Mi locura de CEO inglés Capítulo 18
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Capítulo 18

Landon

—No sé cómo me has convencido para acabar montada en un taxi contigo —me dijo Daniela.

Ella no lo sabía, pero yo tampoco tenía ni idea de cómo había sido capaz de convencerla. Y, sin embargo, allí estaba, sentada a mi lado, camino de mi casa.

—Se me da bien convencer a la gente.

Mentira. O quizá no del todo, porque siempre se me había dado bastante bien conseguir que los demás hicieran lo que quería. A todos menos a ella.

Me había costado la misma vida que aceptara. Mira que tenía una hermana cabezota y, por tanto, estaba más que acostumbrado a lidiar con mujeres así, pero lo de Daniela estaba en otro nivel.

A mitad de trayecto nos quedamos callados los dos. No sé en qué estaría pensando ella. Yo, desde luego, en la noche que había tenido desde que salí de casa.

Si alguna vez alguien me preguntara cuál había sido una de esas noches que recuerdas por demasiadas cosas a la vez, sin duda diría que aquella.

Para empezar, había salido de casa con mi hermana y con Carter y regresaba acompañado solo de Dani. Pero no era solamente eso. También estaba todo lo que había pasado por el camino. Vamos, que la noche había tenido de todo y para todos los gustos.

Lo último que imaginaba al salir era que iba a terminar acostándome en el baño con la mujer que me tenía completamente loco. Y mucho menos que acabaría a puñetazos limpios.

Si lo primero no pude evitarlo porque el deseo me consumía por dentro, lo segundo mucho menos.

Ni siquiera lograba recordar la última vez que me peleé con alguien. Yo diría que fue siendo adolescente.

Pero ver cómo le hablaba aquel tipo y, sobre todo, cómo la agarró del brazo, me hizo perder los papeles.

Como ya había pensado antes, fue al ver su reacción inicial cuando empecé a entender algunas cosas. No todas, ni de lejos, y precisamente por eso quería que me contara algo más.

Sabía que era imposible que se abriera de golpe y me lo soltara todo, pero al menos iba a intentar que hablara un poco.

Iba mirando por la ventanilla. Había perdido la noción del tiempo cuando me di cuenta de que estábamos a punto de llegar, así que volví la cara para decirle que ya casi habíamos llegado.

Me la encontré con la cabeza apoyada en la ventanilla y los ojos cerrados.

Se había quedado dormida.

La miré unos segundos, grabándome cada mínimo detalle de su rostro.

Primero sus cejas, finas y delicadas, apenas más oscuras que el color de su pelo. Después bajé la mirada por su nariz pequeña y ligeramente respingona hasta llegar al arco de cupido.

Lo tenía con forma de corazón.

Sus labios eran carnosos, cálidos y suaves. Besarlos había sido una de las mejores cosas que me habían pasado en mucho tiempo.

—Es bonita —me dijo el taxista.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Lo siento, no pretendía ofenderle. Puede quedarse tranquilo, no me gusta en ese sentido.

Me guiñó un ojo.

¿De verdad tenía que pasarme algo más aquella noche?

Estaba claro que mi llegada a España no estaba siendo aburrida. Eso, desde luego, no.

Sonreí al taxista. No me quedó otra.

—Sí que es bonita, pero todo lo que tiene de bonita lo tiene de problemática —le reconocí.

—Pues no sé por qué, pero a mí me da que es de esas mujeres que te dan vida y hacen que todo se vea con mucho más color.

—¿Y todo eso lo has sabido con cinco minutos que la has visto despierta?

—No, eso lo sé porque la conozco del barrio. —Soltó una carcajada.

Negué con la cabeza, riéndome también.

—Madre mía, creo que la gente de esta ciudad no estáis muy bien de la cabeza.

—¿De qué te ríes, inglés de los cojones?

La voz de Daniela hizo que volviera a mirarla.

—Qué despertar más bonito has tenido —le dije con ironía.

—No he tenido ningún despertar bonito. Me has despertado tú con tu risa.

Me reí todavía más.

—Se supone que los ingleses somos unos amargados al lado de los españoles. —Le guiñé un ojo.

—Pues esta española está cansada y tiene mucho sueño, y cuando eso pasa me pongo de mala leche.

—Entonces estás cansada siempre.

—Serás capullo. —Me dio un manotazo en el brazo.

El taxista se detuvo en la entrada del chalé y, al bajarnos, Daniela se despidió de él con naturalidad.

Al final sí que era verdad que se conocían del barrio.

—Vaya, a los de Londres os pagan bastante bien —dijo cuando se quedó mirando la casa.

No había caído en que iba a verla y, aunque a mí nunca me había gustado presumir de dinero, tampoco era algo que escondiera.

—Mi familia tiene dinero. Por muy mal que suene que lo diga, es la verdad.

Abrí la puerta y la dejé pasar primero.

Las luces se encendieron con el movimiento.

—Qué bonito se ve todo. Desde luego, tienes buen gusto —dijo mientras observaba la entrada.

La verdad es que me había costado bastante dar con aquella casa. Creo que me habría resultado menos complicado construirla desde cero que encontrar una ya hecha que encajara conmigo, pero me empeñé en buscar una lista para entrar a vivir.

