Capítulo 16
Landon
Estar con Daniela había sido una de las mejores decisiones que había tomado en mucho tiempo, aunque en el fondo seguía teniendo la sensación de haberme equivocado.
Aquella mujer que acababa de tener entre mis brazos me había hecho sentir cosas nuevas, sensaciones que ni siquiera sabía que existían. No habría sabido explicar exactamente qué era, y en ese instante tampoco tenía claro si me gustaba o si, más bien, me asustaba.
Cuando Daniela llegó al orgasmo y se contrajo alrededor de mí, apretándome casi hasta impedir que pudiera salir de ella, me voló la cabeza.
Y no solo eso, también acabó con el poco autocontrol que me quedaba.
Fue imposible no acelerar, no buscar mi propio placer con más fuerza, con más hambre, como si todo lo que le estaba haciendo siguiera pareciéndome poco.
Joder, era tan grande lo que estaba sintiendo que, en medio de todo aquello, supe que podía engancharme a ese placer. Y fue justamente eso lo que me dio vértigo.
Bastante tenía ya con seguir enganchado a una mujer durante años, como para que ahora llegara otra capaz de hacerme sentir algo parecido o, peor todavía, algo más fuerte.
Pero lo que de verdad no me esperaba fue lo que vino después. O, mejor dicho, lo que no pasó.
Fue entonces cuando Daniela hizo y dijo ciertas cosas que me dejaron claro lo fácil que debía de ser para una mujer sentirse utilizada por un hombre cuando para él todo se reduce a echar un polvo.
¿Me escocieron sus palabras?
Sí. Mucho más de lo que me habría gustado reconocer.
Y sobre todo me dolieron porque no estaba acostumbrado a eso. Lo primero, porque hacía mucho tiempo que no me acostaba con otra mujer que no fuera mi «ex». Sí, lo pongo entre comillas porque Scarlett nunca llegó a ser una ex al uso.
Sobre todo porque lo nuestro tampoco fue una relación seria.
Lo nuestro había sido, durante años, una obsesión. Una puta obsesión, para ser exactos, porque entre nosotros no hubo amor. Por su parte, desde luego que no.
Por la mía, durante mucho tiempo, quise creer que sí, que estaba enamorado. Ahora sé que no. Ahora creo que fue exactamente eso: una obsesión enfermiza por mi parte.
El caso es que no esperaba sentirme utilizado. Y, sin embargo, Daniela acababa de hacerme sentir justo así.
—Gracias, me lo he pasado muy bien —me dijo mientras recogía las bragas y las tiraba a la basura.
Me imaginé enseguida por qué las tiraba. Cuando se las arranqué con las prisas, se habían quedado en el suelo, así que era normal que no quisiera volver a ponérselas.
—¿Así que te lo has pasado muy bien? —le pregunté—. Y, por lo que veo, no quieres seguir pasándolo bien en tu casa o en la mía.
—Uy, mejor no. Con una vez ya he tenido suficiente.
No podía ser tan fría.
No, no me lo creía.
Detrás de aquel comportamiento tenía que haber algo más. Podía creerme que no quisiera repetir conmigo, que de verdad no le interesara volver a verme en ese sentido, pero no me creía que le saliera decirlo así, tan abiertamente, sin disimulo y con aquella frialdad casi descarada.
—¿Es tu forma de hacerme pagar lo que te dije?
Debía de ser eso.
Daniela no era así. La mujer que tenía delante era una actriz, una que se había puesto una máscara para intentar engañarme.
Porque la que conocí el viernes anterior podía ser atrevida, lanzada y con muchísimo carácter, pero no era la mujer que estaba intentando aparentar en ese momento.
No. La que yo había visto durante toda la semana en la empresa era una mujer amable, que trataba bien a todo el mundo, una mujer que no iba buscando la atención de los hombres.
—No, cariño. —Ese «cariño» fue de las palabras más irónicas que había oído en mi vida—. Lo hemos hecho porque a los dos nos ha apetecido, pero eso no quiere decir que nos debamos nada.
No iba a ser yo quien le pidiera más explicaciones. Y mucho menos quien se pusiera a rogar.
Eso ya lo había hecho una vez y no estaba dispuesto a volver a pasar por lo mismo con otra mujer.
—Tienes razón. Nos hemos quitado las ganas.
Me terminé de abrochar el pantalón y me lavé las manos. Al girarme para irme, Daniela seguía en el mismo sitio, sin moverse, con la mirada fija en un punto de la pared.
Era como si tuviera la mente en otro lado, como si estuviera reviviendo algo.
No supe qué hacer. Si acercarme a ella y preguntarle qué le pasaba o mantenerme frío y distante, igual que ella estaba haciendo conmigo.
