todos dentro de la piscina.

Eso sí, nosotras con los vestidos puestos además del bikini, y ellos con las camisetas y los bañadores.