Mi locura de CEO inglés Capítulo 10
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Capítulo 10

Landon

Llegué al despacho pensando una y otra vez que no sabía qué cojones me pasaba con Daniela. Solo sabía que perdía el control como no me había pasado nunca con nadie.

Lo peor era que con ella afloraba una versión de mí que no me gustaba en absoluto, y no era culpa suya.

Sabía muy bien por qué me estaba comportando así: me atraía Daniela, y eso era justo lo que no quería.

Tal vez por eso mi subconsciente me había empujado a decir aquellas palabras, intentando apartarla de mí antes de hacerle daño.

Carter estaba sentado en su mesa, mirando no sé qué en el ordenador.

Para poder llevar a cabo la mentira sobre quién era el verdadero jefe, desde la sede de Londres se había avisado de que en el despacho debía haber dos mesas.

Se pidió así para que pudiéramos trabajar los dos juntos y, si tenía que hacer alguna videollamada, poder disimular y que no se dieran cuenta.

Aunque, en el fondo, sabía que antes o después iba a descubrirse todo y que, cuando eso pasara, iba a ser tal y como me había dicho Carter.

—¿A que no sabes a quién he visto? —le pregunté, con las manos detrás de la cabeza y apoyado en el respaldo del sillón con una aparente despreocupación.

—¿Hum?

Debía de ser importante lo que estaba haciendo para no prestarme atención.

—¿Sabías que el departamento de contabilidad es el que mejor va de todas las sedes?

Eso llamó mi atención.

—¿Qué quieres decir con eso? Irá como todos, con los números claros y en orden.

—Es que me ha llamado la atención, porque todo está supervisado por Alma en vez de por el jefe del departamento y, tío, esa mujer es una máquina con los números. En toda mi vida solo he conocido a una persona a la que se le dieran tan bien, y ese es tu padre.

Mi padre tenía un talento especial para los números, pero imagino que, como él, habría millones de personas en el mundo con el mismo don.

—Supongo que será porque de verdad le gusta su trabajo y le pone corazón. ¿Me vas a escuchar ahora? —asintió—. Como te he dicho antes, me acabo de encontrar con Alma.

Se levantó de su sillón y vino hasta mi mesa.

—¿Y dónde la has visto exactamente? —me preguntó con una ceja levantada.

Bien sabía él de dónde venía.

—No te hagas el nuevo, sabes perfectamente dónde la he visto.

—Joder, Landon, no vayas a meter la pata. No lo hagas si solo es para follar una puta noche, no ahora que sabes que trabaja para ti.

—Si hubiera querido acostarme con ella, lo habría hecho el viernes. Sin embargo, no lo hice y me aparté.

—Y todavía no logro entender del todo por qué no te acostaste con ella.

Es que Carter pensaba que yo seguía acostándome con cualquiera.

Nunca había tenido problemas para acostarme con una mujer, al menos hasta que apareció Scarlett y me puso el mundo patas arriba. Desde entonces todo se había ido a la mierda.

Sabía perfectamente que no me convenía, que era la mujer más manipuladora que había conocido en mi vida y que siempre terminaba haciéndome daño, pero aun así nunca lograba apartarme de ella.

Era como una droga: sabes que te consume y te mata poco a poco, y ni siquiera así eres capaz de decir que no cuando vuelve a buscarte.

Al principio ni siquiera me llamó tanto la atención, pero parecía que yo sí había despertado la suya. No sé cómo lo hacía, pero fuera donde fuese, siempre terminaba encontrándomela, y fue así como empezó a meterse poco a poco en mi cabeza.

Sus sonrisas tímidas, sus bajadas de ojos y aquella forma dulce y delicada de hablar acabaron atrapándome por completo.

Un mes después empezamos una relación que, más que relación, fue un tormento.

Lo dejamos varias veces porque, según ella, no lográbamos entendernos, pero siempre terminaba volviendo a caer, por mucho que me jurara que aquella iba a ser la última.

Y ese era uno de los motivos por los que no me permitía estar con otra mujer. Porque sabía que, si alguien llegaba a sentir algo por mí, tarde o temprano acabaría pagándolo. Puede que no tuviera sentido, pero era así.

Por eso también quise apartar a Dani. Porque desde Scarlett ninguna otra mujer había conseguido excitarme de verdad… hasta ella. Y con Dani me excité demasiado.

Desde el viernes no podía dejar de pensar en el calor de su cuerpo, en lo húmeda que estaba y, sobre todo, en su sabor. Tanto, que cada vez que lo recordaba me daba cuenta de lo gilipollas que había sido. Tendría que haber disfrutado de ella.

—Porque lo pensé mejor a última hora. Mira por dónde, al final salió bien no haberlo hecho —le contesté.

