Capítulo 19
Daniela
No tenía pensado ir a su casa, de verdad que no.
Puede que yo fuera cabezota, pero él era insistente, y al final terminé cediendo. Y allí estaba, recién duchada y, no solo duchada, también tocada.
Lo había hecho de una forma que yo no había conocido nunca. No era una manera de hablar: nadie me había tocado con esa suavidad, con ese mimo casi paciente que se le escapaba en cada caricia, en cómo parecía disfrutar más de mi placer que de ir corriendo a por el suyo.
Salió de la ducha primero y empezó a secarse el cuerpo. Madre mía, qué cuerpo.
Me quedé observando cada uno de sus movimientos, viendo cómo se pasaba la toalla por los brazos, por esos pectorales marcados que tenía, por el centro de unos abdominales que, os lo juro, parecían de otro nivel. Y ya no digamos la V de los oblicuos.
Uf, me estaba entrando calor solo con verlo secarse.
Jamás pensé que mirar a un hombre secarse el cuerpo pudiera resultar tan erótico.
Pero lo era. Y mucho.
Se ató una toalla más pequeña a la cintura y cogió otra grande del mueble del baño.
La abrió delante de la ducha.
—Ven —me dijo.
Y yo fui.
Porque, aunque en el baño del local le había dicho que no íbamos a volver a acostarnos y aunque se lo dije por el miedo a lo que me hacía sentir a su lado, por el miedo a volver a perderme a mí misma, allí estaba.
En su casa. Recién duchada con él. Dispuesta a dejar que me envolviera el cuerpo con una toalla y, seguramente, dispuesta también a seguir pasándolo bien.
Salí de la ducha y casi me tiré encima de él.
Dios, presentía que Landon podía hacerme mucho daño, más del que era capaz de imaginar en ese momento, pero no podía evitar la atracción que sentía por él.
Y no hablo solo de atracción física.
Eso iba mucho más allá.
Sentía como si algo invisible me empujara hacia él, como si hubiera una fuerza empeñada en acercarme cada vez más.
Por mucho que intentara resistirme, no podía.
Lo había intentado durante toda la semana. Había puesto toda la voluntad del mundo, había hecho esfuerzos por no pensar en nada que tuviera que ver con él, por mirar hacia otro lado cada vez que lo veía.
Pero era imposible no mirarlo.
Vamos, que solo había que verle la cara y el cuerpo que tenía. Aunque este último, siendo sinceros, lo había descubierto hacía apenas media hora.
En fin, mejor dejaba de darle vueltas.
Total, de perdidos al río, como diría mi padre.
El caso es que estaba en su casa, desnuda después de haberme duchado con él y completamente dispuesta a seguir pasándolo bien.
¿Que me estrellaba?
Pues asumiría las consecuencias.
A fin de cuentas, vida no hay más que una, y no pensaba dejar de vivirla por miedo a lo que pudiera pasar.
—Tienes un cuerpo perfecto —dijo cuando terminó de secarme.
¿De verdad me estaba diciendo eso?
¿No se había visto él?
Porque, si Landon no se veía, ya lo veía yo por los dos.
Digo yo que, ya que se pensaba que estaba medio loca, podía regalarle un poco más de locura. O de atrevimiento, depende de cómo se mire. A mí, desde luego, me daba igual.
En cuanto terminó de secarme, me lancé sobre él.
Y no lo digo en sentido figurado.
Lo hice de verdad.
Uf, otro con reflejos como mi hermano. Qué suerte estaba teniendo con los hombres que me rodeaban.
—Estás muy mal —me dijo entre risas.
—Reconoce que es precisamente eso lo que te atrae de mí.
Le rodeé el cuello con los brazos, acercando de paso la boca a la línea de su mandíbula.
Empecé a darle besos desde la barbilla hasta llegar al lóbulo de la oreja.
—Me gusta mucho —susurró.
Me encantó que inclinara la cabeza hacia un lado para dejarme seguir besándole el cuello.
—Pues entonces no te quejes y llévame a la cama o a donde quieras, pero no retrases lo inevitable.
¿Quién dijo vergüenza?
¿No dicen que quien no llora no mama?
Pues eso.
