Mi locura de CEO inglés Capítulo 13
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Capítulo 13

Daniela

—No me puedo creer que me vuelvas a hacer esto —le dije a Alma.

Tenía cojones que dijeran que la cabezona era yo. ¿Yo? Ja. Me río yo de cualquiera que diga eso, porque si lo hacen es porque no han tenido la desgracia de conocer a mi amiga.

Lo de desgracia es broma, lo aclaro para que no haya malentendidos.

La tía había vuelto a convencerme. Y no solo a mí, también a mi hermano.

No sé cómo se las arreglaba, pero conseguía que Gonzalo hiciera cosas que a mí me costaría media vida lograr.

Porque mi hermano no era un hombre al que le gustara salir por ese tipo de locales.

Él era más de otros ambientes, unos más tranquilos, de los de poder ver el fútbol con los amigos o irse de senderismo.

Vamos, que no era precisamente un animal de fiesta.

Pobrecito, se me estaba haciendo viejito.

Es broma. Que no es porque sea mi hermano, pero ya quisierais más de una tenerlo como pareja o para lo que os diera la gana. La cuestión era tener a un hombre como Gonzalo al lado.

—El sitio estaba superbién y no vamos a tener tan mala suerte de volver a encontrarnos con ellos —dijo Alma, tan convencida como si el destino no tuviera por costumbre reírse de nosotras en la cara.

—Mala suerte yo, porque hasta donde sé, tú te lo pasaste muy bien.

La hija de su madre me guiñó un ojo con descaro, y lejos de molestarme, no os podéis ni imaginar lo que me alegraba verla así.

—Y porque es mi jefe, que si no lo fuera y me lo hubiera vuelto a encontrar, te aseguro que me lo habría vuelto a pasar bien.

—Pues no seas tonta. Si te gusta, no pienses que es tu jefe y dale una oportunidad.

La miré con las dudas escritas en toda la cara.

—¿Y si no sale bien y termina despidiéndome?

Entendía perfectamente que estuviera llena de dudas.

Yo también lo estaría si estuviera en su lugar.

Pero si no daba ese paso, nunca podría descubrir si aquel hombre era alguien importante para ella o solo uno de esos amores pasajeros que, aunque no duren, te dejan un buen recuerdo.

Porque no todos los amores bonitos tienen que durar toda la vida.

Es verdad que yo no había conocido ninguno de esos, pero sí había oído hablar de ellos.

—Eso no puede pasar, porque aunque no salga bien, no puede despedirte sin un motivo justificado. Estoy segura de que no se jugaría así tu puesto de trabajo.

—Cuando vino a hablar conmigo el primer día, me dejó caer que le gustaría que nos viéramos fuera del trabajo. Bueno, no me lo dejó caer, me lo dijo directamente.

—Eso no me lo habías contado —le respondí mientras me pintaba los labios, que era lo único que me quedaba.

Aquella vez había decidido pintármelos de rojo.

De ese rojo que vuelve más atractiva a cualquier mujer y que, en cuanto te lo pones, te sube el ánimo y la autoestima, incluso aunque no la tengas muy alta.

Me los había pintado así porque en los ojos apenas llevaba rímel y, sobre todo, porque iba vestida de negro y, cuando me vestía de negro, los labios siempre iban en ese color.

El vestido era de esos con los que parecía que ibas pidiendo guerra. Y sí, aquella noche necesitaba sentirme fuerte, atractiva y segura. Pero no para nadie, sino para mí misma.

Porque cuando una mujer se viste así, no siempre lo hace por los demás. Muchas veces lo hace por ella, por recordarse quién es. Está claro que no todas serían así, pero yo quería creer que la mayoría sí.

En mi caso, desde luego, lo era.

Y ahora sí, sigo contando cómo era el vestido.

Como he dicho, era atrevido. Por delante tenía un escote pronunciado, de esos que casi te llegan al ombligo, y en el centro del pecho las dos partes iban unidas por unas tiras de brillantitos dorados.

El largo era a medio muslo, pero lo que más me gustaba era la espalda.

