Mi locura de CEO inglés Capítulo 11
22%

Capítulo 11

Daniela

¿Recordáis que al principio dije que entre mi hermano y yo nos podíamos matar, pero que no se le ocurriera a nadie de fuera meterse con alguno de los dos?

También dije que no siempre nos llevábamos mal.

Pues aquel era uno de esos días en los que nos queríamos mucho.

Y que conste que no lo digo con ironía, lo digo de corazón.

Parecía que Gonzalo tenía un radar y aparecía justo en los momentos en los que más lo podía necesitar, y aquel día no estaba siendo precisamente uno de los mejores de mi vida.

Supongo que, por mucho que me hiciera la fuerte de cara a todo el mundo e incluso ante mí misma, había cosas que seguían doliendo. Puede que, además, Landon hubiera removido recuerdos viejos, de cuando no me sentía nadie, de cuando vivía convencida de que el resto del mundo valía mucho más que yo.

Sus palabras me llevaron de golpe a la mujer que fui y a la que no pensaba volver a convertirme nunca más.

Me había costado demasiado darme cuenta de todo lo que había permitido, de todo lo que habían hecho conmigo, como para dar un solo paso atrás.

Si tenía que hacerme más fuerte, lo haría.

Y si alguna vez necesitaba llorar, también lo haría, pero sería en mi casa, donde nadie pudiera verme.

Durante mucho tiempo fui la débil, la que dejaba que la vieran llorando, desesperada, porque se sentía una mierda. Pero ya no. Ahora no iba a verme nadie y, así tuviera que tragarme nudos como puños, a la Dani que tanto me había costado construir no la iba a tumbar nadie.

Y sí, era lícito llorar de vez en cuando, porque hacerlo no te hace más débil; lloras, sueltas entre lágrimas todo el dolor o toda la rabia que lleves dentro y, cuando terminas, te lavas la cara y aquí no ha pasado nada. Te preparas para que te vengan veinte más, si hace falta.

Creo que me he desviado un poco. El caso es que Gonzalo me llamó para preguntarme si me apetecía ir a comer con él y yo acepté encantada.

Salí a las dos en punto. No me quedé ni un segundo más. No iba a hacer como otros días, que terminaba alargando la jornada para dejar algo rematado y luego tenía que comer deprisa y corriendo. Porque salir sí podía hacerlo más tarde, pero entrar no.

Pues ese día no pensaba regalar ni un minuto de más. Y ya podía ir diciéndolo: con el nuevo jefe que tenía no pensaba quedarme ni un solo día más por amor al arte.

Si me pedían que me quedara, no me podría negar, claro, pero entonces me iban a pagar las horas extra. Vaya que sí. Tenía que ahorrar todo lo que pudiera en el menor tiempo posible, porque algo me decía que en aquel trabajo no iba a durar mucho.

Y no precisamente por el trabajo en sí, porque estaba más que claro que lo llevaba superbién. Ahí estaban el tiempo que llevaba en la empresa y lo bien que funcionaba mi departamento para demostrarlo. Si no duraba, todos sabíamos el motivo.

Yo, al menos, lo tenía clarísimo: o me echaban ellos o se podía liar la de Dios como al gilipollas le diera por volver a buscarme para hablar de algo que no tuviera relación con el trabajo.

—¿Cómo es que has podido hacer un hueco para comer con tu hermano? —me soltó Gonzalo en cuanto me vio.

Si es que, en el fondo, le tenía que dar la razón a mi madre. Era yo la que siempre le buscaba la boca a mi hermano. Y que conste que esto os lo digo a vosotras, porque por nada del mundo, ni siquiera bajo amenaza, le iba a reconocer a mi madre que tenía una poquita de razón.

—No he venido a comer. Todo ha sido una mentira.

No tenía ni puñetera idea de qué estaba hablando.

—Mira que he intentado millones de veces leer la mente de la gente. A veces me he esforzado tanto que del esfuerzo hasta se me ha escapado algún que otro pedo, y aun así sigo sin poder hacerlo.

Gonzalo soltó una carcajada. A él no hacía falta explicarle mis palabras; mi hermano conocía muy bien mi sarcasmo.

—Pues es sencillo, enana. Lo de la comida era una mentira para que bajaras y poder detenerte en la calle.

Le di un puñetazo en el brazo. Mira que se lo di fuerte, pues ni cosquillas le hizo.

