Mi locura de CEO inglés Capítulo 17
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Capítulo 17

Daniela

—No te tengo que dar ninguna explicación. Te he dicho que la sueltes y eso es lo que vas a hacer.

Landon sonaba muy cabreado. Y más cabreada estaba yo conmigo misma por no haber sabido reaccionar desde el primer segundo.

La sorpresa había sido tan grande que me quedé en shock .

La verdad era que había empezado a salir de él unos segundos antes de que Landon llegara a mi lado, pero con su llegada recuperé de golpe todo el valor que necesitaba para enfrentarme no a un Pablo, sino a mil si hacía falta.

—¿Y si no quiero?

El hijo de puta me apretó más fuerte el brazo. Mira que estaba, o más bien había estado, acostumbrada a sus apretones, pero ese me hizo daño de verdad. Estaba segura de que al día siguiente iba a tener marcada la forma de sus dedos.

Intenté soltarme dándole un tirón, pero no lo logré.

Hice una mueca de dolor al intentarlo y lo único que conseguí fue que me doliera todavía más.

Un segundo fue lo que tardó Landon en soltarle un puñetazo en toda la boca a Pablo. Otro, en agarrarme para evitar que me arrastrara con él al caer al suelo. Y otro más, en pegar sus labios a los míos.

Todo pasó tan rápido que todavía no era del todo consciente de lo que acababa de ocurrir.

Pablo no tardó en levantarse para ir directo a por Landon.

¿Cómo podían moverse tan rápido?

—Vete.

Puso una mano en el centro de mi pecho y me empujó hacia atrás con suavidad.

Se giró de nuevo hacia Pablo y, en cuanto lo hizo, mi ex le soltó un puñetazo que, por lo que me pareció ver, le dio de lleno en el pómulo.

Grité.

Lo hice con todas mis fuerzas.

Algunas personas intentaron separarlos antes de que llegaran dos amigos de Pablo, tan hijos de puta como él.

Se abalanzaron sobre Landon y, de pronto, eran tres contra uno. Y mira que se le daba bien repartir hostias, madre mía la de puñetazos que soltaba, pero por muy bien que se le diera, era imposible que pudiera con los tres.

Y yo no estaba dispuesta a permitir que aquellos cabrones se aprovecharan.

Creo que ni siquiera pensé en las consecuencias de hacer lo que hice. Solo sé que me dejé llevar por lo que sentí y por el puro impulso.

Cuando me quise dar cuenta, me había tirado sobre uno de los amigos de Pablo. Bueno, en realidad no me tiré sobre él: le llegué por detrás. Sí, a traición, igual que habían hecho ellos.

Le agarré del pelo sin que se lo esperara y, como no me pareció suficiente para todo lo que se merecía, decidí que también era una idea estupenda dejarle marcados mis dientes en un hombro.

Vamos, que a ese le iba a hacer un tatuaje que le iba a durar media vida y, encima, gratis.

Es que más generosa no podía ser.

Se ha notado un poquito que estaba hablando con sarcasmo, ¿verdad? Pues más verdad era lo de la marca.

—Hija de puta —gritó cuando sintió el tirón de pelo y el mordisco—. Te voy a coger y te vas a enterar.

No sé si mi hermano llegó por instinto o porque se enteró de que dentro había una pelea y le salió de golpe la vena de policía que no podía evitar.

No sabía por qué había sido y, sinceramente, me daba igual.

Lo único que me importó fue que apareció y evitó que me llevara un puñetazo.

Si hubiera sido otra pelea cualquiera en la que yo no estuviera metida, Gonzalo seguramente no se habría liado a hostias, aunque sí habría intervenido para separar.

Pero fue verme allí, tirándole del pelo a un tío, con los dientes clavados en su hombro y escucharlo decir que me iba a dar, y le importó muy poco ser policía.

Me agarró por la cintura para apartarme del amigo de mi ex, pero claro, yo no le solté el pelo. Un poco más y lo dejo calvo de por vida.

Joder, qué espléndida estaba siendo esa noche, que primero le hice un tatuaje gratis y después estuve a punto de ahorrarle el dinero en peluquero durante el resto de su vida.

—Dani, suéltalo, que este me va a hacer a mí lo que quería hacerte a ti.

Lo solté. No porque quisiera, sino porque sabía perfectamente que le iba a doler mucho más lo que pudiera hacerle mi hermano que lo que le estaba haciendo yo.

—¡Con mi hermano no, hijos de puta! —Escuché gritar a la rubia que había llegado del brazo de él.

Yo no salté sobre nadie, pero ella sí. Literalmente.

Se lio una increíble. Todo lo que diga es poco. Daba igual hacia dónde mirara.

Carter también se metió a repartir hostias. Gonzalo hizo con la hermana de Landon lo mismo que había hecho conmigo: la cogió a pulso, la separó de todos y la trajo junto a mí.