Digo yo que, si no me corté la primera noche que lo conocí, tampoco iba a hacerlo en ese momento.
—No. Ahora no hay prisas. Solo vamos a disfrutar. Vamos a seguir conociéndonos.
Me tenía cogida por el culo, con una mano en cada nalga.
Así, con mis piernas rodeándole la cintura, me llevó hasta la habitación y me dejó con cuidado en el centro de la cama.
Desde los pies de esta, Landon no apartaba la mirada de mi cuerpo.
Me recorrió entera con los ojos y, mientras lo hacía, se soltó la toalla y la dejó caer al suelo.
Quedó tan desnudo como yo.
No me corté e hice exactamente lo mismo con su cuerpo: comérmelo con la mirada. Aunque, siendo sinceros, en la ducha me lo había comido en todos los sentidos.
Estaba claro que a los dos nos gustaba provocarnos.
Era como un juego que habíamos empezado sin darnos cuenta y al que, desde luego, le estábamos cogiendo más gusto del que deberíamos.
Abrí las piernas para dejarle espacio y permitir que se colocara sobre mí después de ponerse el preservativo.
Y tal y como fue subiendo por mi cuerpo, lo hizo con besos y caricias, con una ternura que no me esperaba.
Las prisas, la pasión atropellada y el deseo de quererlo todo rápido habían quedado a un lado para dejar paso a la calma, a la lentitud y a la suavidad de nuestras manos recorriéndonos el uno al otro.
Con la punta de los dedos fue subiendo por mis piernas, llegó a las caderas y siguió el camino por los costados hasta rozar el contorno de mis pechos.
Subí los brazos por encima de la cabeza y apreté las sábanas entre los dedos.
Necesitaba agarrarme a algo.
Eran demasiadas las sensaciones que me iba despertando.
—Nunca he tocado una piel como la tuya —me dijo sobre el ombligo.
La verdad es que tenía mucha suerte con la piel. Supongo que sería genética, porque la de mi madre era igual y, a pesar de los años que tenía —que tampoco eran tantos, y como se entere de que he dado a entender que es mayor, me mata—, parecía que el tiempo no pasaba por ella.
—No te cortes. Puedes tocarla todo lo que quieras.
Sopló sobre mi ombligo y luego lo lamió, y el contraste entre lo húmedo y el aire hizo que se me erizara todo el cuerpo.
Arqueé la espalda cuando siguió subiendo por el centro del vientre con la lengua, dejando un rastro de humedad a su paso.
Después se desvió hacia uno de mis pechos y atrapó el pezón entre los labios. Lo chupó, lo lamió y tiró de él hasta que se cansó y fue en busca del otro.
Yo, en esos momentos, no era capaz de hablar ni de hacer otra cosa que no fuera gemir, arquear la espalda y apretar las sábanas que tenía entre las manos.
Una de sus manos fue subiendo por mi brazo hasta llegar a la palma, y allí entrelazó sus dedos con los míos.
Aquel gesto me gustó incluso más de lo que esperaba.
Con la otra mano volvió a bajar por mi costado hasta llegar al exterior del muslo. Siguió descendiendo y no se detuvo hasta agarrarme cerca de la rodilla.
Metió la mano por detrás de la pierna y me hizo levantarla para rodearle la cintura con ella.
Dios.
Lo estaba haciendo todo con una lentitud casi cruel.
Y encima esos ojos, que no apartaba de los míos, y sus labios a escasos milímetros de mi boca.
La forma de moverse, de tocarme, de mirarme estaba siendo tan sensual que era imposible que aquel hombre no empezara a despertar algo dentro de mí.
No tenía ni idea de qué era exactamente.
Solo sabía que no quería que dejara de hacer lo que estaba haciendo con mi cuerpo.
Y ya no era solo lo que me estaba haciendo sentir físicamente, que estaba claro que me tocaba como nunca lo habían hecho.
Era también lo que estaba haciendo con mi cabeza.
Joder, con el trabajo que me había costado hacerme la fuerte, levantar barreras y no dejar que nadie fuera de los míos pudiera atravesarlas, para que llegara el inglés este de los cojones y me abriera un boquete en ese muro.
Y no uno pequeño, no.
Uno tan grande que ya casi no quedaba nada capaz de frenarlo.