Capítulo 21
Daniela
Landon fue el primer hombre que supo leerme de verdad.
Lo hizo de una manera tan natural que hasta daba miedo, como si hubiera estado toda la vida a mi lado y conociera rincones de mí que yo misma había tardado años en volver a mirar.
—Digamos que la culpa de que haya tantas Danielas solo es mía. —Volví a apoyar la cabeza sobre su pecho—. Mía por no saber decir que no, por no valorarme y no quererme por encima de todo. Es culpa mía haber permitido que me hicieran tan pequeña que casi desaparecí.
Me rodeó los hombros con más fuerza.
—A veces es necesario caer para levantarte más fuerte que nunca.
Eso es lo que dice todo el mundo, y puede que sea verdad cuando ya te has levantado y lo miras todo desde fuera.
Lo que nadie te cuenta es lo dura que es esa caída. Lo que duele. El daño que te haces a ti misma mientras vas bajando. Lo mucho que tardas en tocar fondo.
Nadie te habla de todo lo que tienes que resistir hasta llegar ahí.
Del dolor, de la humillación, de lo que desgasta no sentirte nunca suficiente.
Hablo de mi caso, de lo que Pablo logró hacer conmigo y con mi cabeza.
De cómo me anuló por completo como mujer y como persona.
De cómo dejé de tener voz porque él hablaba por mí.
Tampoco te dicen todo lo que pierdes por el camino hasta que un día por fin abres los ojos.
Ni lo que cuesta levantarte del suelo y volver a echar a volar.
No te cuentan lo que es pasar días enteros sintiéndote por los suelos, sin ganas de nada, dejando pasar las horas sin querer saber nada de nadie, ni siquiera de ti misma.
Y mucho menos te explican lo difícil que es reconstruirte. No para volver a ser la que eras antes de desaparecer, sino para convertirte en alguien nuevo, alguien que suba un poco más alto y no vuelva a dejarse romper tan fácilmente.
Solo te dicen: sal, resurge, sé fuerte, renace.
Pero nadie te explica de dónde sacas las fuerzas cuando sientes que no te queda ni una.
Y, sin embargo, cuando por fin has pasado todo ese proceso de mierda y un día te levantas, te miras y te das cuenta de que sí, de que todas esas personas tenían razón y podías lograrlo, entonces entiendes que todo ha merecido la pena.
Y sí, en mi caso mereció la pena.
Me planté tantas veces delante del espejo repitiéndome lo mismo, obligándome a creerlo, que al final dejó de ser un intento y se convirtió en verdad. Ya no era que quisiera creérmelo, es que en ese momento de mi vida sabía perfectamente lo que valía.
Porque yo valía en todos los sentidos.
Tenía un cuerpo perfecto, una cara que ya quisieran muchas, sí, pero sobre todo tenía claro lo que quería para mi vida y lo que no iba a volver a permitir nunca.
—Pablo me hizo caer mucho. Más de lo que mi familia sabe. Muchísimo más de lo que te puedas imaginar.
Sentí un beso en la frente y aquel gesto me llegó muy dentro. Para mí, dijo más de él de lo que probablemente él mismo habría imaginado.
—¿También fue físico? —me preguntó.
Y en su tono pude escuchar una rabia contenida que no necesitaba verle en la cara para saber que estaba ahí.
Me mordí el interior de la mejilla.
No me gustaba hablar de aquello con nadie. De hecho, no lo había hablado con nadie. Ni con mi hermano ni, más adelante, con Alma, cuando se convirtió en mi mejor amiga.
—Eso fue casi al final, cuando empecé a despertar y a negarme a ciertas cosas porque ya no las veía bien o, simplemente, porque no me sentía cómoda.
Uf, era muy duro recordar aquellos días.
Por muy fuerte que me hubiera vuelto, por muy alta que tuviera la autoestima —y no hablo solo de verme bien físicamente, hablo también de lo mental—, había temas que seguían doliéndome una barbaridad.
¿Y cómo cuentas algo así sin sonar frívola, cuando de frívolo no tiene absolutamente nada?
Porque no es agradable recordar cómo llega el primer empujón acompañado de un «no haces nada bien», de un «ojalá fueras como tal» o de un «todo es culpa tuya».
Y eso tirando por lo bajo.