Al final no me pudo la indiferencia. Decidí acercarme, y justo cuando empecé a hacerlo, salió de golpe de aquel lugar en el que parecía haberse metido sin darse cuenta.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Claro. Para no estarlo después del orgasmo que me has hecho tener.
Si Daniela quería seguir jugando a esa frialdad, yo también podía seguirle el juego.
—Pues ya sabes. Si en algún momento te vuelve a picar, házmelo saber. No me importa aliviarte ese picor. Después de todo, yo también disfruto bastante haciéndolo.
Me pasé con esas palabras, sí, pero era exactamente el trato que ella estaba marcando entre nosotros.
Y lo peor era que, cuando fui tras ella hasta el baño, mi intención no era aquella. En ningún momento se me había pasado por la cabeza hacerlo allí.
Sí, había pensado en acercarme, en intentar seducirla y convencerla para que se viniera conmigo a casa. Eso sí. Pero no aquello que acabábamos de hacer.
Y no iba a negar que lo había disfrutado. De hecho, probablemente había sido una de las veces que más lo había hecho en toda mi vida.
Pero mi intención inicial era otra.
Quería hacer las cosas bien. Pedirle disculpas. Hacerle ver que de verdad me interesaba conocerla. Invitarla a cenar, hablar, ir viéndonos poco a poco.
Pero ella acababa de dejarme claro que no quería nada de eso.
—Te lo agradezco, pero no me gusta repetir —me dijo—. Ya sabes, prefiero no perder la costumbre de explorar nuevas sensaciones.
Una patada en los huevos me habría dolido bastante menos.
—Como tú prefieras —respondí, porque no había mucho más que decir—. Que pases muy buena noche y que disfrutes de esa exploración.
Salí de allí sin esperar respuesta.
Cuando llegué a la zona en la que se habían quedado los otros cuatro, me di cuenta enseguida de que entre ellos había una química bastante evidente. Y cuando digo entre ellos, incluyo también a mi hermana con el hermano de Daniela.
Entre Carter y Alma ya sabía que la había, pero ¿también tenía que haberla entre los otros dos?
¿Qué coño pintaba yo allí en medio?
Ni siquiera llegué a acercarme. Le mandé un mensaje a Harper y otro a Carter diciéndoles que me iba a casa.
La noche había terminado para mí.
No pensaba quedarme en un sitio para sentirme incómodo. No. Ya tenía una edad en la que me sobraban muchas cosas, y aquella tontería era una de ellas.
Antes de irme decidí tomarme una última copa en la barra de dentro. No para hablar con nadie y mucho menos para ligar. Me apetecía beberla en silencio, sin más, solo disfrutar de aquella soledad que a veces se podía sentir incluso rodeado de gente.
Con la espalda apoyada en la barra y el vaso en la mano, así estaba mientras observaba el local. No lo hacía por cotilleo, solo por puro aburrimiento.
Y fue entonces cuando algo me llamó la atención. Daniela iba hacia la terraza cuando un hombre se le plantó delante y le impidió seguir, pero no fue eso lo que me tensó de verdad, sino verla reaccionar así.
En vez de venirse arriba, como hacía conmigo, con aquel tipo se hizo pequeña, como si el miedo la hubiera dejado inmóvil. No sabía qué coño estaba pasando, pero no me gustó nada. No me gustaba ver a ninguna mujer así, pero en su caso todavía menos.
Dejé la copa sobre la barra, sin importarme que siguiera casi entera, y me acerqué a ellos aparentando una calma que no sentía.
—Déjame pasar, Pablo. —Oí que le decía—. Me están esperando.
—¿Quién te espera? Con esa ropa de puta que busca ser follada, no creo que te espere nadie que merezca la pena. Porque un hombre decente no se fijaría en lo que te has convertido.
—Tú no tienes ni idea de quién soy yo —le replicó ella.
—Vaya, parece que aparte de ligera de cascos también te has vuelto de lengua. Me gustaba mucho más la Daniela que decía que sí a todo lo que yo le decía y que nunca replicaba.
—Aquella Daniela fue una gilipollas que permitió que un desgraciado como tú la dejara sin nada, pero esa tonta murió hace mucho.
Me gustó que sacara el carácter. Seguía asustada, eso se notaba, pero por lo menos estaba intentando plantarle cara.
—Parece que se te han olvidado los modales y lo que es estar calladita cuando yo hablo —dijo él, rodeándole el brazo con la mano—. Va a ser que voy a tener que recordarte cómo se comporta una buena mujer.
Lo vi todo rojo.
Aquel cabrón no iba a ponerle las manos encima.
No necesitaba saber más para entender demasiado.
—Suéltala —dije al llegar hasta ellos—. No te lo voy a repetir. Suelta a mi novia ahora mismo.
Le agarré el antebrazo y apreté con fuerza.
—Ella no es nada tuyo. Te lo estás inventando. —Me escupió, con los ojos llenos de rabia.