Desde esos mismos brillantes salían dos tirantes que se cruzaban detrás, dejando la espalda casi al descubierto con un escote precioso.

Me encantaba aquel vestido. Ya me lo había puesto un par de veces y siempre por el mismo motivo: para sentirme más empoderada, con el ánimo tan arriba que fuera imposible que nadie intentara bajármelo.

Lo acompañé con unas sandalias rojas de tacón fino y alto. Tenían tres tiras delgadas: una sobre los dedos, otra que salía desde el lateral del dedo gordo, cruzaba el empeine y terminaba cerca del talón, y una última que nacía justo ahí y me rodeaba el tobillo.

—Joder, tía, estás espectacular. Hoy va a ser tu noche.

Me reí.

—La otra vez dijiste eso y mira cómo terminó.

—Bueno, yo dije que iba a ser nuestra noche. —Alcé las cejas al mirarla—. No me mires así. Por lo menos acerté el cincuenta por ciento.

Lo reconoció la cabrona.

—Eres una capulla —le dije sin dejar de reír.

—Si la otra noche acerté la mitad porque lo dije para las dos, esta vez tendré que acertar del todo, porque solo lo he dicho para ti.

—Mejor te quedas callada, que no necesito que sea mi noche. Solo necesito que sea una noche en la que nos lo pasemos bien los tres y listo.

Cogí el móvil para meterlo en el bolso e irnos. Estaba segura de que mi hermano ya habría llegado.

Y, como había imaginado, Gonzalo estaba fuera del coche, con los brazos cruzados sobre el pecho y el culo apoyado en la puerta.

—No es porque sea mi hermano, pero más cañón no puede estar —le dije a Alma.

—Tienes toda la razón. No sé cómo sigue soltero.

Se lo comió con la mirada, y eso que estaba segura de que entre ellos nunca habría nada.

—Por feo no es, eso seguro. Supongo que por el mismo motivo por el que seguimos solteras nosotras: no ha encontrado a la indicada.

Me encogí de hombros.

A esas alturas no era algo que me preocupara ni me quitara el sueño.

No tenía ninguna prisa por encontrar pareja.

Lo que sí tenía claro era que no pensaba conformarme con cualquiera solo por dejar atrás la soltería.

No. A mí ese hombre tenía que aportarme algo. Y cuando digo algo, me refiero a todo.

Supongo que, cuando llegara el indicado, lo sentiría. O eso quería pensar. No me hagáis mucho caso, porque de esto tampoco es que entienda demasiado.

Solo hay que ver el ojo que tuve la última vez, que pensaba que había encontrado al hombre de mi vida y terminó siendo poco menos que el hombre del saco.

Menos mal que, por suerte, hay cegueras que se curan, aunque a veces tardes años en hacerlo. La mía creo que fue de las que más tardó en curarse, pero al final lo que importa es que más vale tarde que nunca.

—Dios, si no fuera tu hermana, te juro que no te dejaría escapar —le dije a Gonzalo cuando llegué hasta él.

—Joder, Dani, tú quieres que esta noche me pelee con más de uno —respondió, descruzando los brazos para saludarnos a las dos—. ¿Tú también? Y yo que pensaba que me iba a poder tomar una copa tranquilo, y resulta que no voy a poder dejar de vigilaros.

—Eso es porque no te has visto. —Lo señalé con el dedo—. No te separes de mí, que tengo que dar envidia.

—Envidia voy a dar yo con las dos pedazos de mujeres que voy a llevar de cada brazo.

—No es por nada, Gonzalo, pero precisamente «pedazos» no somos; yo nos veo bastante enteras.

Alma aquella noche estaba sembrada. Tenía que ser así siempre. Tenía que darse cuenta de una puta vez de lo que valía en todos los sentidos.

—Esa es mi rubia —le dijo mi hermano.

Gonzalo había sido una de las personas que más pendiente había estado de mi amiga desde el momento en que se la presenté. Yo creo que la veía como me veía a mí: como a una hermana pequeña a la que había que proteger por encima de todo.

Alma había llegado a nuestras vidas tarde, sí, pero lo había hecho para quedarse y no marcharse nunca.