Mi locura de CEO inglés Capítulo 15
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Capítulo 15

Daniela

Dios mío de mi vida, si de verdad existes, ayúdame a resistirme a este hombre.

Lo deseé con todas mis fuerzas, aunque a ratos esas mismas fuerzas me iban fallando.

—Es que no quiero que pases —se atrevió a decirme.

Y yo, como había salido de casa en plan guerrera, di un paso en su dirección y me pegué tanto a su cuerpo que apenas quedó espacio entre los dos.

Aunque llevaba unos tacones bien altos, tuve que levantar el rostro para poder mirarlo a la cara.

—Te he dicho que te apartes —le solté, acercando demasiado la boca a la suya.

—No me apetece. Y ahora mismo menos que nunca.

Se humedeció los labios y yo sentí cómo me palpitaba el sexo.

—¿Sueles hacer mucho esto? —Le devolví la pregunta que me hizo aquella noche.

—La verdad es que no. Pero si tengo que hacerlo contigo todas las veces que haga falta, lo voy a hacer —me respondió, sin una pizca de vergüenza.

—Landon, te lo digo de verdad, no estoy para juegos. Y mucho menos para acabar tragándome otra vez insultos o frases hirientes.

Hizo un gesto de dolor.

—Todo tiene un porqué, aunque no estoy tratando de justificarme, porque esas palabras no tienen justificación.

¿Estaría siendo sincero?, me pregunté.

Dani, no seas tonta, que este lo que quiere es un puto polvo.

Joder, y yo también lo quería.

No, no estaba loca. Solo estaba intentando entenderme, aunque por lo que veía no lo estaba consiguiendo.

Dani, por tu madre, inténtalo una vez más. Total, de perdidos al río. Lo peor que puede pasar es que salga todavía peor.

—Calla y bésame —le dije al darme cuenta de que pensaba seguir hablando.

Y lo hizo.

Puso una mano en mi cintura y la otra detrás de mi cabeza, pegada a la nuca, y me besó. Pegó su boca a la mía, sacó la lengua, me tentó con ella hasta que abrí los labios y dejé que se colara en mi boca, que se enredara con la mía, que volviera a hacerme perder el sentido.

El calor que ya me ardía entre las piernas se volvió mucho más intenso. Sentía cómo me recorría por dentro, arrasándolo todo a su paso.

Y ahora que me había atrevido, y que él parecía dispuesto a no cortarlo todo con alguna gilipollez, no pensaba esperar a llegar a ningún sitio.

Era allí y en ese momento o estaba segura de que terminaría arrepintiéndome.

—Por tu madre, dime que estás preparado —le solté.

Como no llevara preservativo, me iba a dar algo. Vamos, que era capaz hasta de pedírselo a mi hermano con tal de no hacerlo sin protección.

Digo yo que alguien tendría que llevar alguno encima.

—Estoy más que preparado —dijo, cogiéndome la mano y llevándosela al bulto del pantalón—. Mira cómo me tienes.

Madre mía.

Eso que sentía debajo de la palma de mi mano no podía ser ni medio normal.

—No te digo eso. Lo que quiero decir es que, como no tengas algo para cubrir esto… —Le di un pequeño apretón—. No vamos a hacer nada, eso te lo garantizo. Por muy caliente que me tengas, sin protección no hay sexo.

Por ahí sí que no pasaba. Ante todo estaba la seguridad y la salud.

—Tengo, no te preocupes. Yo pienso igual que tú —me contestó antes de besarme el cuello.

Estaba segura de que estábamos llamando la atención, pero en esos momentos me importaba una auténtica mierda.

Puse una mano en la cintura de su pantalón y con la otra lo agarré por el centro de la camisa. Empecé a andar hacia atrás y no me detuve hasta que mi espalda chocó con la puerta del baño.

¿Era el mejor lugar para acostarme con un hombre después de tanto tiempo?

No, no lo era.

Pero aquello era lo que era: un calentón. Allí no había nada romántico. Allí había pasión, fuego y deseo.

Y de esas tres cosas, ambos íbamos sobrados.

Fue él quien estiró la mano para abrir la puerta. En cuanto lo hizo, me empujó suavemente hacia dentro, entrando justo detrás de mí. Cerró y echó el pestillo.

Menos mal que lo tenía, aunque tal y como estaba en ese instante, me habría dado igual que no lo tuviera.

—En el bolsillo de atrás —logró decir entre beso y beso.

Metí la mano donde me indicó.

—No encuentro nada.

—En el otro.

En ese sí estaba.

Uf, menos mal.

—Pónmelo.