Pero fueron momentos muy duros y aquí tampoco hacía falta contarlo todo con pelos y señales. No tenía sentido hacerlo cuando se podía entender perfectamente lo que quería decir sin necesidad de revivirlo en voz alta.
Está claro que, para comprender del todo por qué cambia una persona, hay que conocer más o menos su historia, pero yo siempre he pensado que no hace falta profundizar en cada herida para que se entienda el dolor.
Bastante tenía ya con revivir ciertos momentos en mi cabeza una y otra vez como para tener que pronunciarlos además.
Sentí cómo el cuerpo de Landon se tensaba debajo de mí, cómo el brazo con el que me rodeaba los hombros apretaba un poco más.
—Hijo de puta —dijo con rabia.
Supuse que aquella rabia venía del odio que se puede sentir al imaginar algo así, al saber que una mujer ha pasado por eso. No porque sintiera nada más; estaba segura de que no tenía nada que ver conmigo en ese sentido.
—No te voy a llevar la contraria en eso. —Intenté aligerar un poco el momento.
—¿Por qué? —lo miré sin entender del todo la pregunta—. ¿Por qué aguantaste tanto? ¿Por qué no lo dejaste antes?
Esas mismas preguntas me las había hecho yo millones de veces.
Al principio no lograba darles respuesta. Fue con el paso de los días, y luego de los meses, cuando empecé a entenderlo un poco mejor.
Puede que lo dejara cuando empecé a darme cuenta, aunque solo fuera a medias, de lo que había hecho conmigo, con mi alma y con la Daniela que fui de niña y de joven. Pero verlo de verdad, entenderlo de verdad, eso vino después.
—Me convertí en lo que él quería sin darme cuenta. Le fui entregando todo de mí. —Hice una pequeña pausa, buscando bien las siguientes palabras—. Al principio empecé dejando de lado las cosas que me gustaban para hacer las que a él sí le gustaban.
»Luego fui cediendo más y más, dejando que cogiera cada pensamiento mío y le diera la vuelta hasta convencerme de que como yo pensaba o sentía no era lo correcto. Y lo dejé hacer… hasta que de Daniela no quedó nada.
—Supongo que es fácil decir desde fuera que tendrías que haberlo dejado antes, que no tendrías que haber permitido que te anulara así.
—Es que ese fue el problema. —Levanté la cabeza de su pecho y me apoyé mejor en una mano para mirarlo—. Que no me fui dando cuenta de ese cambio hasta que ya era demasiado tarde.
»Creo que me fue absorbiendo tan poco a poco al principio que no lo vi. No hasta que desperté de golpe, de la noche a la mañana. Y, cuando lo hice, te prometo que fue todavía peor.
—¿Peor darte cuenta y salir de allí?
Aunque suene difícil de creer, así fue.
—Sí, porque fue entonces cuando entendí todo lo que había dejado que me quitara. Cuando comprendí que la culpa no era mía por no haber sido suficiente, sino por haberle dado a otra persona el poder de decidir cuánto valía yo.
»Fue entonces cuando empecé a hablar conmigo misma, a repetirme quién era, lo que valía, y también cuando me juré que nunca más iba a dejar que nadie volviera a decirme lo que era o lo que no, porque no pensaba entregarle ese poder a nadie otra vez.
Y no creáis que ponerse esa máscara no cuesta.
Cuesta muchísimo.
Porque, aunque te hagas la fuerte y eso sea lo que le enseñas al mundo, por dentro muchas veces sigues sintiéndote la misma mierda que antes. Solo que ahora, al menos, tienes un poco más de voz y los cojones suficientes para alzarla.
—Todo el mundo tiene sus fantasmas —dijo.
Y, aunque él seguía ahí, a mi lado en la cama, su mente se había ido a otra parte.
No tenía ni idea de adónde, solo sabía que ya no estaba conmigo del todo.
—Landon —lo llamé para traerlo de vuelta—. ¿Te encuentras bien?
Parpadeó un par de veces, rápido, como si con ese gesto pudiera despejarse.
—Claro, solo estaba pensando en todo lo que me has contado.
No me creí esa excusa.
No lo hice.
Pero tampoco iba a obligarlo a hablar ni a contarme algo que estaba claro que no quería sacar todavía.