Mi locura de CEO inglés Capítulo 20
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Capítulo 20

Landon

Hice que me rodeara la cintura con una pierna y doblé una de las mías de tal modo que una quedó estirada entre las suyas y la otra, con la rodilla por debajo de la que Daniela tenía sobre mi cadera.

En esa postura podía llegar un poco más profundo.

Me agarré el miembro por la base y lo guie hasta la entrada de su sexo.

Hacía apenas unas horas que había estado dentro de ella y, aun así, me parecía que hubiera pasado una eternidad. Y eso que, cuando salí de aquel baño, lo hice con la idea de no volver a estar con ella.

No porque yo no quisiera, sino porque era lo que ella había decidido.

Por eso, lo que menos me esperaba era tenerla desnuda en mi cama después de todos los choques que habíamos tenido y de haberla probado por fin como llevaba días imaginando.

Porque, cuando la semana anterior me quedé con su sabor en los dedos, no pude dejar de pensar en si me gustaría igual directamente de ella.

Y no me gustó igual.

Me gustó muchísimo más.

Tanto, que estaba seguro de que iba a volverme adicto a aquel sabor.

Entré poco a poco en su interior, disfrutando del calor con el que me envolvía.

Deseé sentirla sin ninguna barrera entre los dos, notar su humedad directamente sobre mí. No iba a hacerlo, claro. Jamás haría algo en contra de la voluntad de nadie, y mucho menos de una mujer.

Ella me había dicho que sin preservativo no lo hacía, y la entendía.

Por mi parte, sabía que no iba a transmitirle ninguna enfermedad, más que nada porque hacía muchísimo tiempo que no estaba con otra mujer.

Y, antes de Dani, llevaba aún más tiempo sin acostarme con nadie que no fuera Scarlett.

De hecho, con ella hacía ya bastante que había vuelto a usar preservativo.

No era tan idiota como para jugarme la salud sin saber con quién había estado.

Antes de hacer ninguna locura, lo primero era pensar con claridad y no dar un paso tan importante para los dos hasta que las cosas fueran seguras.

Ahora, que yo pensara así no quería decir que no deseara sentirla sin nada entre los dos.

Con una mano entrelazada a la suya y la otra en su cadera, empecé a moverme a un ritmo constante, nada de embestidas rápidas ni bruscas.

Aquella vez lo hice más despacio.

Sin prisa, pero sin pausa.

La mano que ella tenía libre me la pasó por debajo del brazo y terminó clavándome las uñas en el centro de la espalda.

Sentirlas en mi piel hizo que un cosquilleo demasiado placentero me recorriera entero y acabara alojándose en el bajo vientre. Se me contrajo el cuerpo de forma involuntaria.

—Landon…

Mi nombre pronunciado por sus labios, y con ese tono, era el mejor sonido que podía escuchar en ese momento.

—Yo también siento lo mismo —susurré sobre sus labios.

Sabía que decía mi nombre por el placer que estaba sintiendo, y lo sabía porque yo estaba exactamente igual.

—Dios… ah… esto es… —Hizo una pausa para dejar salir un gemido—. Esto es demasiado placer… —Otro más—. Creo que quieres matar… matarme.

Sonreí al escucharla.

Ni siquiera durante el sexo era capaz de quedarse callada, pensé.

No seas gilipollas, eso es precisamente lo que más te gusta de ella. Lo que la hace tan especial.

Me dije a mí mismo.

—No te quejes. Ya quisiera cualquiera morir de la manera en la que lo vas a hacer tú.

La hija de su madre me clavó las uñas con mucha más fuerza en una de las nalgas.

Salí casi por completo de su interior para volver a entrar con una embestida más fuerte.

Lo hice en respuesta a sus uñas.

—Joder… —gritó—. Si lo llego a saber, te las clavo mucho antes.

La madre que la parió, pensé.

Hice que apartara la pierna con la que me rodeaba, solté su mano y usé las mías para agarrarla de la cintura.

Sin salirme de ella, me apoyé en las rodillas y tiré de su cuerpo para que se incorporara lo justo como para traerla conmigo. Al hacerlo, terminé sentado sobre mis talones con Daniela a horcajadas encima de mí.

—Muévete —le pedí—. Busca tu propio placer. Hazlo lento, rápido o como más te guste.

Dejé una mano en su cintura y la otra la fui subiendo por el centro de la espalda hasta la nuca.

La agarré de ahí con una ligera presión para que me mirara.

