Mi locura de CEO inglés Capítulo 12
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Capítulo 12

Landon

—Harper, me estás volviendo loco —le dije después de llevar un buen rato escuchándola.

—Es que me han dicho que ese local se ha puesto de moda desde que abrió.

Sabía perfectamente a qué sitio se refería. Fue allí donde conocí a la loca que tenía trabajando en mi empresa.

Llevaba solo una semana en España y ya sentía que estaba a punto de perder la cabeza.

Entre mis encontronazos con Daniela, las miradas asesinas que me lanzaba cada vez que me veía, la llegada de mi hermana y todo lo que se me venía encima, había momentos en los que estaba por coger un coche y conducir sin pensar en el destino, solo por despejarme la cabeza.

—Sé qué local dices. Estuve allí con Carter cuando llegamos —le contesté.

—Pues quiero ir.

La miré desde el sillón de mi mesa con una ceja levantada.

—¿Y desde cuándo me necesitas para ir donde te da la gana?

Harper se había recorrido medio mundo sola, había estado en casi más países que yo y, sin embargo, allí estaba, dando a entender que necesitaba que la acompañara a un local de copas.

—No te necesito, pero me apetece ir a tomar una copa con mi hermano.

Se cruzó de brazos, y antes de que yo pudiera contestarle, Carter habló desde su mesa.

—Si os sirve de algo, creo que nos vendría bien. Después de la semana de mierda que hemos tenido.

Resoplé.

—¿Ves? —dijo Harper enseguida—. Estoy segura de que te va a venir bien despejarte un poco, porque te noto demasiado agobiado.

—Vale, venga. Esta noche vamos.

Mucha mala suerte debía tener para volver a tropezarme con Daniela en el mismo sitio.

Aunque, claro, tampoco sabía si era clienta fija de allí. Según me había contado Carter, el viernes pasado había sido la primera vez que ella y Alma iban a ese local. Él lo sabía porque, después del fin de semana que pasó con Alma, ella misma se lo había dicho.

Y hablando de mi amigo y de la rubia, ellos tampoco habían quedado en nada cuando terminó el fin de semana.

No habían dicho de volver a verse ni nada por el estilo.

Había sido lo que había sido, y punto. Lo dejaron claro desde el principio.

Lo que ninguno de los dos esperaba era terminar trabajando en la misma empresa y que, además, uno de ellos fuese el supuesto jefe de la otra.

O, mejor dicho, el que se hacía pasar por el jefe.

El primer día, cuando Carter se enteró de que Alma trabajaba allí, fue a buscarla para hablar con ella.

Lo hicieron de buenas maneras, porque entre ellos no había habido ningún malentendido ni nada parecido.

Pero, claro, él quiso aprovechar la ocasión para intentar quedar de nuevo.

Esta vez no le salió bien. Alma le dijo que no, y mucho menos sabiendo quién era dentro de la empresa.

Así que mi amigo tampoco estaba precisamente contento, lo cual explicaba que su semana no hubiera sido mucho mejor que la mía.

Se podía decir, sin miedo a equivocarse, que nuestra llegada a ese país no estaba siendo precisamente tranquila.

—Eres el mejor —dijo Harper, acercándose a mi mesa para abrazarme y plantarme un beso en la mejilla—. Me voy. Nos vemos en casa.

—Harper, se supone que has venido conmigo para trabajar —la reñí.

Mi hermana era responsable y cumplía con su trabajo, o al menos siempre había sido así. Es verdad que tenía ventajas que no tenía nadie más y también lo era que no trabajaba los mismos días ni las mismas horas que el resto, pero aun así siempre había respondido.

Sin embargo, desde que había llegado no había hecho gran cosa. Por no decir que no había hecho nada.

—Hoy es viernes, la empresa cierra al mediodía y son casi las doce, así que mi jornada laboral ya ha terminado —dijo con toda la tranquilidad del mundo.

—Te lo voy a dejar pasar por esta vez, pero a partir del lunes te quiero con las pilas bien puestas.

—A la orden, jefe.

Me hizo el saludo militar, encima con pitorreo.

—Eh, eso me lo tienes que decir a mí, que se supone que el jefe soy yo —protestó Carter en broma.

—A ti, si quieres, te saludo de otra forma. —Le pinchó ella.

Ni mi hermana sería capaz de tener nada con él, ni él con ella. Entre ellos aquello era otra cosa, una complicidad casi de hermanos que había existido desde siempre.

—Gracias, pero prefiero que lo haga otra rubia.

Que Carter reconociera en voz alta que le gustaba esa mujer era señal de que le gustaba de verdad.

—Pues si quieres que te lo haga otra rubia, ponte las pilas y conquístala. Estoy segura de que puedes hacerlo.

—Hazle caso —le dije yo.

Después de todo, no lo tenía tan difícil. Se gustaban los dos.

—Tú mucho animarme a mí, pero no eres capaz de hacer nada —me soltó Carter.

Le hice una señal con la mirada para que se callara delante de Harper. No le había contado nada y tampoco me apetecía darle explicaciones ni enfrentarme a un interrogatorio.

—¿Qué tiene que hacer mi hermano? —preguntó ella al momento.

Justo lo que yo esperaba.