Esa voz ronca y aquella orden casi hicieron que me corriera sin necesidad de que me tocara.

Le desabroché el pantalón, metí la mano dentro, por debajo de la ropa interior, y le saqué el miembro.

El problema era que yo nunca había puesto uno. Jamás me lo habían pedido y, además, siempre había sido demasiado cortada para hacerlo.

Aunque, digo yo, tan difícil no podía ser.

Me separé un poco, lo justo para ver qué tenía que hacer. Abrí el paquetito, saqué el preservativo y, antes de ponérselo, le rodeé el sexo con la mano, subiéndola y bajándola a lo largo de toda su longitud.

—Joder, Dani, ponlo, que desde el viernes pasado estoy que no puedo.

¿Me lo estaba diciendo o me lo estaba contando?

Porque yo estaba exactamente igual.

Se lo puse y, en cuanto lo tuvo puesto, se desató la locura.

Me quitó la ropa interior de un tirón, me cogió en brazos y apoyó mi espalda contra la pared.

—Rodéame el cuello y la cintura.

Lo hice, y en ese mismo instante empezó a penetrarme. Lo hizo despacio, con una suavidad que chocaba de frente con las ganas que nos teníamos.

—Landon… —Se me escapó en un gemido.

—Joder, Daniela, qué bien se siente —susurró junto a mi oído.

Y tanto que se sentía bien. Se sentía de maravilla.

Empezó a salir de mi interior y no quería que lo hiciera; me daba igual que fuera para volver a entrar.

No quería que lo hiciera porque me sentía tan bien con él dentro que estaba convencida de que no necesitaba nada más para correrme, así que contraje el sexo para impedirle salir del todo.

Respiró hondo, como si estuviera intentando controlarse. Apoyó la frente en mi hombro y cerró los ojos unos segundos.

—No hagas eso —dijo al cabo de un momento.

—Pues no salgas. —Me encogí de hombros, sonriendo.

—No sé si sabes muy bien de qué va esto, pero si no lo sabes, deja que te lo recuerde.

Y vaya si me lo recordó.

Salió casi por completo para volver a entrar. Lo hizo con fuerza, pero controlándose, moviéndose con una seguridad que dejaba claro que sabía perfectamente cómo tocar, cómo empujar, cómo hacer que todo se volviera mucho más intenso.

Cerré los ojos.

Era imposible no hacerlo.

Como cuando se te cierran solos porque estás disfrutando muchísimo, ya sea de una comida que te vuelve loca o de que te acaricien el pelo justo como te gusta. En mi caso se cerraron porque el placer que estaba sintiendo era demasiado grande.

—No cierres los ojos. Necesito ver los tuyos.

Fue raro porque apenas conocía a Landon, pero entendí perfectamente lo que quería decir. No era que quisiera asegurarse de nada. No. Era él quien necesitaba verme.

Abrí los ojos y nuestras miradas se conectaron.

Y en ese momento sentí que algo dentro de mí había cambiado.

No sabía qué.

No tenía ni idea de si era para bien o para mal.

Solo sentí que una parte de mí había dejado de pertenecerme del todo.

Y eso me dio mucho miedo, porque durante muchos años había perdido demasiadas cosas de mí misma y no pensaba permitir que volviera a pasar.

No podía dejar que me arrancaran nada más.

Dejé de pensar en ello en cuanto sentí que me daba un pequeño mordisco en el hombro.

—Landon… —pronuncié su nombre casi sin voz.

—Joder, Daniela…

Esa voz. Y esa forma de decir mi nombre completo.

—No pares.

Sentía el orgasmo cada vez más cerca.

No se detuvo. No cambió el ritmo, pero sí hizo un movimiento con las caderas que me volvió completamente loca.

Y cuando algunas dicen que vieron las estrellas, el firmamento entero o no sé qué más al correrse, yo no vi nada de eso.

No tengo ni idea de lo que hizo Landon conmigo. Solo sé que lo que me hizo sentir no lo había sentido en los treinta y un años que tenía.

Le rodeé el cuello con más fuerza y apoyé la frente contra la suya sin dejar de mirarlo. Le acaricié la mejilla con suavidad. Quería quedarme con el recuerdo hasta del más mínimo detalle, de todo lo que me estaba haciendo sentir, porque no quería olvidar nada.

Esto no podía volver a pasar.

Y precisamente por eso podía volver a pasar.

Porque, como ya había pensado antes, no podía permitir que me quitara nada de mí. Y algo me decía que Landon era exactamente el tipo de hombre capaz de robarme hasta el aire que necesitaba para respirar.