—Vosotras tres tenéis prohibido moveros de aquí.

Nos señaló una a una.

En esa posición, calladitas y mirándolo muy serias, parecíamos tres niñas buenas.

Miré a aquella tal Harper, que estaba a mi derecha. Después miré a Alma, que estaba a mi izquierda.

Entrecerré los ojos, volviendo de una a otra.

—¿Qué es lo que ha pasado? —me preguntó Alma.

—Me tropecé con Pablo y empezó… —se lo conté todo, hasta el momento en que habían llegado.

Los seguratas aparecieron junto con la policía y, por fin, pusieron fin a la pelea. Y la verdad, me alegré por los míos. Por los otros me habría encantado que les hubieran seguido dando.

—Ya te cogeré. No tengo prisa, pero te juro que, cuando menos te lo esperes, te voy a coger —me amenazó Pablo.

Landon estaba viniendo hacia donde estábamos las tres cuando oyó eso. Giró sobre sus pies y fue a darle otro puñetazo.

—Qué orgullosa estoy de ti, hermano.

Uy, algo me decía que aquella mujer era de las peligrosas. Pero lo que más me llamó la atención fue que no dejaba de buscar a mi hermano con la mirada.

—Tú, rubia, ojito con lo que le haces a mi hermano, que por él soy capaz de cargarme al que sea —le dije, entrecerrando los ojos.

Se giró de golpe para mirarme de frente y adelantó un pie, plantándose con las manos en la cintura.

—Lo mismo te digo. Ese que está ahí y que se ha peleado por defenderte también es mi hermano. Es el único que tengo y no voy a permitir que le hagan más daño del que ya le han hecho.

«Le han hecho ya».

Eso me llamó muchísimo la atención.

—¿Qué quieres decir con lo del daño?

—Nada, olvídalo.

Los cojones iba a olvidarlo.

Como si tenía que hacerme amiga de ella para que me lo contara. Me daba igual lo que tardara, pero enterarme me iba a enterar.

—Eh, eh, eh, cuidado, que ha terminado una pelea y no quiero que empiece otra —dijo Alma, colocándose casi entre las dos.

No me iba a pelear con ella. De hecho, me había caído bien desde el primer momento. Solo quería dejarle claro que no iba a permitir que le hiciera daño a mi hermano.

Y era evidente que la entendía, porque era lo más normal del mundo que defendiera al suyo igual que yo acababa de hacer con el mío.

—No me voy a pelear con ella. Solo le estoy dejando claro que la mato como le haga algo a Gonzalo. —Me aguanté las ganas de echarme a reír—. Aunque algo me dice que te pareces bastante a tu hermano y, créeme, él dejó claro desde el primer momento la lengua afilada que tiene.

Me puse las manos en la cintura, imitándola.

—Mira, guapa, no me toques las narices, que precisamente tú no eres de las que se quedan calladas.

Cualquiera que nos viera habría pensado que nos estábamos retando de verdad con la mirada, pero las dos sabíamos perfectamente que estábamos medio de broma, medio midiéndonos.

Y fue curioso lo que me pasó con ella, porque solo me había ocurrido una vez en la vida, y fue con Alma.

Con Harper sentí exactamente lo mismo.

Sentí que iba a ser alguien muy importante en mi vida. Que en ella iba a poder confiar.

No sé explicar del todo qué fue lo que me transmitió, solo sé que fueron muchas cosas y todas buenas. Y, no sé por qué, me dio la impresión de que ella sintió algo parecido conmigo.

—La nariz no te la toco, que tienes un moco colgando.

Se llevó la mano a la nariz tan rápido que estallé en carcajadas.

—Pues tú tienes un pezón fuera.

—Ya, claro. Si te crees que voy a picar, vas lista —le contesté.

—Me da igual que me creas o no, es verdad —dijo, encogiéndose de hombros.

—Hostia, Daniela —soltó Landon, plantándose delante de mí.

No tenía ni idea de por qué había dicho eso ni de por qué me estaba tapando.

—¿Qué haces, loco?

—Intentar que no pases vergüenza.

Estiró una mano hacia mi escote. A ver si se creía que le iba a dejar tocarme una teta delante de todo el mundo.

Seguí con la mirada el movimiento que iba a hacer, preparándome para darle un manotazo, hasta que me di cuenta de que, efectivamente, tenía un pezón fuera.

Ay, madre.

Que era verdad.

—Ya me lo podías haber dicho antes, capulla —le solté a la que ya sabía que iba a convertirse en mi nueva amiga.

—Te he avisado en cuanto me he dado cuenta. A ver si te crees que voy por ahí mirándole las tetas a las tías.

—Que sepas que tu hermana me cae igual de mal que tú —le dije a Landon.

—Algo me dice que eso no es verdad.

Me guiñó un ojo.