—Yo no tengo que hacer nada —contesté antes de que Carter abriera la boca.

—A mí no me la das, hermano.

Madre mía, ya me había caído la de Dios encima.

—Te la dé o no, no voy a decir nada, porque no hay nada que decir.

Tal vez, si me ponía serio, no siguiera tirando del hilo. Aunque estaba bastante seguro de que, si no insistía en ese momento, lo haría más tarde.

—Para y no te pongas borde conmigo, que te tiro de las orejas.

Y era muy capaz de hacerlo.

—Vete ya si no quieres acabar yendo tú sola esta noche a ese local —intervino Carter.

Me conocía tan bien que no hacía falta que lo dijera yo.

—Está bien, de verdad que sois unos amargados los dos.

Cogió el bolso que había dejado sobre mi mesa, uno pequeño de mano en el que, sinceramente, no sé ni cómo le cabía nada, y se despidió agitando la mano con ese gesto suyo tan exagerado, como si fuera una princesa. Aunque, para mis padres, estaba claro que lo era.

Y reconozco que para mí también, según el día y el por culo que estuviera dando.

—Lo siento, no sabía que no querías que tu hermana se enterara —dijo Carter en cuanto nos quedamos solos.

—No pasa nada. En el fondo me da igual que se entere, tampoco es que haya mucho que contar.

—Mucho que contar no hay. Solo que fuiste un hijo de puta.

—No lo niego —admití.

—Es que tu forma de actuar con ella me tiene hecho un lío. Te arrimas a ella, me dices que fue ella la que dio el paso…

—No te lo digo, fue así —lo corté.

—Vale, perfecto, fue ella —concedió—, pero tú también tuviste que hacer algo, seguro. El caso es que le metes mano allí, la besas y, acto seguido, le sueltas esa gilipollez que ni tú mismo piensas.

Fue repasando todo lo que había pasado con Daniela, desde aquella noche hasta ese mismo momento, como si quisiera obligarme a escucharlo en voz alta para que sonara todavía peor.

—No entiendo a dónde quieres llegar.

—Pues a algo bastante simple. La rechazas, le dices esas dos frases de mierda y luego te mueres de celos las dos veces que la has visto abrazada a ese tío en la puerta.

—No son celos.

O, más bien, no quería reconocer que lo fueran, porque hacerlo significaba admitir que Daniela me había gustado más de la cuenta y, por el momento, me negaba a asumir que me gustaba para algo más que para echar un polvo.

—Sí lo son, y lo sabes —replicó—. Pero no voy a ser yo quien te diga que, por primera vez desde que conociste a esa hija de puta…

Se refería a Scarlett.

—…te ha gustado una mujer de verdad. Y si tengo que ir un poco más allá, diría que precisamente por eso no te acostaste con ella.

Hostia con Carter. ¿Desde cuándo se había vuelto tan observador?

—Deja de divagar, que te has montado una película tú solo.

No iba a reconocer nada. Entre otras cosas, porque ni yo mismo sabía del todo qué coño me pasaba.

—No son divagaciones, Landon. Llevamos toda la vida siendo amigos. Sé lo que te pasa casi antes de que te des cuenta tú.

—Creo que venir a España te ha hecho madurar de golpe. —Lo pinché, a ver si así dejaba de darle vueltas al tema.

—No tires por ahí, que es lo que haces siempre cada vez que una conversación te incomoda.

Me estaba tocando los cojones y lo peor de todo era que lo hacía porque tenía razón.

—Di de una vez lo que tengas que decir y acabamos con esto.

Me pasé las manos por la cara. Empezaba a sentirme de verdad agobiado.

—No hay mucho más que añadir. Solo ten los huevos de admitir que si no te acostaste con ella fue porque te da miedo que te guste mucho más que Scarlett. Ese es el verdadero problema. Y lo que no entiendes es que precisamente eso sería lo mejor que te podría pasar.

Conforme hablaba, se iba encendiendo, y lo entendía. Ni él ni mi familia llevaban bien ese tema.

Tal vez desde fuera yo pareciera un hombre sin carácter, uno de esos que se dejan arrastrar por una mujer así sin hacer nada, pero no era eso. Fui yo quien le puso punto final a todo lo que Scarlett me estaba haciendo.

Sí, era verdad que lo habíamos dejado y retomado mil veces, y también lo era que casi siempre terminaba volviendo yo en cuanto me decía lo mínimo. Pero desde la última vez me juré que, por mucho enganche que tuviera con ella, no compensaba.

—Puede que tengas razón en muchas cosas de las que has dicho —admití al final—, pero te equivocas en una. No me da miedo que me guste más que Scarlett. Ojalá conociera a una mujer capaz de hacer que dejara de pensar en ella. ¿Te crees que no quiero quitármela de la cabeza?

—Pues date una oportunidad. Y si no es con Dani, que sea con otra.

Pero ese no era mi miedo. Mi miedo era hacerle daño a una mujer porque yo no supiera entregarme de verdad.

O peor todavía: hacer que se enamorara de mí, que creyera que yo también la quería, y que después, en cuanto Scarlett reapareciera, yo volviera a caer a sus pies y dejara a otra mujer destrozada por mi culpa.