—¿Puedes hacerlo?

Me miró sin entender.

—Digo, ¿me puedes poner las esposas ahora mismo?

Miré detrás de mi hermano y allí estaban capullo uno y capullo dos. Os aclaro que el capullo uno era Landon, porque ese iba un poco por encima del otro, y Carter pasaba directamente a ser el capullo dos.

Pues eso, que allí estaban los dos sin quitarme los ojos de encima. El capullo dos me miraba con una media sonrisa. El capullo uno lo hacía serio. Incluso me dio la impresión de que se estaba conteniendo para no venir hacia donde estaba y soltarme una de las suyas.

Uy, como se atreviera a dar un paso en mi dirección, allí iba a desatarse la tercera guerra mundial.

—Estás loca, y no es un decir, estás loca de verdad. ¿Cómo se te ocurre que te voy a esposar aquí? Vamos, ni aquí ni en ningún otro sitio.

—Yo solo te estoy ayudando un poco, porque estoy a punto de cometer un asesinato.

Me encogí de hombros, como si aquello no tuviera demasiada importancia.

—Ah, bueno, si se lo merece porque te ha hecho algo, yo te ayudo para que nunca aparezca el cuerpo y tampoco queden pruebas.

—Ole, qué bueno es tener un hermano policía. Mucho más si encima es el jefe.

Me tiré a sus brazos. Menos mal que le pasaba como a mi padre y tenía buenos reflejos, porque si no llega a ser así, los dos habríamos acabado en el suelo.

—Dani, ahora en serio, ¿te está molestando alguien?

Se dio cuenta de que yo estaba mirando detrás de él, así que, con toda la naturalidad del mundo, me cogió de la mano y empezó a caminar en la dirección contraria. Lo hizo para poder girarse y ver qué era lo que tanto me tenía pendiente.

—Está todo controlado —le contesté dándole un apretón a la mano que llevábamos entrelazada.

—¿A cuál de esos dos quieres matar?

Los vio. Como para no verlos, si seguían mirándome. Bueno, para ser más exacta, el que seguía mirándome era el capullo uno. El otro estaba intentando darle conversación, conversación que él estaba ignorando por completo.

Mira que no lo conocía más que de dos ratos, pero algo me decía que sabía perfectamente cuál podía ser uno de sus comentarios al verme con mi hermano, sin saber que lo era y, encima, caminando los dos cogidos de la mano.

—No te vayas a imaginar cosas que no son —no le iba a contar las dos frases que me había soltado Landon porque Gonzalo era muy capaz de ir en su busca—. Es solo que no me han caído bien. Uno de ellos es el nuevo jefe y el otro su mano derecha.

—Entonces, por lo que parece, han venido pisando fuerte.

Sonreí al escucharlo.

—Eso parece.

Seguí con la pequeña mentira.

—Ojalá no se hubiera jubilado Eduardo.

Eso lo dije totalmente en serio. Si mi antiguo jefe no se hubiera jubilado, aquel imbécil no habría venido, yo no lo habría conocido y, por lo tanto, no me habría pillado por un tío que no merecía la pena.

Porque esa era la peor parte de todo: lo mucho que me gustaba.

Madre mía, cómo me ponía. Y no, no era solo que estuviera bueno; eso se le quedaba corto.

Lo superaba con creces. Coño, que no soy de piedra.

Mira que tengo mala suerte. Para uno que de verdad me gusta y consigue ponerme, resulta que es el tío más capullo e imbécil que me he echado a la cara en toda mi vida. Bueno, miento, hubo uno bastante peor que él, pero desde luego este se estaba ganando un puesto de honor.

Así que, cuando nos cruzamos de frente y me di cuenta de que me había tocado justo donde no debía, encima haciéndome daño, hice lo único que se me ocurrió para devolverle una parte: le guiñé un ojo solo para provocarlo.

No me reí de milagro cuando vi que iba a dar un paso hacia mí, aunque su amigo lo frenó a tiempo cogiéndolo del brazo. Que te jodan, pensé. ¿Y os digo un secreto? Me sentía gilipollas por seguir deseando haberme acostado con él el viernes.

Tenía un lío en la cabeza que ni yo misma era capaz de aclarar: por un lado lo deseaba porque, al menos, habría disfrutado un poco más; por el otro, me alegraba no haberlo hecho. En fin, necesitaba aclararme, y eso pensaba hacer durante la comida con mi hermano.