—Me costó dar con ella, pero al final ha merecido la pena tanto buscar.

Le cogí la mano. Intentó soltarse, pero no la dejé.

—No seas arisca.

Se le escapó una sonrisilla.

—Parece que estás aprendiendo rápido algunas palabras de mi tierra.

Reí.

—Eso parece. Ya me lo dijo mi madre antes de venir.

—¿Qué te dijo?

Me dijo tantas cosas, pensé.

—Lo más importante —la miré conteniendo la risa—: que las españolas teníais mucho carácter.

Lo de la sangre caliente me lo guardé para mí. No quería que lo malinterpretara.

—Parece que tu madre conoce bien a los de aquí.

Sonreí.

Me había dado cuenta de lo que estaba haciendo.

Se había refugiado en aquella conversación tonta porque sabía perfectamente que, tarde o temprano, le iba a preguntar por lo de ese hombre.

Y todo hay que decirlo: yo me había desquitado, sí, pero aquel tipo no pegaba precisamente flojo. Buena prueba de ello eran el labio partido y el morado que estaba seguro de que me iba a salir en el pómulo.

—Un poco. Por parte de madre tiene raíces españolas. Sus abuelos emigraron a Londres, se establecieron allí y ya no regresaron.

—Así que también tienes genes españoles —dijo sonriendo.

—Eso dicen mis antepasados.

Llegamos a mi habitación y noté que se quedaba un poco cortada.

—Anda, ven. Te voy a dar algo de ropa. Te quedará enorme, pero al menos podrás ducharte y ponerte cómoda.

—Gracias.

Me hizo gracia verla con vergüenza.

—¿Ahora te va a dar vergüenza? Te recuerdo que he estado dentro de ti y que has ido enseñando un pezón.

Solté una carcajada.

—Capullo. Tu hermana podía haberlo dicho antes.

—Ya te dijo que no se dio cuenta.

—Claro, es normal que la defiendas.

Sabía que me estaba pinchando, así que no me lo tomé mal.

Entré en el vestidor y cogí una camiseta de manga corta. No es que le fuera a quedar como un vestido, pero al menos sí le llegaría por debajo del culo.

Pensándolo mejor, le cogí también un bóxer. Mejor darle algo que cubriera aquel trasero tan bonito.

Salí del vestidor con la ropa en las manos y, al pasar junto a ella, volví a cogerla de la mano. No me detuve hasta llegar al baño.

—Y ahora una ducha y después a dormir.

Por muchas ganas que tuviera de hacer otras cosas, no pensaba hacerlo.

Quería que se diera cuenta de que me interesaba de verdad, de que no era solo un calentón.

Apoyé una rodilla en el suelo delante de ella para desabrocharle las sandalias.

—Me parece increíble que podáis andar con estos tacones.

—No es tan difícil como parece. —Hizo una mueca de alivio al apoyar los pies en el suelo—. Cuando quieras te doy unas clases.

—Muy graciosa —le dije mientras me ponía en pie.

Cogí los tirantes del vestido para bajárselos.

—¿Qué crees que estás haciendo? —me preguntó, aunque no hizo nada por impedírmelo.

—No lo creo, lo estoy haciendo. Por si no lo sabes… —Acerqué la boca a su oído—. Se llama desnudar a una persona. En este caso, para que se dé una ducha.

—Me la doy, si te la das conmigo.

—No creo que sea capaz.

Bajé los tirantes por sus brazos y dejé que el vestido cayera a sus pies.

No.

No podía meterme en la ducha con ella.

Ver su cuerpo completamente desnudo fue una de las mejores cosas que había visto en mi vida.

—¿No me digas que tu amiguito se ha despertado?

Se acercó a mí.

Sin tacones era mucho más baja que yo, pero eso no le impidió intentar intimidarme. Lo que no sabía era que, con cada gesto, me estaba seduciendo todavía más.

—Daniela, no juegues conmigo.

Joder, pensé cuando sentí su mano sobre mi erección.

—¿Y si quiero que juguemos?

—Te recuerdo que fuiste tú la que dijo que no iba a repetir.

Intenté apartarle la mano. No pude.

Mi fuerza de voluntad no era tan grande como me había empeñado en creer.

—¿No puedo cambiar de opinión? —preguntó mientras empezaba a desabotonarme la camisa—. Tú lo hiciste.

—Joder, claro que puedes cambiar de opinión. Sobre todo si es para esto.

Me quitó la camisa y después el pantalón. Me desnudó igual que yo había hecho con ella.

La cogí en brazos.

Llevarla así empezaba a convertirse en una de mis posturas favoritas.

Entré con ella en la ducha. Ni siquiera tuve que regular la temperatura del agua; el termostato ya la mantenía perfecta.

Y aquello no fue solo una ducha.

Fue la primera vez que empezamos a conocernos de verdad a través del cuerpo. Nos tocamos, nos exploramos y nos descubrimos despacio, sin ninguna prisa. Allí pude saborearla de verdad, disfrutarla hasta llevarla al orgasmo.

Y Daniela, como demostró después, no era precisamente de las que se quedaban con ganas de nada: quiso saborearme a mí también.

Y, joder, sí que lo hizo.