Lo que no había salido bien era el dolor de huevos con el que me había quedado, porque daba igual cuántas veces me hubiera masturbado desde entonces: no terminaba de sentirme saciado.

No era ella.

Y, por muy gilipollas que sonara, comparar el calor de mi mano con el que podría haberme dado su sexo alrededor del mío no tenía ni punto de comparación.

—No sé yo si al final fue para bien o para mal.

Preferí no decirle que había vuelto a tener la boca demasiado grande.

Sonó mi teléfono y, al mirar la pantalla, vi que era mi hermana. Sabiendo lo que quería, y siendo ya casi mediodía, nada bueno me podía esperar.

—Dime.

Sí, no contesté muy simpático que digamos.

—Yo también me alegro muchísimo de oír tu voz, sobre todo después de llevar más de una semana sin hablar.

Resoplé.

Mi hermana era de esas que no paraban hasta ponerte de los nervios.

—Harper, estoy trabajando…

—Por eso mismo te estoy llamando. —Carter me hizo una señal con la mano y asentí—. He decidido irme a trabajar a España contigo.

No. Eso sí que no.

—Harper, tú tienes tu puesto en Londres —le dije.

—Ya, pero también puedo tenerlo allí, y es lo que quiero.

Cuando se le metía algo en la cabeza, no había manera de hacerla cambiar de opinión.

—Mamá no va a estar de acuerdo.

A ver si diciéndole eso cambiaba de idea.

—Precisamente ha sido ella la que me ha animado —me contestó.

—Eso no me lo creo.

Más que nada porque el día que me vine, por poco se echa a llorar pensando que mi hermana podía enamorarse y quedarse en España.

—Llámala y le preguntas. Sabes que no miento nunca.

No, ella podía tener mil defectos, pero mentir no era uno de ellos. Más bien pecaba de sincera en exceso, tanto que muchas veces mi padre se levantaba de donde estuviera sentado y se largaba.

Y tampoco podía culparlo, porque escuchar a tu hija hablar con total naturalidad de su vida sexual no debía de ser plato de gusto para nadie.

Cada vez que yo le pedía que se cortara un poco delante de él, me respondía que hablar de sexo debería ser lo más normal del mundo.

—Te creo. ¿Cuándo vienes? —le pregunté.

—Pasado mañana.

—Sí que te ha entrado la prisa.

—Sabes que me gusta mucho esa tierra, y más con el tiempo tan bueno que empieza a hacer ahora.

A pocas personas conocía en esta vida a las que les gustara más disfrutar de la playa que a mi hermana.

—Lo sé.

Vaya si lo sabía.

—No he buscado dónde quedarme, pero como sé que el chalé en el que estáis es grande, no me he molestado en mirar nada.

—Carter también vive conmigo allí —le recordé, por si no tenía presente que mi amigo se quedaba en la casa.

—No me molesta, me llevo muy bien con él.

Y era verdad. Siempre se habían entendido bien, en parte porque Carter la había tratado desde el principio como si fuera una hermana pequeña.

—En cuanto llegue, los tres tenemos que salir de fiesta. —La oí reír al otro lado del teléfono.

Yo ya había acabado con las fiestas por allí, pero eso era algo que no sabía ni tenía por qué saber.

—Claro, seguro que encontramos buenos sitios para tomarnos una copa —le contesté.

Estuvimos hablando un rato más hasta que la llamó una amiga.

Me centré en trabajar. Era la manera más rápida de que se me pasara el tiempo y de dejar de darle vueltas a temas con los que no podía hacer nada.

Y la verdad era que lo que quedaba de mañana se me pasó rápido.

Cuando me quise dar cuenta, ya era la hora de comer, y lo supe porque Carter me llamó por teléfono.

Que, por cierto, no sé qué es lo que había estado haciendo, pero desde que se había ido no volvió a aparecer.

No es que se explayara mucho al hablar.

—Te espero en recepción.

Con eso lo dijo todo.

No me molesté en ponerme la chaqueta. Me dejé las mangas de la camisa dobladas, tal y como me las había subido a media mañana.

Si hubiera sido una comida de negocios, sí me la habría puesto, pero como solo iba a comer algo con Carter y rápido, no le di importancia.

Cogí el móvil y la cartera. No necesitaba nada más.

Al salir del ascensor, vi a través del cristal de la puerta que Carter estaba en la calle.

—No me había dado cuenta de la hora —le dije al salir.

—Ya. Mira, ahí va nuestra amiga.

Hizo un gesto con la barbilla señalando hacia una dirección. Al mirar, me di cuenta de que Daniela estaba abrazada a un hombre que, a simple vista, parecía de mi edad o un poco más joven.

Era alto y, desde luego, se notaba que se cuidaba.

De pronto sentí una sensación que no me gustó nada.