Quería verla moverse sobre mí sin apartar los ojos de los míos.

Necesitaba verla a ella. Necesitaba recordar que no era la misma mujer que tanto daño me había hecho, que Daniela no tenía nada que ver con la otra, que eran dos personas distintas y que todo lo que una me hizo no tenía por qué repetirse con la otra.

Empezó a moverse hacia delante y hacia atrás. A veces cambiaba el ritmo y hacía girar las caderas, otras subía y bajaba despacio sobre mí.

Joder.

Me entraban ganas de poner los ojos en blanco.

—Bésame —me pidió.

Y la besé.

Pero la besé con hambre, con dientes que chocaban, con mordiscos en su labio inferior.

Y Daniela respondió tirando del mío cada vez que yo soltaba el suyo.

Nos besamos con mi mano en su nuca y sus brazos rodeándome el cuello, mientras el fuego nos recorría por dentro. El deseo crecía a cada segundo y los dos queríamos llegar al orgasmo, alcanzar ese punto en el que todo explota… y, al mismo tiempo, que aquello no terminara nunca.

—Esto es lo mejor que he sentido en mi vida —dijo cuando alcanzó el orgasmo.

Apoyó la frente sobre la mía, respirando con dificultad.

La agarré de la cintura con las dos manos. Yo estaba a punto de llegar al mío y a ella ya le estaba costando mantener el ritmo.

Era normal.

Después de un rato y de haberse corrido, el cuerpo empezaba a perder fuerza.

La ayudé a seguir moviéndose sin detenerse en ningún momento hasta que alcancé el orgasmo. Empezó como un latigazo recorriéndome la columna desde la nuca hasta el inicio del trasero, bajó después al bajo vientre y terminó concentrándose en los testículos.

Eché la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y dejé que un jadeo saliera desde el pecho con fuerza, ronco, arrastrando con él todo lo que aquella mujer me había hecho sentir.

No sé en qué momento exacto fue, pero un rato después estábamos tendidos en la cama, con la cabeza de Daniela sobre mi pecho y mi brazo rodeándole los hombros.

Entonces empezó a hablar.

Lo hizo como si en realidad estuviera hablando consigo misma. O quizá recordando.

Hablaba con calma, sin dejar de pasar el dedo índice por mi pecho como si dibujara algo de manera distraída.

—Pablo fue mi novio casi desde el instituto hasta hace unos años, que lo dejé. —Hizo una pausa—. De hecho, es el único novio que he tenido.

»No te voy a mentir y decir que después de él no he estado con otros hombres. —Levantó la cabeza para mirarme a los ojos—. Fueron dos.

»Los conocí, creí que podía llegar a tener algo con ellos y, a la semana de conocerlos, me tiré a la piscina y me acosté con los dos.

—¿Por qué lo hiciste si no estabas convencida?

No era una pregunta con reproche, solo quería entenderla un poco mejor.

—No lo sé. Supuse que, quizá, si lo hacía, podría conectar un poco más con ellos. Que a lo mejor, si daba ese paso, mi corazón volvía a sentir algo que no fuera dolor. Es la mejor respuesta que te puedo dar, porque ahora mismo no tengo otra.

—Por lo que parece, no llegaron a traspasar el muro que levantaste alrededor del corazón —le dije sin dejar de acariciarle el brazo.

—¿Cómo sabes que levanté un muro? —me preguntó.

—Porque a los hombres también nos hacen daño. Aunque delante de todo el mundo finjamos que no pasa nada, que somos duros, también nos duelen las cosas, sufrimos… y muchas veces hasta lloramos.

Nunca había hablado de algo así con nadie, ni siquiera con Carter, al menos no de una forma tan abierta ni dejando salir algo tan íntimo como lo que yo mismo había sentido.

—Claro que lo sé. Sé que también sufrís y que también os duelen las cosas.

Acercó los labios a los míos y me dejó un beso pequeño, suave, uno de esos que parecen no significar nada y que, sin embargo, a mí me llegó mucho más de lo que habría imaginado.

—Sigue contándome sobre ti —le pedí—. Quiero conocer a la mujer que está ahora mismo conmigo, a la que conocí el viernes pasado, a la que he visto durante toda la semana en la empresa, a la que empezó la noche de una forma y se quedó paralizada al cruzarse con ese hombre.

—Me miró comprendiendo muy bien lo que le estaba diciendo—.

Quiero conocer a todas esas Danielas y los motivos que la llevaron a ser así.